HORIZONTAL
Es
obvio que la posición para dormir y descansar es la horizontal. La cama nos
acoge en paralelo al suelo con los revestimientos propios de estos muebles y en
función, esto también, del nivel económico y social, pues lechos hay desde los
que acogen al durmiente sobre un colchón de látex natural o viscoelástico, a
ser posible lo más moderno y caro, hasta los que, cual camastro, se componen de
unas simples tablas y colchón de lana, borra o heno. Se dice de Carlos I de
España y V de Alemania (1500-1558), que debido a sus constantes viajes por los
territorios del imperio, durmió en muchas camas. Pero por muchas que fueran,
nada que ver con las catadas por cualquier animal turístico actual, que ni
ejerce de rey, ni de emperador, ni de Sumo Pontífice. Otros humanos con unos
cuantos catres en sus distintas etapas vitales han tenido suficiente. Cada vez
dormimos en más camas. Véase la fiebre del turisteo,
el ansia de verlo todo. Transitar por todas partes y no perderse nada es ya
asignatura obligada para dotar a la vida de sentido, aunque dicho ajetreo
espacial e imparable parezca más un periplo del sinsentido.
Berbel
Brunner es un escritor y ensayista berlinés de lo más curioso. Ha dedicado
textos al árbol de Navidad, a la historia de una estación o de un punto cardinal,
a los acuarios o la luna. Uno de sus ensayos lleva por título Vivir en horizontal. Breve historia cultural de una postura (2024).
Leemos en él que una de las buenas razones para dormir juntos es que uno puede
detectar con rapidez el infarto de miocardio de la pareja, ¡madre mía! Dice que
una estadounidense publica un libro donde describe treinta y nueve posturas
para dormir en pareja. Alude a que ha leído que podemos cambiar cien veces de
postura durante la noche. Cuenta que a la actividad de las cortesanas parisinas
del siglo XIX se la denominaba profesión horizontal. Comenta
que el novelista estadounidense Mark Twain (1835-1910) trabajaba en la cama.
Escribe que en posición horizontal comienza y acaba la vida humana. Dice que un
tal Sadiq Muhammad Abbasi IV, marajá de Bahawalpur, se hizo construir en París
una cama que “pesaba más de una tonelada y tenía en cada esquina la escultura
de una mujer. En cuanto el marajá se acomodaba en el lecho, empezaba a sonar
una música y las mujeres movían los brazos para abanicarle aire fresco por la
parte del cabecero y espantarle las moscas por el lado de los pies”. Y así mil
y una historias de esta guisa en las ciento cuarenta y cinco páginas de su
singular ensayo.
Acostados
pensamos, soñamos, holgamos, meditamos, folgamos, dialogamos con varios yoes,
nos refugiamos, la conciencia hace su examen, vemos las cosas desde otro prisma
y hasta dormimos. No tomemos en cuenta las siestas, los ratos tirados como
lagartos en hamacas en la playa o los momentos echados en el césped, mirando
las estrellas en tórrida noche estival, amenizada por banda sonora de grillos.
Si viviésemos, verbigracia, ochenta años y una media de siete horas diarias de
descanso en la cama, al final de nuestros días, antes de la definitiva posición
horizontal, en el caso de inhumación voluntaria per
secula seculorumn, habríamos estado tumbados tan ricamente
doscientas cuatro mil cuatrocientas horas, o sea, ocho mil quinientos dieciséis
días tendidos en el catre, o lo que es lo mismo, unos veintitrés años en
postura supina. Lo que viene a indicar que la vigilia se reduciría a unos
cincuenta y siete años de los ochenta contemplados anteriormente como límite
vital. Y de esos, habríamos estado un puñado deambulando de aquí para allá, ora
en bicicleta, coche, moto, avión, barco, tren o patinete, ora en mullido
sofá, chaise longue, canapé, diván, otomana, silla, banco o taburete.
Siguiendo
con las camas, viajemos al Canto XXIII de la Odisea. Hubo personajes, como
Ulises, que construyó su propia cama de matrimonio en madera de olivo joven.
Esto es que cuando el héroe regresa a Ítaca no es reconocido por su mujer,
Penélope. Tras unos días deambulando como un forastero por sus propiedades, la
esposa reclamó su presencia, enviándole mensaje con la nodriza Euriclea.
Penélope tiene miedo. No está segura de que el forastero sea su esposo y le
pide una prueba. Ulises se lo demuestra relatando a su incrédula mujer cómo
construyó el lecho que ellos compartieron antes de su prolongada ausencia. Con
sus propias manos levantó la alcoba de piedra y talló el tálamo, donde tendió
“un pellejo de cuero rojo de un lado a otro”. Tras escucharlo, Penélope se
convenció de quién era el recién llegado y exclamó: “No te enfades conmigo,
Ulises, tú que eres el más sabio de los hombres. Los dos hemos sufrido. Los
dioses nos han privado de la dicha de pasar la juventud y envejecer juntos: no
te ofendas ni te tomes a mal que no te haya besado nada más verte”. Yacieron
juntos y la Aurora tuvo el hermoso detalle de demorar su trabajo para que gozaran
largamente del reencuentro.
Desde
una mirada filosófica se aborda el campo de la condición ética del hombre en la
relación horizontal, entre iguales, alejada del juicio. Pues es condición de
todo humano, viva donde viva, disponer de un sentido ético en relación con el
otro, siempre con los demás, devenido de la forma en que nos relacionamos con
los otros (en horizontalidad). “En la relación ética el otro es más importante
que yo. […] No hay un deber ético sino un deseo ético. Tú me importas, me preocupas, deseo que estés bien”, escribe el profesor
Joan-Carles Mèlich (La prosa de la vida,
2016). Empero, en el campo de la moral, la relación se torna
vertical
y procura regular la relación ética. Las morales son relaciones verticales
dadas en una época y un contexto determinado, por cuanto constituyen normas
adoptadas por grupos para alejarse de la incertidumbre, superar el miedo y
convivir sabiendo a qué atenerse. Las morales derivan en leyes y, por tanto, en
deberes y en coerción. Tanto la horizontal ética, como las verticales y
regladas morales, son geometrías que nos hacen falta como el comer.
Encontramos
la posición horizontal en la ópera en escenas ambientadas en camas, donde
predominan los asuntos de muerte o enfermedad, siendo escasas las piezas con
motivo amoroso. Giuseppe Verdi (1813-1901), en “La Traviata”, hace que Violeta,
enferma, postrada en el lecho, cante una de las arias más hermosas y dramáticas
del repertorio operístico: “Addio del passato”: “Adiós bellos recuerdos del
pasado,/las rosas de mis alegrías están marchitas/y el amor de Alfredo todavía
me falta./¡Consuelo sostén del alma cansada!/Compadécete del deseo de la
extraviada./¡Perdónala y acógela, Señor!/Todo ha terminado ya…”. Una de las
mejores intérpretes contemporáneas de este aria, a mi juicio, es la soprano
estadounidense de origen cubano, Lisette Oropesa. Aquí puedes verla y
escucharla, acometiendo un memorable bis en el Teatro Real de Madrid (2020): https://youtu.be/2ldOBson0vw?si=nI3iHjhz7bQXO9El
“Yo
quiero vivir tumbado al lado de todas las cosas. Soy vertical, y trabajo para
vivir. Pero prefiero ser horizontal, siempre prefiero vivir en horizontal”. Son
palabras extraídas del ensayo El derecho a las cosas bellas.
Vindicación de la vida holgada (2025), del escritor y filósofo Juan
Evaristo Valls Bois. La condición horizontal tiene que ver con relaciones de
cuidado, la conversación, la escucha y el abrazo, ausencia de jerarquías,
vulnerabilidad, descanso, apoyo en los demás, contemplación, lentitud,
interdependencia, amistad…Lo vertical apela al dominio, al adueñamiento y
apropiación de las cosas, al trabajo, al yo autónomo, al crecimiento continuo,
a la rentabilidad…
Y
tratando sobre este asunto de la horizontalidad, se me vinieron a las mientes
desde la ignota e imprevisible memoria, la historia de los “tumbados”, que en
un exquisito texto, Entre líneas. El cuento o la vida,
narra primorosamente el novelista Luis Landero. Resulta que en tierras del sur
peninsular alguna que otra vez se daba el caso de que fulanito, soltero y sin
hijos, se había tumbado y mantuvo la horizontal postura tres años, hasta que un
día retomó todas sus actividades como si nada. O acontecía que menganito, padre
de cuatro hijos y mujer viva, estuvo una década tumbado, siendo visitado por
los vecinos día sí y día no, como si de un “velorio sin muerto” se tratara.
Pero lo más asombroso de los tumbados es que hasta su tumbadora decisión ni
padecían enfermedad, ni tribulaciones paralizantes, ni melancolías lacerantes,
ni siquiera comportamientos holgazanes, ni nada de nada. Estaban tan a gustico,
pero de súbito un día se postraban en la cama sin prever el fin de tamaña
decisión. No sé a ustedes, pero a quien esto escribe más de una vez le visitó
el deseo de tumbarse por largo tiempo a ver si amainaba un arrasador temporal.
O en caso contrario, de tanta calma chicha y casi aburrimiento, anhelar una
tumbada a ver si derivaba en espabilamiento. ¡Qué bien hubiera sido recibida
una oportuna tumbada durante un tiempo suficiente, que hubiera dado lugar a un
tiempo diferente! Cuenta Luis Landero de
una mujer vestida de medio luto que iba pidiendo limosna con este estribillo:
“Una caridad para esta pobre mujer que tiene seis hijos y a su marido tumbado
desde hace ya diez años”. Cosas que pasan.
Vamos
a concluir moviendo levemente lo horizontal hacia lo inclinado, pues nos
inclinamos a considerar la inclinación como posición delicada y de interés,
tras siglos de historia de hombres y mujeres con la verticalidad y la rectitud
como referencias. Valoren y observen el gesto de inclinarnos hacia el otro.
Véase por ejemplo la inclinación en el caso de la representación artística de
las maternidades. Así, a través del análisis y la crítica de filósofos, obras
de arte y literatura, que han representado al ser humano en su verticalidad,
erecto, la filósofa italiana Adriana Cavarero reflexiona en su ensayo Inclinaciones. Crítica de la rectitud (2022), sobre
las relaciones de poder que esa postura ha manifestado a lo largo de la
historia, cuestionando que la postura propia del animal humano sea la rectitud
(representación del hombre y la masculinidad) y considerando la propia y esencial
de la condición humana la inclinación, tratada en el arte y la filosofía para
la mujer. De tal manera que llega a concluir que en la rectitud hay un modelo
ensimismado y autosuficiente de ser humano y, por contra, en la inclinación,
hay un ser humano altruista, abierto al otro.
Mientras
llega la inexorable y yacente postura final, entre verticalidad, horizontalidad
e inclinación, bogamos por el río de la vida. Y en el día a día uno mira hacia
arriba, hacia abajo, otea el horizonte, camina, pasea, se inclina, se
reclina y se tumba. Pues eso.
José García Guerrero.
Maestro
El Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
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