domingo, 3 de mayo de 2026

Victor Lustig

VON LUSTIG

VIDA Y MILAGROS DE UN ESCAPISTA

 

En su libro de memorias póstumo, Ernest Hemingway recordaba su juventud bohemia en el París de los años 20. Lo tituló París era una fiesta, y en aquella fiesta cabía, y era muy celebrada, su famosa Torre Eiffel, erigida para la Exposición Universal de 1889. Había pasado más de un cuarto de siglo y el majestuoso símbolo, cual dama decadente, había perdido su belleza, amenazando con convertirse en un montón de chatarra, herrumbroso y desconchado, de forma que se estaba convirtiendo en un gran dolor de cabeza (y del erario público) para las arcas de la ciudad. La prensa se hacía eco de la problemática situación, publicando artículos en los que señalaba la costosa tarea de pintarla, lo que parece que no entraba en los propósitos de sus políticos, apurados por aquello de los costes.

            Sin embargo, nuestra propuesta no era hablar de tan popular monumento, aunque nos sirva de excusa para romper el hielo, sino poner al descubierto la imaginación de un tal Víctor Lustig, un falso conde, maestro de la estafa (con hasta una veintena de apodos); un genio del escapismo con, al menos, cuarenta y cinco arrestos y huida incluida de una cárcel, descolgándose con sábanas anudadas. El falso conde se llamaba en realidad Robert Miller y había nacido en 1890 en Hostinné, en la actualidad una ciudad perteneciente a la República Checa.

Con una mochila muy abultada ya en el arte del engaño, una mañana, mientras desayunaba leyendo el periódico, se topó con el artículo y comenzó a cavilar sobre las posibilidades que le brindaba la información. De inmediato inició otra de sus notables estratagemas para conseguir dinero fácil. De hecho, casi lo consigue, si no es por las fundadas sospechas de la mujer de uno de los seis socios, presuntos compradores de la «venerable chatarra», a los que había citado en un hotel de la ciudad. Su nombre era André Poisson que, cuando descubrió el engaño ya era tarde, y el estafador ya había huido a Viena. El empresario no hizo denuncia alguna, para evitar ser avergonzado públicamente por haberse dejado engañar por un falso alto funcionario. Sin embargo, nuestro magnífico estafador, era también reincidente, porque su audacia lo llevaría, apenas un mes después del fiasco, a intentar de nuevo la jugarreta: seleccionó a otros seis chatarreros y trató de vender la Torre nuevamente, aunque esta vez, la víctima elegida acudió a la policía antes de cerrar el trato. De nuevo salió ileso, junto a su cómplice, al escapar entes de que pudieran arrestarlos.

Esta doble jugada no fue la primera ni la última acción mafiosa, un «oficio» al que se había sindicado, en su primera juventud, como pasajero habitual de los trasatlánticos que recorrían la costa europea, como jugador de póquer y bridge con los nuevos ricos estadounidenses. No desentonaba en aquel ambiente porque su padre, alcalde de su ciudad natal, le había proporcionado, gracias a su privilegiada posición, una educación exquisita. Esto, junto con su apostura, y unos cuantos idiomas, le servían perfectamente para mimetizarse con la clase social privilegiada, entre la que se encontraba como en su propia casa el tal pseudo conde Von Lustig. Entre sus grandes hazañas, que fueron muchas, y muy variopintas, queremos destacar algunas de ellas.

Una de las estafas más conocidas de Lustig fue la «máquina de impresión de dinero». La promesa era que el artefacto era capaz de crear sus propios billetes copiando otros puestos previamente. Efectuada la muestra (trucada), los incautos caían en la trampa, a pesar de que la copia de cada billete tardaba seis horas. El truco de nuestro conde estaba en ganar tiempo y, para cuando los estafados se daban cuenta, Lustig ya se había desvanecido. La siguiente estafa la ejecutó, nada más ni nada menos, con el legendario mafioso Al Capone, al que convenció, con su legendaria labia, de que tenía un sustancioso negocio, al que invitaba participar, si le prestaba 50.000 dólares. No se sabe cómo, pero Capone aceptó el trato y le dio los dólares. El truco fue que guardó en una caja de seguridad los 50.000 un par de meses. Al cabo de los cuales, recuperó el total del dinero y se lo llevó personalmente al «Boss». Ante la sorpresa de tal acción (el hombre no estaba acostumbrado, obviamente, a tan nobles acciones) le gratificó con 5.000 dólares por su integridad. Extraordinario.

No fue esta una salida airosa aislada, en otra ocasión, también en los Estados Unidos, se presentó en un banco de Kansas, haciéndose pasar por un conde húngaro. Convenciendo, como maestro orador que era, al director de la sucursal, para cobrar unos bonos por valor de 50.000 dólares (naturalmente falsificados). Como en otros casos, fue descubierto, pero el banquero no solo decidió no denunciarle, sino que le indemnizó con 1.000 dólares por las molestias. Como Al Capone.

Y la lista siguió creciendo. De nuevo en Europa es detenido de nuevo en París, acusado de preparar una estafa financiera mediante documentos falsos, haciéndose pasar por un rico banquero estadounidense. De nuevo logró liberarse y siguió con su carrera criminal, asociándose con un tal Tom Shaw, experto en fabricar placas grabadas para la impresión de billetes de banco falsificados. Ese fue el colofón a su carrera, porque una llamada anónima a la policía lo delató y fue detenido.

El final es merecedor de una de las buenas películas clásicas del cine negro. La llamada «anónima» la había hecho una amante despechada, en un acto de venganza por celos: había tenido una aventura con la pareja de su socio delictivo. Sin embargo, su arte escapista tuvo una nueva crónica porque, el día antes de su juicio, logró escapar de la Cámara Federal de Detención de la ciudad de Nueva York, brevemente, es verdad, porque un mes después fue capturado en la ciudad de Pittsburgh. Lustig se declaró culpable en el juicio y fue condenado a 20 años en la isla de Alcatraz, California. Murió en una cárcel de Springfield, Missouri en 1947. En su certificado de defunción, como ocupación, figuraba un sarcástico «aprendiz de vendedor». Había muerto de neumonía y su cara aparecía cruzada por una antigua cicatriz, recuerdo de un novio celoso.

 

                               Rosa M Ballesteros García

               Vicepresidenta del Ateneo Libre de Benalmádena

                             “benaltertulias.blogspot.com”

 

Para mayor información de tan singular personaje, el libro de Alfonso Mendiguchia: Von Lustig: El hombre que vendió la Torre Eiffel, Ediciones Antígona, S. L., 2023.


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