domingo, 19 de abril de 2026

Horizontal

                                      HORIZONTAL

 

Es obvio que la posición para dormir y descansar es la horizontal. La cama nos acoge en paralelo al suelo con los revestimientos propios de estos muebles y en función, esto también, del nivel económico y social, pues lechos hay desde los que acogen al durmiente sobre un colchón de látex natural o viscoelástico, a ser posible lo más moderno y caro, hasta los que, cual camastro, se componen de unas simples tablas y colchón de lana, borra o heno. Se dice de Carlos I de España y V de Alemania (1500-1558), que debido a sus constantes viajes por los territorios del imperio, durmió en muchas camas. Pero por muchas que fueran, nada que ver con las catadas por cualquier animal turístico actual, que ni ejerce de rey, ni de emperador, ni de Sumo Pontífice. Otros humanos con unos cuantos catres en sus distintas etapas vitales han tenido suficiente. Cada vez dormimos en más camas. Véase la fiebre del turisteo, el ansia de verlo todo. Transitar por todas partes y no perderse nada es ya asignatura obligada para dotar a la vida de sentido, aunque dicho ajetreo espacial e imparable parezca más un periplo del sinsentido.

 

Berbel Brunner es un escritor y ensayista berlinés de lo más curioso. Ha dedicado textos al árbol de Navidad, a la historia de una estación o de un punto cardinal, a los acuarios o la luna. Uno de sus ensayos lleva por título Vivir en horizontal. Breve historia cultural de una postura (2024). Leemos en él que una de las buenas razones para dormir juntos es que uno puede detectar con rapidez el infarto de miocardio de la pareja, ¡madre mía! Dice que una estadounidense publica un libro donde describe treinta y nueve posturas para dormir en pareja. Alude a que ha leído que podemos cambiar cien veces de postura durante la noche. Cuenta que a la actividad de las cortesanas parisinas del siglo XIX se la denominaba profesión horizontal. Comenta que el novelista estadounidense Mark Twain (1835-1910) trabajaba en la cama. Escribe que en posición horizontal comienza y acaba la vida humana. Dice que un tal Sadiq Muhammad Abbasi IV, marajá de Bahawalpur, se hizo construir en París una cama que “pesaba más de una tonelada y tenía en cada esquina la escultura de una mujer. En cuanto el marajá se acomodaba en el lecho, empezaba a sonar una música y las mujeres movían los brazos para abanicarle aire fresco por la parte del cabecero y espantarle las moscas por el lado de los pies”. Y así mil y una historias de esta guisa en las ciento cuarenta y cinco páginas de su singular ensayo.

 

Acostados pensamos, soñamos, holgamos, meditamos, folgamos, dialogamos con varios yoes, nos refugiamos, la conciencia hace su examen, vemos las cosas desde otro prisma y hasta dormimos. No tomemos en cuenta las siestas, los ratos tirados como lagartos en hamacas en la playa o los momentos echados en el césped, mirando las estrellas en tórrida noche estival, amenizada por banda sonora de grillos. Si viviésemos, verbigracia, ochenta años y una media de siete horas diarias de descanso en la cama, al final de nuestros días, antes de la definitiva posición horizontal, en el caso de inhumación voluntaria per secula seculorumn, habríamos estado tumbados tan ricamente doscientas cuatro mil cuatrocientas horas, o sea, ocho mil quinientos dieciséis días tendidos en el catre, o lo que es lo mismo, unos veintitrés años en postura supina. Lo que viene a indicar que la vigilia se reduciría a unos cincuenta y siete años de los ochenta contemplados anteriormente como límite vital. Y de esos, habríamos estado un puñado deambulando de aquí para allá, ora en bicicleta, coche, moto, avión, barco, tren o patinete, ora en mullido sofá, chaise longue, canapé, diván, otomana, silla, banco o taburete.

 

Siguiendo con las camas, viajemos al Canto XXIII de la Odisea. Hubo personajes, como Ulises, que construyó su propia cama de matrimonio en madera de olivo joven. Esto es que cuando el héroe regresa a Ítaca no es reconocido por su mujer, Penélope. Tras unos días deambulando como un forastero por sus propiedades, la esposa reclamó su presencia, enviándole mensaje con la nodriza Euriclea. Penélope tiene miedo. No está segura de que el forastero sea su esposo y le pide una prueba. Ulises se lo demuestra relatando a su incrédula mujer cómo construyó el lecho que ellos compartieron antes de su prolongada ausencia. Con sus propias manos levantó la alcoba de piedra y talló el tálamo, donde tendió “un pellejo de cuero rojo de un lado a otro”. Tras escucharlo, Penélope se convenció de quién era el recién llegado y exclamó: “No te enfades conmigo, Ulises, tú que eres el más sabio de los hombres. Los dos hemos sufrido. Los dioses nos han privado de la dicha de pasar la juventud y envejecer juntos: no te ofendas ni te tomes a mal que no te haya besado nada más verte”. Yacieron juntos y la Aurora tuvo el hermoso detalle de demorar su trabajo para que gozaran largamente del reencuentro.

 

Desde una mirada filosófica se aborda el campo de la condición ética del hombre en la relación horizontal, entre iguales, alejada del juicio. Pues es condición de todo humano, viva donde viva, disponer de un sentido ético en relación con el otro, siempre con los demás, devenido de la forma en que nos relacionamos con los otros (en horizontalidad). “En la relación ética el otro es más importante que yo. […] No hay un deber ético sino un deseo ético. Tú me importas, me preocupas, deseo que estés bien”, escribe el profesor Joan-Carles Mèlich (La prosa de la vida, 2016). Empero, en el campo de la moral, la relación se torna vertical y procura regular la relación ética. Las morales son relaciones verticales dadas en una época y un contexto determinado, por cuanto constituyen normas adoptadas por grupos para alejarse de la incertidumbre, superar el miedo y convivir sabiendo a qué atenerse. Las morales derivan en leyes y, por tanto, en deberes y en coerción. Tanto la horizontal ética, como las verticales y regladas morales, son geometrías que nos hacen falta como el comer.

 

Encontramos la posición horizontal en la ópera en escenas ambientadas en camas, donde predominan los asuntos de muerte o enfermedad, siendo escasas las piezas con motivo amoroso. Giuseppe Verdi (1813-1901), en “La Traviata”, hace que Violeta, enferma, postrada en el lecho, cante una de las arias más hermosas y dramáticas del repertorio operístico: “Addio del passato”: “Adiós bellos recuerdos del pasado,/las rosas de mis alegrías están marchitas/y el amor de Alfredo todavía me falta./¡Consuelo sostén del alma cansada!/Compadécete del deseo de la extraviada./¡Perdónala y acógela, Señor!/Todo ha terminado ya…”. Una de las mejores intérpretes contemporáneas de este aria, a mi juicio, es la soprano estadounidense de origen cubano, Lisette Oropesa. Aquí puedes verla y escucharla, acometiendo un memorable bis en el Teatro Real de Madrid (2020): https://youtu.be/2ldOBson0vw?si=nI3iHjhz7bQXO9El

 

“Yo quiero vivir tumbado al lado de todas las cosas. Soy vertical, y trabajo para vivir. Pero prefiero ser horizontal, siempre prefiero vivir en horizontal”. Son palabras extraídas del ensayo El derecho a las cosas bellas. Vindicación de la vida holgada (2025), del escritor y filósofo Juan Evaristo Valls Bois. La condición horizontal tiene que ver con relaciones de cuidado, la conversación, la escucha y el abrazo, ausencia de jerarquías, vulnerabilidad, descanso, apoyo en los demás, contemplación, lentitud, interdependencia, amistad…Lo vertical apela al dominio, al adueñamiento y apropiación de las cosas, al trabajo, al yo autónomo, al crecimiento continuo, a la rentabilidad…

 

Y tratando sobre este asunto de la horizontalidad, se me vinieron a las mientes desde la ignota e imprevisible memoria, la historia de los “tumbados”, que en un exquisito texto, Entre líneas. El cuento o la vida, narra primorosamente el novelista Luis Landero. Resulta que en tierras del sur peninsular alguna que otra vez se daba el caso de que fulanito, soltero y sin hijos, se había tumbado y mantuvo la horizontal postura tres años, hasta que un día retomó todas sus actividades como si nada. O acontecía que menganito, padre de cuatro hijos y mujer viva, estuvo una década tumbado, siendo visitado por los vecinos día sí y día no, como si de un “velorio sin muerto” se tratara. Pero lo más asombroso de los tumbados es que hasta su tumbadora decisión ni padecían enfermedad, ni tribulaciones paralizantes, ni melancolías lacerantes, ni siquiera comportamientos holgazanes, ni nada de nada. Estaban tan a gustico, pero de súbito un día se postraban en la cama sin prever el fin de tamaña decisión. No sé a ustedes, pero a quien esto escribe más de una vez le visitó el deseo de tumbarse por largo tiempo a ver si amainaba un arrasador temporal. O en caso contrario, de tanta calma chicha y casi aburrimiento, anhelar una tumbada a ver si derivaba en espabilamiento. ¡Qué bien hubiera sido recibida una oportuna tumbada durante un tiempo suficiente, que hubiera dado lugar a un tiempo diferente!  Cuenta Luis Landero de una mujer vestida de medio luto que iba pidiendo limosna con este estribillo: “Una caridad para esta pobre mujer que tiene seis hijos y a su marido tumbado desde hace ya diez años”. Cosas que pasan.

 

Vamos a concluir moviendo levemente lo horizontal hacia lo inclinado, pues nos inclinamos a considerar la inclinación como posición delicada y de interés, tras siglos de historia de hombres y mujeres con la verticalidad y la rectitud como referencias. Valoren y observen el gesto de inclinarnos hacia el otro. Véase por ejemplo la inclinación en el caso de la representación artística de las maternidades. Así, a través del análisis y la crítica de filósofos, obras de arte y literatura, que han representado al ser humano en su verticalidad, erecto, la filósofa italiana Adriana Cavarero reflexiona en su ensayo Inclinaciones. Crítica de la rectitud (2022), sobre las relaciones de poder que esa postura ha manifestado a lo largo de la historia, cuestionando que la postura propia del animal humano sea la rectitud (representación del hombre y la masculinidad) y considerando la propia y esencial de la condición humana la inclinación, tratada en el arte y la filosofía para la mujer. De tal manera que llega a concluir que en la rectitud hay un modelo ensimismado y autosuficiente de ser humano y, por contra, en la inclinación, hay un ser humano altruista, abierto al otro.

 

Mientras llega la inexorable y yacente postura final, entre verticalidad, horizontalidad e inclinación, bogamos por el río de la vida. Y en el día a día uno mira hacia arriba, hacia abajo, otea el horizonte, camina, pasea, se inclina, se reclina  y se tumba. Pues eso.

 

                                                       José García Guerrero.

                                                                 Maestro

                                                El Ateneo Libre de Benalmádena

                                                   “benaltertulias.blogspot.com”


No hay comentarios:

Publicar un comentario