ALOIS MIEDL
El
marchante de Hermann Göring en España
En un artículo
firmado por el historiador Fran Navarro leemos [que] «las guerras arrasan con
la humanidad en todos los sentidos». Tiene toda la razón porque, además de la
pérdida de vidas, también se pierden la identidad y la cultura de un pueblo con
la destrucción y el robo de su patrimonio artístico, de parte de su legado, de
su memoria colectiva.
Sobre
esta segunda cuestión, en febrero de 2014 pudimos ver en España una película
extraordinaria titulada Monuments Men, dirigida y protagonizada por
George Clooney, en la que un equipo de «soldados del arte», formado por
voluntarios reclutados, expertos en arte de varias disciplinas, fue organizado
para proteger, en vez de destruir, el patrimonio cultural y artístico de los
países arrasados por los nazis. Desde el bombardeo japonés de Pearl Harbour, y
la entrada de los Estados Unidos en la guerra, directores de museos
norteamericanos como Paul J. Sachs o George Stout (a quien da vida Clooney como
el teniente Frank Stokes), pusieron sobre aviso al presidente Roosevelt, que
dio carta blanca, tras estudiar la propuesta de la Comisión Roberts[1].
En total, estos rastreadores voluntarios fueron más de trescientos hombres y
mujeres, de trece países diferentes: historiadores, artistas, arquitectos,
educadores y expertos en museos, entre otros.
Es
bien conocido que durante la Segunda Guerra Mundial los nazis emprendieron un gigantesco
saqueo del patrimonio cultural y artístico en todos los países que iban
anexionando. Se calcula (a la baja) que más de cinco millones de objetos
valiosos fueron incorporados al Tercer Reich en los primeros años de la guerra,
pero el escenario bélico, poco a poco, fue evolucionando desfavorablemente para
Hitler, de forma que el descomunal expolio que había organizado el Tercer Reich
había que ir «colocándolo», estratégicamente, a través del ejército de «carroñeros
marchantes» que habían colaborado en el obligado expolio, arrebatándoselo a sus
propietarios, especialmente judíos. Entre estos marchantes se encontraba Alois
Miedl (1903-1970) un holandés, naturalizado alemán, de quien el historiador
Miguel Martorell, en su magnífico ensayo El expolio nazi (2020) explica [que]
«su papel consistió en ser el mayor proveedor de Göring, aunque fue también el
principal marchante alemán en Holanda y una figura destacada dentro del
expolio».
Y
llegó finalmente por fin la rendición del Reich, y las prisas por deshacerse
rápidamente de las obras de arte expoliadas, y qué mejor escenario que nuestra
querida España, convaleciente y postrada aún por su propia guerra. Durante los
años que duró el conflicto (1939-1945), el gobierno franquista había pasado alternativamente,
al pairo de los acontecimientos bélicos, de la «neutralidad» a la «no
beligerancia» y finalmente de nuevo a la «neutralidad», pero sin deslastrarse
aún de sus vínculos tras la derrota nazi, como así lo constata un artículo publicado
en el diario Informaciones (2 de mayo de 1945) ensalzando a Hitler (sin
mencionar que se había suicidado): «Muerto cara al enemigo bolchevique, en el
puesto de honor, defendiendo la civilización cristiana».
En
este contexto, y aquí introducimos al marchante-expoliador Mield, España, y
especialmente Madrid, fue una de las principales capitales del espionaje
mundial desde el principio de la guerra, a pesar de su «aparente» neutralidad,
y gracias, especialmente, al determinismo geográfico, es decir, a su posición estratégica
como entrada y salida de América. Un escenario perfecto, en palabras de
Martorell, «para que los artistas del engaño hicieran lo que mejor sabían:
trapichear con información e intentar atraer a embajadores extranjeros hacia su
causa». Para tratar de explicar las actividades de Mield, como marchante de
arte al servicio de todo poderoso Hermann Göring, el escritor utiliza la
estrategia de reunir en un hotel de la capital madrileña a éste y a un teniente
norteamericano: Théodore D. Rousseau (1912-1973), componente de uno de los
equipos de investigación creados para perseguir, encontrar, y así poder
devolver a sus dueños las obras de arte expropiadas por los nazis. Lo habían
convocado haciéndose pasar por presuntos compradores y mordió el anzuelo, si
bien, fuera de la versión del ensayo de Martorell, Alois Mield habría ofrecido
su «mercancía» a uno de los responsables del Museo del Prado, quien la rechazó
ante la sospecha de su procedencia.
A
partir de aquí, el marchante, va desvelando al teniente Rousseau la inmensa
madeja que, a lo largo de más de cinco años, había sido tejida para robar y
expoliar, sistemáticamente, las obras de arte que más le apetecían a su patrón,
el poderoso Göring, poniendo aquel como disculpa que con ello pretendía
proteger a su esposa, Theodore Fleischer, que era judía. Por otra parte, en esta
inmensa madeja, también estuvieron implicados varios traficantes españoles que
a la vez estaban al servicio del espionaje alemán. Según algunos estudiosos del
tema, también estuvieron implicados ciertos elementos de la llamada «División
Azul»[2],
utilizando su inmunidad al regresar a España para introducir alevosamente cuadros
u otras piezas de gran valor. Como es lógico, los clientes, con capacidad
económica para poder adquirirlas, estarían «al loro», permítanme la expresión,
de su ilegítima procedencia.
Como
afirma el dicho popular: «A río revuelto, ganancia de pescadores», y desde
luego Mield, es un buen ejemplo de pescador avispado, dado que desde su
juventud ya se había distinguido como un verdadero lince para los negocios. Fue
banquero y empresario de éxito. Un «genio de las finanzas», un especulador que
vio el negocio del siglo al convertirse en el protegido de Göring, si bien su
osadía llegó al extremo de engañar a su patrón y venderle un cuadro
falsificado, en concreto una obra del maestro del barroco holandés Johannes
Vermeer. «Fue, en definitiva, un superviviente que sabía aprovechar un buen
negocio y que, en los años treinta, creó un verdadero imperio internacional con
empresas en África, Argentina, Uruguay o India», afirma Martorell.
A
pesar de que al entrar en España se le bloqueó parte de los cuadros y una buena
cantidad de divisas y se le invitara a marcharse, lo cierto es que, finalmente,
conseguiría el favor de los Aliados (¡sorpresa, sorpresa!) y cuando regresó a
Alemania, en 1946, le serían devueltos los cuadros y el dinero confiscado. Como
se ha escrito, la mayoría de los marchantes que trabajaron para los nazis
quedarían sin cargos, y sin cargos quedó Mield, «arquitecto del expolio», quien
murió en 1970. Sólo nos cabe la satisfacción, a quienes amamos el arte, que los
nazis despreciaran el «arte degenerado» y «sólo» destruyeran algunas obras del
modernismo o la abstracción: Picasso, Dalí, Paul Klee, Van Gogh, Gauguin,
Modigliani y Chagall entre otros.
Todavía
hoy siguen apareciendo obras que fueron robadas por los nazis.
Rosa M Ballesteros García
Vicepresidenta
del Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
Referencias:
Edsel, R. (2012): The Monuments Men: la fascinante
aventura de los guerreros del arte que impidieron el expolio cultural nazi.
Martín Alarcón, J. (2014): El Museo de Hitler: La
verdadera historia de los Monuments Men. elmundo.es.
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