Ya
estamos situados cronológicamente. Acababa de arrancar la década de los treinta
del pasado siglo y el cine «había echado a hablar». No importa que la recesión
dejase sin empleo a cientos de miles de ciudadanos. Las salas de cine se llenaban
a diario de un público que intentaba evadirse y escuchar directamente a sus
estrellas favoritas y, sin embargo, parece una contradicción, los Estudios y
las grandes productoras de Hollywood tenían que reinventarse para llegar a un
auditorio de millones de espectadores que no hablaban inglés. Según los
expertos, era un problema difícil de solucionar, porque la técnica del lenguaje
estaba aún en pañales y la solución adoptada por las películas mudas (los
subtítulos) eran de poca, o nula utilidad ante un público masivo que no es
capaz de leer los textos con la rapidez necesaria porque, en un gran porcentaje,
era analfabeto. Pero el tiempo apremiaba, la exportación de películas se
ralentizaba y la respuesta a esta crisis fue hacer copias de las películas
rodadas, aprovechando decorados y sustituyendo las escenas dialogadas por otras,
que se rodaban en distintos idiomas, con actores y equipos de sus países de
origen. Sin embargo, el importar actores, técnicos, directores extranjeros
resultaba muy costoso, de forma que decidieron alquilar Estudios en Europa (una
sucursal), concretamente en Francia, madre del invento, donde se encontraban
unas antiguas instalaciones en desuso.
A
finales de 1929 la Paramount ya se encontraba situada en Joinville-Le-Pont, un
pequeño paréntesis de unos dos años (1930-1932) donde esta «fábrica de sueños»
a la europea se mantuvo activa, produciendo más de una docena de versiones-copias
en otros tantos idiomas europeos[2].
Sin embargo, este despliegue de multiproducciones, resultaba excesivamente
costoso y no cuadraba (no salía rentable) con las expectativas que esperaban
sus inversores, de forma que, para simplificar y hacer apetecibles los
resultados, los americanos decidieron apostar fuerte por los doblajes en
alemán, francés y español, reduciendo la producción de cara a estos mercados,
especialmente al español: España, México, Argentina y los países
hispanohablantes.
Para
no hacer excesivamente largo el texto vamos a centrarnos en algunas de las
producciones, y profesionales varios que fueron a trabajar al Hollywood
parisino, como el director Florián Rey, al frente de producciones como Su noche
de bodas (1931), codirigida junto a Luís Marcanton y guion de Luís Fernández
Ardavín. Entre el elenco: Imperio Argentina, Luís Ligero y Rosita Díaz Gimeno
(«la Sonrisa de la República»). Un drama en el que una estrella del cine marcha
de vacaciones y acaba haciendo amistad con un extraño compositor de canciones.
Al año siguiente, Imperio Argentina intervino, como partner de Carlos Gardel en
Melodía de arrabal, donde aparece también la gran cómica española Josita
Hernán. Gardel trabajó también, en Joinville, con otras actrices españolas, como
Lolita Benavente o Goyita Hernán, quien ya había trabajado en La pura verdad,
dirigida por Florián Rey. Fue la primera actriz en cantar a dúo con Gardel en
la película Espérame, compartiendo escenario con Matilde Artero, otra actriz
española ya consagrada. Con Imperio Argentina (su compañera sentimental) Rey
dirige Lo mejor es reír (1931).
Benito
Perojo fue otro de los directores españoles que probaron suerte, esta vez con
la Fox, con la película Mamá, rodada en 1931, con guion de María Lejárraga,
José López Rubio y Gregorio Martínez Sierra. Catalina Bárcena, Mari Luz Callejo
y Rafael Rivelles son los protagonistas de un drama que tiene como argumento a
un matrimonio de la alta burguesía. la malagueña Rosario Pino.
Como
detalles curiosos señalar que los rodajes en los distintos idiomas se relevaban
«a toda velocidad en el plató durante las veinticuatro horas del día», en
plazos de unos doce días de media. La producción hispana dará como balance dos
decenas de películas, hoy prácticamente olvidadas, varias desaparecidas, que
fueron rodadas en Francia con capital estadounidense y equipo técnico y
artístico español. Durante aquellos pocos años, Joinville sería la auténtica
escuela del cine sonoro para nuestro país y toda Hispanoamérica. En aquellos
estudios, profesionales de nuestro cine, como Antoñita Colomé, Miguel Ligero o
Roberto Rey, se codearían con estrellas de la talla de Maurice Chevalier o
Marlene Dietrich.
Por
cierto, y como si fueran ecos de este intercambio de nacionalidades, el actor
español Alfredo Mayo fue apodado en nuestro país «El Chevalier español» y a
Conchita Montenegro fue bautizada como «La Janet Gaynor española», ya que había
sido la primera actriz española en triunfar en Hollywood, rodando en español y
en inglés para la MGM y la FOX. Se dice que cuando la Paramount cerró sus
Estudios en Joinville quiso llevarse a Hollywood las latas donde se guardaban
todas las películas producidas allí. La intención se vio truncada porque, al
parecer, el barco que las transportaba se hundió en medio del mar.
Rosa M. Ballesteros García
Vicepresidenta del Ateneo Libre de Benalmádena[1] Frase que describe a la ciudad
de París por el escritor ucraniano Ilya Ehrenburg, en homenaje a la que fue
primera ciudad europea en utilizar iluminación de gas en sus calles, por lo que
se la conoce, desde entonces como «Ville Lumière».
[2]
Se hacía copias en español, francés, sueco, italiano, alemán, portugués, checo,
danés, húngaro, rumano, serbocroata, polaco, noruego y hasta ruso.
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