VIVIR
DE ALEGRIA Y MORIR DE PENA
Nuestro cerebro, a pesar de ser
sordo, mudo y ciego, es el mayor fabulador y fabricante de emociones que
conocemos, todo lo que capta a través de los órganos de los sentidos lo
transforma en corrientes eléctricas que influyen en la conformación de nuestra
estructura genética. Pero de la misma forma emite todas las directrices que
gobiernan nuestro desarrollo y evolución, es decir, nuestro aspecto externo, o
fenoma, que refleja o retrata continuamente los cambios internos que se operan
en nuestro genoma.
Esta capacidad de adaptación, que
refleja fielmente nuestros estados de ánimo, se debe a la plasticidad cerebral,
que refleja las etapas vitales que atravesamos, infantil, juvenil, adolescente,
madurez o senectud. Y de igual forma modulan las respuestas, a tono con las
dificultades o agresiones que nos vemos obligados a superar. En las primeras,
infantil, juvenil y adolescentes seremos inmaduros y “no preparados” y en la
última, senectud, se nos achacará estar
superados y no ser útiles. Las sensaciones reactivas que producirá nuestro
cerebro irán variando desde el impulso y el empeño juveniles, a la tristeza y
al abandono senil. Y sus manifestaciones externas oscilaran del entusiasmo a la
depresión.
La fuerza del vivir, el
entusiasmo y la pasión, se acrecienta en las edades juveniles y adolescentes en
las que todo nuestro organismo está en desarrollo y preparando el porvenir.
Nuestros sistemas de alerta y adaptación están “a tope” atendiendo todas las
instancias que el cerebro envía a través del sistema nervioso y que él recoge y
ordena de todos los estímulos externos que recibe fortuitos o buscados, es
decir, del aprendizaje. La actividad cerebral siempre dirige y controla el
desarrollo orgánico hasta completar el crecimiento.
Este desarrollo orgánico tiene su
más eficaz colaborador en el tejido conjuntivo, almacén y asiento de nuestra
microbiota, el órgano funcional que regula el paso de todos los elementos
exteriores al interior de nuestro organismo transformándolos en su caso en
alimento o defensa, y eliminando lo improductivo. Su capacidad constructora y
deconstructora, fabrica y mejora los
órganos que crecen y se rehacen, con lo que amplían la extensión, crecimiento y
capacidad de nuestro organismo, así como elimina a aquellos que se deterioran
convertidos en zonas cicatriciales o de deshecho. Este equilibrio constructor y
removedor tutelan nuestro paso durante toda la madurez.
Por el contrario al alcanzar la vejez y la senectud lo único que se
mantiene activo es el trabajo cerebral frente al deterioro constante del resto
de los componentes orgánicos. El envejecimiento y el menoscabo consiguiente
dejan poco a poco de ser contrarrestados por la fuerza absorbente del tejido
conjuntivo, que no obstante mantiene su alerta ante las señales cerebrales que
le solicitan reparación.
El trabajo cerebral es
indispensable para el mantenimiento de la vida orgánica. Vivimos por nuestro
cerebro, porque mientras consigamos mantenerlo activo continuará dirigiendo el
funcionamiento de nuestras actividades orgánicas aunque sea de forma
enlentecida. Grandes artistas fueron longevos por su capacidad de mantener su
actividad creadora y lo demuestran las vidas de Miguel Ángel, Galileo Galilei,
Bertrand Russell o Pablo Picasso.
Pero sin necesidad de recurrir a
estos niveles de creatividad, todas aquellas actividades que se engloban bajo
el criterio común de la jubilación activa son útiles para nuestro propósito,
como no lo son los ingresos indiscriminados en las obsoletas residencias de
ancianos que funcionan bajo un régimen de enclaustramiento e inactividad.
Deberíamos elaborar una lista de todas aquellas actividades que pueden realizar
los jubilados a fin de tener prevista la acomodación del mayor número posible
de ellos. Esto debiera constituirse en una industria encargada del cuidado de
la longevidad, del mantenimiento de las capacidades cerebrales y
aprovechamiento de sus utilidades.
Cuando este incentivo final no
existe y la actividad directora cerebral decae por aislamiento, las señales
neuronales de mantenimiento se agotan hasta
cesar, la labor del tejido conjuntivo es una labor en vacío, los niveles
de inflamación se elevan solicitando una reparación inviable y su manifestación
externa es la depresión en sus niveles más altos de tristeza, desconsuelo,
melancolía, amargura y nostalgia. El abandono o el sentirse abandonado,
apartado de toda actividad familiar y social, constituyen el último paso desencadenante
de una muerte de pena por inanición.
Este proceso devastador puede
desencadenarse en cualquier momento de la vida según las respuestas cerebrales a tenor de las agresiones
recibidas o de los disgustos sufridos. Los grandes fracasos o grandes
desgracias pueden desencadenar la cadena de ausencias que nos lleven a la
debilidad y al desfallecimiento.
Vivimos por nuestro cerebro, el
órgano más perfecto y evolucionado que poseemos, y debemos cuidarlo para que
nos proporcione todo el partido posible. De jóvenes con alegría y entusiasmo, y
de mayores con atención y cariño.
Jesús Lobillo
Ríos
Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
Bibliografía.-
Ayala, F J. “¿De dónde vengo?
¿Quién soy? ¿A dónde voy?” Alianza Editorial 2015
Swaab D. “Somos nuestro cerebro”
Plataforma editorial 2010
Montalcini R. L. “El as en la manga” Crítica 1999
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