domingo, 18 de octubre de 2026

Juan Rana

Cosme Pérez: «Juan Rana»: El actor favorito de Felipe IV

Fiestas de Carnestolendas / todas paran en disfraces.

    Deséome entretener deste modo;

No te asombre / que apetezca el traje de hombre, /

ya que no lo puedo ser.

El vergonzoso en palacio (Tirso de Molina. s. XVII)

 

En la Real Academia Española se puede contemplar un óleo, de autor anónimo, datado a finales del siglo XVII, que representa un hombre de aspecto grotesco: baja estatura, grueso y barrigón, contrahecho, piernas y brazos cortos, tocado con un sombrero de plumas. El hombrecillo mantiene la vista baja, al parecer mirando una rana que mantiene de una pata con la mano izquierda, mientras que con la derecha sostiene sobre el hombro una especie de arcabuz o mosquete. Los estudiosos vinculan tan curioso personaje a la tradición del bobo o necio que muestra, ufano, el ridículo trofeo conseguido, una rana, en alusión directa a la condición de homosexual o bujarrón, pues a ese animal siempre se le ha tenido por no ser ni por carne ni pescado. El personaje en cuestión tiene nombre propio, se llamaba Cosme Pérez, aunque era popularmente conocido por su nombre artístico: «Juan Rana». En palabras de un escritor contemporáneo era «el gracioso más vivo que hubo en España».

Nuestro actor había iniciado su carrera, según algunos autores, hacia1616, con la comedia de Lope de Vega Quien más no puede. Su primer papel protagonista sería en El casamentero, de Calderón de la Barca, quien también fue el autor de su último trabajo sobre las tablas: El desafío de Juan Rana, un entremés representado en 1672, poco antes de su muerte. Entre las muchas compañías en las que trabajó se encontraban la del empresario castellonense Juan Bautista Almella, Hernán Sánchez de Vargas, el sevillano Pedro de la Rosa, Antonio de Prado o Tomás Fernández Cabredo, que también fue un actor especializado, como nuestro Juan Rana, en papeles de gracioso. Como todos los cómicos de su tiempo, formó parte de la cofradía de la Virgen de la Novena, fundada en 1615 como humilladero[1] dedicado a la Virgen del Silencio. El cambio de nombre se debió, como en tantos otros casos, al hecho de que esta Virgen obró el milagro de curar a una madre inválida por un mal parto. Agradecida, esta le ofreció una novena. En 1631, el Gremio de Representantes eligió a esta Virgen como patrona, creándose una cofradía encargada de ayudar y cuidar de sus miembros (pensiones, entierros…) además de organizar actos religiosos. En esta cofradía ingresó Juan Rana en 1631 junto a su mujer María Acosta y su hija Francisca María Pérez. Entre 1593, año de su nacimiento en el pueblo vallisoletano de Tudela de Duero, de donde salió para vivir en Madrid, Valladolid, hasta su muerte en esta capital en 1672, nuestro actor dio vida sobre el escenario a muchos de los personajes creados por autores como Luis Quiñones de Benavente[2], Jerónimo de Cáncer y Velasco, Antonio de Solís, Calderón de la Barca o Lope de Vega, por citar algunos.

Su talento y su comicidad le llevarían a representar papeles como el tradicional «bobo», el alcalde villano, el soldado cobarde, el médico ridículo o el marido cornudo. Sin duda, su propio físico fue determinante para provocar la carcajada en el público, junto a una voz atiplada. Parafraseando a uno de sus coetáneos, como el filósofo y erudito cisterciense Juan Caramuel, su figura contrahecha era tan peculiar que sólo con salir a las tablas y aun sin haber abierto la boca provocaba la risa y el aplauso. El único anticipo de este fenómeno, registrado por los eruditos, habría sido otro gran actor cómico toledano: Alonso de Cisneros (1540-1597), que había tenido la habilidad de hacer reír al adusto Felipe II.

Por otro lado, la fama de Juan Rana llegó a tales cotas que muchos de los entremeses que protagonizó fueron escritos expresamente para él, como su título indica: «Juan Rana poeta», «Juan Rana toreador», «El doctor Juan Rana» o de sus personajes afeminados: «Juan Rana mujer», «La boda de Juan Rana»» o «El parto de Juan Rana». Relacionado con esta cuestión fue sometido a un proceso por sodomía del que saldría absuelto en 1636 (se dice que por intervención de sus admiradores más poderosos ante la Inquisición). Como en el caso del toledano Cisneros, fue el actor fetiche de Felipe IV, quien le concedió el privilegio, por mediación de una de sus amantes, la actriz María Calderón («La Calderona») de «una ración en su mesa». Se sabe también que estos privilegios los utilizaría el bueno de Juan Rana para mediar en los conflictos del mundo de la farándula, como por ejemplo cuando los corrales de comedias fueron cerrados, o por terciar con una sobrina, también actriz, de nombre Bárbara Coronel, acusada de asesinar a su marido, y especializada en papeles de hombre, como así lo recogen los siguientes versos anónimos: La Bárbara Coronel / domina de igual talante / al hombre más arrogante / y al más fogoso corcel. Una mujer notable, por otra parte, pues llegó a ser empresaria de su propia compañía teatral.

En total, Cosme/Juan Rana protagonizaría casi medio centenar de obras escritas específicamente para él, especialmente por el ya citado Calderón de la Barca, durante sus últimos años como actor. Efectivamente, como ya se ha comentado, el último entremés que el cómico representó unos meses antes de su muerte fue El triunfo de Juan Rana, presentado en el Coliseo del Buen Retiro el 29 de enero de 1672 dando vida al marido cornudo.

Por otro lado, nos parece interesante subrayar que el recurso dramático del travestismo escénico no fue inusual durante el contexto de los siglos XVI y XVII (Siglo de Oro). Muy al contrario, fue recurrente y fundamental, como afirman los expertos, especialmente en la llamada «Comedia Nueva», una nueva fórmula, revolucionaria, que llegó para cambiar el paradigma clásico teatral de la mano (mejor dicho, de la pluma) del genial de Lope de Vega. Tanto el travestismo masculino, como el femenino tuvo que sufrir innumerables ataques, tanto por los puritanos (desde la imprenta), como desde el púlpito de las iglesias. Tan indecorosos e indecentes eran los actores travestidos como mujeres, como las actrices travestidas en hombres. Con ciertos matices, no simétricos: el travestismo de las actrices, más frecuente, estaba inspirado en el afán de libertad e independencia y para ello se revestían de traje y capa masculina, lo que significaba un ascenso en el estatus social, como es el caso de Serafina, el personaje de los versos que iniciamos al comienzo del artículo, la famosa «Serrana de la Vera», de Lope de Vega o «Doña Juana» en Don Gil de las calzas verdes, de Tirso de Molina. Los actores, por el contrario, al travestirse de mujer, con sayas y toca, se les ridiculizaba y descendían un escalón en la misma escala social, si bien, resumiendo, y en frase de la época, ambos ejemplos se convertían en «tentadores anzuelos del infierno». Como último ejemplo de travestismo femenino, con autoría femenina, la obra de la dramaturga Ana de Caro (s. XVII) titulada: Valor, agravio y mujer.

Como era habitual entre la gente de su gremio, Cosme Pérez se casó con una actriz: María de Acosta, de la que enviudaría. Posteriormente formó pareja cómica muchos años con Bernarda Ramírez, esposa del actor Sebastián de Prado, actuando en entremeses de riñas conyugales, ella como mujer casquivana y brava y él como marido cornudo. Cosme Pérez/Juan Rana fue el primer actor en merecer de la reina Margarita de Austria una pensión vitalicia en reconocimiento a sus méritos. Se sabe que dejó pagadas 3.400 misas para la salvación de su alma, junto a la petición de enterrado, junto a su hija Francisca María.

                                Rosa M. Ballesteros García

                  Vicepresidenta del Ateneo Libre de Benalmádena

                              “benaltertulias.blogspot.com”



[1] Los humilladeros eran lugares de devoción al aire libre.

[2] Autor con el que se asoció y al parecer le inspiró para convertirse en «Juan Rana».


domingo, 11 de octubre de 2026

La brecha orgásmica

                                                  LA BRECHA ORGÁSMICA

La insatisfacción sexual es una cuestión de bienestar social y de salud pública, y según las encuestas realizadas en torno a ella, conocemos que explorando las tasas de orgasmo, en 25000 encuestas realizadas entre 2015 y 2023, en personas solteras de entre 18 y 100 años, los hombres afirman alcanzar el orgasmo entre el 70 y el 85% de los casos en sus relaciones sexuales, mientras que las mujeres lo logran entre el 46 y el 58 %, lo que denota una acusada diferencia entre los sexos que se identifica como “brecha orgásmica”.

Sin embargo la existencia de esta brecha se corresponde con la utilización como referencia de un modelo construido a partir de la respuesta sexual masculina en la que la penetración es el punto central de la relación sexual, ignorando la existencia del placer femenino o relegándolo a un lugar secundario, dado que la educación sexual postergaba el papel de la mujer a la maternidad y al hogar, priorizando la prevención de embarazos y la elusión de infecciones.

Los sexólogos cifran, la capacidad sexual femenina entre siete y ocho veces por encima de la capacidad orgásmica masculina, o sea, que la brecha orgásmica no es un problema exclusivamente biológico. A este respecto en las encuestas del Ministerio de Sanidad y el CIS, se descubre que el 90% de los hombres se ha masturbado alguna vez, mientras que solo el 70% de las mujeres lo confiesa, lo que confirma la falta de autonomía sexual femenina, ya que la libertad sexual individual empieza por el conocimiento del propio cuerpo y mientras la masturbación sea un tabú esta libertad será limitada.

El coitocentrismo, como práctica, ha llevado a la instalación de un escenario patriarcal que ha impedido el libre y autónomo placer de la mujer limitando su capacidad de disfrutar de su sexualidad desde el placer. El pene se conoce y se describe sin tapujos, pero el clítoris y sus amplias funciones sexuales, principalmente relacionadas con este placer, podríamos decir que todavía permanece muy invisibilizado, de forma que muchas mujeres carecen de herramientas para reconocer qué es lo que les gusta y cuáles son sus límites.

En la década de los sesenta, el matrimonio compuesto por la sexóloga Virginia Jhonson y el ginecólogo William Master, publicaron sus estudios sobre “la respuesta sexual humana” en el que describieron el conocido modelo de cuatro fases (Excitación, Meseta, Orgasmo y Resolución), es decir, describieron la respuesta fisiológica del acto sexual, en donde ya alumbraron que la fase de resolución masculina da paso a una fase refractaria inhábil para la excitación, mientras que en la resolución femenina esta fase es más larga o al menos no tan marcada, dando lugar a la aparición de los llamados picos orgásmicos, u orgasmos múltiples, en los que se hacen presentes factores emocionales como lo son la calidad de la intimidad o ausencia de estrés.

La experiencia erótica por lo tanto tiene un componente cultural en el que intervienen prácticas y conductas como la educación y el contexto social que conducen a que el modelo masculino seguido hasta ahora no debe de poner el punto final del acto sexual en el orgasmo masculino, sino que debe de permitir el paso, a otras fórmulas de sexualidad y placer satisfactorias demandadas por las mujeres en una atención preferente a sus peculiares características sexuales.

También el machismo tiene sus límites y sus presiones respecto al rendimiento, la iniciativa y la capacidad, lo que no se aprende con el uso de los contenidos pornográficos que solo están concebidos para el entretenimiento y no para la educación. La relación sexual tiene que ser libre, como debe de serlo el placer, exigiendo a los hombres readaptar su masculinidad y su forma de vivir la sexualidad en compañía.

La sexualidad humana está, pues, condicionada por  numerosos factores emocionales entre los que contamos la ansiedad, el estrés, la imagen, la vergüenza, el temor al rechazo, etc. que presionan tanto al hombre como a la mujer, lo que da la razón a aquellos autores que preconizan que se obtienen mejores resultados en los encuentros reiterados que en las relaciones esporádicas.

La brecha orgásmica, desde este punto de vista, es un problema cultural antes que biológico y la forma de aminorarla se encuentra en la educación sexual, en el conocimiento y en la profundización de las relaciones mutuas, donde el coito y el orgasmo no son el fin, sino tan solo un método más para avanzar en el conocimiento de la pareja y en definitiva la mejor de las herramientas para cultivar la igualdad de los sexos.

                                                                     Jesús Lobillo Ríos

                                              Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

                                                          “benaltertulias.blogspot.com”

 

Bibliografía

Amanda N y cols.,”The Lifelong Orgam Gap”. Sexual Medicine 2024

McElroy E., Elizabeth E., y cols. The journal of sex research. 2024

William H., Johnson V. ”Respuesta sexual humana”. Ed. Intermédica 1967.

Ministerio de Sanidad. Encuesta Nacional de Salud Sexual 2025


domingo, 4 de octubre de 2026

Conversaciones

 

CONVERSACIONES

                                                                                                “No erréis; las malas conversaciones

corrompen las buenas costumbres”.

 

Apóstol Pablo, Corintios 15: 33

 

¿Tan difícil es mantener una conversación? Parece que sí. Muy difícil y muy complicado. Si se tiene siempre a mano y disponible, sobre la mesa, la sofisticada tecnología de la interrupción, que es el teléfono móvil, más difícil se torna. Si se quiere llevar la razón a ultranza sobre cualquier tema, sin aceptar interpelación o discrepancia argumentada, mal va el asunto. Si seis se reúnen para conversar y hay tres diálogos cruzados, la dificultad de atención a un asunto central es evidente. Si las tertulias televisivas no son modelos a imitar, por la manifiesta ausencia de cortesía y de mesura en los discursos, por no respetar el turno de palabra y, a veces, por la regencia de improperios en la dinámica de intervenciones, entonces la cosa hierve, no funciona, cansa. La especialización personal, la aceleración e impaciencia de la vida en pantallas, la huida de la reflexión pausada, el exceso de contenidos y fuentes, la fragmentación y dispersión informativa, junto a la ausencia de acervos culturales orales y escritos comunes o parecidos, entre otras razones, dificultan enormemente canalizar las conversaciones para que no deriven en una mera yuxtaposición de posturas, posiciones o argumentos.

 

No te has enterado de nada; no se puede hablar contigo; siempre tiene que llevar la razón; a mí no me ofendas; pido la palabra; dejadme hablar; se ha explicado como un libro abierto; no hay forma de que callen; ¿quieres escuchar, por favor?; si hablamos todas a la vez, no hay manera; te repites más que el ajo; no gritéis; ¿por qué no te callas?; y lo que sabe; no me dejan intervenir; todo no se puede decir; no se habla de política; tengo la palabra; cuando termine, habla tú lo que quieras; ¡silencio!; necesitas más tiempo para explicarte mejor; centremos el tema, que nos vamos por los cerros de Úbeda; ¡lo bien que habla!; no te entiendo; al grano; si alguien quiere decir algo que hable ahora o calle para siempre; yo, que tú, no me callaba; en boca cerrada no entran moscas…

 

Por supuesto que no entran moscas. Pero si prudente es el silencio, conveniente es hablar cuando el mensaje es relevante y enriquecedor para el conjunto. El callar supone menos riesgo, evidentemente. También no hablar puede percibirse como sabiduría en un conversador limitado o competencia en un ignorante. El abate Joseph Antoine Toussant Dinouart (1716-1786), eclesiástico mundano que fue excomulgado por escribir El triunfo del sexo, publicó en 1771 un recomendable librito titulado El arte de callar. En este ensayo se lee: “El primer grado de sabiduría es saber callar; el segundo es saber hablar poco y moderarse en el discurso; el tercero es saber hablar mucho, sin hablar mal y sin hablar demasiado”. Y añadía algo que se sabe, pero que poco se practica, pues si se destaca el humano por ser lince en la teoría, en la praxis la pereza se adueña de él: “Sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio”.

 

A veces los silencios son mal interpretados. Es lo que le aconteció a Pamina, personaje de la ópera “La flauta mágica” de Mozart (1756-1791). Resulta que Tamino y Papageno reciben la orden de callar como prueba. A Papageno le cuesta estar en silencio. Sin embargo, Tamino, disciplinado, calla y cumple el mandato. Pamina, enamorada de Tamino, interpreta el silencio como acto de desamor y, ante la ausencia de palabras, canta el aria “Ach, ich fühl’s”: “¡Ay, tengo el presentimiento/que la dicha de amor/ha desaparecido para siempre!/¡Nunca volveréis a mi corazón,/horas de delicia./Mira…Tamino querido,/estas lágrimas corren solo por ti./¡Si no sientes los anhelos del amor,/mi descanso estará en la muerte!”. Aquí puedes escuchar y ver a la soprano alemana Dorothea Röschman, interpretando este aria: https://youtu.be/53RwokMkgqk?si=dRqGdf3K3dlFq2QV

 

Hay falta de conversación pública y privada. Hay crisis conversacional. Hay escasa calidad en la conversación, pues no se trata de decir algo para hablar, sino más bien de hablar para decir algo. Encontrar espacio y tiempo para la conversación con otros es uno de los mayores placeres de la vida. La conversación de calidad es una manifestación del saber vivir juntos en un ambiente para aprender, entretenerse y conjurar pesadumbres. Conversación no para huir del mundo, sino para aprehenderlo mejor. La conversación procura y afianza relaciones, acorta las distancias. Si se quiere conversación, se precisa de unas mínimas condiciones en forma y fondo, así como de límites convenientes para dotarla de la calidad necesaria. Dependiendo del grupo de personas, las relaciones entre ellos, el origen de la convocatoria, la conversación puede adoptar más o menos grados de formalismos. La conversación ayuda a la socialización. Se suele indicar que el número de personas para una conversación de calidad ha de estar entre tres y nueve miembros. En ese arco hay que moverse para que las conversaciones atrapen los preciados bienes de la atención y la escucha y ahuyenten la distracción.

 

Conversar no es debatir, pues el debate conlleva competición, quedar por encima, ganar dialécticamente, derrotar al otro. La conversación fluye a veces mansa, otras intensa y vehemente, en función de la competencia de los interlocutores en todos los órdenes. Se puede conversar de cualquier asunto, trivial o elevado, pero siempre en tono amigable y respetuoso. Una intencionada política de afectos hace bien a la conversación. Debe tenerse en cuenta que la comunicación no verbal supera en porcentaje tanto al impacto del mensaje en lenguaje verbal, a las palabras y a la entonación, el volumen o la dicción. De tal manera que hablamos más con nuestras miradas, movimientos y gestos que con las palabras. Sobre estos asuntos vinculados al arte de la conversación indagó el periodista y escritor Rubén Amón en su ensayo Tenemos que hablar. La conversación en los tiempos de la censura, la soledad y la tecnología (2024).

 

Flaco favor hace a la conversación el abuso de lugares comunes, frases hechas, clichés, tópicos, refranes o máximas, que en muchas ocasiones, por obvios, demuestran pereza y escasez argumental, y en otras, cierran posibilidades de fructífero diálogo. Tampoco ayudan a la conversación figuras como charlatanes, platicones, parlanchines, cuyas incontinencias verbales asesinan cualquier posibilidad real de pasar un momento edificante. Son figuras que no encajan, verdaderos delincuentes conversacionales. Estos personajes, cuyos delitos no están tipificados en el código penal, son variopintos y, como en todo, hay grados: los soberbios; los intemperantes; los quejumbrosos en bucle; los que de todo hacen un chiste; los que buscan el aplauso y la aquiescencia; los de “todas las opiniones son respetables” -pues va a ser que no, pues lo respetable es el “derecho a opinar”-; los “pantólogos”, que de todo saben, entienden, hablan y opinan; los que no dejan descansar su ego; los que no se atienen a norma alguna; los de cualquier tiempo pasado fue mejor; los insensibles a las bellas artes, filisteos en la tercera acepción de la RAE; los que evitan conceptos abstractos o reflexiones o deliberaciones éticas y morales; los que confunden información acumulativa con conocimiento; los dataistas, obsesionados por los datos; los que confunden saber y memoria; los que manifiestan dificultad e irritación para aceptar razones que rebaten sus ideas; los que no reconocen la valía del otro; los que no ven más allá de su experiencia particular...

 

Afortunadamente, los delincuentes conversacionales son pocos. Si brotan, se acude a un oportuno y discreto ardid para hacerlos desaparecer y punto. Por indicar una figura que sí encajaría en una conversación de calidad, destacaría, por ejemplo, a un conversador avezado que, aparte de sagacidad psicológica, anime a los demás a expresarse y a que descubran cualidades en ellos mismos. Si a ello añadimos personas elocuentes, amenas y con conocimientos versátiles, miel sobre hojuelas. Puntos positivos para que la conversación fluya, serían: disponer de un contexto propicio sin ruidos y en el que todos se sientan a gusto, uso de un lenguaje cercano y claridad expresiva, respeto entre los interlocutores, no hablar de uno mismo, dar y recibir críticas con elegancia, alternancia en los turnos de palabra, aceptación de posibilidad real de cambio de opinión, no competir, evitar interrumpir, embridar la ira y no insultar, arrojar al muladar los argumentos ad hominem, reconocer ignorancias propias y exponer con humildad nuestros conocimientos. Esto es el ideal, evidentemente. Y es bueno tenerlo en cuenta. Parece ser que el filósofo Immanuel Kant (1724-1804), gran conversador de sobremesa, siempre indicaba que la conversación debía sujetarse a unas condicionales tales que ningún contertulio volviera a su casa disgustado con otro. No es mal consejo. Ahora bien, aparte de formas y fórmulas, la calidad de la conversación depende, cómo no, de la calidad y calidez de los conversadores.

 

Al norte de los Pirineos, desde principios del siglo XVII hasta el estallido de la revolución francesa, un grupo de privilegiados, liderado por mujeres cultas y brillantes, se reunían con regularidad en salones privados para conversar. Así lograban eludir el poder real de un régimen absolutista y el poder religioso, buscando un espacio propio y libre. Se crea un ideal de conversación en el que participan hombres y mujeres con unas reglas establecidas, refinados modos de comportamiento -cortesía, buenos modales-, en los que se apreciaba más la escucha que el hablar y se evitaba el enfrentamiento verbal. Fueron lugares de debate intelectual y político, donde encajaban tanto los temas mundanos de la sociedad civil, como los científicos, artísticos o filosóficos. El tiempo de ocio de esta aristocracia se empleaba en la literatura, la música, el teatro, la danza…Pero la conversación se erigía en actividad principal, cultivada, atendida, en aras del placer por la palabra.

 

Madame de Ramboillet (1588-1665) es considerada la iniciadora de estas reuniones en su salón literario de París. La marquesa de Lambert (1647-1733), gran lectora y mujer reflexiva, mantuvo durante treinta años los encuentros de los martes y los miércoles en su salón parisino. Allí conversaban literatos, gente de mundo, estudiosos. Debilidad reconozco por la marquesa de Sévigné (1628-1684), viuda y libre a los veinticinco años, en cuyo salón, allá por 1669, se leyeron por primera vez las cinco Cartas de amor de la monja portuguesa Mariana Alcoforado que, publicadas posteriormente por el editor Claude Barbin (1628-1698), se convirtieron en el “bestseller” de la época. Cartas apasionadas de una monja a un militar francés, ¡escándalo!, que causaron estragos en las modas galantes y amatorias. Ahora bien, parece ser que ni las cartas estaban escritas en portugués, ni la monja era su autora. Fue el vizconde de Guilleragues (1628-1648) quien las escribió en su francés natal y, sagaz, pergeñó junto al editor Barbin, la forma de darles publicidad. El librito de las pentacartas no monjiles fue un pelotazo editorial. Nada nuevo bajo el sol.

 

Es de destacar la oportunidad real de incentivar la conversación en los numerosos clubes de lectura existentes, fomentados por instituciones educativas y culturales, iniciativas privadas y, sobre todo, por la red de bibliotecas públicas españolas. Estos grupos de lectores comparten espacio y tiempo en torno a un libro de literatura o ensayo, actividad ideal para cultivar la calidad en la conversación. La profesora Raquel F. Cobo, en El arte de la conversación literaria. El valor de la palabra para sostener la amistad (2025), afirma: “Desde las antiguas sociedades orales hasta la era digital, conversar sobre literatura ha sido crucial para transmitir conocimientos, valores y tradiciones que mantengan viva nuestra cultura”.

 

Ha de expandirse la conversación a ámbitos más allá de la literatura. Ya hay muchos clubes que abordan obras diversas en registros y asuntos, ampliando y enriqueciendo los temas de conversación. Proliferan clubes de lectura de ensayos sobre música, sociología, filosofía, historia, etc. Es de significar que estos grupos de lectores o clubes de lectura, han de abordar realmente conversación y no limitar las intervenciones a meras exposiciones individuales de opinión o crítica, sin entablar diálogos. Asimismo, conviene que se procuren las interpelaciones y aprovechen las líneas temáticas de interés surgidas al calor de la discusión. Enriquece el cultivo de la interacción, la reflexividad y la argumentación. Por ello, en los clubes, aparte de leer mucho y bien, fomentar la excelencia en la conversación se torna una acción relevante. Benedetta Craveri, en La cultura de la conversación (2001), escribe: “El ideal de la conversación, que sabe conjugar la ligereza con la profundidad, la elegancia con el placer, la búsqueda de la verdad con la tolerancia y el respeto a la opinión ajena, no ha dejado de atraernos nunca; y cuanto más nos aleja de él la realidad, más sentimos su falta”. Lo ideal es convertir la buena conversación en bella costumbre.

 

                                                        José García Guerrero.

                                                                   Maestro

                                             El Ateneo Libre de Benalmádena

                                                 “benaltertulias.blogspot.com”


domingo, 27 de septiembre de 2026

El camino

EL  CAMINO

Cuando en la política se ha usado el nombre de la Virgen del Rocío y el capote que nos puede echar para llevarse a la gente de calle hacia las mesas electorales, marcando tendencia, o el de otra virgen cualquiera, como en las últimas elecciones, o se habla con una vaca blanca y negra para mover los sentimientos, precisamente humanos, haciendo dejación de propuestas, de proyectos, de programas y de verdaderos compromisos, amparándose sólo en la fuerza, como una sospechosa vis comica  que puede caracterizar a nuestra gente, nos huele peor que aquel tinao de nuestra niñez, que el boyero tenía que limpiar a diario, para aumentar el abono ecológico que se iba transformando en un  poderoso fertilizante con el paso de los días y días, cara al sol, sin reparar en el paso del tiempo,  en la corraleta de al lado.

La gente de nuestra tierra quiere vivir en paz y hacer el camino del Rocío sin problemas, porque es la fiesta y la tradición quien la mueve y la promueve.

Todos y todas se tiran a las inclemencias del camino, sin más pretensiones que sentirse unidos y, en llegando, sentirse reunidos.

No importa ni cómo ni cuándo comenzó todo, porque sabemos desde hace algún tiempo que “se hace camino al andar”.

No importa saber que en los antiguos tiempos, con todo el Imperio Romano a su favor, la religión se contagiara de supremacismo y considerara a la gente de los pagos como paganos, ya que seguían con sus devociones antiguas, con preferentes fervores hacia deidades femeninas, que seguían alimentando la religiosidad del pueblo llano.

Tampoco importa si las vírgenes eran blancas y patrias o de color y prestadas, ya que la reunión y el encuentro con todos eran lo que producía y regeneraba ese bienestar sin tacha, que no se contamina de dicotomías ni maniqueismos barriobajeros, como puede verse en las competiciones deportivas, preferentemente hijas de la pérfida Albión, que nos hipotecan tiempos nuestros de los días de descanso.

Tampoco importa si es verdad que “la Virgen lleva en el hombro una salamanquesa de plata y oro”, porque viene de muy lejos la función de ese animalito totémico de civilizaciones antiguas, como podría ser la tartésica, que sentaron plaza en estas latitudes y que los tiempos se han negado a ocultar y olvidar.

Tampoco importa si la festividad de la Virgen oscurece totalmente la fiesta del mismísimo Espíritu Santo, porque la preferencia popular haya abierto el baúl de los recuerdos y no la caja de los truenos de aquellas palabras del profeta, poco irénicas, que nos aclaraban que “fuego he venido a traer a la Tierra y no quiero otra cosa sino que arda”.

Tampoco importa si la Virgen del Rocío se ha quedado con la advocación de La Blanca Paloma, como un préstamo tambi´sn del Espíritu Santo.

Quizás lo que importa es que el decálogo se encierra en dos propuestas tan populares, que hemos escuchado hasta la saciedad, porque el Rocío es amistad y vida. Así se resume en dos consideraciones del pueblo, ya demasiado añejas, que de siempre hemos escuchado y que nos decían así: “Yo ni robo ni mato”.

La honradez y el respeto a la vida de los demás, aunque sigan siendo otros, y que nos parecen casi ancestrales,  tan antiguos y remotos, pero que pueden seguir moviendo conciencias, son joyas de la convivencia humana, que la complejidad política de este mundo tan moderno está tirando por la borda con los prejuicios modernos cifrados en posverdades y crímenes de los desaprensivos, tan modernos y tan ricos y tan poderosos ellos.

Sin embargo, el tanto hacer un camino más que trillado, no nos vale si no se ve con claridad que no se puede repetir el paradigma de seguir confiando en aquellos que nos engañan y siguen robando y matando, porque así “de nada nos sirve rezar”.

Una vez más el camino nos recalca la voluntad de seguir adelante y de mejorar cada vez la tierra donde pisamos. Al regreso podemos  no tenerlo  en cuenta, porque, de todos modos, no nos enseña nada.

                                                  José María Barrionuevo Gil

                                             El Ateneo Libre de Benalmádena

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domingo, 20 de septiembre de 2026

Manuel Fernández

                                       MANUEL  FERNANDEZ -MONTESINOS  LUSTAU

       MÉDICO, ÚLTIMO ALCALDE REPUBLICANO DE GRANADA Y CUÑADO DE GARCIA LORCA

Médico brillante, político capaz, fue alcalde de Granada y víctima del terror impuesto desde el mismo inicio de la guerra civil.

Nació en 1899, su padre Gregorio Fernández-Montesinos era un alto cargo de la Banca Rodríguez Acosta. Tenía dos hermanos, Gregorio, que fue un destacado hispanista, y José. Estudió Medicina en la Universidad de Granada que terminó en 1921 con sobresaliente y premio extraordinario comenzando enseguida a ejercer privadamente.

Inquieto intelectualmente forma parte de la Tertulia “El Rinconcillo” que se celebraba en el café Alameda, a la que asistían entre otros, García Lorca, Constantino Ruiz Carnero, Miguel Rodríguez Acosta, sus hermanos, Manuel de Falla, y los falangistas Manuel Fernández Almagro y Antonio Gallego Burín que le sustituiría como alcalde, etc. En 1928 presentaron la revista literaria “Andalucía”, de la que fué administrador, y de la que solo se publicaron dos números.

En 1930 se casa con Concepción García-Lorca, hermana del poeta, con la que tuvo tres hijos, Vicenta, Manuel y Cocha. Se inicia en política ese mismo año apuntándose al Partido Republicano Autónomo de Granada, pasándose al año siguiente al PSOE con el que fue Concejal del Ayuntamiento de Granada, en las elecciones municipales de 1931 y teniente de alcalde al año siguiente. Por su participación en la revolución de 1934 fue encarcelado. En 1935 fue vicepresidente de la Federación Socialista Provincial y vicepresidente de la Diputación Provincial.

En 1933 participó junto con Luis Fajardo y Carlos Morenilla en la Asamblea Regional Andaluza de Córdoba, impulsada por Blas Infante para elaborar  el Estatuto Andaluz, en donde defendió en una ponencia aprobada previamente por el Ayuntamiento de Granada, la idea de separar una Andalucía Oriental con capitalidad en Granada.

En 1936 participa en un pleno del Ayuntamiento en el que Luis Fajardo presenta su dimisión como alcalde delegando sus funciones en Fernández Montesino que es elegido para el puesto el 10 de Julio con 17 votos a favor y uno en blanco.

El lunes 20 de julio, dos días después de declarado la insurrección militar, reunido con sus concejales en el salón del ayuntamiento, el coronel Miguel del Campo, lo detiene pistola en mano, declarando disuelta la corporación y proclamándose él mismo nuevo alcalde. Un mes después en la madrugada del 16 de agosto fue asesinado en las tapias del cementerio de Granada sin mediar ningún tipo de proceso judicial. Esa misma tarde fue detenido García Lorca.

Terminada la guerra civil, su mujer y sus tres hijos marcharon a Madrid y luego al exilio al amparo de la familia García Lorca.

                                                                   Jesús Lobillo Ríos

                                          Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

                                                      “benaltertulias.blogspot.com”

Bibliografía

Andrade M.-“M. Fernández-Montesinos, Alcalde de Granada”. El Independiente 2022

Alarcón Caballero. Fundación Pablo Iglesias.

Guerra F. “La medicina en el exilio republicano”. Alcalá de Henares 2003


domingo, 13 de septiembre de 2026

Buñuel

Buñuel y el «Banquete de los genios»

 

El aragonés Luis Buñuel es, indudablemente, uno de los grandes directores de cine a nivel internacional. Nació en Teruel en 1900 y murió en México en 1983, arrastrado por el exilio, tras la Guerra Civil, después de haber vivido en Francia y en los Estados Unidos entre 1940 y 1946; primero en Nueva York, donde trabajó un par de años para la Oficina de Asuntos Interamericanos, dirigiendo doblajes en la Filmoteca del Museo de Arte Moderno, restaurando y editando películas de propaganda.

Su siguiente destino fue la ciudad de Los Ángeles, Hollywood, meca de la industria del cine, con la esperanza de ser contratado como director, si bien su trabajo se limitó como encargado de los doblajes al español para la Warner hasta 1945, año en que los estudios cerraron las secciones de doblaje. Buñuel había llegado avalado por sus trabajos de los años 30 con un par de joyas del surrealismo: La edad de oro y Un perro andaluz, además del controvertido documental Las Hurdes, tierra sin pan, producido en 1933 y vetado por el gobierno de la Segunda República, que decidió prohibirla por la mala imagen que presentó de España[1]. En 1937 se presentó en Francia, con el mismo resultado que en nuestro país. Es interesante señalar, como afirmación de su personalidad, que otro tanto le ocurriría en 1950, ya en México, con su película Los olvidados, exhibida apenas unos días. Sólo le salvó su expulsión del país el gran éxito obtenido como mejor director de la película en Cannes, y la defensa de algunos intelectuales, como el Nobel mexicano Octavio Paz.

Volviendo de nuevo a su salida de Nueva York, y en opinión general, este fue un traslado forzado, o más bien «reforzado» por su perfil político. A este respecto, el escritor Carlos Fuentes en su libro Personas, publicado en 2012, recoge el hecho de que, en una entrevista hecha a su compadre Salvador Dalí a su llegada por entonces a Nueva York, este lo describiera como anarquista, comunista, ateo y maniaco sexual. A raíz de esta entrevista Buñuel se vio obligado (o le obligaron) a renunciar a su trabajo, no sin antes, siguiendo el libro de Fuentes, Buñuel citase en el bar de un hotel a Dalí para decirle: «Vine decidido a romperte la cara [de hecho, se la hubiera roto, dado que Buñuel practicaba el boxeo], pero al verte me venció el recuerdo de nuestra vieja amistad. Sólo te diré que eres un hijo de puta». Como se sabe, ambos eran amigos desde la época en la Residencia de Estudiantes. Lo cierto, y de ello se hacen eco algunos de sus biógrafos, como Fernando G. Martín en su libro El ermitaño errante: Buñuel en Estados Unidos, que fue interrogado varias veces por las autoridades de aquel país e, incluso, vigilado a partir de una denuncia anónima en 1945. No tuvo tanta suerte su mejor amigo y compañero en la Warner José Rubia Barcia, profesor entonces en la Universidad de Los Ángeles. Víctima de la famosa «Lista negra», tuvo que trasladarse a Portugal huyendo de la deportación.

La estancia de Buñuel en los Estados Unidos significaría, como se ha escrito, una gran paradoja, pues si bien no logró dirigir ninguna película durante los años que permaneció allí, a pesar de que lo intentó con varios proyectos, finalmente los grandes «patrones» de la industria del cine se le rindieron a su genio, más de dos décadas después, dedicándole uno de los homenajes más legendarios de su historia. El acontecimiento, extraordinario, lo narra Manuel Hidalgo en su ensayo: El banquete de los genios, publicado en 2019. El hecho sucedió en 1972, en la cima de su éxito, tras haber obtenido el Óscar a la Mejor Película extranjera con El discreto encanto de la burguesía, protagonizada por el gran actor Fernando Rey, republicano, como Buñuel[2]. El homenaje fue organizado por el director George Cukor (My Fair Lady, Historias de Philadelphia) con una cena de gala en la que se dieron cita nueve de los más grandes realizadores estadounidenses, entre ellos: Alfred Hitchcock, gran admirador del aragonés, Billy Wilder, Robert Mulligan, Robert Wise, John Ford, William Wyler, Rouben Mamoulian y George Stevens.

Entre 1931, la primera vez que visitó los Estudios de Hollywood y 1947, cuando dirige en México Gran Casino, protagonizada por dos estrellas del cine mexicano, Jorge Negrete y Libertad Lamarque, habían pasado casi dos décadas de sequía como director (por cierto, en la citada película figuran actores exiliados españoles como Julio Villarreal, José Baviera o Francisco Jambrina). Durante los primeros años de 1930 trabajó en París dirigiendo doblajes para la Paramount y también para la Warner en Madrid. En 1935 pasó a dirigir los estudios Filmófono, con gran éxito, pero en 1936 estalló la Guerra Civil y tuvo que exiliarse a Francia. De esta época (1935 y 1936), produjo con cuatro películas para Filmófono, entre ellas La hija de Juan Simón, dirigida por Buñuel, José Luis Sáenz de Heredia y Nemesio Sobrevila, cinta protagonizada por el famoso Angelillo y Carmen Amaya.

Podemos resumir que nuestro personaje, sin dudar, ha sido uno de los grandes directores del cine mundial, como ya apuntamos, aunque su carrera profesional y su vida particular fueron muy complicadas debido, no cabe duda, a su particular carácter. En el prólogo a las memorias del genio, Mi último suspiro, el también cineasta David Trueba escribe: «Buñuel fue un hombre libre, condicionado por sus cabezonerías y su personalidad…», pero nos ha legado películas como Un perro andaluz, Los Olvidados, El ángel exterminador, Viridiana o Belle de Jour, rodadas en España, México y Francia: joyas de la historia del cine.

                             Rosa M Ballesteros García

                Vicepresidenta del Ateneo Libre de Benalmadena

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[1] Se convirtió en referencia en el cine documental a partir de que el prestigioso Festival de Cine de Mannheim (Alemania) en 1964 la incluyera entre los doce mejores documentales de la historia. El documental fue financiado por un amigo de Buñuel, el anarcosindicalista Ramón Acín.

[2] Hijo de un coronel republicano, encarcelado varios años tras finalizar la guerra, Fernando estuvo retenido, hasta que se fugó, en un campo de prisioneros en Valencia.


domingo, 6 de septiembre de 2026

José Castillejo Duarte

                                                           JOSÉ CASTILLEJO DUARTE

          JURISTA, PEDAGOGO, SECRETARIO DE LA JUNTA DE AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS

 

Alumno primero y profesor después de la Institución Libre de Enseñanza, fue secretario y responsable de la Junta de Ampliación de Estudios, pedagogo y hombre de acción tan ilustre como olvidado, fue, como reza su lápida en el cementerio de Hendon Park de Londres, “un gran español que murió en el exilio”.

Hijo del abogado Daniel Castillejo Masas, nació en Ciudad Real en 1877, en cuyo Instituto realizó su bachillerato, y comenzó a estudiar Derecho en el Real Colegio de Estudios Superiores María Cristina de El Escorial, continuándolos en las Universidades de Valladolid, Zaragoza y Madrid, licenciándose en 1898 y doctorándose en 1902, y simultaneando los estudios con los de Filosofía y Letras que terminó en 1900. Conoció a Francisco Giner de los Ríos que lo atrajo al grupo de los institucionistas. Consiguió becas para ampliar estudios en Alemania e Inglaterra.

En 1905 obtiene la cátedra de Derecho Romano de la Universidad de Sevilla que ocupa hasta 1908 por trasladarse a Valladolid hasta que en 1920 obtiene la de Madrid. En 1906 había sido  nombrado agregado al Servicio de Información Técnica y de Relaciones con el Extranjero en el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, que fue la antesala de la creación al año siguiente, en 1907, de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, de la que Castillejo fue su secretario y principal valedor desde su fundación, y que tenía como fin fundamental la concesión de pensiones dentro y fuera de España para ampliar estudios. La Junta tuvo un papel decisivo en la reforma y  modernización de la ciencia, la educación y la cultura en España que funcionó perfectamente hasta 1936.

En 1922 se casó con la escritora inglesa Irene Claremont autora de un libro autobiográfico, traducido y publicado posteriormente en 1995 por su hija Jacinta titulado “Respaldada por el viento”.

En 1928 promovió la creación de La Asociación para la Enseñanza Plurilingue, presidida por Pedro Salinas. En 1931 fue nombrado miembro del Comité de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones, y vocal de la Junta que dirigió la construcción y organización de la Ciudad Universitaria de Madrid, y de la Junta de Relaciones Culturales del Ministerio de Estado. Y también en este mismo año ideó La Fundación Nacional para Investigaciones Científicas, que le designó director administrativo, de cuyas iniciativas cabe destacar El Instituto de Estudios Internacionales y Económicos de Madrid y el Laboratorio de Histología y Cultivo de Tejidos de la Universidad de Valladolid.

Fue un hombre de una actividad cultural e intelectual incansable, refractario a todo lo que significara rutina que nunca quiso acumular cargos en los distintos organismos por los que pasó.

Al comenzar la guerra civil  amenazado por elementos incontrolados abandonó Madrid exiliándose y dedicándose a actividades educativas como dirigir la International Student´s Union y en el Institute of Education de Londres y dio clase en varias universidades como Columbia y Liverpool, y preparó así mismo una serie de conferencias dedicadas a España que fueron radiadas en “La voz de Londres”, un programa especial de la BBC.

Dejó escrito un libro publicado en 1935 “Historia del Derecho Romano” que se ha reeditado posteriormente. En 1919 escribió “La educación en Inglaterra” procedente de su tesis doctoral en la Facultad de Filosofía. Y en 1937 apareció “Wars of Ideas in Spain” en el que expone su punto de vista sobre el panorama cultural español de aquel momento con sus protagonistas que no se pudo conocer  hasta la muerte del general Franco en 1976.

En 2008 se publicó “Democracias destronadas. Un estudio a la luz de la revolución española 1923-1939”, reunión de una serie de conferencias a  lo largo de su vida, que aporta una visión independiente y crítica de la dictadura de Primo de Rivera, la República y la Guerra cuestionando el papel de la violencia, la Constitución del 31, el papel de la Iglesia Católica y el nacionalismo catalán.

En Febrero de 1939 había sido separado de su cátedra por orden ministerial. Falleció en Londres en 1945 a los sesenta y ocho años de edad.

 

                                                                   Jesús Lobillo Ríos

                                         Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

 

Bibliografía

Isabel Pérez-Villanueva Tovar. Real Academia de la Historia.