BIENESTARES
“En el momento en que sabemos que
somos felices, eso no es felicidad,
¿verdad? […]
Así pues, la felicidad no es algo que
se pueda buscar, llega. Si se busca, la esquivará”
J Krishnamurti,
Libro
de la Vida. Meditaciones diarias.
Que se dice en las tertulias,
mentideros y corrillos de Iberia y de otros pueblos, allende las fronteras, que
la sociedad del bienestar se viene abajo, o sea, que parece que cae el bien y
te quedas con el estar, pero a ver cómo se perfila ese estar sin el “bien”, tan
aparentemente benigno y simpático y beatífico. Que lees en el diccionario de la
RAE que Estado de bienestar es aquella
“Organización del Estado en la que este tiende
a procurar una mejor redistribución de la renta y mayores
prestaciones sociales para los más desfavorecidos”. “No es sostenible” es el sintagma ganador por goleada en
el discurso público y, por contagio, en el privado. Que lo bien que están los
pocos que están bien con sus bien/estares en el bienestar social de marras del
pequeño territorio de las democracias liberales donde habitas, dicen, se acaba.
Cataclismo anunciado con la voz de Abadón, ángel exterminador, cuya lengua
expele afirmaciones categóricas: El sistema de pensiones no es sostenible. La sanidad
pública hace aguas. Hazte un seguro privado de salud, además del público, por
si acaso. La educación pública es de baja calidad. Útil a medias y sólo para
algunos; yo me llevo al niño a la concertada o la privada, con su uniforme azul
y todo, mira, ni punto de comparación… Que no lo lees en el diccionario de la
RAE, pero lo ves por doquier, que el Estado de bienestar debilitado, sin el
“bien”, genera “peor distribución de la
renta”, “menos prestaciones sociales para los
más desfavorecidos”.
¡Qué suerte vivir aquí!; da gusto; no
nos falta de ná; aquellos eran otros tiempos; tú no pasas hambre; un país
longevo; vamos a caminar por la playa; estoy cobrando el paro; todo el mundo
viaja; ¿dónde vas de vacaciones este año?; le hicieron un transplante de
pulmones en el hospital público hace cinco años y, mira, aquí sigue;
¿jubilado?, ¡qué bien vives!; esto va a explotar por algún lado; vivienda
inaccesible para muchos; agua corriente; luz; escolarización universal hasta
los dieciséis años; ¡qué solecito más bueno!; voy a comprar otro teléfono
móvil; solicité ayer la ayuda a la dependencia; ¿vas este año en un crucero Low
Cost?; me voy a Liverpool a ver un partido de fútbol; ¿dónde has estado?, en
Nueva York; Málaga-Madrid, dos horas y media en tren AVE; precariedad laboral;
no llego a fin de mes…
Si intentas medir o ponderar el
bienestar o la felicidad por el PIB te quedarás corto en la valoración, si
posible es calificar este asunto. Hace tiempo que se quiere medir lo
intangible. Hay empeño en cuantificar y acumular indicadores al respecto. En
1990 surge el IDH (Índice de Desarrollo Humano), con indicadores de salud,
educación, nivel de vida. Después vendrá el Better Life Index (2011), con más
dimensiones: seguridad, vivienda… Tras este aparece el Índice de Felicidad
Mundial, con variables emocionales: corrupción, generosidad… No contentos con
la felicidad de unos cuantos, surge el Índice del Planeta Feliz, todo el planeta feliz, ¡ea!,
que aborda aspectos relacionados con la huella ecológica. Pero como no sólo ha
de medirse el crecimiento, se crea el PIB Verde, que ya contempla la salud
mental, la participación democrática, la calidad del aire. Como no basta un
momento concreto de medición, también se busca información sobre impacto de las
políticas a escala intergeneracional con el fin de indagar sobre el bienestar
del futuro. Esta medición futurista se denomina Índice de Prosperidad
Inclusiva. Detrás de todas estas incitativas están, mira tú, organizaciones y
fundaciones económicas.
No confundas sociedad de bienestar con
felicidad. En un delicioso librito, de título Verbolario
(2022), el guionista y escritor
Rodrigo Cortés desnuda las palabras y asigna su significado oculto al vocablo
felicidad: “Felicidad, f. Estado de plenitud
que acaba al despertar.//2. Desmemoria.//3. Eternidad breve”. No te ofusques en
buscar a Felicidad, la tirana. Preocúpate de no caer en las mallas de
Imbecilidad, acólita de la diosa Estulticia, poderosa en divertir a dioses y
hombres. Tan poderosa que el humanista Erasmo de Rotterdam (1467-1536) le
dedicó un libro, Elogio de la locura. Dice la
Estulticia en el capítulo XLV: “Por tanto, no hay diferencia entre estultos y
sabios o, si las hay, es favorable a los primeros, primeramente porque su
felicidad les cuesta muy poco, ya que consiste en una modesta persuasioncilla,
y luego, porque la comparten con la mayoría de las personas”. Si a la tiranía
de la felicidad se le añaden la compañía del éxito y la meritocracia en las
existencias de los apesadumbrados humanos, entonces la cosa se pone chunga para
estar bien en la sociedad del bienestar que ni estar te deja. Y ya tienes al
triunvirato FEM, Felicidad/Éxito/Meritocracia, dispuesto a dificultar, si
puede, tu bien estar y tu estar bien, pues su gobernanza procura elevar el
individualismo a los cielos y el nosotros a las cloacas. Abunda la mercadería
de acreditaciones, títulos y másteres como antaño la compra y venta de bulas.
Se sabe de currículums de personas dedicadas a la “cosa pública” adquiridos en
mercadillos de acreditaciones y asignados por el dios azar. Correr y
obsesionarse con la felicidad o con el éxito no proporcionan estares sosegados en una dinámica social
determinada por éxitos y fracasos y ganadores y perdedores y competidores.
Queda en tus estares la adopción de una posición
de resistencia digna e inteligente, de satisfacción íntima y buen hacer.
Se vive mejor (aquí) que en siglos
anteriores: comodidad, seguridad, bienes materiales, derechos,
servicios…Aquiescencia hay en que la democracia liberal ha conseguido progreso material,
también moral. Las mejores condiciones de vida y su prolongación son evidentes.
El bienestar debería, teóricamente, provocar que te sintieses bien o muy bien o
mejor que muy bien. Pero no es así, parece. Es un sí, pero no. Pace por doquier
la quejumbrosa declaración: sí, pero no. Las expectativas autoimpuestas o por
presión externa, se tornan enfermedad en una sociedad del espectáculo
competitiva. Como muchas de esas expectativas no se cumplen, llegan las
decepciones constantes. Te decepciona el jefe, la película, tu pareja, la
novela, el viaje, el concierto… ¡Qué decepción! ¡Me has decepcionado! ¡Uf! Y es
que se trata de un bienestar a base de bucles de consumo, logros tecnológicos
sin fin, adicción a la producción y a la acumulación de artefactos, abono a la
insatisfacción permanente…Tal vez el bienestar es otra cosa y no te has
enterado. Porque si estás tan bien ¿por qué te sientes tan mal? Si se ha
progresado tanto en muchos órdenes de la vida, ¿por qué hay tanto malestar,
parece? ¿Es posible que se te escape la comprensión de la vida humana?
El filósofo Javier Gomá esgrime varias
causas que producen el descontento en la sociedad del bienestar. Una de las
causas es la conciencia de dignidad alcanzada por el hombre, unida a la cruda
realidad de la muerte y, por tanto, a un mundo sin sentido en el que la infelicidad es parte constitutiva de la condición
moderna. Otra causa tiene que ver con los logros en igualdad progresiva en
cuanto a dignidad y derechos de las mujeres y de minorías antes marginadas,
“ley del más débil”. Esto deriva en que cuando se vulneran sus (tus) derechos
crece la indignación y el escándalo en la ciudadanía. Por tanto, son síntomas
de avances que no se quieren perder. Ya no se toleran pasos atrás. En Universal concreto (2023), Gomá escribe: “pobres,
enfermos, discapacitados, parados, jubilados, mujeres, niños, homosexuales,
presos, disidentes, extranjeros, excluidos. Si se les interroga a las víctimas
de la discriminación qué época de la Historia elegirían para vivir, cabe suponer
que todos esos grupos optarían por la actual democracia liberal”.
Se genera riqueza, pero la
redistribución de la misma es desigual. La paradoja se manifiesta en
democracias donde la igualdad es valor, mas la desigualdad crece. Unos que a
apretarse el cinturón; otros que cada palo aguante su vela; otros que el Estado
intervenga aquí y allá; otros que el Estado asome la cabeza lo menos posible;
otros sin Estado, ¡ay!, si el Estado ya casi no está. El que sí está es el
Mercado, dios omnipresente hasta en la sopa. Si el bienestar se esfuma, habrá
que ponerse a laborar para cultivar bien el estar y no hacerlo depender del
estado de bienestar, que no está o quiere pirarse. Si desapareciera la sociedad
del bienestar como la conoces, tendrás que ponerte manos a la obra y empezar
por generar mejores vínculos comunitarios, una apelación al “nosotros”. ¿O no?
En las acepciones de la RAE el
bienestar tiene que ver con “las cosas necesarias para vivir bien”, ¿se
necesitan tantas cosas?; tiene que ver con “vida holgada”, ¿todo ha de ser
rentable y útil?, ¿puedes parar un poco?; tiene que ver con “pasarlo bien y con
tranquilidad”, ¿puede el silencio ayudar?; tiene que ver con el “buen
funcionamiento de su actividad somática y psíquica”, ¿puede conducir a ello la
templanza y el equilibrio cuerpo-mente, cultivando vida interior y sopesando
cuotas de vida activa y vida contemplativa?
Lo ideal es la plenitud y la completud y la satisfacción, pero eso es lo
ideal. Está la cara de la incompletud, el vértigo, la herida, la contingencia,
la vulnerabilidad. Y en esa tensión se boga en el tramo existencial hasta tu
desaparición. “Nada cura el vacío, nada calma nuestra sed, nada colma nuestra
hambre. […] Nuestra vida se remedia con la muerte, ese estado permanente de
inconsciencia y unidad. La herida consiste en saberlo”, escribe Chantal
Maillard (La razón estética, 2021).
Reconocerlo es ya síntoma de “estar-siendo”, saberte con posibilidades para
autoconstruirte. Y, también juntos, “construir mundo” y estares
en responsabilidad.
Como enriquecimiento de tus estares, el epicureísmo, que no el hedonismo, puede
proporcionarte enseñanzas que devengan en bienes (interiores). Partían los
epicúreos de la idea de que mente y cuerpo son materia, no hay vida después de
la muerte y, si hay dios, poco le importa la humanidad. Así que nada de temer a
la muerte. A partir de ahí, déjate de reprimir emociones y pasiones. Pero no se
trata de una vida consumista, desenfrenada o lujosa. Nada de eso. La búsqueda
de experiencias y sensaciones placenteras acaba en derrota. Cumplidas las
necesidades de supervivencia, se trata de liberarse de miedos y ansiedades y
llevar una existencia con buenas relaciones, sin logros o gastos
extraordinarios. La moderación y la tranquilidad por encima de la búsqueda de placeres
físicos. A
partir de un determinado umbral no producen efecto subjetivo de bienestar la
acumulación de bienes, experiencias, cachivaches, autos, etc. Lo mejor de la
vida es gratis y estriba en los placeres sencillos: estar con los amigos, la
hora del desayuno, momentos para la relajación, vida social tras el trabajo,
vida íntima y familiar, frecuentación de una afición…
El filósofo Baruch Spinoza (1632-1677)
consideraba que no había que “buscar otra cosa que aquello que hay”, aquello que hay; que es un error creerse “seres
independientes” (se es cuerpo-mente en unión con la Naturaleza); que se yerra
si se cree que la vida tiene un fin (el prejuicio de la finalidad es fuente de
sufrimiento); que hay que dejar de ser lo que se cree ser y desvelar lo que
verdaderamente se es (titánica tarea). Y todo, para llegar a descubrir Contento, Alegría,
que es la manifestación del impulso vital que caracteriza al humano y lo hace
perseverar en la vida. De ahí que Spinoza invite a meditar y reflexionar sobre
la vida y no sobre la muerte, a la que hay que dejar tranquila. Alegría que el
compositor Ludwig van Beethoven (1770-1827) incluye en el cuarto movimiento de su novena
sinfonía, Coral, mediante la
intervención del coro por primera vez en este tipo de composiciones musicales.
Beethoven utilizó la letra de “Oda a la Alegría”, poema de Federico Schiller (1759-1805):
“Todos los seres beben de la alegría del seno abrasador de la naturaleza. […]
¡Abrazaos millones de hermanos! Que este beso envuelva el mundo entero!..”.
Puedes escuchar esta pieza musical aquí: https://youtu.be/7rzn_nAF59I?is=s5N9xOhP_iDXZvtE
Alegría. “La pobreza más profunda es
la incapacidad de alegría”, dejó dicho el finado Benedicto XVI, de nombre
secular Joseph Alois Ratzinger, ducentésimo sexagésimo quinto papa de la
Iglesia católica. Así que zámpate un plato de huevos fritos con patatas,
chorizo, lomo y pimientos, y percibe el goce estético de la ingesta. Ríete de
ti mismo. Degusta en el chiringuito un espeto de sardinas y una cerveza
bien fría, chúpate los dedos y lame bien la experiencia estética. Sálvate por
la ironía. Potencia y dale vidilla al hemisferio derecho de tu cerebro,
competente y atento a las relaciones, las cualidades, lo dinámico, el humor,
las metáforas…Así tus estares se enriquecerán
gracias a una mente, también, en modo holístico. Usa tu imaginación creadora y
monta una oficina portátil en la playa, o cubículo a elegir en paraje cercano a
tu morada, sin olvidar hamaca, sombrilla, mesita auxiliar, libro, agua, auriculares,
crema protectora, almendras, pues contribuirán, sin duda, a mejorar tu placer
estético y tu cuota de vida contemplativa. Sé consciente de tu miseria
compartida y actúa con benevolencia. Considera, como afirma Jesús G. Maestro,
que “lo contrario de la felicidad no es la desdicha ni la infelicidad: es la
inteligencia”. Lee, hazte cargo de lo leído y te ahorrarás visitas al gabinete
psicológico. Abrázate a la ficción y a la literatura como fuerzas
salvadoras y creadoras y constructoras. Escribe Maestro que “la literatura,
como la inteligencia, no sirve para ser feliz. Sirve para no ser un idiota” (El fracaso de la felicidad, 2026). Escucha los
sonidos de Bach, Mozart, Boccherini, Rossini o Verdi y te ahorrarás
psiquiatras. No intentes persuadir a otro de que llevas razón, sea la razón
poética, histórica, narrativa, vital, desvalida, estética, pura o atrevida.
Ama. El amor es el gran ideal, el único ideal, el ideal ideal que persiste.
Llama a una amiga, invítala a comer y comparte risas estéticas. Apúntate a un
grupo de lectura y conversa estéticamente con los tertuliantes. Llama a un
amigo, convídalo a un café y comparte confidencias estéticas. Por mor de estas y otras actividades que pergeñes, crees
y recrees, presentes y representes, disfrutando y penando en la sociedad del
bienestar en la que habitas, avanzarás con
estética y armónica elegancia en tus estares y alegrías.
José García Guerrero.
Maestro.
“benaltertulias.blogspot.com”.