domingo, 7 de junio de 2026

La plasticidad cerebral

                                                              LA  PLASTICIDAD  CEREBRAL

Podemos afirmar que el ser humano es el único ser vivo que nace incompleto y cuya maduración tarda años en llegar a un término que realmente nunca se alcanza, y esto es especialmente cierto, en lo que se refiere a la capacidad cerebral cuyas aptitudes se desarrollan durante todo nuestro ciclo vital gracias a la neuroplasticidad.

La neuroplasticidad es la capacidad de nuestro cerebro para modificar su estructura y funcionamiento que son la base del aprendizaje, de la experiencia adquirida, de la adaptación al entorno o la posibilidad de recuperarse de una lesión. Esta capacidad se mantiene en la adultez y en la vejez, lo que convierte el estilo de vida en un factor decisivo para conservar la salud cognitiva. Mantenerse activo intelectual, social y físicamente cultivando nuestra neuroplasticidad, puede retrasar el deterioro asociado al envejecimiento  y mejorar la calidad de vida.

Podemos denominar a esta característica como una “neuroplasticidad estructural” que se refiere a la capacidad de cambios en la estructura física cerebral, es decir, a la formación de nuevas neuronas y nuevos enlaces neuronales que contribuyen a su crecimiento y que son básicos para entender el desarrollo del aprendizaje, la mejora de la memoria y la formación de la experiencia, especialmente importantes en la niñez como etapa de formación pero que persisten en la edad adulta e incluso en la vejez.

Unida a esta propiedad existe una “neuroplasticidad funcional” referida a la capacidad de cambios en la forma de comunicarse las células entre ellas mismas, generando nuevas redes neuronales de comunicación, información e intercambio, y estableciendo prioridades de conexión que facilitan el almacenamiento de conocimientos y su utilización oportunas para permitir la posibilidad de obtener nuevas habilidades basadas en las competencias adquiridas de aprendizaje y memoria.

Estas nuevas conexiones se fortalecen mientras más se utilizan, y languidecen si no tienen uso, de forma, que existe un proceso continuo de formación o “neurogénesis sináptica” y otro de poda sináptica encargado de eliminar lo sobrante, lo que se llama una “neuroplasticidad negativa”, que contribuye a hacer el cerebro más eficaz. En consecuencia,  nuestro cerebro está en continuo funcionamiento, es decir, tiene la capacidad de recuperarse, reestructurarse y adaptarse a nuevas situaciones, es lo que ocurre en los comprobados casos de lesiones locales en los que las células cerebrales vecinas pueden asumir las funciones de las células dañadas, lo que se conoce como “neuroplasticidad compensatoria” que se aleja de las teorías de la localización.

En el año 1861 Pierre Paul Broca (1824-1880), médico, anatomista y antropólogo francés, localizó el leguaje humano en la zona frontal izquierda del cerebro, y trece años más tarde Carl Wernicke (1848-1905), neurólogo y psiquiatra alemán, asienta la teoría localizacionista aumentando su extensión. Pero en 1888 Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) establece que la estructura cerebral no es un continuum, sino que está compuesta de células interconectadas mediante uniones especializadas o sinapsis que, de ser consideradas rígidas e inmodificables, pasaron a ser dinámicas y adaptables, estimando que la respuesta neuronal al estímulo exterior no está programada y que requiere el concurso de proteínas y de procesos biomoleculares y químicos que asientan en estas sinapsis conectoras. La neuroplasticidad es un proceso continuo de remodelación fisiológica que dura todo nuestro ciclo vital, y que, aunque sea más intenso en la niñez y en la infancia, no decae en la edad adulta ni en la vejez, siempre que sepamos estimularlo.

Esta posibilidad de estimulación se encuentra en la base de la rehabilitación médica que atiende a estas pérdidas de capacidad sean del origen que sean, traumáticas, vasculares (derrames), o simple deterioro, tratando de poner en marcha nuevas vías neuronales y nuevas sinapsis mediante la estimulación repetitiva y continua de funciones elementales. En primer lugar cuidando la administración de una dieta sana e incrementando la actividad física a través de la práctica de ejercicios aeróbicos (bailar, nadar, caminar).

En segundo lugar tratando de estimular las actividades propias, puramente cognitivas (manteniendo el aprendizaje continuo de actividades renovadas o nuevas), de la memoria (repaso de tareas antiguas y programación de otras), de la capacidad de síntesis incrementando la lectura razonada y comprensiva, desarrollando la afición a la escritura, la pintura y la música, bien sea tocando algún instrumento o sencillamente captando e interpretando los sones musicales, es decir, profundizando en la meditación y en la contemplación interior.

Todas estas actividades, que forman un estilo de vida, tienen influencia sobre nuestra “plasticidad neuronal” contribuyendo a una redefinición del envejecimiento aprovechando la capacidad de desarrollo cerebral, que no cesa en la vejez, que continua la creación de nuevas vías neuronales (neurogénesis) y nuevas conexiones sinápticas (sinaptogénesis), que nos ayudarán, en todo caso, a mantener nuestro cerebro en las mejores condiciones posibles evitando el deterioro que se produce por su falta de uso que en definitiva es lo que nos lleva a su atrofia y a la auténtica senilidad.

                                                                        Jesús Lobillo Ríos

                                            Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

                                                            “benaltertulias.blogspot.com”  

 

 

Bibliografía

Rubia F: “La plasticidad cerebral”. Sesión Ordinaria R.A.N.M. 2026

Dotta M, Buzzi A. “Carl Wernicke”. Fundación Ciencias Médicas de Rosario. 2023

Piqueras Bravo M. “Neuroplasticidad, qué es y cómo funciona” Sanitas 2026.

Lindeman y col. “Tratado de Rehabilitación”. Labor 1975.

Swaab D. “Somos nuestro cerebro”. Plataforma Editorial 2014.