domingo, 21 de junio de 2026

Bienestares

BIENESTARES

                                                  “En el momento en que sabemos que somos felices,  eso no es felicidad, ¿verdad? […]

Así pues, la felicidad no es algo que se pueda buscar, llega. Si se busca, la esquivará”

J Krishnamurti,

Libro de la Vida. Meditaciones diarias.

 Que se dice en las tertulias, mentideros y corrillos de Iberia y de otros pueblos, allende las fronteras, que la sociedad del bienestar se viene abajo, o sea, que parece que cae el bien y te quedas con el estar, pero a ver cómo se perfila ese estar sin el “bien”, tan aparentemente benigno y simpático y beatífico. Que lees en el diccionario de la RAE que Estado de bienestar es aquella  “Organización del Estado en la que este tiende a procurar una mejor redistribución de la renta y mayores prestaciones sociales para los más desfavorecidos”. “No es sostenible” es el sintagma ganador por goleada en el discurso público y, por contagio, en el privado. Que lo bien que están los pocos que están bien con sus bien/estares en el bienestar social de marras del pequeño territorio de las democracias liberales donde habitas, dicen, se acaba. Cataclismo anunciado con la voz de Abadón, ángel exterminador, cuya lengua expele afirmaciones categóricas: El sistema de pensiones no es sostenible. La sanidad pública hace aguas. Hazte un seguro privado de salud, además del público, por si acaso. La educación pública es de baja calidad. Útil a medias y sólo para algunos; yo me llevo al niño a la concertada o la privada, con su uniforme azul y todo, mira, ni punto de comparación… Que no lo lees en el diccionario de la RAE, pero lo ves por doquier, que el Estado de bienestar debilitado, sin el “bien”, genera “peor distribución de la renta”, “menos prestaciones sociales para los más desfavorecidos”.

 ¡Qué suerte vivir aquí!; da gusto; no nos falta de ná; aquellos eran otros tiempos; tú no pasas hambre; un país longevo; vamos a caminar por la playa; estoy cobrando el paro; todo el mundo viaja; ¿dónde vas de vacaciones este año?; le hicieron un transplante de pulmones en el hospital público hace cinco años y, mira, aquí sigue; ¿jubilado?, ¡qué bien vives!; esto va a explotar por algún lado; vivienda inaccesible para muchos; agua corriente; luz; escolarización universal hasta los dieciséis años; ¡qué solecito más bueno!; voy a comprar otro teléfono móvil; solicité ayer la ayuda a la dependencia; ¿vas este año en un crucero Low Cost?; me voy a Liverpool a ver un partido de fútbol; ¿dónde has estado?, en Nueva York; Málaga-Madrid, dos horas y media en tren AVE; precariedad laboral; no llego a fin de mes…

 Si intentas medir o ponderar el bienestar o la felicidad por el PIB te quedarás corto en la valoración, si posible es calificar este asunto. Hace tiempo que se quiere medir lo intangible. Hay empeño en cuantificar y acumular indicadores al respecto. En 1990 surge el IDH (Índice de Desarrollo Humano), con indicadores de salud, educación, nivel de vida. Después vendrá el Better Life Index (2011), con más dimensiones: seguridad, vivienda… Tras este aparece el Índice de Felicidad Mundial, con variables emocionales: corrupción, generosidad… No contentos con la felicidad de unos cuantos, surge el Índice del Planeta Feliz, todo el planeta feliz, ¡ea!, que aborda aspectos relacionados con la huella ecológica. Pero como no sólo ha de medirse el crecimiento, se crea el PIB Verde, que ya contempla la salud mental, la participación democrática, la calidad del aire. Como no basta un momento concreto de medición, también se busca información sobre impacto de las políticas a escala intergeneracional con el fin de indagar sobre el bienestar del futuro. Esta medición futurista se denomina Índice de Prosperidad Inclusiva. Detrás de todas estas incitativas están, mira tú, organizaciones y fundaciones económicas.

No confundas sociedad de bienestar con felicidad. En un delicioso librito, de título Verbolario (2022), el guionista y escritor Rodrigo Cortés desnuda las palabras y asigna su significado oculto al vocablo felicidad: “Felicidad, f. Estado de plenitud que acaba al despertar.//2. Desmemoria.//3. Eternidad breve”. No te ofusques en buscar a Felicidad, la tirana. Preocúpate de no caer en las mallas de Imbecilidad, acólita de la diosa Estulticia, poderosa en divertir a dioses y hombres. Tan poderosa que el humanista Erasmo de Rotterdam (1467-1536) le dedicó un libro, Elogio de la locura. Dice la Estulticia en el capítulo XLV: “Por tanto, no hay diferencia entre estultos y sabios o, si las hay, es favorable a los primeros, primeramente porque su felicidad les cuesta muy poco, ya que consiste en una modesta persuasioncilla, y luego, porque la comparten con la mayoría de las personas”. Si a la tiranía de la felicidad se le añaden la compañía del éxito y la meritocracia en las existencias de los apesadumbrados humanos, entonces la cosa se pone chunga para estar bien en la sociedad del bienestar que ni estar te deja. Y ya tienes al triunvirato FEM, Felicidad/Éxito/Meritocracia, dispuesto a dificultar, si puede, tu bien estar y tu estar bien, pues su gobernanza procura elevar el individualismo a los cielos y el nosotros a las cloacas. Abunda la mercadería de acreditaciones, títulos y másteres como antaño la compra y venta de bulas. Se sabe de currículums de personas dedicadas a la “cosa pública” adquiridos en mercadillos de acreditaciones y asignados por el dios azar. Correr y obsesionarse con la felicidad o con el éxito no proporcionan estares sosegados en una dinámica social determinada por éxitos y fracasos y ganadores y perdedores y competidores. Queda en tus estares la adopción de una posición de resistencia digna e inteligente, de satisfacción íntima y buen hacer.

Se vive mejor (aquí) que en siglos anteriores: comodidad, seguridad, bienes materiales, derechos, servicios…Aquiescencia hay en que la democracia liberal ha conseguido progreso material, también moral. Las mejores condiciones de vida y su prolongación son evidentes. El bienestar debería, teóricamente, provocar que te sintieses bien o muy bien o mejor que muy bien. Pero no es así, parece. Es un sí, pero no. Pace por doquier la quejumbrosa declaración: sí, pero no. Las expectativas autoimpuestas o por presión externa, se tornan enfermedad en una sociedad del espectáculo competitiva. Como muchas de esas expectativas no se cumplen, llegan las decepciones constantes. Te decepciona el jefe, la película, tu pareja, la novela, el viaje, el concierto… ¡Qué decepción! ¡Me has decepcionado! ¡Uf! Y es que se trata de un bienestar a base de bucles de consumo, logros tecnológicos sin fin, adicción a la producción y a la acumulación de artefactos, abono a la insatisfacción permanente…Tal vez el bienestar es otra cosa y no te has enterado. Porque si estás tan bien ¿por qué te sientes tan mal? Si se ha progresado tanto en muchos órdenes de la vida, ¿por qué hay tanto malestar, parece? ¿Es posible que se te escape la comprensión de la vida humana?

El filósofo Javier Gomá esgrime varias causas que producen el descontento en la sociedad del bienestar. Una de las causas es la conciencia de dignidad alcanzada por el hombre, unida a la cruda realidad de la muerte y, por tanto, a un mundo sin sentido en el que la infelicidad es parte constitutiva de la condición moderna. Otra causa tiene que ver con los logros en igualdad progresiva en cuanto a dignidad y derechos de las mujeres y de minorías antes marginadas, “ley del más débil”. Esto deriva en que cuando se vulneran sus (tus) derechos crece la indignación y el escándalo en la ciudadanía. Por tanto, son síntomas de avances que no se quieren perder. Ya no se toleran pasos atrás. En Universal concreto (2023), Gomá escribe: “pobres, enfermos, discapacitados, parados, jubilados, mujeres, niños, homosexuales, presos, disidentes, extranjeros, excluidos. Si se les interroga a las víctimas de la discriminación qué época de la Historia elegirían para vivir, cabe suponer que todos esos grupos optarían por la actual democracia liberal”.

Se genera riqueza, pero la redistribución de la misma es desigual. La paradoja se manifiesta en democracias donde la igualdad es valor, mas la desigualdad crece. Unos que a apretarse el cinturón; otros que cada palo aguante su vela; otros que el Estado intervenga aquí y allá; otros que el Estado asome la cabeza lo menos posible; otros sin Estado, ¡ay!, si el Estado ya casi no está. El que sí está es el Mercado, dios omnipresente hasta en la sopa. Si el bienestar se esfuma, habrá que ponerse a laborar para cultivar bien el estar y no hacerlo depender del estado de bienestar, que no está o quiere pirarse. Si desapareciera la sociedad del bienestar como la conoces, tendrás que ponerte manos a la obra y empezar por generar mejores vínculos comunitarios, una apelación al “nosotros”. ¿O no?

En las acepciones de la RAE el bienestar tiene que ver con “las cosas necesarias para vivir bien”, ¿se necesitan tantas cosas?; tiene que ver con “vida holgada”, ¿todo ha de ser rentable y útil?, ¿puedes parar un poco?; tiene que ver con “pasarlo bien y con tranquilidad”, ¿puede el silencio ayudar?; tiene que ver con el “buen funcionamiento de su actividad somática y psíquica”, ¿puede conducir a ello la templanza y el equilibrio cuerpo-mente, cultivando vida interior y sopesando cuotas de vida activa y vida contemplativa?  Lo ideal es la plenitud y la completud y la satisfacción, pero eso es lo ideal. Está la cara de la incompletud, el vértigo, la herida, la contingencia, la vulnerabilidad. Y en esa tensión se boga en el tramo existencial hasta tu desaparición. “Nada cura el vacío, nada calma nuestra sed, nada colma nuestra hambre. […] Nuestra vida se remedia con la muerte, ese estado permanente de inconsciencia y unidad. La herida consiste en saberlo”, escribe Chantal Maillard (La razón estética, 2021). Reconocerlo es ya síntoma de “estar-siendo”, saberte con posibilidades para autoconstruirte. Y, también juntos, “construir mundo” y estares en responsabilidad.

Como enriquecimiento de tus estares, el epicureísmo, que no el hedonismo, puede proporcionarte enseñanzas que devengan en bienes (interiores). Partían los epicúreos de la idea de que mente y cuerpo son materia, no hay vida después de la muerte y, si hay dios, poco le importa la humanidad. Así que nada de temer a la muerte. A partir de ahí, déjate de reprimir emociones y pasiones. Pero no se trata de una vida consumista, desenfrenada o lujosa. Nada de eso. La búsqueda de experiencias y sensaciones placenteras acaba en derrota. Cumplidas las necesidades de supervivencia, se trata de liberarse de miedos y ansiedades y llevar una existencia con buenas relaciones, sin logros o gastos extraordinarios. La moderación y la tranquilidad por encima de la búsqueda de placeres físicos. A partir de un determinado umbral no producen efecto subjetivo de bienestar la acumulación de bienes, experiencias, cachivaches, autos, etc. Lo mejor de la vida es gratis y estriba en los placeres sencillos: estar con los amigos, la hora del desayuno, momentos para la relajación, vida social tras el trabajo, vida íntima y familiar, frecuentación de una afición…

El filósofo Baruch Spinoza (1632-1677) consideraba que no había que “buscar otra cosa que aquello que hay”, aquello que hay; que es un error creerse “seres independientes” (se es cuerpo-mente en unión con la Naturaleza); que se yerra si se cree que la vida tiene un fin (el prejuicio de la finalidad es fuente de sufrimiento); que hay que dejar de ser lo que se cree ser y desvelar lo que verdaderamente se es (titánica tarea). Y todo, para llegar a descubrir Contento, Alegría, que es la manifestación del impulso vital que caracteriza al humano y lo hace perseverar en la vida. De ahí que Spinoza invite a meditar y reflexionar sobre la vida y no sobre la muerte, a la que hay que dejar tranquila. Alegría que el compositor Ludwig van Beethoven (1770-1827) incluye en el cuarto movimiento de su novena

sinfonía, Coral, mediante la intervención del coro por primera vez en este tipo de composiciones musicales. Beethoven utilizó la letra de Oda a la Alegría”, poema de Federico Schiller (1759-1805): “Todos los seres beben de la alegría del seno abrasador de la naturaleza. […] ¡Abrazaos millones de hermanos! Que este beso envuelva el mundo entero!..”. Puedes escuchar esta pieza musical aquí: https://youtu.be/7rzn_nAF59I?is=s5N9xOhP_iDXZvtE

Alegría. “La pobreza más profunda es la incapacidad de alegría”, dejó dicho el finado Benedicto XVI, de nombre secular Joseph Alois Ratzinger, ducentésimo sexagésimo quinto papa de la Iglesia católica. Así que zámpate un plato de huevos fritos con patatas, chorizo, lomo y pimientos, y percibe el goce estético de la ingesta. Ríete de ti mismo. Degusta en el chiringuito un espeto de sardinas y una cerveza bien fría, chúpate los dedos y lame bien la experiencia estética. Sálvate por la ironía. Potencia y dale vidilla al hemisferio derecho de tu cerebro, competente y atento a las relaciones, las cualidades, lo dinámico, el humor, las metáforas…Así tus estares se enriquecerán gracias a una mente, también, en modo holístico. Usa tu imaginación creadora y monta una oficina portátil en la playa, o cubículo a elegir en paraje cercano a tu morada, sin olvidar hamaca, sombrilla, mesita auxiliar, libro, agua, auriculares, crema protectora, almendras, pues contribuirán, sin duda, a mejorar tu placer estético y tu cuota de vida contemplativa. Sé consciente de tu miseria compartida y actúa con benevolencia. Considera, como afirma Jesús G. Maestro, que “lo contrario de la felicidad no es la desdicha ni la infelicidad: es la inteligencia”. Lee, hazte cargo de lo leído y te ahorrarás visitas al gabinete psicológico. Abrázate a la ficción y a la literatura como fuerzas salvadoras y creadoras y constructoras. Escribe Maestro que “la literatura, como la inteligencia, no sirve para ser feliz. Sirve para no ser un idiota” (El fracaso de la felicidad, 2026). Escucha los sonidos de Bach, Mozart, Boccherini, Rossini o Verdi y te ahorrarás psiquiatras. No intentes persuadir a otro de que llevas razón, sea la razón poética, histórica, narrativa, vital, desvalida, estética, pura o atrevida. Ama. El amor es el gran ideal, el único ideal, el ideal ideal que persiste. Llama a una amiga, invítala a comer y comparte risas estéticas. Apúntate a un grupo de lectura y conversa estéticamente con los tertuliantes. Llama a un amigo, convídalo a un café y comparte confidencias estéticas. Por mor de estas y otras actividades que pergeñes, crees y recrees, presentes y representes, disfrutando y penando en la sociedad del bienestar en la que habitas, avanzarás con estética y armónica elegancia en tus estares y alegrías.

 

                                                                      José García Guerrero.

                                                                                Maestro.

                                                               “benaltertulias.blogspot.com”.


domingo, 14 de junio de 2026

Encarnación Cabré

ENCARNACIÓN CABRÉ (1911-2005)

La arqueología con mirada femenina

 

En opinión de la política feminista, y también arqueóloga, Alicia Torija, Encarnación no ha recibido la suficiente atención, como a menudo suele pasar con las mujeres que destacan en ciertas profesiones secularmente ejercidas por los hombres. En su opinión: «No estamos hablando de una pionera en España, sino una pionera a nivel mundial». Efectivamente, Cabré fue la primera mujer en España que se dedicó a la Arqueología de campo y, siguiendo los pasos de su padre, el profesor Juan Cabré[1], llegó a convertirse en una eminencia internacional, si bien el merecido reconocimiento a nivel social en la actualidad está aún por llegar. Generalmente, Encarna ha quedado a la sombra de su padre, hecho que, objetivamente, ha ninguneado su labor, la mayoría de veces, disuelta o englobada en un «masculino genérico» de la arqueología española.

Encarna no solo fue pionera en la profesión por ser la primera mujer en ejercer la arqueología de campo, sino por la introducción de sus métodos, utilizando la fotografía en las excavaciones como medio para documentar las piezas, hasta entonces apenas utilizada, y no como forma de documentar que Encarna sistematizó como método, método que a partir de entonces se impuso en la disciplina ampliando, además, la fotografía en sus trabajos de campo: una especie de ventana que nos permite asomarnos a la vida cotidiana de una excavación en su época; una mirada distinta, femenina, como en su momento la fotorreportera Gerda Taro enfocando su mirada en el impacto humano ejercido por los horrores de nuestra guerra, documentando, especialmente, el sufrimiento de la población civil en la retaguardia, o como lo hizo también otra periodista: «Colombine», durante la guerra de Marruecos, poniendo en evidencia los desastres en la retaguardia civil. Encarna fue, a su vez, como se ha apuntado, una excelente dibujante. De nuevo también se ha obviado este dato atribuyendo muchas de sus obras al padre.

En esta misma línea, la también arqueóloga, Isabel Baquedado, su principal biógrafa, afirma que su precocidad le hizo llegar a ser ayudante de su padre, incluso antes de terminar el instituto. De nuevo ella resalta su aportación con la fotografía para los trabajos de campo: «No solo llegó a ser una de las mayores expertas en arqueología, sino que fue pionera en el uso de la fotografía para documentar los trabajos, y era una especialista también en el dibujo y en restauración de materiales arqueológicos». No solo «ayudó» a su padre, afirma Baquedano, sino que colaboró hasta el punto de dirigir las excavaciones en su ausencia, y muchos de los dibujos y publicaciones que se han atribuido a él son conjuntos o de ella. Sin embargo, algunos de los artículos que se referían a Encarna lo hacían de forma «infantilizadora», señalándola como «una jovencísima niña, con largos bucles rubios, tan sutil y tan delicada que parecía una muñeca», apelativo que se repetiría para referirse a ella en la época y, también, en épocas más recientes, al estudiar su figura. Por entonces aquella muñeca ya hablaba alemán, francés e inglés, publicaba internacionalmente y excavaba.

Por otro lado, y no menos importante para su formación, si bien esta cuestión no suele aparecer en su biografía, y en relación a su temprana vocación, es la influencia y el ejemplo de su madre, Antonia Herreros, que acompañaba a su esposo a las excavaciones y ejercía de secretaria, gestora y restauradora de las piezas. De nuevo el ocultamiento de la labor de su madre, tradicionalmente en la sombra.

Encarna, nacida en Madrid en 1911, estudió Filosofía y Letras, sección Historia en la Universidad Complutense de Madrid entre los años 1928-1932. Complementó dicha formación académica con otros estudios en Europa, principalmente en Alemania. Durante estos años Encarna entró en contacto con figuras destacadas en la arqueología como el alemán, nacionalizado español Hugo Obermaier, el abate francés Henri Breuil o el profesor Elías Tormo. Sus primeros trabajos se iniciaron en el castro de Las Cogotas (Cardeñosa, Ávila), primero de manera esporádica y más tarde, en 1930, ya de forma permanente, en la campaña de la necrópolis de Trasguija, ubicada en el mismo castro. En 1929 asistió al IV Congreso Internacional de Arqueología Clásica celebrado en Barcelona, coincidiendo con la Exposición Internacional, donde presentó una comunicación[2]. Al año siguiente participó en el XV Congreso Internacional de Arqueología y Antropología Prehistórica, celebrado en Portugal. Lo insólito de sus incursiones, en un mundo tan virilizado como el de la arqueología, llamó la atención de la prensa internacional y lusa que la bautizó con el apodo de «Miss Congress».

Hasta final de la guerra siguió participando junto a su padre, como en el Cabezo de Alcalá de Azaila (Teruel) en otoño de 1931, donde estuvo a cargo del diario de excavaciones. Al poco tiempo su padre tuvo que abandonar la excavación por enfermedad y Encarnación Cabré permaneció concluyendo los trabajos y levantando sus planos. En 1932 comenzó el doctorado en la Universidad Complutense, en cuyo contexto obtuvo una beca de la Junta Superior de Ampliación de Estudios de Madrid para realizar cursos de Prehistoria y Etnografía en las Universidades de Berlín y Hamburgo (1934-1935). También consiguió una beca para realizar el Crucero Universitario por el Mediterráneo, organizado por la Universidad Complutense de Madrid y participó en las campañas de excavación llevadas a cabo en la Necrópolis de La Osera (Chamartín de la Sierra, Ávila) encargada de los diarios de excavación.

El curso 1933-1934 inició su actividad docente, como profesora de Historia y Geografía en el Instituto-Escuela de Madrid y también como profesora-ayudante en el departamento de arte dirigido por Elías Tormo en la Universidad Complutense de Madrid. Entre los años 1934-1936 se incorporó al grupo Misiones de Arte, dirigido por el arquitecto Manuel Gómez Moreno y realizó varias conferencias en el Círculo de Bellas Artes, el teatro de La Latina de Madrid y en el Ateneo de Bilbao, además de otras varias actividades relacionadas con la arqueología. Durante la Guerra Civil, haciendo un paréntesis en sus excavaciones, participó en la salvación de los tesoros del Museo Cerralbo, amenazados durante el conflicto. Durante la década de los 40 retomó su actividad investigadora con la publicación de varios trabajos (firmados por el padre) y tras un nuevo paréntesis, en 1974 retomó su labor científica con la publicación de 25 trabajos sobre la Edad del Hierro en la Meseta.

Sin embargo, como venimos diciendo, su labor pionera como científica ha tardado en manifestarse públicamente. En 2019, en el Congreso de los Diputados, se aprobó por unanimidad una propuesta para colocar una placa recordatoria en el jardín del Museo Arqueológico Nacional. En 2020, fue incluida dentro del proyecto «Mujeres Investigadoras en los Archivos Estatales (1900-1970)». En la provincia de Málaga, en Antequera, se abrió un aula con su nombre, en 2022, en el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera. En 2024 la Asociación Española de Amigos de la Arqueología aprobó la creación y dotación del «Premio Encarnación Cabré a la divulgación del patrimonio arqueológico».

Durante la Guerra Civil, la familia rechazó la evacuación que se les ofreció y siguieron trabajando para proteger los fondos del Museo Arqueológico Nacional y del Museo Cerralbo. Inventariaron, envolvieron y protegieron los fondos, así como otros objetos artísticos que entregaban los ciudadanos para protegerlos. Por todo ello, la tesis de Encarnación Cabré quedó aparcada. En la posguerra tanto el padre como Encarnación sufrieron procesos de depuración que los apartaron de los museos, la docencia y la investigación. En 1939 contrajo matrimonio con Francisco Morán y durante unos años (el paréntesis que señalamos), se consagró exclusivamente a su numerosa familia (ocho hijos).

No sería hasta 1975 cuando volvería realmente al trabajo activo. En ese periodo colaboraría también con su hijo y con Isabel Baquedano. Por cierto, cuando su hijo Juan Morán Cabré se disponía, con gran alegría por su parte, a seguir los pasos de madre y abuelo, el influyente y falangista Martín Almagro Basch vetaría su acceso a la Complutense (UCM), donde ejercía su cátedra, con este razonamiento: «En la Complutense no habrá nunca un Cabré que estudie Arqueología», por lo que el joven Juan tuvo que matricularse en la Autónoma (UAM)[3].

La última aparición pública de Encarna fue en 1988, en su participación en el II Simposio sobre Celtíberos. Murió en Madrid en 2005 a los 93 años.

 

                                                         Rosa M. Ballesteros García

                                           Vicepresidenta del Ateneo Libre de Benalmádena

                                                        “benaltertulias.blogspot.com”



[1] Primer director de la Fundación Museo Cerralbo (1934). En 1939 fue destituido de su cargo al finalizar la Guerra Civil. A diferencia de la mayoría de arqueólogos del momento, Juan Cabré Agiló no pertenecía a la alta burguesía o la nobleza.

[2]  Fue la única presentación realizada en el congreso por una española.

[3] Fue la primera promoción de esta Universidad, fundada en 1968.


domingo, 7 de junio de 2026

La plasticidad cerebral

                                                              LA  PLASTICIDAD  CEREBRAL

Podemos afirmar que el ser humano es el único ser vivo que nace incompleto y cuya maduración tarda años en llegar a un término que realmente nunca se alcanza, y esto es especialmente cierto, en lo que se refiere a la capacidad cerebral cuyas aptitudes se desarrollan durante todo nuestro ciclo vital gracias a la neuroplasticidad.

La neuroplasticidad es la capacidad de nuestro cerebro para modificar su estructura y funcionamiento que son la base del aprendizaje, de la experiencia adquirida, de la adaptación al entorno o la posibilidad de recuperarse de una lesión. Esta capacidad se mantiene en la adultez y en la vejez, lo que convierte el estilo de vida en un factor decisivo para conservar la salud cognitiva. Mantenerse activo intelectual, social y físicamente cultivando nuestra neuroplasticidad, puede retrasar el deterioro asociado al envejecimiento  y mejorar la calidad de vida.

Podemos denominar a esta característica como una “neuroplasticidad estructural” que se refiere a la capacidad de cambios en la estructura física cerebral, es decir, a la formación de nuevas neuronas y nuevos enlaces neuronales que contribuyen a su crecimiento y que son básicos para entender el desarrollo del aprendizaje, la mejora de la memoria y la formación de la experiencia, especialmente importantes en la niñez como etapa de formación pero que persisten en la edad adulta e incluso en la vejez.

Unida a esta propiedad existe una “neuroplasticidad funcional” referida a la capacidad de cambios en la forma de comunicarse las células entre ellas mismas, generando nuevas redes neuronales de comunicación, información e intercambio, y estableciendo prioridades de conexión que facilitan el almacenamiento de conocimientos y su utilización oportunas para permitir la posibilidad de obtener nuevas habilidades basadas en las competencias adquiridas de aprendizaje y memoria.

Estas nuevas conexiones se fortalecen mientras más se utilizan, y languidecen si no tienen uso, de forma, que existe un proceso continuo de formación o “neurogénesis sináptica” y otro de poda sináptica encargado de eliminar lo sobrante, lo que se llama una “neuroplasticidad negativa”, que contribuye a hacer el cerebro más eficaz. En consecuencia,  nuestro cerebro está en continuo funcionamiento, es decir, tiene la capacidad de recuperarse, reestructurarse y adaptarse a nuevas situaciones, es lo que ocurre en los comprobados casos de lesiones locales en los que las células cerebrales vecinas pueden asumir las funciones de las células dañadas, lo que se conoce como “neuroplasticidad compensatoria” que se aleja de las teorías de la localización.

En el año 1861 Pierre Paul Broca (1824-1880), médico, anatomista y antropólogo francés, localizó el leguaje humano en la zona frontal izquierda del cerebro, y trece años más tarde Carl Wernicke (1848-1905), neurólogo y psiquiatra alemán, asienta la teoría localizacionista aumentando su extensión. Pero en 1888 Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) establece que la estructura cerebral no es un continuum, sino que está compuesta de células interconectadas mediante uniones especializadas o sinapsis que, de ser consideradas rígidas e inmodificables, pasaron a ser dinámicas y adaptables, estimando que la respuesta neuronal al estímulo exterior no está programada y que requiere el concurso de proteínas y de procesos biomoleculares y químicos que asientan en estas sinapsis conectoras. La neuroplasticidad es un proceso continuo de remodelación fisiológica que dura todo nuestro ciclo vital, y que, aunque sea más intenso en la niñez y en la infancia, no decae en la edad adulta ni en la vejez, siempre que sepamos estimularlo.

Esta posibilidad de estimulación se encuentra en la base de la rehabilitación médica que atiende a estas pérdidas de capacidad sean del origen que sean, traumáticas, vasculares (derrames), o simple deterioro, tratando de poner en marcha nuevas vías neuronales y nuevas sinapsis mediante la estimulación repetitiva y continua de funciones elementales. En primer lugar cuidando la administración de una dieta sana e incrementando la actividad física a través de la práctica de ejercicios aeróbicos (bailar, nadar, caminar).

En segundo lugar tratando de estimular las actividades propias, puramente cognitivas (manteniendo el aprendizaje continuo de actividades renovadas o nuevas), de la memoria (repaso de tareas antiguas y programación de otras), de la capacidad de síntesis incrementando la lectura razonada y comprensiva, desarrollando la afición a la escritura, la pintura y la música, bien sea tocando algún instrumento o sencillamente captando e interpretando los sones musicales, es decir, profundizando en la meditación y en la contemplación interior.

Todas estas actividades, que forman un estilo de vida, tienen influencia sobre nuestra “plasticidad neuronal” contribuyendo a una redefinición del envejecimiento aprovechando la capacidad de desarrollo cerebral, que no cesa en la vejez, que continua la creación de nuevas vías neuronales (neurogénesis) y nuevas conexiones sinápticas (sinaptogénesis), que nos ayudarán, en todo caso, a mantener nuestro cerebro en las mejores condiciones posibles evitando el deterioro que se produce por su falta de uso que en definitiva es lo que nos lleva a su atrofia y a la auténtica senilidad.

                                                                        Jesús Lobillo Ríos

                                            Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

                                                            “benaltertulias.blogspot.com”  

 

 

Bibliografía

Rubia F: “La plasticidad cerebral”. Sesión Ordinaria R.A.N.M. 2026

Dotta M, Buzzi A. “Carl Wernicke”. Fundación Ciencias Médicas de Rosario. 2023

Piqueras Bravo M. “Neuroplasticidad, qué es y cómo funciona” Sanitas 2026.

Lindeman y col. “Tratado de Rehabilitación”. Labor 1975.

Swaab D. “Somos nuestro cerebro”. Plataforma Editorial 2014.


domingo, 31 de mayo de 2026

La luna

LA LUNA

 

Hace más de cincuenta años, cuando los fervores lunáticos estaban a flor de piel, porque nos decían que el hombre había pisado La Luna, le preguntamos a Fidel Habib si él iría a La Luna. La respuesta fue, además de sensata, plena de buen humor y sin meterse con nadie. Nos contestó a todos, presentes y no presentes (no precisamente ausentes) que él no había estado allí nunca y que por lo tanto no se le había perdido nada en La Luna.

Ahora que volvemos a las andadas y además, como podría decir cualquiera, en volandas, se nos ocurre repetir la gesta, ya que de gestos andamos más que sobrados.

Nos hemos comprometido hasta  en ver la cara oculta de La Luna, por curiosear si nos dice algo más. También por si podemos sacarle algo más que simples y frías fotografías.

Esta vez no nos hemos atrevido, con mucha y mejor tecnología que antaño, en meter la pata y no nos hemos tomado el lujo de bajar como la otra vez (si es que entonces pisamos luna firme, en un mar de grandes dudas).

Nos puede dar la impresión de que nos han medio obligado, una vez más, a mirar a La Luna, para que no reparemos en lo que nos están haciendo a los humanos aquí, en La Tierra, que da la impresión de que quieren hundir nuestros pies, cada vez más, en arenas demasiado movedizas, que están preñadas de petróleo.

Selene nos contempla, sobre todo de noche, cuando algunos inhumanos aprovechan para bombardear más, si cabe. Selene no dice nada o no la escuchamos, porque está bastante lejos. Tampoco podemos escucharla, porque el ruido de las guerras es demasiado ensordecedor.

De lo que sí estamos seguros es de que Selene no nos engaña; siempre nos muestra la misma cara. Y que, aunque “el camino sea largo”, aunque demos muchas vueltas a nuestras cosas, Artemisa nos guía durante las noches, como a los cazadores nocturnos, pero no como a asesinos nocturnos, y nos ilumina el camino de vuelta, aunque estemos rodeados de oscuridades. Igual que la nave espacial nos ha entregado, sanos y salvos, a los nuestros en uno de estos últimos días.

Selene  no nos engaña; igual que “Ítaca, que nunca nos engañó ni nunca tampoco nos metió prisa”, como suelen hacer muchos belicosos y beligerantes con sus “malditas guerras”, que nos obligan a precipitarnos y a “no aprender”, sobre todo, los caminos y senderos de la paz.

La Luna  no nos engaña, porque además de mostrarnos siempre la misma cara, da siempre las espaldas a todo el Universo, incluso como metáfora de que nuestro destino está cercano, sin ir más lejos en el espacio ni ir más rápido en nuestros acontecimientos. Con un silencio clamoroso nos dice que arreglemos antes nuestra casa, ese pequeño hogar que todos conocen como La Tierra.

Los caminos de la Paz se nos iluminan de día y de noche y no necesitan de teloneros bélicos, que  no saben hacer otra cosa que aislarnos de  todas las esperanzas.

Ya que no podemos detenernos tampoco “en los emporios de Fenicia”, porque nos los están destrozando. podemos dedicar nuestros días y nuestras noches a construirnos una paz, total y universal, con la experiencia que nos han dado tantos siglos y, sobre todo, tantos  días de frenéticas destrucciones, especialmente, de vidas humanas totalmente inocentes.

Si nos volvemos verdaderamente sabios por todas las experiencias que nos han arañado hasta la conciencia, La Luna nos alumbrará mejor y sin humos y sin negras sombras para poder seguir nuestros caminos terrenales en buena compañía.

 

                                                         JOSÉ MARÍA BARRIONUEVO GIL

                                                             El Ateneo Libre de Benalmádena

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domingo, 24 de mayo de 2026

Mentiras

                                             MENTIRAS

 

                                                Miedo, mentira y culpa son las tres fuerzas principales que gestionan

el mundo y organizan la vida de la gente. Siempre ha sido así.

 

Jesús G. Maestro,

Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, 2025.

 

Ápate, hija de la Noche, impera, domina, manda. Ápate feliz en los tiempos globales, navega por ríos de tinta de periódicos y revistas, vuela por ondas electromagnéticas, se escabulle por fibras ópticas bajo inmensos océanos, doblega a los ceros y unos de un mundo dataísta. Ápate, expulsada de la caja de Pandora, dichosa con su cohorte mayor de posverdad, new fakes, difamaciones, engaños, infamias, bulos; contenta con sus acólitos menores de chisme, cotilleo, chismorreo, embuste, mentirijilla, que mira por donde, estos segundones, hasta saludables se tornan en determinadas dosis y contextos. Aunque si hemos de recordar a María Trinidad Cotilla, la tía Cotilla, supera con creces a sus compañeros de segunda fila. Esta mujer chismosa e indiscreta, entre otras viles actividades, delataba a los liberales opositores del absolutista rey Fernando VII (1784-1833). Su mala lengua y sus peores acciones hicieron estragos allá por el siglo XIX. La prensa y la literatura lograron que el apellido Cotilla se transmutara en el adjetivo cotilla, vocablo aparentemente dicharachero y puñetero, no sólo en tiempos del rey felón y finales del XIX, sino ahora, cortesano de los mentideros analógicos y digitales.

 

No te creas nada; yo nunca miento; no levantarás falsos testimonios ni mentirás; mentira piadosa; ¿por qué no te callas?; mentidero; nada es verdad ni mentira, todo es según el cristal con que se mira; mientes como un bellaco; la mentira no es lo contrario de la verdad; noticias falsas; bulos; los vivos todos los días mienten; “la verdad de las mentiras”; ¡vaya trola!; sin la mentira la supervivencia es imposible; falta de credibilidad; mentir sale rentable; yo siempre digo la verdad; si miento a todos, dimito (mentira, no dimite nadie); yo a ti jamás te mentiría; “sin mentir, no decir todas las verdades”, aconsejaba Baltasar Gracián (1601-1658); posverdad…(Sigan ustedes…).

 

Al igual que se elige Miss Universo, se asigna un día mundial a la obesidad, la fraternidad humana o las legumbres, algunas instituciones eligen la palabra del año. Para la Fundación del Español Urgente (FundéuRAE) los términos elegidos del periodo 2020/2025 fueron: confinamiento, vacuna, Inteligencia Artificial, polarización, dana, arancel. Todas dibujan un mundo inquietante. Para el diccionario Oxford la palabra del año en 2017 fue posverdad. Y es que se ha instalado la posverdad, vocablo de moda y verdad verdadera, en todos lados. Campea por doquier, como Pedro por su casa. Enseñorea su pos y su verdad en múltiples artículos, ensayos, noticieros y titulares. Se caracteriza la posverdad por no considerar los hechos objetivos a la hora de tomar postura o entender. Prevalecen las creencias personales o las propias emociones, sobre la objetividad y evidencia demostradas. Cuando se defiende  una  creencia determinada pese a que la realidad demuestra lo contrario, mal vamos, pues todo vale. Si nada es cierto ni nada es falso, si la ciencia no nos vale, el delirio colectivo es lo que nos queda.

 

Mentir constituía una acción de supervivencia para el pícaro Lázaro de Tormes. El problema surgía si se percataban del engaño, como le sucedió con el amo ciego. Pues en sus fortunas y adversidades no se trataba de ser o no ser, mentir o no mentir. Se trataba de un básico dilema: comer o no comer. Si miento, apaciguo el hambre. Miento, luego vivo. Ocurrió cuando el ciego notó que Lázaro bebía su vino por el agujero que el rapaz había hecho en la base del jarrillo usado para tal menester y que tapaba con cera. Al calor de la lumbre, sentado Lázaro entre las piernas del amo, la cera se derretía y el líquido deseado iba directo a la boca del pícaro. Cuando el ciego reparó en el engaño, levantó el jarro y con todas sus fuerzas lo estampó en la cara del lazarillo: “Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos dél se me metieron por la cara, rompiéndomelas por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé”. Y esto puede acontecer cuando te pillan en la mentira a pequeña escala.

 

Otras mentiras, sin embargo, se construyen a gran escala. Porque hay mentiras que se diseñan y venden, cual urbanización de lujo con vistas al mar, o se ocultan en una profunda gruta por tiempo indefinido. Sólo hay que reparar en la lucha de dominio y poder de organizaciones o Estados, arbitrando el procedimiento de bandera falsa: desde la piratería, que usaba banderas de otros países, pasando por la masacre de Katin, en la Polonia de 1940, donde miles de ciudadanos polacos fueron fusilados por la policía secreta soviética, pero cuya ejecución fue atribuida al régimen nazi, hasta los terribles ataques terroristas perpetrados por servicios secretos e implicación de la CIA para evitar el desarrollo de las izquierdas en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, atentados contra miles de inocentes por la denominada Operación Gladio.

 

Personajes de la “Historia de todos los humanos no escrita ni grabada ni registrada”, que no vas a encontrar ni en comunitaria Wikipedia, ni en sabelotoda IA, ni en ensayo histórico o novela, que yo sepa, son los barberos Francisco Palacios y Cristóbal de igual apellido, padre e hijo, apodados “Pirulo”, tanto uno como el otro, pues el segundo heredó oficio y mote. Francisco ejerció también de dentista y gustó de la música, especializándose en el toque de bandurria. En la barbería de Pirulo, sita en su última sede en calle Chozuela de la Villa Condal de Teba, chismorrear y cotillear constituían un arte, un aliciente para la lengua y una garantía de salud de los lugareños. O sea, al contrario de las prácticas de doña Trinidad Cotilla, el cotilleo piruliano, mientras esperabas en la barbería o mientras te cortaban el cabello, sólo delataba beneficios sociales.

 

Los instrumentos propios del oficio de barbero en aquella época, segunda mitad del siglo XX, consistía en un quinteto de tijeras, un cuarteto de peines, un dúo de navajas barberas, ¡cuánto poder sobre la vida y la muerte del cliente!, un lápiz cortasangre de gran efecto coagulador, el suavizador de cuero para las navajas, dos máquinas de “pelar” –así las denomina Cristóbal-, una manual de ritmos diversos y tonos graves, otra electrónica, monótona y con un ritmo regular exasperante, una bandeja repleta de recortes de periódicos, “toallitas informativas”, una barra de jabón de afeitar, el termo con el agua destinada a la tacilla jabonera, un espejo de mano y artilugios de este arte como los pulverizadores de agua, colonia y de polvos de talco, rematadores y teloneros de la faena.

 

Para los infantes acudir al establecimiento de Pirulo era sinónimo de visita a la Inquisición. Cristóbal y su padre se convertían en crueles y despiadados Torquemadas, con grandes manos transformadas en instrumentos cantarines de tortura. Un cajón de madera sobre el asiento hacía de patíbulo. El babero celeste te identificaba y señalaba tu delicada situación personal de condenado. Ni modas pasajeras, ni cortes sofisticados de la modernidad invadieron una forma de hacer casi centenaria. Había una constante: los estilos se reducían  al “pelao de rayas a lo Manolito”, al “pelao a lo Jaime”, es decir, al cepillo y, por último, al “pelao a cero o a rape”. Por otro lado, el “pelao” podía hacerse a tijera o a máquina, siendo de gran efectividad el “pelao a tijera y peine”, que no a navaja. Al salir de la barbería, un gélido airecito te recorría el cogote y un nuevo temor te embargaba: las previsibles risas, burlas y mofas de tus conocidos cuando descubriesen la operación barberil a la que te habías sometido en contra de tu voluntad. Era inevitable. La crueldad siempre acechando a la vuelta de la esquina.

 

Y tras la intrahistoria de estos caballeros del adecentamiento de cabelleras, pasemos a otro barbero, archiconocido por la IA, la Wikipedia y por miles de documentos analógicos y digitales: Fígaro, factótum de la ciudad de Sevilla, polifacético, embaucador, astuto, alcahuete, conseguidor, aparte de maestro de las tijeras. En la ópera “El barbero de Sevilla”, de Gioachino Rossini (1792-1868) encontramos una de las arias más logradas en torno a la difamación y a las malas artes para destruir la reputación de una persona. El profesor de música don Basilio, al servicio de don Bartolo, médico y tutor de Rosina, canta el aria “La calunnia e un venticello” para desprestigiar al conde de Almaviva, enamorado de Rosina. Bartolo pretende, a pesar de la diferencia de edad, convertir en su esposa a Rosina. Finalmente, por los ardides de Fígaro, el conde y la propia Rosina, su deseo no se cumple. No obstante, intentó desacreditar al conde con la hermosa aria de marras cantada por don Basilio: “La calumnia es un vientecillo,/es un aura muy gentil,/que insensible, sutil,/con ligereza, suavemente,/empieza,/empieza a murmurar./Poco a poco, a ras de suelo,/en voz baja, sibilando/va corriendo, va zumbando,/va corriendo, va zumbando;/y en el oído de la gente/se introduce/se introduce hábilmente/y a las cabezas y cerebros,/y a las cabezas y cerebros/ aturde, aturde e hincha…”. Robert Lloyd, bajo inglés, la canta aquí: https://youtu.be/3Vj0okVPRh4?si=NqBeQA1S-ZaSBpxU . No sigas leyendo sin detenerte a ver y escuchar, a ser posible reclinado en chaise longe, los sublimes cuatro minutos del vídeo, pues no es recomendable ni saludable ni estimable ni provechoso eludir esta amable advertencia.

 

El tratado anterior en versos sobre la calumnia y el panorama descrito en párrafos precedentes, nos pueden llevar a la confusión, la incertidumbre y el delirio, hasta tal punto que confundimos todo, empezando por la ficción. Realidad y ficción se confunden, se solapan. Ponemos también en el mismo saco la ficción y la mentira. Y aquí no hay quien se entienda. La ficción es alimento del animal narrativo que somos. Ficción, que deriva de fingere, en la lengua latina, no significa engañar ni fingir. El término era usado por los artesanos en su acepción de tallar o modelar para dar forma a una figura de mármol o a un botijo de barro. En consecuencia, damos forma y volumen a la realidad con la racionalidad de la imaginación, gracias a la ficción. Constituye la ficción otra forma de conocer, no tan conceptual posiblemente, pero sí desde una dimensión más humana y ética, que nos exige cuestionar cuanto nos rodea y acontece. Cuando el escritor peruano Mario Vargas Llosa (1936-2025) plantea “la verdad de las mentiras” está avisando de que las ficciones de las novelas completan la experiencia y el conocimiento de la vida real.

 

“La mentira se caracteriza por la intención de engañar y manipular por medio de una afirmación de cuya falsedad está convencido el transmisor del mensaje; el engaño puede ir dirigido a otros o a uno mismo…”. Esto dice Alicja Cescinska en su pequeño ensaño Hijos de Ápate. Breve filosofía de la verdad, la posverdad y la mentira, 2023. Esta autora clarifica y da relevancia a la “veracidad”. No basta con querer la verdad, sino que es más importante la veracidad, por cuanto es la cualidad que define la intención del que habla. Para ello se necesita la sinceridad con los demás y con nosotros mismos, así como la confianza mutua. Y todo ha de verse reforzado por una actitud personal de autenticidad, es decir, de cultivo de nuestro autoconocimiento y autorrealización, con honestidad hacia los demás y hacia nosotros. La autorreflexión crítica, la duda, el no engañarnos a nosotros mismos, la postura y calidad ética de la persona, el aspirar a encontrar la verdad, contribuirán a que la mentira no se adueñe de la conversación pública y privada, ni del debate político y social.

 

Visto lo visto, ante decir y usar una mentira o una verdad siempre está la intención. Si es para dañar, zaherir, embaucar y joder al otro al expresarlas, deleznables son ambas. Nobles intenciones y dosis adecuadas de unas y otras salvaguardan el orden amistoso y comunitario. La confianza se resquebraja por procesos de atomización, que llevan aparejados un exacerbado individualismo del animal humano, residente en su mayoría en megaciudades y abrazado al imperio de la mediación tecnológica para casi todo. Pero somos animales políticos. La confianza es la clave del arco relacional, político y social. Y esto, tamizado de nobleza, cultura y ética, debiera equilibrar y mantener una vida vivible dignamente en comunidad.

 

                                                 José García Guerrero.

                                                         Maestro

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domingo, 17 de mayo de 2026

Alois Miedl

 ALOIS MIEDL

El marchante de Hermann Göring en España

 

En un artículo firmado por el historiador Fran Navarro leemos [que] «las guerras arrasan con la humanidad en todos los sentidos». Tiene toda la razón porque, además de la pérdida de vidas, también se pierden la identidad y la cultura de un pueblo con la destrucción y el robo de su patrimonio artístico, de parte de su legado, de su memoria colectiva. 

Sobre esta segunda cuestión, en febrero de 2014 pudimos ver en España una película extraordinaria titulada Monuments Men, dirigida y protagonizada por George Clooney, en la que un equipo de «soldados del arte», formado por voluntarios reclutados, expertos en arte de varias disciplinas, fue organizado para proteger, en vez de destruir, el patrimonio cultural y artístico de los países arrasados por los nazis. Desde el bombardeo japonés de Pearl Harbour, y la entrada de los Estados Unidos en la guerra, directores de museos norteamericanos como Paul J. Sachs o George Stout (a quien da vida Clooney como el teniente Frank Stokes), pusieron sobre aviso al presidente Roosevelt, que dio carta blanca, tras estudiar la propuesta de la Comisión Roberts[1]. En total, estos rastreadores voluntarios fueron más de trescientos hombres y mujeres, de trece países diferentes: historiadores, artistas, arquitectos, educadores y expertos en museos, entre otros.

Es bien conocido que durante la Segunda Guerra Mundial los nazis emprendieron un gigantesco saqueo del patrimonio cultural y artístico en todos los países que iban anexionando. Se calcula (a la baja) que más de cinco millones de objetos valiosos fueron incorporados al Tercer Reich en los primeros años de la guerra, pero el escenario bélico, poco a poco, fue evolucionando desfavorablemente para Hitler, de forma que el descomunal expolio que había organizado el Tercer Reich había que ir «colocándolo», estratégicamente, a través del ejército de «carroñeros marchantes» que habían colaborado en el obligado expolio, arrebatándoselo a sus propietarios, especialmente judíos. Entre estos marchantes se encontraba Alois Miedl (1903-1970) un holandés, naturalizado alemán, de quien el historiador Miguel Martorell, en su magnífico ensayo El expolio nazi (2020) explica [que] «su papel consistió en ser el mayor proveedor de Göring, aunque fue también el principal marchante alemán en Holanda y una figura destacada dentro del expolio».

Y llegó finalmente por fin la rendición del Reich, y las prisas por deshacerse rápidamente de las obras de arte expoliadas, y qué mejor escenario que nuestra querida España, convaleciente y postrada aún por su propia guerra. Durante los años que duró el conflicto (1939-1945), el gobierno franquista había pasado alternativamente, al pairo de los acontecimientos bélicos, de la «neutralidad» a la «no beligerancia» y finalmente de nuevo a la «neutralidad», pero sin deslastrarse aún de sus vínculos tras la derrota nazi, como así lo constata un artículo publicado en el diario Informaciones (2 de mayo de 1945) ensalzando a Hitler (sin mencionar que se había suicidado): «Muerto cara al enemigo bolchevique, en el puesto de honor, defendiendo la civilización cristiana».

En este contexto, y aquí introducimos al marchante-expoliador Mield, España, y especialmente Madrid, fue una de las principales capitales del espionaje mundial desde el principio de la guerra, a pesar de su «aparente» neutralidad, y gracias, especialmente, al determinismo geográfico, es decir, a su posición estratégica como entrada y salida de América. Un escenario perfecto, en palabras de Martorell, «para que los artistas del engaño hicieran lo que mejor sabían: trapichear con información e intentar atraer a embajadores extranjeros hacia su causa». Para tratar de explicar las actividades de Mield, como marchante de arte al servicio de todo poderoso Hermann Göring, el escritor utiliza la estrategia de reunir en un hotel de la capital madrileña a éste y a un teniente norteamericano: Théodore D. Rousseau (1912-1973), componente de uno de los equipos de investigación creados para perseguir, encontrar, y así poder devolver a sus dueños las obras de arte expropiadas por los nazis. Lo habían convocado haciéndose pasar por presuntos compradores y mordió el anzuelo, si bien, fuera de la versión del ensayo de Martorell, Alois Mield habría ofrecido su «mercancía» a uno de los responsables del Museo del Prado, quien la rechazó ante la sospecha de su procedencia.

A partir de aquí, el marchante, va desvelando al teniente Rousseau la inmensa madeja que, a lo largo de más de cinco años, había sido tejida para robar y expoliar, sistemáticamente, las obras de arte que más le apetecían a su patrón, el poderoso Göring, poniendo aquel como disculpa que con ello pretendía proteger a su esposa, Theodore Fleischer, que era judía. Por otra parte, en esta inmensa madeja, también estuvieron implicados varios traficantes españoles que a la vez estaban al servicio del espionaje alemán. Según algunos estudiosos del tema, también estuvieron implicados ciertos elementos de la llamada «División Azul»[2], utilizando su inmunidad al regresar a España para introducir alevosamente cuadros u otras piezas de gran valor. Como es lógico, los clientes, con capacidad económica para poder adquirirlas, estarían «al loro», permítanme la expresión, de su ilegítima procedencia.

Como afirma el dicho popular: «A río revuelto, ganancia de pescadores», y desde luego Mield, es un buen ejemplo de pescador avispado, dado que desde su juventud ya se había distinguido como un verdadero lince para los negocios. Fue banquero y empresario de éxito. Un «genio de las finanzas», un especulador que vio el negocio del siglo al convertirse en el protegido de Göring, si bien su osadía llegó al extremo de engañar a su patrón y venderle un cuadro falsificado, en concreto una obra del maestro del barroco holandés Johannes Vermeer. «Fue, en definitiva, un superviviente que sabía aprovechar un buen negocio y que, en los años treinta, creó un verdadero imperio internacional con empresas en África, Argentina, Uruguay o India», afirma Martorell.

A pesar de que al entrar en España se le bloqueó parte de los cuadros y una buena cantidad de divisas y se le invitara a marcharse, lo cierto es que, finalmente, conseguiría el favor de los Aliados (¡sorpresa, sorpresa!) y cuando regresó a Alemania, en 1946, le serían devueltos los cuadros y el dinero confiscado. Como se ha escrito, la mayoría de los marchantes que trabajaron para los nazis quedarían sin cargos, y sin cargos quedó Mield, «arquitecto del expolio», quien murió en 1970. Sólo nos cabe la satisfacción, a quienes amamos el arte, que los nazis despreciaran el «arte degenerado» y «sólo» destruyeran algunas obras del modernismo o la abstracción: Picasso, Dalí, Paul Klee, Van Gogh, Gauguin, Modigliani y Chagall entre otros.

Todavía hoy siguen apareciendo obras que fueron robadas por los nazis.

 

                                            Rosa M Ballesteros García

                              Vicepresidenta del Ateneo Libre de Benalmádena

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Referencias:

Edsel, R. (2012): The Monuments Men: la fascinante aventura de los guerreros del arte que impidieron el expolio cultural nazi.

Martín Alarcón, J. (2014): El Museo de Hitler: La verdadera historia de los Monuments Men. elmundo.es.



[1]  Llamada así en honor a su presidente, el juez del Tribunal Supremo, Owen J. Roberts.

[2] Entre 1941 y 1943, cerca de 45 000 soldados españoles participaron en diversas batallas, fundamentalmente relacionadas con el sitio de Leningrado y con ellos 146 mujeres, de la llamada Sección Femenina.