domingo, 17 de mayo de 2026

Alois Miedl

 ALOIS MIEDL

El marchante de Hermann Göring en España

 

En un artículo firmado por el historiador Fran Navarro leemos [que] «las guerras arrasan con la humanidad en todos los sentidos». Tiene toda la razón porque, además de la pérdida de vidas, también se pierden la identidad y la cultura de un pueblo con la destrucción y el robo de su patrimonio artístico, de parte de su legado, de su memoria colectiva. 

Sobre esta segunda cuestión, en febrero de 2014 pudimos ver en España una película extraordinaria titulada Monuments Men, dirigida y protagonizada por George Clooney, en la que un equipo de «soldados del arte», formado por voluntarios reclutados, expertos en arte de varias disciplinas, fue organizado para proteger, en vez de destruir, el patrimonio cultural y artístico de los países arrasados por los nazis. Desde el bombardeo japonés de Pearl Harbour, y la entrada de los Estados Unidos en la guerra, directores de museos norteamericanos como Paul J. Sachs o George Stout (a quien da vida Clooney como el teniente Frank Stokes), pusieron sobre aviso al presidente Roosevelt, que dio carta blanca, tras estudiar la propuesta de la Comisión Roberts[1]. En total, estos rastreadores voluntarios fueron más de trescientos hombres y mujeres, de trece países diferentes: historiadores, artistas, arquitectos, educadores y expertos en museos, entre otros.

Es bien conocido que durante la Segunda Guerra Mundial los nazis emprendieron un gigantesco saqueo del patrimonio cultural y artístico en todos los países que iban anexionando. Se calcula (a la baja) que más de cinco millones de objetos valiosos fueron incorporados al Tercer Reich en los primeros años de la guerra, pero el escenario bélico, poco a poco, fue evolucionando desfavorablemente para Hitler, de forma que el descomunal expolio que había organizado el Tercer Reich había que ir «colocándolo», estratégicamente, a través del ejército de «carroñeros marchantes» que habían colaborado en el obligado expolio, arrebatándoselo a sus propietarios, especialmente judíos. Entre estos marchantes se encontraba Alois Miedl (1903-1970) un holandés, naturalizado alemán, de quien el historiador Miguel Martorell, en su magnífico ensayo El expolio nazi (2020) explica [que] «su papel consistió en ser el mayor proveedor de Göring, aunque fue también el principal marchante alemán en Holanda y una figura destacada dentro del expolio».

Y llegó finalmente por fin la rendición del Reich, y las prisas por deshacerse rápidamente de las obras de arte expoliadas, y qué mejor escenario que nuestra querida España, convaleciente y postrada aún por su propia guerra. Durante los años que duró el conflicto (1939-1945), el gobierno franquista había pasado alternativamente, al pairo de los acontecimientos bélicos, de la «neutralidad» a la «no beligerancia» y finalmente de nuevo a la «neutralidad», pero sin deslastrarse aún de sus vínculos tras la derrota nazi, como así lo constata un artículo publicado en el diario Informaciones (2 de mayo de 1945) ensalzando a Hitler (sin mencionar que se había suicidado): «Muerto cara al enemigo bolchevique, en el puesto de honor, defendiendo la civilización cristiana».

En este contexto, y aquí introducimos al marchante-expoliador Mield, España, y especialmente Madrid, fue una de las principales capitales del espionaje mundial desde el principio de la guerra, a pesar de su «aparente» neutralidad, y gracias, especialmente, al determinismo geográfico, es decir, a su posición estratégica como entrada y salida de América. Un escenario perfecto, en palabras de Martorell, «para que los artistas del engaño hicieran lo que mejor sabían: trapichear con información e intentar atraer a embajadores extranjeros hacia su causa». Para tratar de explicar las actividades de Mield, como marchante de arte al servicio de todo poderoso Hermann Göring, el escritor utiliza la estrategia de reunir en un hotel de la capital madrileña a éste y a un teniente norteamericano: Théodore D. Rousseau (1912-1973), componente de uno de los equipos de investigación creados para perseguir, encontrar, y así poder devolver a sus dueños las obras de arte expropiadas por los nazis. Lo habían convocado haciéndose pasar por presuntos compradores y mordió el anzuelo, si bien, fuera de la versión del ensayo de Martorell, Alois Mield habría ofrecido su «mercancía» a uno de los responsables del Museo del Prado, quien la rechazó ante la sospecha de su procedencia.

A partir de aquí, el marchante, va desvelando al teniente Rousseau la inmensa madeja que, a lo largo de más de cinco años, había sido tejida para robar y expoliar, sistemáticamente, las obras de arte que más le apetecían a su patrón, el poderoso Göring, poniendo aquel como disculpa que con ello pretendía proteger a su esposa, Theodore Fleischer, que era judía. Por otra parte, en esta inmensa madeja, también estuvieron implicados varios traficantes españoles que a la vez estaban al servicio del espionaje alemán. Según algunos estudiosos del tema, también estuvieron implicados ciertos elementos de la llamada «División Azul»[2], utilizando su inmunidad al regresar a España para introducir alevosamente cuadros u otras piezas de gran valor. Como es lógico, los clientes, con capacidad económica para poder adquirirlas, estarían «al loro», permítanme la expresión, de su ilegítima procedencia.

Como afirma el dicho popular: «A río revuelto, ganancia de pescadores», y desde luego Mield, es un buen ejemplo de pescador avispado, dado que desde su juventud ya se había distinguido como un verdadero lince para los negocios. Fue banquero y empresario de éxito. Un «genio de las finanzas», un especulador que vio el negocio del siglo al convertirse en el protegido de Göring, si bien su osadía llegó al extremo de engañar a su patrón y venderle un cuadro falsificado, en concreto una obra del maestro del barroco holandés Johannes Vermeer. «Fue, en definitiva, un superviviente que sabía aprovechar un buen negocio y que, en los años treinta, creó un verdadero imperio internacional con empresas en África, Argentina, Uruguay o India», afirma Martorell.

A pesar de que al entrar en España se le bloqueó parte de los cuadros y una buena cantidad de divisas y se le invitara a marcharse, lo cierto es que, finalmente, conseguiría el favor de los Aliados (¡sorpresa, sorpresa!) y cuando regresó a Alemania, en 1946, le serían devueltos los cuadros y el dinero confiscado. Como se ha escrito, la mayoría de los marchantes que trabajaron para los nazis quedarían sin cargos, y sin cargos quedó Mield, «arquitecto del expolio», quien murió en 1970. Sólo nos cabe la satisfacción, a quienes amamos el arte, que los nazis despreciaran el «arte degenerado» y «sólo» destruyeran algunas obras del modernismo o la abstracción: Picasso, Dalí, Paul Klee, Van Gogh, Gauguin, Modigliani y Chagall entre otros.

Todavía hoy siguen apareciendo obras que fueron robadas por los nazis.

 

                                            Rosa M Ballesteros García

                              Vicepresidenta del Ateneo Libre de Benalmádena

                                         “benaltertulias.blogspot.com”

 

Referencias:

Edsel, R. (2012): The Monuments Men: la fascinante aventura de los guerreros del arte que impidieron el expolio cultural nazi.

Martín Alarcón, J. (2014): El Museo de Hitler: La verdadera historia de los Monuments Men. elmundo.es.



[1]  Llamada así en honor a su presidente, el juez del Tribunal Supremo, Owen J. Roberts.

[2] Entre 1941 y 1943, cerca de 45 000 soldados españoles participaron en diversas batallas, fundamentalmente relacionadas con el sitio de Leningrado y con ellos 146 mujeres, de la llamada Sección Femenina.