domingo, 5 de abril de 2026

Morir de pena

                                            VIVIR DE ALEGRIA Y  MORIR DE PENA

Nuestro cerebro, a pesar de ser sordo, mudo y ciego, es el mayor fabulador y fabricante de emociones que conocemos, todo lo que capta a través de los órganos de los sentidos lo transforma en corrientes eléctricas que influyen en la conformación de nuestra estructura genética. Pero de la misma forma emite todas las directrices que gobiernan nuestro desarrollo y evolución, es decir, nuestro aspecto externo, o fenoma, que refleja o retrata continuamente los cambios internos que se operan en nuestro genoma.

Esta capacidad de adaptación, que refleja fielmente nuestros estados de ánimo, se debe a la plasticidad cerebral, que refleja las etapas vitales que atravesamos, infantil, juvenil, adolescente, madurez o senectud. Y de igual forma modulan las respuestas, a tono con las dificultades o agresiones que nos vemos obligados a superar. En las primeras, infantil, juvenil y adolescentes seremos inmaduros y “no preparados” y en la última, senectud,  se nos achacará estar superados y no ser útiles. Las sensaciones reactivas que producirá nuestro cerebro irán variando desde el impulso y el empeño juveniles, a la tristeza y al abandono senil. Y sus manifestaciones externas oscilaran del entusiasmo a la depresión.

La fuerza del vivir, el entusiasmo y la pasión, se acrecienta en las edades juveniles y adolescentes en las que todo nuestro organismo está en desarrollo y preparando el porvenir. Nuestros sistemas de alerta y adaptación están “a tope” atendiendo todas las instancias que el cerebro envía a través del sistema nervioso y que él recoge y ordena de todos los estímulos externos que recibe fortuitos o buscados, es decir, del aprendizaje. La actividad cerebral siempre dirige y controla el desarrollo orgánico hasta completar el crecimiento.

Este desarrollo orgánico tiene su más eficaz colaborador en el tejido conjuntivo, almacén y asiento de nuestra microbiota, el órgano funcional que regula el paso de todos los elementos exteriores al interior de nuestro organismo transformándolos en su caso en alimento o defensa, y eliminando lo improductivo. Su capacidad constructora y deconstructora,  fabrica y mejora los órganos que crecen y se rehacen, con lo que amplían la extensión, crecimiento y capacidad de nuestro organismo, así como elimina a aquellos que se deterioran convertidos en zonas cicatriciales o de deshecho. Este equilibrio constructor y removedor tutelan nuestro paso durante toda la madurez.

Por el contrario al alcanzar  la vejez y la senectud lo único que se mantiene activo es el trabajo cerebral frente al deterioro constante del resto de los componentes orgánicos. El envejecimiento y el menoscabo consiguiente dejan poco a poco de ser contrarrestados por la fuerza absorbente del tejido conjuntivo, que no obstante mantiene su alerta ante las señales cerebrales que le solicitan reparación.

El trabajo cerebral es indispensable para el mantenimiento de la vida orgánica. Vivimos por nuestro cerebro, porque mientras consigamos mantenerlo activo continuará dirigiendo el funcionamiento de nuestras actividades orgánicas aunque sea de forma enlentecida. Grandes artistas fueron longevos por su capacidad de mantener su actividad creadora y lo demuestran las vidas de Miguel Ángel, Galileo Galilei, Bertrand Russell o Pablo Picasso.

Pero sin necesidad de recurrir a estos niveles de creatividad, todas aquellas actividades que se engloban bajo el criterio común de la jubilación activa son útiles para nuestro propósito, como no lo son los ingresos indiscriminados en las obsoletas residencias de ancianos que funcionan bajo un régimen de enclaustramiento e inactividad. Deberíamos elaborar una lista de todas aquellas actividades que pueden realizar los jubilados a fin de tener prevista la acomodación del mayor número posible de ellos. Esto debiera constituirse en una industria encargada del cuidado de la longevidad, del mantenimiento de las capacidades cerebrales y aprovechamiento de sus utilidades.

Cuando este incentivo final no existe y la actividad directora cerebral decae por aislamiento, las señales neuronales de mantenimiento se agotan hasta  cesar, la labor del tejido conjuntivo es una labor en vacío, los niveles de inflamación se elevan solicitando una reparación inviable y su manifestación externa es la depresión en sus niveles más altos de tristeza, desconsuelo, melancolía, amargura y nostalgia. El abandono o el sentirse abandonado, apartado de toda actividad familiar y social, constituyen el último paso desencadenante de una muerte de pena por inanición.   

Este proceso devastador puede desencadenarse en cualquier momento de la vida según  las respuestas cerebrales a tenor de las agresiones recibidas o de los disgustos sufridos. Los grandes fracasos o grandes desgracias pueden desencadenar la cadena de ausencias que nos lleven a la debilidad y al desfallecimiento.

Vivimos por nuestro cerebro, el órgano más perfecto y evolucionado que poseemos, y debemos cuidarlo para que nos proporcione todo el partido posible. De jóvenes con alegría y entusiasmo, y de mayores con atención y cariño.

 

                                                                    Jesús Lobillo Ríos

                                               Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

                                                        “benaltertulias.blogspot.com”

 

Bibliografía.-

Ayala, F J. “¿De dónde vengo? ¿Quién soy? ¿A dónde voy?” Alianza Editorial 2015

Swaab D. “Somos nuestro cerebro” Plataforma editorial 2010

Montalcini R. L.  “El as en la manga”  Crítica 1999


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