domingo, 12 de julio de 2026

Elena fortun

               ELENA FORTÚN (1886-1952)

 

Fue una madrileña que educó en la Residencia de Señoritas, institución relacionada con la Institución Libre de Enseñanza. Escritora española, conocida tradicionalmente por sus obras de literatura infantil y juvenil y por ser la creadora del famoso personaje de Celia, la protagonista de la colección infantil más famosa que se editaba en España. Pero, además, fue otras muchas cosas. Publicó como «Elena Fortún», seudónimo de Encarnación Gertrudis Jacoba Aragoneses y de Urquijo. Nacida en Madrid en noviembre de 1886 era hija de Leocadio Aragoneses y de Manuela de Urquijo. Encarna, como la conocían en familia, fue hija única, una niña solitaria y enfermiza, sobreprotegida por su madre que no la dejaba jugar con los compañeros del colegio porque los consideraba inferiores en categoría social.

En 1904 muere su padre, al que estaba muy unida, dejando a la familia en una precaria situación económica. Es entonces cuando Encarna puede comprobar en primera persona el cruel realismo que subyacía en lo que tantas veces le había repetido su madre, que, para una joven de dieciocho años, sin padre, sin dinero, que hubo de abandonar el colegio siendo todavía una niña, no quedaba más salida que el matrimonio. En 1904, cuando Encarna tenía dieciocho años recién cumplidos, apareció en su vida Eusebio de Gorbea Lemmi, un primo segundo, teniente de Infantería y aficionado a la escritura. Dos años más tarde se casaron. Tuvieron dos hijos: Luis, que vino al mundo en 1908, y Manuel, que nació en 1909, y al que familiarmente llamaban «Bolín».

Encarna, como tantas madres, llevaba a los niños a tomar el sol al parque de El Retiro. Allí, era una ávida espectadora de las ocurrencias de los pequeñuelos, de sus juegos, de sus charlas, de sus risas, detalles ingenuos que ella iba anotando en unos cuadernos escolares. Es aquí donde germina su vocación de escritora, en estos cuadernillos escolares. Muy pronto verterá esas historietas en la revista semanal Blanco y Negro. En su sección «Gente menuda» publica, ya con el nombre de Elena Fortún, la primera historia de Celia, su personaje más famoso. El éxito no se hizo esperar y cada domingo podían leerse las aventuras de Celia en el suplemento de ABC. En 1929 apareció Celia, lo que dice y antes de la Guerra Civil publica otros cuatro libros de esta colección, muchos de los cuales fueron escritos durante su exilio.

Por estos años, Encarna conocerá a tres de sus grandes amigas, María Rodrigo, primera mujer reconocida como compositora, así como la primera mujer en estrenar una ópera en España, María Lejárraga y Pura Maurtua, con las que fundó la Asociación Femenina de Educación Cívica. María fue quien animaría a Encarna a publicar el contenido de todos aquellos cuadernillos escritos en El Retiro.  Todas ellas se exiliaron al finalizar la Guerra Civil.

En 1926 es una de las fundadoras del Lyceum Club Femenino, que ofrecía actividades de todo tipo a mujeres de las clases media y alta, un lugar de encuentro de las intelectuales en Madrid. En sus artículos publicados en la prensa, propuso temas en los que ahondaba en la nueva condición femenina. Por esos años entró a formar parte de la Sociedad Teosófica[1] de Madrid.​ También publicó la revista Asociación Libros, colaborando con Carmen Conde, Ernestina de Champourcín y la ilustradora Viera Esparza. En estos años escribía encerrada en el baño para que no la viera su marido, que se lo tenía prohibidísimo. Escribe colaboraciones para la prensa bajo varios seudónimos en publicaciones como CosmópolisCrónicaEstampaSemanaMacacoEl PerroEl Ratón y el Gato. No es una buena época para el matrimonio y Encarna llega a abandonar el domicilio conyugal dando una campanada en la buena sociedad madrileña.

El inicio de la guerra interrumpe la publicación de sus libros, pero no su actividad literaria. Eusebio, que ya si estaba retirado, pide la vuelta al servicio activo y es destinado a la Escuela de automovilismo de aviación de Barcelona. Luis, el hijo, recientemente casado estaba destinado en Albacete como inspector de ferrocarriles así que Elena se encuentra sola en Madrid y dedica sus esfuerzos a las familias de los combatientes. Publica el artículo «Un albergue de niños en la escuela plurilingüe» y más adelante «Mujeres y niños», en los que retrata la vida y necesidades de las víctimas más inocentes de cualquier contienda. Durante la guerra, con su marido en el frente, trabaja como corresponsal para Crónica. Finalizada la guerra, su familia sale de España. Su marido por los Pirineos, a pie con sus hombres, y su hijo y su nuera hasta Suiza pasando por Perpiñán. En marzo de 1939 Elena Fortún consigue seguir a su familia y embarca en el puerto de Valencia en un destartalado barco rumbo a Francia, aunque sus peripecias no acaban aquí. Una tormenta en alta mar desmantela el barco que no naufraga, pero queda al garete. Tras varios días zarandeada en un barco sin control, al final es rescatada junto al resto del pasaje y llega a Italia desde donde consigue trasladarse a París y reencontrarse con su marido.

Debido a las convicciones de Eusebio, que permaneció fiel a la República, los Gorbea-Aragoneses no podían volver a España y, aunque los suegros de su hijo, una familia «bien» suiza, les ofrecen asilo, ellos deciden marchar a las américas. Su hijo y su mujer a Nueva York y Elena y su marido a Buenos Aires, donde llegan en noviembre. El primer trabajo remunerado que tiene Elena Fortún consiste en unas colaboraciones semanales en el diario Crítica. Posteriormente, trabaja en el Registro Civil y el 10 de agosto de 1945 renuncia para trabajar en la Biblioteca Municipal, labor que compagina con la de contar cuentos a los niños de las otras bibliotecas. Tenía un sueldo digno, pero su marido no correría la misma suerte, mal pagado como traductor de francés.

En 1948, convencidos de que el régimen franquista no podía achacarles nada, dejó a Eusebio en Argentina y volvió a Madrid para preparar el regreso definitivo del matrimonio; no le pusieron ninguna pega para ello. Cuando parecía que todo volvía a encarrilarse, su marido se suicidó en Buenos Aires. A partir de este momento se le pierde un poco la pista y aunque se sabe donde residió se desconoce lo que hacía. Tras su regreso vivió en Barcelona y en Madrid, pero el país no era lo que recordaba y en noviembre de 1949 viaja a Nueva York para instalarse con su hijo. Pero la estancia duraría tan solo seis meses. Desde las primeras semanas pudo comprobar fehacientemente que su presencia molestaba a su nuera, e incluso a su propio hijo, que estaba lleno de rencor y prejuicios hacia todo lo que le recordara a España; además, aquel abigarrado ambiente cosmopolita neoyorkino no estaba en consonancia con su estado de ánimo. Elena planea la vuelta a España como una liberación, pero esta vez no quiere regresar a Madrid, su ciudad. Madrid guarda para ella demasiados recuerdos, demasiado dolor. Se instalará en Barcelona. El 28 de mayo de 1950, después de un viaje agotador desde Estados Unidos, desembarca en Barcelona y de nuevo retoma a su querida Celia. 

Pero su salud, afectada de hace un tiempo por una afección pulmonar, se resiente. Ingresa en el sanatorio Puig D’Olena, en la provincia de Barcelona, donde tan solo logra alargar su aliento durante muy poco tiempo. Ya, en la última fase de su enfermedad, se traslada a Madrid, a su Madrid, a la Clínica de Santa Justa, donde fallece el 8 de mayo de 1952. Tenía 66 años. Su hijo no estuvo presente en el entierro.

La última obra inédita, publicada en 2016, es Oculto sendero en edición de Nuria Capdevila-Argüelles y María Jesús Fraga. En ella, de carácter autobiográfico, María Luisa Arroyo, la protagonista recrea la búsqueda de la comprensión de su sentirse diferente desde niña.​ Esta novela estaba entre los papeles que le dio la nuera de Fortún a Marisol Dorao. Es una de las dos novelas escritas a máquina con tinta morada y encuadernadas. Entre esos papeles estaba también en borrador y a lápiz Celia en la revolución, bajo el seudónimo de Rosa María Castaño.

 

                                            Rosa M. Ballesteros García

                          Vicepresidenta del Ateneo Libre de Benalmádena

                                           “benaltertulias.blogspot.com”



[1] Conjunto de doctrinas místicas y filosóficas que buscan el conocimiento directo de la divinidad y las verdades universales a través de la iluminación interior, la meditación y el estudio comparado de religiones. Fundada en 1875 por Helena Petrovna Blavatsky y H.S. Olcott, la Sociedad Teosófica promueve la fraternidad, la reencarnación, el karma y la sabiduría eterna.


domingo, 5 de julio de 2026

El mal de ojo

                                                                EL MAL DE OJO

La lucha contra la enfermedad se inicia desde el primer instante de la vida del hombre en donde su falta de conocimientos propicia las creencias en todo tipo de signos sobrenaturales como causa de las enfermedades o posesiones demoníacas que venía a ser lo mismo. El hechicero es médico, sacerdote y mago, y su labor consistía, con ayuda de la magia y la superstición, en expulsar a los demonios o enfermedades del cuerpo humano, lo que determina que lo primero que hay que hacer es identificar al demonio en cuestión, es decir, practicar el arte de la adivinación para lo que existía una amplia gama de métodos.

Las posesiones o enfermedades se apropiaban del individuo en razón de las faltas cometidas, bien como un castigo por acción directa de su dios protector, o por abandono de esta protección que permitía la acción demoníaca, o bien por la magia negra que podía ser utilizada por otras personas capacitadas para ello, como sería el caso del “mal de ojo”.

El mal de ojo se define como “aojar” o efecto que produce una mirada sobre otra persona con ojos llenos de envidia o malas intenciones, que de alguna manera, imposible de demostrar, se anclan en el interior de la víctima produciéndole todo tipo de enfermedades reales. Los poseedores de esta capacidad eran personajes considerados como “gafes” o “cenizos” pero normalmente desconocidos, lo que le daba todo el valor a la prevención que consistía, a priori, en hurtar el cuerpo a las miradas de los demás y, por si acaso, a todo lo exterior.

En el evangelio de Mateo se compara al ojo humano con la “lámpara del cuerpo”, de forma que si éste, está sano, claro o puro, el cuerpo estará lleno de luz, y en caso contrario estará lleno de oscuridad porque, como afirma el propio Jesús en el evangelio de Marcos, lo que contamina o mancha al hombre es lo que sale de dentro de sí mismo en forma de malas intenciones, porque no hay nada exterior que pueda contaminar al hombre, algo ya mencionado en “El libro de los Proverbios”, atribuido al rey Salomón, escrito casi mil años antes de la era cristiana.

Con arreglo a estas ideas, las primeras medidas defensivas contra este mal, se manifestaron en las pinturas observadas en todas las cuevas estudiadas, donde se representa una mano abierta que clama detención, que pasó a la mitología cananea como “la mano de Baal”, un dios absoluto que luego reencontramos como “la mano de Fátima” en la cultura musulmana. Estas medidas representativas no eran suficientes por lo que aún muchos pueblos envuelven completamente al recién nacido para aislarlo de la influencia exterior. Más práctico y más funcional aún, fue llevar incorporada o puesta la protección, lo que dio lugar a la proliferación de todo tipo de amuletos, colgantes, dijes, escapularios, anillos, pulseras, cruces y adornos en general. Otros signos defensivos fueron “la higa” (cerrar el puño sacando el pulgar entre los dedos índice y medio), cruzar los dedos, etc.

Desde antes de la época cristiana Aristóteles sienta las bases de la ciencia moderna que empieza a considerar que somos forma y conciencia, dándole a ésta última una gran preeminencia. Su influencia sobre la filosofía árabe  es grande. Avicena, nombre latinizado de Ibn Siná, (Abu Ali al Husayn Abd Alla ibn Siná), médico, filósofo, astrónomo y científico persa (980-1037), fue la principal autoridad que, durante el medievo, sostenía que el alma humana podía afectar a otros cuerpos por medio de la mirada y la imaginación sin el concurso hasta ahora imprescindible de la astrología. Y no fue el único porque Ibn Jaldún (Abu Sayd Abdur Rhaman bin Muhammad bin Khaldun Al Hadrami) famoso historiador, geógrafo, sociólogo, economista, de origen andalusí (1332-1406), no solamente escribió el tratado de filosofía de la historia más estimado de su tiempo, también mantuvo que “los efectos producidos por el mal de ojo proceden del alma de individuos dotados para esta facultad, que al ver un objeto o calidad que le gusta desarrolla una admiración incontrolada que le origina sentimientos de envidia y deseo tan fuertes que son independientes de su voluntad y capaces de producir este mal”.

En España, los diversos tratamientos para atajar “el mal de ojo” recurrieron a la cábala y a la astrología que cultivaba en Toledo, desde el siglo XIII, el rabino Aser ben Yehiel (1250-1327) a donde había llegado huyendo de la persecución alemana, y en donde desarrolló las principales disciplinas esotéricas de la Mishná (conjunto de tradiciones judías), seguido por su discípulo Isaac ben Joseph ben Israel.

En el reino de Aragón, otros cabalistas gozaron así mismo de la protección del rey Martin el Humano que gobernó de 1384 a 1438 tolerando y alentando la existencia en Barcelona de un círculo de cabalistas bizantinos dirigidos por el maestro Husday Crescas (1340-1411) y su discípulo Zaraya Halevi que trataban este mal mediante salmos específicos escritos sobre pergamino que introducían en filacterias o tefilín, pequeños recipientes de cuero negro que  colgaban como amuletos alrededor del cuello del afectado.

El primer autor español que escribió con seriedad sobre el “aojamiento” fue Enrique de Villena (1384-1438) que vivió, así mismo, en Aragón bajo el reinado de Martin el Humano, los primeros 28 años de su vida, en los que  mantuvo contacto con estos cabalistas catalanes de cuyas enseñanzas empezó a componer su experiencia que tituló “Tratado de la Fascinación” que iba a constar de 90 capítulos que quedaron interrumpidos a la entrada en el reino de Aragón de los Trastamara castellanos por el Compromiso de Caspe (1412), quedando reducido a una carta de once páginas dirigida a su criado y amigo Juan Fernández Válera.

En su carta, Villena afirma que los médicos cristianos no curan el aojamiento porque desechan la enfermedad como cosas de mujeres, y que quienes conocen bien el tema son los médicos judíos que dominan la cábala por la antigüedad de su lengua y que se lo transmitieron a él.  Estas prácticas estaban prohibidas a los cristianos.  

Entre 1413 y 1414 tuvo lugar la “Disputa de Tortosa” un debate interreligioso promovido por el antipapa Benedicto XIII o Papa Luna, en el que se defendió que la práctica de la cábala era necesaria para curar a estos enfermos, pero desligándola del valor de las palabras y los salmos utilizados, con lo que, unido a la legislación que penaba sus prácticas, terminó por alejar la cábala y los salmos de este menester terapéutico.

Evolutivamente la tradicional  vinculación sagrada del quehacer médico fue absorbiendo el oscurantismo que iba quedando en el tratamiento habitual de estos pacientes, y así como de la brujería se fue pasando a la farmacopea, la fitoterapia o herbalismo, la naturopatía, homeopatía, acupuntura, hipnotismo, fisioterapia y la Ciencia Cristiana, fueron asimilados por la Ciencia Médica como ramas o elementos terapéuticos auxiliares pero valiosos.

No obstante la tradicional carga religiosa de culpabilización que posee todo aquello que sale mal en el ejercicio médico, pese a nuestros esfuerzos, nos hace volver siempre la mirada a las ancestrales protecciones añoradas contra males desconocidos. Es el caso de los colores, pues el color azul y verde protege tradicionalmente del mal de ojo, y el rojo estimula el ritmo cardiaco, la presión arterial y la actividad neuronal, razón por la que, en pleno siglo XXI, aquellos desesperados intensivistas neoyorquinos pintaron de color rojo todas las paredes de la Unidad de Cuidados Intensivos en la que trabajaban, en un desesperado intento de evitar el exceso estacional de defunciones.

                                                                  Jesús Lobillo Ríos

                                           Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

                                                       “benaltertulias.blogspot.com”    

 Bibliografía

Nácar E. y Colunga F. “Sagrada Biblia” B. de A. C. Madrid 1969

Guerra F. “Las medicinas marginales” Alianza Editorial 1976

Martí Ibáñez F. “La epopeya de la Medicina”. Nueva York 1962

Shem S. “Monte Miseria”. Anagrama 2000.

Villalba M. “Cábala y aojamiento”. 2025.

Sinoué G. “La ruta de Isfahán”. Ediciones B. 1994


domingo, 28 de junio de 2026

La ciudadanía se divorcia

V

LA CIUDADANIA SE DIVORCIA

¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando la ciudadanía se entregó en brazos de su poderoso poder. No han faltado en estos años los agasajos, las celebraciones, las festividades, los aniversarios. Todo ha sido un rosario de alegrías que con el paso del tiempo han ido mermando hasta quedarse como una mojama, hasta convertirse en  filete seco  y casi salobre, que a fuerza de secado ha perdido su salero. Alguien dijo que “un hombre se divorcia, cuando encuentra a otra mujer; y una mujer se divorcia, cuando se encuentra a sí misma”. Cuando la vida se complica, no se puede perder mucho tiempo en buscar culpables y aventar infidelidades. No podemos decir que el poder se ha entregado a los brazos rollizos de los mercados y ha olvidado las ternuras que le propiciaba la ciudadanía, pero sí podemos pensar que se ha instalado, como se ve fácilmente, al levantar nuestras vistas y nuestras mentes en la cortedelimperio.                                                                                                                                             Alguien nos contó que “se daba cuenta de que era utilizada”, pero también era una mujer de las que aman demasiado. Cuando se ama demasiado se puede entrar en una espiral casi suicida, una relación casi autista que cada día cobra más distancia. Estamos a pocos pasos de una gran distancia, sin apenas levantar la vista, porque se comprende, se da por sabido, que “las cosas son como son”, sin caer en la cuentadepoderpensar:“hastaquedejandeserlo”.                                     
Conocemos infinidad de hombres “buenos en su trabajo, incluso”, pero que se creen dueños de todo su salario y disponen de él a su antojo, sin reparar que han adquirido un compromiso conyugal o familiar. Hay muchísimos casos en que la mujer se ha tenido que tirar a la calle para fregar suelos, por lo menos, para poder sacar su casa y su prole adelante. Cuando la mujer recupera su conciencia y no renuncia a sus obligaciones familiares, empieza a pensar que no tiene que aguantar mentiras ni penurias.
La ciudadanía ha tomado conciencia, la ciudadanía se ha encontrado consigo misma y se echa a la calle. Los que siguen con la matriz de súbditos no sienten que están siendo utilizados ni se percatan de que su querido poder ha encontrado cómo alegrar su vida, sin reparar en las privaciones a las que condena a su propia compañera de vida y viaje. Puede haber sucedido que incluso los súbditos no hayan oído la voz del pueblo que nos dice que “del amo y el mulo mientras más lejos más seguro”. Tampoco parece que no nos hayamos enterado de que no se trata de cambiar de amo, sino de que los amos dejen de serlo. Sobre todo, si se trata de un asalto a voto armado, sobre todo, de mentiras, de cheques en blanco y de leyesdelembudo.
No sabemos si la historia se repite o si la historia es infinita o si, al menos, es cíclica. Desde los ya pasados siglos vienen los ecos de aquel “buen vasallo, si tuviese buen señor”, que ha llegado de boca en boca hasta nuestros días. Es el boca a boca, quien lleva y trae la información, la noticia, el dicho o el canto popular, que rueda entre todos y se presta a convocar un corro de oídos, que están como nuevos, porque no han sido atendidos. Un corro amplio que ansía que le hablen de sus cosas importantes, donde se escucha más que se habla, donde se aprende más que se enseña, donde, incluso, se piensa más que se aplaude.
La ciudadanía puede ser ignorante de muchas cosas, pero no puede consentir por mucho más tiempo ser ignorada. Por eso la ciudadanía abandona el ordeno y mando del imperio y se reúne en la plaza, para escuchar y aprender y no para oír palabras vacías y oscuras, que el poder tilda “de meridiana claridad”, y que se clonan hasta el infinito. La ciudadanía sale de sus casillas, se encuentra consigo misma y se resuelve en visible, porque la visibilidad le cura aquella alergia que le producía el haber sido ignorada.
Si el poder se encastilla, se tira al monte, se camufla en el maquis de los mercados, será difícil su aproximación al pueblo. Además nadie lo reconocería por haber estado tanto tiempo alejado de su gente, pues quiso que lo dejaran solo. Sobre todo, se perderá el vivo murmullo de la plaza al atardecer, a la hora en que las golondrinas se congregan, en corro, antes de retirarse a descansar a sus nidos para soñar.
Quizá por todos los derrumbes de derechos, por toda la construcción de privilegios, por toda la proliferación de corrupciones y por toda la ingeniería financiera, la ciudadanía está ya que no se quiere casar con nadie.  No quiere que le engañen más y por eso, no quiere promesas de rebaja, sino programas que sepan cubrir las verdaderas necesidades de la gente, sin rebajas ni componendas frágiles y que les haga acudir a las urnas, en la única ocasión en que se les concede participar, a pesar de las leyes tan conservadoras que jalonan  la participación ciudadana. No podemos perder otros cincuenta años.

                                                                    José María Barrionuevo Gil

                                                               El Ateneo Libre de Benalmádena

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domingo, 21 de junio de 2026

Bienestares

BIENESTARES

                                                  “En el momento en que sabemos que somos felices,  eso no es felicidad, ¿verdad? […]

Así pues, la felicidad no es algo que se pueda buscar, llega. Si se busca, la esquivará”

J Krishnamurti,

Libro de la Vida. Meditaciones diarias.

 Que se dice en las tertulias, mentideros y corrillos de Iberia y de otros pueblos, allende las fronteras, que la sociedad del bienestar se viene abajo, o sea, que parece que cae el bien y te quedas con el estar, pero a ver cómo se perfila ese estar sin el “bien”, tan aparentemente benigno y simpático y beatífico. Que lees en el diccionario de la RAE que Estado de bienestar es aquella  “Organización del Estado en la que este tiende a procurar una mejor redistribución de la renta y mayores prestaciones sociales para los más desfavorecidos”. “No es sostenible” es el sintagma ganador por goleada en el discurso público y, por contagio, en el privado. Que lo bien que están los pocos que están bien con sus bien/estares en el bienestar social de marras del pequeño territorio de las democracias liberales donde habitas, dicen, se acaba. Cataclismo anunciado con la voz de Abadón, ángel exterminador, cuya lengua expele afirmaciones categóricas: El sistema de pensiones no es sostenible. La sanidad pública hace aguas. Hazte un seguro privado de salud, además del público, por si acaso. La educación pública es de baja calidad. Útil a medias y sólo para algunos; yo me llevo al niño a la concertada o la privada, con su uniforme azul y todo, mira, ni punto de comparación… Que no lo lees en el diccionario de la RAE, pero lo ves por doquier, que el Estado de bienestar debilitado, sin el “bien”, genera “peor distribución de la renta”, “menos prestaciones sociales para los más desfavorecidos”.

 ¡Qué suerte vivir aquí!; da gusto; no nos falta de ná; aquellos eran otros tiempos; tú no pasas hambre; un país longevo; vamos a caminar por la playa; estoy cobrando el paro; todo el mundo viaja; ¿dónde vas de vacaciones este año?; le hicieron un transplante de pulmones en el hospital público hace cinco años y, mira, aquí sigue; ¿jubilado?, ¡qué bien vives!; esto va a explotar por algún lado; vivienda inaccesible para muchos; agua corriente; luz; escolarización universal hasta los dieciséis años; ¡qué solecito más bueno!; voy a comprar otro teléfono móvil; solicité ayer la ayuda a la dependencia; ¿vas este año en un crucero Low Cost?; me voy a Liverpool a ver un partido de fútbol; ¿dónde has estado?, en Nueva York; Málaga-Madrid, dos horas y media en tren AVE; precariedad laboral; no llego a fin de mes…

 Si intentas medir o ponderar el bienestar o la felicidad por el PIB te quedarás corto en la valoración, si posible es calificar este asunto. Hace tiempo que se quiere medir lo intangible. Hay empeño en cuantificar y acumular indicadores al respecto. En 1990 surge el IDH (Índice de Desarrollo Humano), con indicadores de salud, educación, nivel de vida. Después vendrá el Better Life Index (2011), con más dimensiones: seguridad, vivienda… Tras este aparece el Índice de Felicidad Mundial, con variables emocionales: corrupción, generosidad… No contentos con la felicidad de unos cuantos, surge el Índice del Planeta Feliz, todo el planeta feliz, ¡ea!, que aborda aspectos relacionados con la huella ecológica. Pero como no sólo ha de medirse el crecimiento, se crea el PIB Verde, que ya contempla la salud mental, la participación democrática, la calidad del aire. Como no basta un momento concreto de medición, también se busca información sobre impacto de las políticas a escala intergeneracional con el fin de indagar sobre el bienestar del futuro. Esta medición futurista se denomina Índice de Prosperidad Inclusiva. Detrás de todas estas incitativas están, mira tú, organizaciones y fundaciones económicas.

No confundas sociedad de bienestar con felicidad. En un delicioso librito, de título Verbolario (2022), el guionista y escritor Rodrigo Cortés desnuda las palabras y asigna su significado oculto al vocablo felicidad: “Felicidad, f. Estado de plenitud que acaba al despertar.//2. Desmemoria.//3. Eternidad breve”. No te ofusques en buscar a Felicidad, la tirana. Preocúpate de no caer en las mallas de Imbecilidad, acólita de la diosa Estulticia, poderosa en divertir a dioses y hombres. Tan poderosa que el humanista Erasmo de Rotterdam (1467-1536) le dedicó un libro, Elogio de la locura. Dice la Estulticia en el capítulo XLV: “Por tanto, no hay diferencia entre estultos y sabios o, si las hay, es favorable a los primeros, primeramente porque su felicidad les cuesta muy poco, ya que consiste en una modesta persuasioncilla, y luego, porque la comparten con la mayoría de las personas”. Si a la tiranía de la felicidad se le añaden la compañía del éxito y la meritocracia en las existencias de los apesadumbrados humanos, entonces la cosa se pone chunga para estar bien en la sociedad del bienestar que ni estar te deja. Y ya tienes al triunvirato FEM, Felicidad/Éxito/Meritocracia, dispuesto a dificultar, si puede, tu bien estar y tu estar bien, pues su gobernanza procura elevar el individualismo a los cielos y el nosotros a las cloacas. Abunda la mercadería de acreditaciones, títulos y másteres como antaño la compra y venta de bulas. Se sabe de currículums de personas dedicadas a la “cosa pública” adquiridos en mercadillos de acreditaciones y asignados por el dios azar. Correr y obsesionarse con la felicidad o con el éxito no proporcionan estares sosegados en una dinámica social determinada por éxitos y fracasos y ganadores y perdedores y competidores. Queda en tus estares la adopción de una posición de resistencia digna e inteligente, de satisfacción íntima y buen hacer.

Se vive mejor (aquí) que en siglos anteriores: comodidad, seguridad, bienes materiales, derechos, servicios…Aquiescencia hay en que la democracia liberal ha conseguido progreso material, también moral. Las mejores condiciones de vida y su prolongación son evidentes. El bienestar debería, teóricamente, provocar que te sintieses bien o muy bien o mejor que muy bien. Pero no es así, parece. Es un sí, pero no. Pace por doquier la quejumbrosa declaración: sí, pero no. Las expectativas autoimpuestas o por presión externa, se tornan enfermedad en una sociedad del espectáculo competitiva. Como muchas de esas expectativas no se cumplen, llegan las decepciones constantes. Te decepciona el jefe, la película, tu pareja, la novela, el viaje, el concierto… ¡Qué decepción! ¡Me has decepcionado! ¡Uf! Y es que se trata de un bienestar a base de bucles de consumo, logros tecnológicos sin fin, adicción a la producción y a la acumulación de artefactos, abono a la insatisfacción permanente…Tal vez el bienestar es otra cosa y no te has enterado. Porque si estás tan bien ¿por qué te sientes tan mal? Si se ha progresado tanto en muchos órdenes de la vida, ¿por qué hay tanto malestar, parece? ¿Es posible que se te escape la comprensión de la vida humana?

El filósofo Javier Gomá esgrime varias causas que producen el descontento en la sociedad del bienestar. Una de las causas es la conciencia de dignidad alcanzada por el hombre, unida a la cruda realidad de la muerte y, por tanto, a un mundo sin sentido en el que la infelicidad es parte constitutiva de la condición moderna. Otra causa tiene que ver con los logros en igualdad progresiva en cuanto a dignidad y derechos de las mujeres y de minorías antes marginadas, “ley del más débil”. Esto deriva en que cuando se vulneran sus (tus) derechos crece la indignación y el escándalo en la ciudadanía. Por tanto, son síntomas de avances que no se quieren perder. Ya no se toleran pasos atrás. En Universal concreto (2023), Gomá escribe: “pobres, enfermos, discapacitados, parados, jubilados, mujeres, niños, homosexuales, presos, disidentes, extranjeros, excluidos. Si se les interroga a las víctimas de la discriminación qué época de la Historia elegirían para vivir, cabe suponer que todos esos grupos optarían por la actual democracia liberal”.

Se genera riqueza, pero la redistribución de la misma es desigual. La paradoja se manifiesta en democracias donde la igualdad es valor, mas la desigualdad crece. Unos que a apretarse el cinturón; otros que cada palo aguante su vela; otros que el Estado intervenga aquí y allá; otros que el Estado asome la cabeza lo menos posible; otros sin Estado, ¡ay!, si el Estado ya casi no está. El que sí está es el Mercado, dios omnipresente hasta en la sopa. Si el bienestar se esfuma, habrá que ponerse a laborar para cultivar bien el estar y no hacerlo depender del estado de bienestar, que no está o quiere pirarse. Si desapareciera la sociedad del bienestar como la conoces, tendrás que ponerte manos a la obra y empezar por generar mejores vínculos comunitarios, una apelación al “nosotros”. ¿O no?

En las acepciones de la RAE el bienestar tiene que ver con “las cosas necesarias para vivir bien”, ¿se necesitan tantas cosas?; tiene que ver con “vida holgada”, ¿todo ha de ser rentable y útil?, ¿puedes parar un poco?; tiene que ver con “pasarlo bien y con tranquilidad”, ¿puede el silencio ayudar?; tiene que ver con el “buen funcionamiento de su actividad somática y psíquica”, ¿puede conducir a ello la templanza y el equilibrio cuerpo-mente, cultivando vida interior y sopesando cuotas de vida activa y vida contemplativa?  Lo ideal es la plenitud y la completud y la satisfacción, pero eso es lo ideal. Está la cara de la incompletud, el vértigo, la herida, la contingencia, la vulnerabilidad. Y en esa tensión se boga en el tramo existencial hasta tu desaparición. “Nada cura el vacío, nada calma nuestra sed, nada colma nuestra hambre. […] Nuestra vida se remedia con la muerte, ese estado permanente de inconsciencia y unidad. La herida consiste en saberlo”, escribe Chantal Maillard (La razón estética, 2021). Reconocerlo es ya síntoma de “estar-siendo”, saberte con posibilidades para autoconstruirte. Y, también juntos, “construir mundo” y estares en responsabilidad.

Como enriquecimiento de tus estares, el epicureísmo, que no el hedonismo, puede proporcionarte enseñanzas que devengan en bienes (interiores). Partían los epicúreos de la idea de que mente y cuerpo son materia, no hay vida después de la muerte y, si hay dios, poco le importa la humanidad. Así que nada de temer a la muerte. A partir de ahí, déjate de reprimir emociones y pasiones. Pero no se trata de una vida consumista, desenfrenada o lujosa. Nada de eso. La búsqueda de experiencias y sensaciones placenteras acaba en derrota. Cumplidas las necesidades de supervivencia, se trata de liberarse de miedos y ansiedades y llevar una existencia con buenas relaciones, sin logros o gastos extraordinarios. La moderación y la tranquilidad por encima de la búsqueda de placeres físicos. A partir de un determinado umbral no producen efecto subjetivo de bienestar la acumulación de bienes, experiencias, cachivaches, autos, etc. Lo mejor de la vida es gratis y estriba en los placeres sencillos: estar con los amigos, la hora del desayuno, momentos para la relajación, vida social tras el trabajo, vida íntima y familiar, frecuentación de una afición…

El filósofo Baruch Spinoza (1632-1677) consideraba que no había que “buscar otra cosa que aquello que hay”, aquello que hay; que es un error creerse “seres independientes” (se es cuerpo-mente en unión con la Naturaleza); que se yerra si se cree que la vida tiene un fin (el prejuicio de la finalidad es fuente de sufrimiento); que hay que dejar de ser lo que se cree ser y desvelar lo que verdaderamente se es (titánica tarea). Y todo, para llegar a descubrir Contento, Alegría, que es la manifestación del impulso vital que caracteriza al humano y lo hace perseverar en la vida. De ahí que Spinoza invite a meditar y reflexionar sobre la vida y no sobre la muerte, a la que hay que dejar tranquila. Alegría que el compositor Ludwig van Beethoven (1770-1827) incluye en el cuarto movimiento de su novena

sinfonía, Coral, mediante la intervención del coro por primera vez en este tipo de composiciones musicales. Beethoven utilizó la letra de Oda a la Alegría”, poema de Federico Schiller (1759-1805): “Todos los seres beben de la alegría del seno abrasador de la naturaleza. […] ¡Abrazaos millones de hermanos! Que este beso envuelva el mundo entero!..”. Puedes escuchar esta pieza musical aquí: https://youtu.be/7rzn_nAF59I?is=s5N9xOhP_iDXZvtE

Alegría. “La pobreza más profunda es la incapacidad de alegría”, dejó dicho el finado Benedicto XVI, de nombre secular Joseph Alois Ratzinger, ducentésimo sexagésimo quinto papa de la Iglesia católica. Así que zámpate un plato de huevos fritos con patatas, chorizo, lomo y pimientos, y percibe el goce estético de la ingesta. Ríete de ti mismo. Degusta en el chiringuito un espeto de sardinas y una cerveza bien fría, chúpate los dedos y lame bien la experiencia estética. Sálvate por la ironía. Potencia y dale vidilla al hemisferio derecho de tu cerebro, competente y atento a las relaciones, las cualidades, lo dinámico, el humor, las metáforas…Así tus estares se enriquecerán gracias a una mente, también, en modo holístico. Usa tu imaginación creadora y monta una oficina portátil en la playa, o cubículo a elegir en paraje cercano a tu morada, sin olvidar hamaca, sombrilla, mesita auxiliar, libro, agua, auriculares, crema protectora, almendras, pues contribuirán, sin duda, a mejorar tu placer estético y tu cuota de vida contemplativa. Sé consciente de tu miseria compartida y actúa con benevolencia. Considera, como afirma Jesús G. Maestro, que “lo contrario de la felicidad no es la desdicha ni la infelicidad: es la inteligencia”. Lee, hazte cargo de lo leído y te ahorrarás visitas al gabinete psicológico. Abrázate a la ficción y a la literatura como fuerzas salvadoras y creadoras y constructoras. Escribe Maestro que “la literatura, como la inteligencia, no sirve para ser feliz. Sirve para no ser un idiota” (El fracaso de la felicidad, 2026). Escucha los sonidos de Bach, Mozart, Boccherini, Rossini o Verdi y te ahorrarás psiquiatras. No intentes persuadir a otro de que llevas razón, sea la razón poética, histórica, narrativa, vital, desvalida, estética, pura o atrevida. Ama. El amor es el gran ideal, el único ideal, el ideal ideal que persiste. Llama a una amiga, invítala a comer y comparte risas estéticas. Apúntate a un grupo de lectura y conversa estéticamente con los tertuliantes. Llama a un amigo, convídalo a un café y comparte confidencias estéticas. Por mor de estas y otras actividades que pergeñes, crees y recrees, presentes y representes, disfrutando y penando en la sociedad del bienestar en la que habitas, avanzarás con estética y armónica elegancia en tus estares y alegrías.

 

                                                                      José García Guerrero.

                                                                                Maestro.

                                                               “benaltertulias.blogspot.com”.


domingo, 14 de junio de 2026

Encarnación Cabré

ENCARNACIÓN CABRÉ (1911-2005)

La arqueología con mirada femenina

 

En opinión de la política feminista, y también arqueóloga, Alicia Torija, Encarnación no ha recibido la suficiente atención, como a menudo suele pasar con las mujeres que destacan en ciertas profesiones secularmente ejercidas por los hombres. En su opinión: «No estamos hablando de una pionera en España, sino una pionera a nivel mundial». Efectivamente, Cabré fue la primera mujer en España que se dedicó a la Arqueología de campo y, siguiendo los pasos de su padre, el profesor Juan Cabré[1], llegó a convertirse en una eminencia internacional, si bien el merecido reconocimiento a nivel social en la actualidad está aún por llegar. Generalmente, Encarna ha quedado a la sombra de su padre, hecho que, objetivamente, ha ninguneado su labor, la mayoría de veces, disuelta o englobada en un «masculino genérico» de la arqueología española.

Encarna no solo fue pionera en la profesión por ser la primera mujer en ejercer la arqueología de campo, sino por la introducción de sus métodos, utilizando la fotografía en las excavaciones como medio para documentar las piezas, hasta entonces apenas utilizada, y no como forma de documentar que Encarna sistematizó como método, método que a partir de entonces se impuso en la disciplina ampliando, además, la fotografía en sus trabajos de campo: una especie de ventana que nos permite asomarnos a la vida cotidiana de una excavación en su época; una mirada distinta, femenina, como en su momento la fotorreportera Gerda Taro enfocando su mirada en el impacto humano ejercido por los horrores de nuestra guerra, documentando, especialmente, el sufrimiento de la población civil en la retaguardia, o como lo hizo también otra periodista: «Colombine», durante la guerra de Marruecos, poniendo en evidencia los desastres en la retaguardia civil. Encarna fue, a su vez, como se ha apuntado, una excelente dibujante. De nuevo también se ha obviado este dato atribuyendo muchas de sus obras al padre.

En esta misma línea, la también arqueóloga, Isabel Baquedado, su principal biógrafa, afirma que su precocidad le hizo llegar a ser ayudante de su padre, incluso antes de terminar el instituto. De nuevo ella resalta su aportación con la fotografía para los trabajos de campo: «No solo llegó a ser una de las mayores expertas en arqueología, sino que fue pionera en el uso de la fotografía para documentar los trabajos, y era una especialista también en el dibujo y en restauración de materiales arqueológicos». No solo «ayudó» a su padre, afirma Baquedano, sino que colaboró hasta el punto de dirigir las excavaciones en su ausencia, y muchos de los dibujos y publicaciones que se han atribuido a él son conjuntos o de ella. Sin embargo, algunos de los artículos que se referían a Encarna lo hacían de forma «infantilizadora», señalándola como «una jovencísima niña, con largos bucles rubios, tan sutil y tan delicada que parecía una muñeca», apelativo que se repetiría para referirse a ella en la época y, también, en épocas más recientes, al estudiar su figura. Por entonces aquella muñeca ya hablaba alemán, francés e inglés, publicaba internacionalmente y excavaba.

Por otro lado, y no menos importante para su formación, si bien esta cuestión no suele aparecer en su biografía, y en relación a su temprana vocación, es la influencia y el ejemplo de su madre, Antonia Herreros, que acompañaba a su esposo a las excavaciones y ejercía de secretaria, gestora y restauradora de las piezas. De nuevo el ocultamiento de la labor de su madre, tradicionalmente en la sombra.

Encarna, nacida en Madrid en 1911, estudió Filosofía y Letras, sección Historia en la Universidad Complutense de Madrid entre los años 1928-1932. Complementó dicha formación académica con otros estudios en Europa, principalmente en Alemania. Durante estos años Encarna entró en contacto con figuras destacadas en la arqueología como el alemán, nacionalizado español Hugo Obermaier, el abate francés Henri Breuil o el profesor Elías Tormo. Sus primeros trabajos se iniciaron en el castro de Las Cogotas (Cardeñosa, Ávila), primero de manera esporádica y más tarde, en 1930, ya de forma permanente, en la campaña de la necrópolis de Trasguija, ubicada en el mismo castro. En 1929 asistió al IV Congreso Internacional de Arqueología Clásica celebrado en Barcelona, coincidiendo con la Exposición Internacional, donde presentó una comunicación[2]. Al año siguiente participó en el XV Congreso Internacional de Arqueología y Antropología Prehistórica, celebrado en Portugal. Lo insólito de sus incursiones, en un mundo tan virilizado como el de la arqueología, llamó la atención de la prensa internacional y lusa que la bautizó con el apodo de «Miss Congress».

Hasta final de la guerra siguió participando junto a su padre, como en el Cabezo de Alcalá de Azaila (Teruel) en otoño de 1931, donde estuvo a cargo del diario de excavaciones. Al poco tiempo su padre tuvo que abandonar la excavación por enfermedad y Encarnación Cabré permaneció concluyendo los trabajos y levantando sus planos. En 1932 comenzó el doctorado en la Universidad Complutense, en cuyo contexto obtuvo una beca de la Junta Superior de Ampliación de Estudios de Madrid para realizar cursos de Prehistoria y Etnografía en las Universidades de Berlín y Hamburgo (1934-1935). También consiguió una beca para realizar el Crucero Universitario por el Mediterráneo, organizado por la Universidad Complutense de Madrid y participó en las campañas de excavación llevadas a cabo en la Necrópolis de La Osera (Chamartín de la Sierra, Ávila) encargada de los diarios de excavación.

El curso 1933-1934 inició su actividad docente, como profesora de Historia y Geografía en el Instituto-Escuela de Madrid y también como profesora-ayudante en el departamento de arte dirigido por Elías Tormo en la Universidad Complutense de Madrid. Entre los años 1934-1936 se incorporó al grupo Misiones de Arte, dirigido por el arquitecto Manuel Gómez Moreno y realizó varias conferencias en el Círculo de Bellas Artes, el teatro de La Latina de Madrid y en el Ateneo de Bilbao, además de otras varias actividades relacionadas con la arqueología. Durante la Guerra Civil, haciendo un paréntesis en sus excavaciones, participó en la salvación de los tesoros del Museo Cerralbo, amenazados durante el conflicto. Durante la década de los 40 retomó su actividad investigadora con la publicación de varios trabajos (firmados por el padre) y tras un nuevo paréntesis, en 1974 retomó su labor científica con la publicación de 25 trabajos sobre la Edad del Hierro en la Meseta.

Sin embargo, como venimos diciendo, su labor pionera como científica ha tardado en manifestarse públicamente. En 2019, en el Congreso de los Diputados, se aprobó por unanimidad una propuesta para colocar una placa recordatoria en el jardín del Museo Arqueológico Nacional. En 2020, fue incluida dentro del proyecto «Mujeres Investigadoras en los Archivos Estatales (1900-1970)». En la provincia de Málaga, en Antequera, se abrió un aula con su nombre, en 2022, en el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera. En 2024 la Asociación Española de Amigos de la Arqueología aprobó la creación y dotación del «Premio Encarnación Cabré a la divulgación del patrimonio arqueológico».

Durante la Guerra Civil, la familia rechazó la evacuación que se les ofreció y siguieron trabajando para proteger los fondos del Museo Arqueológico Nacional y del Museo Cerralbo. Inventariaron, envolvieron y protegieron los fondos, así como otros objetos artísticos que entregaban los ciudadanos para protegerlos. Por todo ello, la tesis de Encarnación Cabré quedó aparcada. En la posguerra tanto el padre como Encarnación sufrieron procesos de depuración que los apartaron de los museos, la docencia y la investigación. En 1939 contrajo matrimonio con Francisco Morán y durante unos años (el paréntesis que señalamos), se consagró exclusivamente a su numerosa familia (ocho hijos).

No sería hasta 1975 cuando volvería realmente al trabajo activo. En ese periodo colaboraría también con su hijo y con Isabel Baquedano. Por cierto, cuando su hijo Juan Morán Cabré se disponía, con gran alegría por su parte, a seguir los pasos de madre y abuelo, el influyente y falangista Martín Almagro Basch vetaría su acceso a la Complutense (UCM), donde ejercía su cátedra, con este razonamiento: «En la Complutense no habrá nunca un Cabré que estudie Arqueología», por lo que el joven Juan tuvo que matricularse en la Autónoma (UAM)[3].

La última aparición pública de Encarna fue en 1988, en su participación en el II Simposio sobre Celtíberos. Murió en Madrid en 2005 a los 93 años.

 

                                                         Rosa M. Ballesteros García

                                           Vicepresidenta del Ateneo Libre de Benalmádena

                                                        “benaltertulias.blogspot.com”



[1] Primer director de la Fundación Museo Cerralbo (1934). En 1939 fue destituido de su cargo al finalizar la Guerra Civil. A diferencia de la mayoría de arqueólogos del momento, Juan Cabré Agiló no pertenecía a la alta burguesía o la nobleza.

[2]  Fue la única presentación realizada en el congreso por una española.

[3] Fue la primera promoción de esta Universidad, fundada en 1968.


domingo, 7 de junio de 2026

La plasticidad cerebral

                                                              LA  PLASTICIDAD  CEREBRAL

Podemos afirmar que el ser humano es el único ser vivo que nace incompleto y cuya maduración tarda años en llegar a un término que realmente nunca se alcanza, y esto es especialmente cierto, en lo que se refiere a la capacidad cerebral cuyas aptitudes se desarrollan durante todo nuestro ciclo vital gracias a la neuroplasticidad.

La neuroplasticidad es la capacidad de nuestro cerebro para modificar su estructura y funcionamiento que son la base del aprendizaje, de la experiencia adquirida, de la adaptación al entorno o la posibilidad de recuperarse de una lesión. Esta capacidad se mantiene en la adultez y en la vejez, lo que convierte el estilo de vida en un factor decisivo para conservar la salud cognitiva. Mantenerse activo intelectual, social y físicamente cultivando nuestra neuroplasticidad, puede retrasar el deterioro asociado al envejecimiento  y mejorar la calidad de vida.

Podemos denominar a esta característica como una “neuroplasticidad estructural” que se refiere a la capacidad de cambios en la estructura física cerebral, es decir, a la formación de nuevas neuronas y nuevos enlaces neuronales que contribuyen a su crecimiento y que son básicos para entender el desarrollo del aprendizaje, la mejora de la memoria y la formación de la experiencia, especialmente importantes en la niñez como etapa de formación pero que persisten en la edad adulta e incluso en la vejez.

Unida a esta propiedad existe una “neuroplasticidad funcional” referida a la capacidad de cambios en la forma de comunicarse las células entre ellas mismas, generando nuevas redes neuronales de comunicación, información e intercambio, y estableciendo prioridades de conexión que facilitan el almacenamiento de conocimientos y su utilización oportunas para permitir la posibilidad de obtener nuevas habilidades basadas en las competencias adquiridas de aprendizaje y memoria.

Estas nuevas conexiones se fortalecen mientras más se utilizan, y languidecen si no tienen uso, de forma, que existe un proceso continuo de formación o “neurogénesis sináptica” y otro de poda sináptica encargado de eliminar lo sobrante, lo que se llama una “neuroplasticidad negativa”, que contribuye a hacer el cerebro más eficaz. En consecuencia,  nuestro cerebro está en continuo funcionamiento, es decir, tiene la capacidad de recuperarse, reestructurarse y adaptarse a nuevas situaciones, es lo que ocurre en los comprobados casos de lesiones locales en los que las células cerebrales vecinas pueden asumir las funciones de las células dañadas, lo que se conoce como “neuroplasticidad compensatoria” que se aleja de las teorías de la localización.

En el año 1861 Pierre Paul Broca (1824-1880), médico, anatomista y antropólogo francés, localizó el leguaje humano en la zona frontal izquierda del cerebro, y trece años más tarde Carl Wernicke (1848-1905), neurólogo y psiquiatra alemán, asienta la teoría localizacionista aumentando su extensión. Pero en 1888 Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) establece que la estructura cerebral no es un continuum, sino que está compuesta de células interconectadas mediante uniones especializadas o sinapsis que, de ser consideradas rígidas e inmodificables, pasaron a ser dinámicas y adaptables, estimando que la respuesta neuronal al estímulo exterior no está programada y que requiere el concurso de proteínas y de procesos biomoleculares y químicos que asientan en estas sinapsis conectoras. La neuroplasticidad es un proceso continuo de remodelación fisiológica que dura todo nuestro ciclo vital, y que, aunque sea más intenso en la niñez y en la infancia, no decae en la edad adulta ni en la vejez, siempre que sepamos estimularlo.

Esta posibilidad de estimulación se encuentra en la base de la rehabilitación médica que atiende a estas pérdidas de capacidad sean del origen que sean, traumáticas, vasculares (derrames), o simple deterioro, tratando de poner en marcha nuevas vías neuronales y nuevas sinapsis mediante la estimulación repetitiva y continua de funciones elementales. En primer lugar cuidando la administración de una dieta sana e incrementando la actividad física a través de la práctica de ejercicios aeróbicos (bailar, nadar, caminar).

En segundo lugar tratando de estimular las actividades propias, puramente cognitivas (manteniendo el aprendizaje continuo de actividades renovadas o nuevas), de la memoria (repaso de tareas antiguas y programación de otras), de la capacidad de síntesis incrementando la lectura razonada y comprensiva, desarrollando la afición a la escritura, la pintura y la música, bien sea tocando algún instrumento o sencillamente captando e interpretando los sones musicales, es decir, profundizando en la meditación y en la contemplación interior.

Todas estas actividades, que forman un estilo de vida, tienen influencia sobre nuestra “plasticidad neuronal” contribuyendo a una redefinición del envejecimiento aprovechando la capacidad de desarrollo cerebral, que no cesa en la vejez, que continua la creación de nuevas vías neuronales (neurogénesis) y nuevas conexiones sinápticas (sinaptogénesis), que nos ayudarán, en todo caso, a mantener nuestro cerebro en las mejores condiciones posibles evitando el deterioro que se produce por su falta de uso que en definitiva es lo que nos lleva a su atrofia y a la auténtica senilidad.

                                                                        Jesús Lobillo Ríos

                                            Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

                                                            “benaltertulias.blogspot.com”  

 

 

Bibliografía

Rubia F: “La plasticidad cerebral”. Sesión Ordinaria R.A.N.M. 2026

Dotta M, Buzzi A. “Carl Wernicke”. Fundación Ciencias Médicas de Rosario. 2023

Piqueras Bravo M. “Neuroplasticidad, qué es y cómo funciona” Sanitas 2026.

Lindeman y col. “Tratado de Rehabilitación”. Labor 1975.

Swaab D. “Somos nuestro cerebro”. Plataforma Editorial 2014.


domingo, 31 de mayo de 2026

La luna

LA LUNA

 

Hace más de cincuenta años, cuando los fervores lunáticos estaban a flor de piel, porque nos decían que el hombre había pisado La Luna, le preguntamos a Fidel Habib si él iría a La Luna. La respuesta fue, además de sensata, plena de buen humor y sin meterse con nadie. Nos contestó a todos, presentes y no presentes (no precisamente ausentes) que él no había estado allí nunca y que por lo tanto no se le había perdido nada en La Luna.

Ahora que volvemos a las andadas y además, como podría decir cualquiera, en volandas, se nos ocurre repetir la gesta, ya que de gestos andamos más que sobrados.

Nos hemos comprometido hasta  en ver la cara oculta de La Luna, por curiosear si nos dice algo más. También por si podemos sacarle algo más que simples y frías fotografías.

Esta vez no nos hemos atrevido, con mucha y mejor tecnología que antaño, en meter la pata y no nos hemos tomado el lujo de bajar como la otra vez (si es que entonces pisamos luna firme, en un mar de grandes dudas).

Nos puede dar la impresión de que nos han medio obligado, una vez más, a mirar a La Luna, para que no reparemos en lo que nos están haciendo a los humanos aquí, en La Tierra, que da la impresión de que quieren hundir nuestros pies, cada vez más, en arenas demasiado movedizas, que están preñadas de petróleo.

Selene nos contempla, sobre todo de noche, cuando algunos inhumanos aprovechan para bombardear más, si cabe. Selene no dice nada o no la escuchamos, porque está bastante lejos. Tampoco podemos escucharla, porque el ruido de las guerras es demasiado ensordecedor.

De lo que sí estamos seguros es de que Selene no nos engaña; siempre nos muestra la misma cara. Y que, aunque “el camino sea largo”, aunque demos muchas vueltas a nuestras cosas, Artemisa nos guía durante las noches, como a los cazadores nocturnos, pero no como a asesinos nocturnos, y nos ilumina el camino de vuelta, aunque estemos rodeados de oscuridades. Igual que la nave espacial nos ha entregado, sanos y salvos, a los nuestros en uno de estos últimos días.

Selene  no nos engaña; igual que “Ítaca, que nunca nos engañó ni nunca tampoco nos metió prisa”, como suelen hacer muchos belicosos y beligerantes con sus “malditas guerras”, que nos obligan a precipitarnos y a “no aprender”, sobre todo, los caminos y senderos de la paz.

La Luna  no nos engaña, porque además de mostrarnos siempre la misma cara, da siempre las espaldas a todo el Universo, incluso como metáfora de que nuestro destino está cercano, sin ir más lejos en el espacio ni ir más rápido en nuestros acontecimientos. Con un silencio clamoroso nos dice que arreglemos antes nuestra casa, ese pequeño hogar que todos conocen como La Tierra.

Los caminos de la Paz se nos iluminan de día y de noche y no necesitan de teloneros bélicos, que  no saben hacer otra cosa que aislarnos de  todas las esperanzas.

Ya que no podemos detenernos tampoco “en los emporios de Fenicia”, porque nos los están destrozando. podemos dedicar nuestros días y nuestras noches a construirnos una paz, total y universal, con la experiencia que nos han dado tantos siglos y, sobre todo, tantos  días de frenéticas destrucciones, especialmente, de vidas humanas totalmente inocentes.

Si nos volvemos verdaderamente sabios por todas las experiencias que nos han arañado hasta la conciencia, La Luna nos alumbrará mejor y sin humos y sin negras sombras para poder seguir nuestros caminos terrenales en buena compañía.

 

                                                         JOSÉ MARÍA BARRIONUEVO GIL

                                                             El Ateneo Libre de Benalmádena

                                                                “benaltertulias.blogspot.com”