EL MAL DE OJO
La lucha contra la enfermedad se
inicia desde el primer instante de la vida del hombre en donde su falta de
conocimientos propicia las creencias en todo tipo de signos sobrenaturales como
causa de las enfermedades o posesiones demoníacas que venía a ser lo mismo. El
hechicero es médico, sacerdote y mago, y su labor consistía, con ayuda de la
magia y la superstición, en expulsar a los demonios o enfermedades del cuerpo
humano, lo que determina que lo primero que hay que hacer es identificar al
demonio en cuestión, es decir, practicar el arte de la adivinación para lo que
existía una amplia gama de métodos.
Las posesiones o enfermedades se
apropiaban del individuo en razón de las faltas cometidas, bien como un castigo
por acción directa de su dios protector, o por abandono de esta protección que
permitía la acción demoníaca, o bien por la magia negra que podía ser utilizada
por otras personas capacitadas para ello, como sería el caso del “mal de ojo”.
El mal de ojo se define como
“aojar” o efecto que produce una mirada sobre otra persona con ojos llenos de
envidia o malas intenciones, que de alguna manera, imposible de demostrar, se
anclan en el interior de la víctima produciéndole todo tipo de enfermedades
reales. Los poseedores de esta capacidad eran personajes considerados como
“gafes” o “cenizos” pero normalmente desconocidos, lo que le daba todo el valor
a la prevención que consistía, a priori, en hurtar el cuerpo a las miradas de
los demás y, por si acaso, a todo lo exterior.
En el evangelio de Mateo se compara
al ojo humano con la “lámpara del cuerpo”, de forma que si éste, está sano,
claro o puro, el cuerpo estará lleno de luz, y en caso contrario estará lleno
de oscuridad porque, como afirma el propio Jesús en el evangelio de Marcos, lo
que contamina o mancha al hombre es lo que sale de dentro de sí mismo en forma
de malas intenciones, porque no hay nada exterior que pueda contaminar al
hombre, algo ya mencionado en “El libro de los Proverbios”, atribuido al rey
Salomón, escrito casi mil años antes de la era cristiana.
Con arreglo a estas ideas, las
primeras medidas defensivas contra este mal, se manifestaron en las pinturas observadas
en todas las cuevas estudiadas, donde se representa una mano abierta que clama
detención, que pasó a la mitología cananea como “la mano de Baal”, un dios absoluto
que luego reencontramos como “la mano de Fátima” en la cultura musulmana. Estas
medidas representativas no eran suficientes por lo que aún muchos pueblos
envuelven completamente al recién nacido para aislarlo de la influencia
exterior. Más práctico y más funcional aún, fue llevar incorporada o puesta la
protección, lo que dio lugar a la proliferación de todo tipo de amuletos,
colgantes, dijes, escapularios, anillos, pulseras, cruces y adornos en general.
Otros signos defensivos fueron “la higa” (cerrar el puño sacando el pulgar
entre los dedos índice y medio), cruzar los dedos, etc.
Desde antes de la época cristiana
Aristóteles sienta las bases de la ciencia moderna que empieza a considerar que
somos forma y conciencia, dándole a ésta última una gran preeminencia. Su
influencia sobre la filosofía árabe es
grande. Avicena, nombre latinizado de Ibn Siná, (Abu Ali al Husayn Abd Alla ibn
Siná), médico, filósofo, astrónomo y científico persa (980-1037), fue la
principal autoridad que, durante el medievo, sostenía que el alma humana podía
afectar a otros cuerpos por medio de la mirada y la imaginación sin el concurso
hasta ahora imprescindible de la astrología. Y no fue el único porque Ibn
Jaldún (Abu Sayd Abdur Rhaman bin Muhammad bin Khaldun Al Hadrami) famoso
historiador, geógrafo, sociólogo, economista, de origen andalusí (1332-1406),
no solamente escribió el tratado de filosofía de la historia más estimado de su
tiempo, también mantuvo que “los efectos producidos por el mal de ojo proceden
del alma de individuos dotados para esta facultad, que al ver un objeto o
calidad que le gusta desarrolla una admiración incontrolada que le origina
sentimientos de envidia y deseo tan fuertes que son independientes de su
voluntad y capaces de producir este mal”.
En España, los diversos
tratamientos para atajar “el mal de ojo” recurrieron a la cábala y a la
astrología que cultivaba en Toledo, desde el siglo XIII, el rabino Aser ben
Yehiel (1250-1327) a donde había llegado huyendo de la persecución alemana, y
en donde desarrolló las principales disciplinas esotéricas de la Mishná
(conjunto de tradiciones judías), seguido por su discípulo Isaac ben Joseph ben
Israel.
En el reino de Aragón, otros
cabalistas gozaron así mismo de la protección del rey Martin el Humano que
gobernó de 1384 a 1438 tolerando y alentando la existencia en Barcelona de un
círculo de cabalistas bizantinos dirigidos por el maestro Husday Crescas
(1340-1411) y su discípulo Zaraya Halevi que trataban este mal mediante salmos
específicos escritos sobre pergamino que introducían en filacterias o tefilín,
pequeños recipientes de cuero negro que colgaban como amuletos alrededor del cuello
del afectado.
El primer autor español que
escribió con seriedad sobre el “aojamiento” fue Enrique de Villena (1384-1438) que
vivió, así mismo, en Aragón bajo el reinado de Martin el Humano, los primeros 28
años de su vida, en los que mantuvo
contacto con estos cabalistas catalanes de cuyas enseñanzas empezó a componer
su experiencia que tituló “Tratado de la Fascinación” que iba a constar de 90
capítulos que quedaron interrumpidos a la entrada en el reino de Aragón de los
Trastamara castellanos por el Compromiso de Caspe (1412), quedando reducido a
una carta de once páginas dirigida a su criado y amigo Juan Fernández Válera.
En su carta, Villena afirma que
los médicos cristianos no curan el aojamiento porque desechan la enfermedad
como cosas de mujeres, y que quienes conocen bien el tema son los médicos
judíos que dominan la cábala por la antigüedad de su lengua y que se lo
transmitieron a él. Estas prácticas estaban
prohibidas a los cristianos.
Entre 1413 y 1414 tuvo lugar la
“Disputa de Tortosa” un debate interreligioso promovido por el antipapa
Benedicto XIII o Papa Luna, en el que se defendió que la práctica de la cábala
era necesaria para curar a estos enfermos, pero desligándola del valor de las
palabras y los salmos utilizados, con lo que, unido a la legislación que penaba
sus prácticas, terminó por alejar la cábala y los salmos de este menester
terapéutico.
Evolutivamente la
tradicional vinculación sagrada del
quehacer médico fue absorbiendo el oscurantismo que iba quedando en el
tratamiento habitual de estos pacientes, y así como de la brujería se fue
pasando a la farmacopea, la fitoterapia o herbalismo, la naturopatía,
homeopatía, acupuntura, hipnotismo, fisioterapia y la Ciencia Cristiana, fueron
asimilados por la Ciencia Médica como ramas o elementos terapéuticos auxiliares
pero valiosos.
No obstante la tradicional carga
religiosa de culpabilización que posee todo aquello que sale mal en el
ejercicio médico, pese a nuestros esfuerzos, nos hace volver siempre la mirada
a las ancestrales protecciones añoradas contra males desconocidos. Es el caso
de los colores, pues el color azul y verde protege tradicionalmente del mal de
ojo, y el rojo estimula el ritmo cardiaco, la presión arterial y la actividad
neuronal, razón por la que, en pleno siglo XXI, aquellos desesperados
intensivistas neoyorquinos pintaron de color rojo todas las paredes de la
Unidad de Cuidados Intensivos en la que trabajaban, en un desesperado intento
de evitar el exceso estacional de defunciones.
Jesús Lobillo
Ríos
Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
Bibliografía
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