ELENA
FORTÚN (1886-1952)
Fue
una madrileña que educó en la Residencia de Señoritas, institución relacionada
con la Institución Libre de Enseñanza. Escritora española, conocida
tradicionalmente por sus obras de literatura infantil y juvenil y por ser la
creadora del famoso personaje de Celia, la protagonista de la colección
infantil más famosa que se editaba en España. Pero, además, fue otras muchas
cosas. Publicó como «Elena Fortún», seudónimo de
Encarnación Gertrudis Jacoba Aragoneses y de Urquijo. Nacida en Madrid en
noviembre de 1886 era hija de Leocadio Aragoneses y de Manuela de Urquijo. Encarna,
como la conocían en familia, fue hija única, una niña solitaria y enfermiza,
sobreprotegida por su madre que no la dejaba jugar con los compañeros del
colegio porque los consideraba inferiores en categoría social.
En 1904 muere su padre, al que estaba muy unida, dejando
a la familia en una precaria situación económica. Es entonces cuando Encarna
puede comprobar en primera persona el cruel realismo que subyacía en lo que
tantas veces le había repetido su madre, que, para una joven de dieciocho años,
sin padre, sin dinero, que hubo de abandonar el colegio siendo todavía una
niña, no quedaba más salida que el matrimonio. En 1904, cuando Encarna tenía
dieciocho años recién cumplidos, apareció en su vida Eusebio de Gorbea Lemmi,
un primo segundo, teniente de Infantería y aficionado a la escritura. Dos años
más tarde se casaron. Tuvieron dos hijos: Luis, que vino al mundo en 1908, y
Manuel, que nació en 1909, y al que familiarmente llamaban «Bolín».
Encarna, como tantas madres, llevaba a los niños a tomar
el sol al parque de El Retiro. Allí, era una ávida espectadora de las
ocurrencias de los pequeñuelos, de sus juegos, de sus charlas, de sus risas,
detalles ingenuos que ella iba anotando en unos cuadernos escolares. Es aquí
donde germina su vocación de escritora, en estos cuadernillos escolares. Muy
pronto verterá esas historietas en la revista semanal Blanco y Negro. En su
sección «Gente menuda» publica, ya con el nombre de Elena Fortún, la primera
historia de Celia, su personaje más famoso. El éxito no se hizo esperar y cada
domingo podían leerse las aventuras de Celia en el suplemento de ABC. En
1929 apareció Celia, lo que dice y antes de la Guerra Civil publica
otros cuatro libros de esta colección, muchos de los cuales fueron escritos
durante su exilio.
Por estos años, Encarna conocerá a tres de sus grandes
amigas, María Rodrigo, primera mujer reconocida como compositora, así como la
primera mujer en estrenar una ópera en España, María Lejárraga y Pura Maurtua,
con las que fundó la Asociación Femenina de Educación Cívica. María fue
quien animaría a Encarna a publicar el contenido de todos aquellos cuadernillos
escritos en El Retiro. Todas ellas se
exiliaron al finalizar la Guerra Civil.
En 1926 es una de las fundadoras del Lyceum Club Femenino,
que ofrecía actividades de todo tipo a mujeres de las clases media y alta, un
lugar de encuentro de las intelectuales en Madrid. En sus artículos publicados
en la prensa, propuso temas en los que ahondaba en la nueva condición femenina.
Por esos años entró a formar parte de la Sociedad Teosófica[1] de
Madrid. También publicó la revista Asociación Libros, colaborando con
Carmen Conde, Ernestina de Champourcín y la ilustradora Viera Esparza. En estos
años escribía encerrada en el baño para que no la
viera su marido, que se lo tenía prohibidísimo. Escribe colaboraciones para la
prensa bajo varios seudónimos en publicaciones como Cosmópolis, Crónica, Estampa, Semana, Macaco, El Perro, El Ratón y el Gato. No es una buena
época para el matrimonio y Encarna llega a abandonar el domicilio conyugal dando
una campanada en la buena sociedad madrileña.
El inicio de la guerra interrumpe la publicación de sus
libros, pero no su actividad literaria. Eusebio, que ya si estaba retirado,
pide la vuelta al servicio activo y es destinado a la Escuela de automovilismo
de aviación de Barcelona. Luis, el hijo, recientemente casado estaba destinado
en Albacete como inspector de ferrocarriles así que Elena se encuentra sola en
Madrid y dedica sus esfuerzos a las familias de los combatientes. Publica el
artículo «Un albergue de niños en la
escuela plurilingüe» y más
adelante «Mujeres y niños», en los que retrata la vida y necesidades de las
víctimas más inocentes de cualquier contienda. Durante la guerra, con su marido
en el frente, trabaja como corresponsal para Crónica.
Finalizada la guerra, su familia
sale de España. Su marido por los Pirineos, a pie con sus hombres, y su hijo y
su nuera hasta Suiza pasando por Perpiñán. En marzo de 1939 Elena Fortún
consigue seguir a su familia y embarca en el puerto de Valencia en un
destartalado barco rumbo a Francia, aunque sus peripecias no acaban aquí. Una
tormenta en alta mar desmantela el barco que no naufraga, pero queda al garete.
Tras varios días zarandeada en un barco sin control, al final es rescatada
junto al resto del pasaje y llega a Italia desde donde consigue trasladarse a París
y reencontrarse con su marido.
Debido a las convicciones de Eusebio, que permaneció fiel
a la República, los Gorbea-Aragoneses no podían volver a España y, aunque los
suegros de su hijo, una familia «bien» suiza, les ofrecen asilo, ellos deciden
marchar a las américas. Su hijo y su mujer a Nueva York y Elena y su marido a
Buenos Aires, donde llegan en noviembre. El primer trabajo remunerado que tiene
Elena Fortún consiste en unas colaboraciones semanales en el diario Crítica. Posteriormente,
trabaja en el Registro Civil y el 10 de agosto de 1945 renuncia para trabajar
en la Biblioteca Municipal, labor que compagina con la de contar cuentos a los
niños de las otras bibliotecas. Tenía un sueldo digno, pero su marido no correría
la misma suerte, mal pagado como traductor de francés.
En 1948, convencidos de que el régimen franquista no
podía achacarles nada, dejó a Eusebio en Argentina y volvió a Madrid para
preparar el regreso definitivo del matrimonio; no le pusieron ninguna pega para
ello. Cuando parecía que todo volvía a encarrilarse, su marido se suicidó en
Buenos Aires. A partir de este momento se le pierde un poco la pista y aunque
se sabe donde residió se desconoce lo que hacía. Tras su regreso vivió en Barcelona
y en Madrid, pero el país no era lo que recordaba y en noviembre de 1949 viaja
a Nueva York para instalarse con su hijo. Pero la estancia duraría tan solo
seis meses. Desde las primeras semanas pudo comprobar fehacientemente que su
presencia molestaba a su nuera, e incluso a su propio hijo, que estaba lleno de
rencor y prejuicios hacia todo lo que le recordara a España; además, aquel
abigarrado ambiente cosmopolita neoyorkino no estaba en consonancia con su
estado de ánimo. Elena planea la vuelta a España como una liberación, pero esta
vez no quiere regresar a Madrid, su ciudad. Madrid guarda para ella demasiados
recuerdos, demasiado dolor. Se instalará en Barcelona. El 28 de mayo de 1950,
después de un viaje agotador desde Estados Unidos, desembarca en Barcelona y de
nuevo retoma a su querida Celia.
Pero su salud, afectada de hace un tiempo por una
afección pulmonar, se resiente. Ingresa en el sanatorio Puig D’Olena, en
la provincia de Barcelona, donde tan solo logra alargar su aliento durante muy
poco tiempo. Ya, en la última fase de su enfermedad, se traslada a Madrid, a su
Madrid, a la Clínica de Santa Justa, donde fallece el 8 de mayo de 1952. Tenía
66 años. Su hijo no estuvo presente en el entierro.
La última obra inédita, publicada en 2016, es Oculto sendero en edición
de Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga. En ella, de carácter
autobiográfico, María Luisa Arroyo, la protagonista recrea la búsqueda de la
comprensión de su sentirse diferente desde niña. Esta novela estaba entre los
papeles que le dio la nuera de Fortún a Marisol Dorao. Es una de las dos
novelas escritas a máquina con tinta morada y encuadernadas. Entre esos papeles
estaba también en borrador y a lápiz Celia en
la revolución, bajo el seudónimo de
Rosa María Castaño.
Rosa M.
Ballesteros García
Vicepresidenta del Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
[1]
Conjunto de doctrinas místicas y filosóficas que buscan el conocimiento directo
de la divinidad y las verdades universales a través de la iluminación interior,
la meditación y el estudio comparado de religiones. Fundada en 1875 por Helena
Petrovna Blavatsky y H.S. Olcott, la Sociedad Teosófica promueve la
fraternidad, la reencarnación, el karma y la sabiduría eterna.