VON LUSTIG
VIDA Y MILAGROS DE UN
ESCAPISTA
En su libro de memorias póstumo, Ernest
Hemingway recordaba su juventud bohemia en el París de los años 20. Lo tituló París
era una fiesta, y en aquella fiesta cabía, y era muy celebrada, su famosa
Torre Eiffel, erigida para la Exposición Universal de 1889. Había pasado más de
un cuarto de siglo y el majestuoso símbolo, cual dama decadente, había perdido
su belleza, amenazando con convertirse en un montón de chatarra, herrumbroso y
desconchado, de forma que se estaba convirtiendo en un gran dolor de cabeza (y
del erario público) para las arcas de la ciudad. La prensa se hacía eco de la
problemática situación, publicando artículos en los que señalaba la costosa
tarea de pintarla, lo que parece que no entraba en los propósitos de sus
políticos, apurados por aquello de los costes.
Sin
embargo, nuestra propuesta no era hablar de tan popular monumento, aunque nos
sirva de excusa para romper el hielo, sino poner al descubierto la imaginación
de un tal Víctor Lustig, un falso conde, maestro de la estafa (con hasta una
veintena de apodos); un genio del escapismo con, al menos, cuarenta y cinco
arrestos y huida incluida de una cárcel, descolgándose con sábanas anudadas. El
falso conde se llamaba en realidad Robert Miller y había nacido en 1890 en
Hostinné, en la actualidad una ciudad perteneciente a la República Checa.
Con una mochila muy
abultada ya en el arte del engaño, una mañana, mientras desayunaba leyendo el
periódico, se topó con el artículo y comenzó a cavilar sobre las posibilidades que
le brindaba la información. De inmediato inició otra de sus notables estratagemas
para conseguir dinero fácil. De hecho, casi lo consigue, si no es por las
fundadas sospechas de la mujer de uno de los seis socios, presuntos compradores
de la «venerable chatarra», a los que había citado en un hotel de la ciudad. Su
nombre era André Poisson que, cuando descubrió el engaño ya era tarde, y el
estafador ya había huido a Viena. El empresario no hizo denuncia alguna, para
evitar ser avergonzado públicamente por haberse dejado engañar por un falso
alto funcionario. Sin embargo, nuestro magnífico estafador, era también
reincidente, porque su audacia lo llevaría, apenas un mes después del fiasco, a
intentar de nuevo la jugarreta: seleccionó a otros seis chatarreros y trató de
vender la Torre nuevamente, aunque esta vez, la víctima elegida acudió a la
policía antes de cerrar el trato. De nuevo salió ileso, junto a su cómplice, al
escapar entes de que pudieran arrestarlos.
Esta doble jugada no
fue la primera ni la última acción mafiosa, un «oficio» al que se había
sindicado, en su primera juventud, como pasajero habitual de los trasatlánticos
que recorrían la costa europea, como jugador de póquer y bridge con los nuevos
ricos estadounidenses. No desentonaba en aquel ambiente porque su padre,
alcalde de su ciudad natal, le había proporcionado, gracias a su privilegiada
posición, una educación exquisita. Esto, junto con su apostura, y unos cuantos
idiomas, le servían perfectamente para mimetizarse con la clase social
privilegiada, entre la que se encontraba como en su propia casa el tal pseudo
conde Von Lustig. Entre sus grandes hazañas, que fueron muchas, y muy
variopintas, queremos destacar algunas de ellas.
Una de las estafas más
conocidas de Lustig fue la «máquina de impresión de dinero». La promesa era que
el artefacto era capaz de crear sus propios billetes copiando otros puestos
previamente. Efectuada la muestra (trucada), los incautos caían en la trampa, a
pesar de que la copia de cada billete tardaba seis horas. El truco de nuestro
conde estaba en ganar tiempo y, para cuando los estafados se daban cuenta,
Lustig ya se había desvanecido. La siguiente estafa la ejecutó, nada más ni
nada menos, con el legendario mafioso Al Capone, al que convenció, con su
legendaria labia, de que tenía un sustancioso negocio, al que invitaba
participar, si le prestaba 50.000 dólares. No se sabe cómo, pero Capone aceptó
el trato y le dio los dólares. El truco fue que guardó en una caja de seguridad
los 50.000 un par de meses. Al cabo de los cuales, recuperó el total del dinero
y se lo llevó personalmente al «Boss». Ante la sorpresa de tal acción (el
hombre no estaba acostumbrado, obviamente, a tan nobles acciones) le gratificó
con 5.000 dólares por su integridad. Extraordinario.
No fue esta una salida
airosa aislada, en otra ocasión, también en los Estados Unidos, se presentó en
un banco de Kansas, haciéndose pasar por un conde húngaro. Convenciendo, como
maestro orador que era, al director de la sucursal, para cobrar unos bonos por
valor de 50.000 dólares (naturalmente falsificados). Como en otros casos, fue descubierto,
pero el banquero no solo decidió no denunciarle, sino que le indemnizó con
1.000 dólares por las molestias. Como Al Capone.
Y la lista siguió
creciendo. De nuevo en Europa es detenido de nuevo en París, acusado de
preparar una estafa financiera mediante documentos falsos, haciéndose pasar por
un rico banquero estadounidense. De nuevo logró liberarse y siguió con su
carrera criminal, asociándose con un tal Tom Shaw, experto en fabricar placas
grabadas para la impresión de billetes de banco falsificados. Ese fue el colofón
a su carrera, porque una llamada anónima a la policía lo delató y fue detenido.
El final es merecedor
de una de las buenas películas clásicas del cine negro. La llamada «anónima» la
había hecho una amante despechada, en un acto de venganza por celos: había
tenido una aventura con la pareja de su socio delictivo. Sin embargo, su arte
escapista tuvo una nueva crónica porque, el día antes de su juicio, logró
escapar de la Cámara Federal de Detención de la ciudad de Nueva York, brevemente,
es verdad, porque un mes después fue capturado en la ciudad de Pittsburgh.
Lustig se declaró culpable en el juicio y fue condenado a 20 años en la isla de
Alcatraz, California. Murió en una cárcel de Springfield, Missouri en 1947. En
su certificado de defunción, como ocupación, figuraba un sarcástico «aprendiz
de vendedor». Había muerto de neumonía y su cara aparecía cruzada por una
antigua cicatriz, recuerdo de un novio celoso.
Rosa M
Ballesteros García
Vicepresidenta del Ateneo Libre
de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
Para mayor información de tan singular
personaje, el libro de Alfonso Mendiguchia: Von Lustig: El hombre que vendió
la Torre Eiffel, Ediciones Antígona, S. L., 2023.
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