RELEER
“Leer es releer, regresar una y otra
vez sobre los libros que nos interpelan, esos que,
aunque a veces estén lejos, nos siguen
sacudiendo como la primera vez”.
Joan-Carles Mélich. La
sabiduría de lo incierto, 2019.
Se
me antoja la relectura como una especie de cuidado de sí mismo. Un acto de
recuperación y frecuentación de aquello que nos hizo y nos dijo con el objetivo
de seguir habitando el mundo en la incertidumbre, mas con belleza, conciencia y
esperanza. Una íntima celebración
liberada del para qué, abandonada a la lentitud, divorciada de las
prisas, dueña del porque sí, proveedora de instantes eternos.
Se
asoma la relectura a las vidas maduras con mucho camino andado. Viene la
relectura como la hora del paseo al atardecer, reposado, sin metas, deleitoso.
Nos visita para contemplarnos sin juicios. Aparece de pronto cuando ya casi
hemos aprendido a elegir, a reconocer lo que nos hizo bien, lo que nos
transformó, consoló, acompañó e iluminó. No leemos lo mismo al releer, aunque
el texto fijado no haya variado. Hacemos la lectura y la relectura en
situaciones diferentes y, en consecuencia, la afectación y la experiencia
lectora también son distintas. Es más, cuando finalizamos un libro no acaba su
lectura, pues no sólo queda su resonancia, sino que su lectura sigue o,
paradójicamente, la comenzamos.
La relectura declama
sobre los “pocos libros”. El poeta y humanista Francesco Petrarca (1304-1374),
escribía que “los libros han hecho sabios a unos y locos a otros que tomaron de
ellos más de lo que podían digerir. A nuestra mente, como al estómago, le hace
más daño la hartura que el hambre” (Remedios para la vida, 2023). Lucio
Anneo Séneca, cordobés de la Bética romana, nacido el año cuatro antes de
Cristo, en sus Cartas morales a Lucilio, aconsejaba: “muchedumbre de
libros disipa el espíritu; y por tanto, no pudiendo leer todo lo que tienes,
basta que tengas lo que puedas leer...”. Venía a colación este consejo a su
discípulo por el valor del tiempo, que cada día el hombre muere un poco, que la
muerte no es cosa del futuro. Sabiéndonos finitos, dedicar tiempo a releer es
adentrarnos en los recovecos de nuestra existencia, releernos.
Y
es que el tiempo de releer llega de improviso. Todo su cuerpo habla al lector y
le impele a coger un libro ya leído que, no se sabe cómo, reclama su atención
desde el anaquel de la biblioteca personal, de la biblioteca pública o del expositor de la librería del
barrio. Entonces el acto de releer se torna silente oración, sagrado momento,
mística complacencia, divino gozo, belleza sin par. Este misterioso hecho deviene
en nueva experiencia lectora que se adueña del tiempo vital de un lector
probablemente más sosegado y calmado, alejado de novedades y actualidad. Un
lector cuyas lecturas acumuladas presentan olvidos, vivencias, recuerdos y
años, que confieren a ese repentino releer un halo de visto y no visto, sabido
y no sabido, perdido y recuperado.
La
tarda relectura se aproxima enriquecida con alforjas llenas de
autoconocimiento, reconocimiento y extrañeza. A veces releemos un libro porque
se nos olvidó completamente. Releemos a los clásicos porque siempre nos dicen
algo nuevo, porque nos encantan las formas. Releemos a un escritor determinado
de cualquier época porque su compañía nos hizo bien, nos inquietó, nos
conmovió, nos perturbó. Escribe Fernando Aramburu (Las
letras entornadas, 2015) que los libros “se acuerdan de nosotros
cuando los reabrimos, que nos reconocen y nos restituyen partes, a menudo
olvidadas, de nuestra identidad”. Y es que releer permite conversar con el
pasado, el presente y la finitud que impregna cada historia personal. Y es que
esos libros que nos atraparon, sedujeron, inquietaron o agradaron, a su vez, no
dejan también de leernos. Pues eso.
José
García Guerrero
Maestro.
El
Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”.