MENTIRAS
Miedo,
mentira y culpa son las tres fuerzas principales que gestionan
el mundo y organizan la vida de
la gente. Siempre ha sido así.
Jesús G. Maestro,
Una filosofía para sobrevivir en el
siglo XXI, 2025.
Ápate, hija de la Noche, impera, domina, manda.
Ápate feliz en los tiempos globales, navega por ríos de tinta de periódicos y
revistas, vuela por ondas electromagnéticas, se escabulle por fibras ópticas
bajo inmensos océanos, doblega a los ceros y unos de un mundo dataísta. Ápate,
expulsada de la caja de Pandora, dichosa con su cohorte mayor de posverdad, new
fakes, difamaciones, engaños, infamias, bulos; contenta con sus acólitos menores
de chisme, cotilleo, chismorreo, embuste, mentirijilla, que mira por donde,
estos segundones, hasta saludables se tornan en determinadas dosis y contextos.
Aunque si hemos de recordar a María Trinidad Cotilla, la tía Cotilla, supera
con creces a sus compañeros de segunda fila. Esta mujer chismosa e indiscreta,
entre otras viles actividades, delataba a los liberales opositores del
absolutista rey Fernando VII (1784-1833). Su mala
lengua y sus peores acciones hicieron estragos allá por el siglo
XIX. La prensa y la literatura lograron que el apellido Cotilla se transmutara
en el adjetivo cotilla, vocablo aparentemente dicharachero y puñetero, no sólo
en tiempos del rey felón y finales del XIX, sino ahora, cortesano de los
mentideros analógicos y digitales.
No te creas nada; yo nunca miento; no levantarás falsos
testimonios ni mentirás; mentira piadosa; ¿por qué no te callas?; mentidero;
nada es verdad ni mentira, todo es según el cristal con que se mira; mientes
como un bellaco; la mentira no es lo contrario de la verdad; noticias falsas;
bulos; los vivos todos los días mienten; “la verdad de las mentiras”; ¡vaya
trola!; sin la mentira la supervivencia es imposible; falta de credibilidad;
mentir sale rentable; yo siempre digo la verdad; si miento a todos, dimito
(mentira, no dimite nadie); yo a ti jamás te mentiría; “sin mentir, no decir todas las
verdades”, aconsejaba Baltasar Gracián (1601-1658); posverdad…(Sigan
ustedes…).
Al igual que se elige Miss Universo, se asigna un
día mundial a la obesidad, la fraternidad humana o las legumbres, algunas
instituciones eligen la palabra del año. Para la Fundación del Español Urgente
(FundéuRAE) los términos elegidos del periodo 2020/2025 fueron: confinamiento, vacuna, Inteligencia Artificial, polarización,
dana, arancel. Todas dibujan un mundo inquietante. Para el
diccionario Oxford la palabra del año en 2017 fue posverdad.
Y es que se ha instalado la posverdad, vocablo de moda y verdad
verdadera, en todos lados. Campea por doquier, como Pedro por su casa.
Enseñorea su pos y su verdad en múltiples artículos, ensayos, noticieros y
titulares. Se caracteriza la posverdad por no considerar los hechos objetivos a
la hora de tomar postura o entender. Prevalecen las creencias personales o las
propias emociones, sobre la objetividad y evidencia demostradas. Cuando se
defiende una creencia determinada pese a que la realidad
demuestra lo contrario, mal vamos, pues todo vale. Si nada es cierto ni nada es
falso, si la ciencia no nos vale, el delirio colectivo es
lo que nos queda.
Mentir constituía una acción de supervivencia para
el pícaro Lázaro de Tormes. El problema surgía si se percataban del engaño,
como le sucedió con el amo ciego. Pues en sus fortunas y adversidades no se
trataba de ser o no ser, mentir o no mentir. Se trataba de un básico dilema:
comer o no comer. Si miento, apaciguo el hambre. Miento, luego vivo. Ocurrió
cuando el ciego notó que Lázaro bebía su vino por el agujero que el rapaz había
hecho en la base del jarrillo usado para tal menester y que tapaba con cera. Al
calor de la lumbre, sentado Lázaro entre las piernas del amo, la cera se
derretía y el líquido deseado iba directo a la boca del pícaro. Cuando el ciego
reparó en el engaño, levantó el jarro y con todas sus fuerzas lo estampó en la
cara del lazarillo: “Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido,
y el jarrazo tan grande, que los pedazos dél se me metieron por la cara,
rompiéndomelas por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta
hoy día me quedé”. Y esto puede acontecer cuando te pillan en la mentira a
pequeña escala.
Otras mentiras, sin embargo, se construyen a
gran escala. Porque hay mentiras que se diseñan y venden, cual urbanización de
lujo con vistas al mar, o se ocultan en una profunda gruta por tiempo
indefinido. Sólo hay que reparar en la lucha de dominio y poder de
organizaciones o Estados, arbitrando el procedimiento de bandera falsa: desde
la piratería, que usaba banderas de otros países, pasando por la masacre de
Katin, en la Polonia de 1940, donde miles de ciudadanos polacos fueron
fusilados por la policía secreta soviética, pero cuya ejecución fue atribuida
al régimen nazi, hasta los terribles ataques terroristas perpetrados por
servicios secretos e implicación de la CIA para evitar el desarrollo de las
izquierdas en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, atentados contra miles de
inocentes por la denominada Operación Gladio.
Personajes de la “Historia de todos los humanos no
escrita ni grabada ni registrada”, que no vas a encontrar ni en comunitaria
Wikipedia, ni en sabelotoda IA, ni en ensayo histórico o novela, que yo sepa,
son los barberos Francisco Palacios y Cristóbal de igual apellido, padre e
hijo, apodados “Pirulo”, tanto uno como el otro, pues el segundo heredó oficio
y mote. Francisco ejerció también de dentista y gustó de la
música, especializándose en el toque de bandurria. En la barbería de
Pirulo, sita en su última sede en calle Chozuela de la Villa Condal de Teba,
chismorrear y cotillear constituían un arte, un aliciente para la lengua y una
garantía de salud de los lugareños. O sea, al contrario de las prácticas de
doña Trinidad Cotilla, el cotilleo piruliano, mientras esperabas en la barbería
o mientras te cortaban el cabello, sólo delataba beneficios sociales.
Los instrumentos propios del
oficio de barbero en aquella época, segunda mitad del siglo XX, consistía en un
quinteto de tijeras, un cuarteto de peines, un dúo de navajas barberas, ¡cuánto
poder sobre la vida y la muerte del cliente!, un lápiz cortasangre de gran
efecto coagulador, el suavizador de cuero para las navajas, dos máquinas de
“pelar” –así las denomina Cristóbal-, una manual de ritmos diversos y tonos
graves, otra electrónica, monótona y con un ritmo regular exasperante, una
bandeja repleta de recortes de periódicos, “toallitas informativas”, una barra
de jabón de afeitar, el termo con el agua destinada a la tacilla jabonera, un
espejo de mano y artilugios de este arte como los pulverizadores de agua,
colonia y de polvos de talco, rematadores y teloneros de la faena.
Para los infantes acudir al
establecimiento de Pirulo era sinónimo de visita a la Inquisición. Cristóbal y
su padre se convertían en crueles y despiadados Torquemadas, con grandes manos
transformadas en instrumentos cantarines de tortura. Un cajón de madera sobre
el asiento hacía de patíbulo. El babero celeste te identificaba y señalaba tu
delicada situación personal de condenado. Ni modas pasajeras, ni cortes
sofisticados de la modernidad invadieron una forma de hacer casi centenaria. Había
una constante: los estilos se reducían
al “pelao de rayas a lo Manolito”, al “pelao a lo Jaime”, es decir, al
cepillo y, por último, al “pelao a cero o a rape”. Por otro lado, el “pelao”
podía hacerse a tijera o a máquina, siendo de gran efectividad el “pelao a
tijera y peine”, que no a navaja. Al salir de la barbería, un gélido airecito
te recorría el cogote y un nuevo temor te embargaba: las previsibles risas,
burlas y mofas de tus conocidos cuando descubriesen la operación barberil a la
que te habías sometido en contra de tu voluntad. Era inevitable. La crueldad
siempre acechando a la vuelta de la esquina.
Y tras la intrahistoria de estos caballeros del
adecentamiento de cabelleras, pasemos a otro barbero, archiconocido por la IA,
la Wikipedia y por miles de documentos analógicos y digitales: Fígaro, factótum
de la ciudad de Sevilla, polifacético, embaucador, astuto, alcahuete,
conseguidor, aparte de maestro de las tijeras. En la ópera “El barbero de
Sevilla”, de Gioachino Rossini (1792-1868) encontramos una de las arias más logradas
en torno a la difamación y a las
malas artes para destruir la reputación de una persona. El profesor
de música don Basilio, al servicio de don Bartolo, médico y tutor de Rosina,
canta el aria “La calunnia e un venticello” para desprestigiar al conde de
Almaviva, enamorado de Rosina. Bartolo pretende, a pesar de la diferencia de
edad, convertir en su esposa a Rosina. Finalmente, por los ardides de Fígaro,
el conde y la propia Rosina, su deseo no se cumple. No obstante, intentó
desacreditar al conde con la hermosa aria de marras cantada por don Basilio:
“La calumnia es un vientecillo,/es un aura muy gentil,/que insensible,
sutil,/con ligereza, suavemente,/empieza,/empieza a murmurar./Poco a poco, a
ras de suelo,/en voz baja, sibilando/va corriendo, va zumbando,/va corriendo,
va zumbando;/y en el oído de la gente/se introduce/se introduce hábilmente/y a
las cabezas y cerebros,/y a las cabezas y cerebros/ aturde, aturde e hincha…”.
Robert Lloyd, bajo inglés, la canta aquí: https://youtu.be/3Vj0okVPRh4?si=NqBeQA1S-ZaSBpxU . No sigas
leyendo sin detenerte a ver y escuchar, a ser posible reclinado en chaise longe, los sublimes cuatro minutos del
vídeo, pues no es recomendable ni saludable ni estimable ni provechoso eludir
esta amable advertencia.
El tratado anterior en versos sobre la calumnia y el
panorama descrito en párrafos precedentes, nos pueden llevar a la confusión, la
incertidumbre y el delirio, hasta tal punto que confundimos todo, empezando por
la ficción. Realidad y ficción se confunden, se solapan. Ponemos también en el
mismo saco la ficción y la mentira. Y aquí no hay quien se entienda. La ficción
es alimento del animal narrativo que somos. Ficción, que deriva de fingere, en la lengua latina, no significa engañar
ni fingir. El término era usado por los artesanos en su acepción de tallar o
modelar para dar forma a una figura de mármol
o a un botijo de barro. En consecuencia, damos forma y volumen a la realidad
con la racionalidad de la imaginación, gracias a la ficción. Constituye la ficción
otra forma de conocer, no tan conceptual posiblemente, pero sí desde una
dimensión más humana y ética, que nos exige cuestionar cuanto nos rodea y
acontece. Cuando el escritor peruano Mario Vargas Llosa (1936-2025) plantea “la
verdad de las mentiras” está avisando de que las ficciones de las novelas
completan la experiencia y el conocimiento de la vida real.
“La mentira se caracteriza por la intención de
engañar y manipular por medio de una afirmación de cuya falsedad está
convencido el transmisor del mensaje; el engaño puede ir dirigido a otros o a
uno mismo…”. Esto dice Alicja
Cescinska en su pequeño ensaño Hijos
de Ápate. Breve filosofía de la verdad, la posverdad y la mentira, 2023.
Esta autora clarifica y da relevancia a la “veracidad”. No basta con querer la
verdad, sino que es más importante la veracidad, por cuanto es la cualidad que
define la intención del que habla. Para ello se necesita la sinceridad con los
demás y con nosotros mismos, así como la confianza mutua. Y todo ha de verse
reforzado por una actitud personal de autenticidad, es decir, de cultivo de
nuestro autoconocimiento y autorrealización, con honestidad hacia los demás y
hacia nosotros. La autorreflexión crítica, la duda, el no engañarnos a nosotros
mismos, la postura y calidad ética de la persona, el aspirar a encontrar la
verdad, contribuirán a que la mentira no se adueñe de la conversación pública y
privada, ni del debate político y social.
Visto lo visto, ante decir y usar una mentira o una
verdad siempre está la intención. Si es para dañar, zaherir, embaucar y joder
al otro al expresarlas, deleznables son ambas. Nobles intenciones y dosis
adecuadas de unas y otras salvaguardan el orden amistoso y comunitario. La
confianza se resquebraja por procesos de atomización, que llevan aparejados un
exacerbado individualismo del animal humano, residente en su mayoría en
megaciudades y abrazado al imperio de la mediación tecnológica para casi todo.
Pero somos animales políticos. La confianza es la clave del arco relacional,
político y social. Y esto, tamizado de nobleza, cultura y ética, debiera
equilibrar y mantener una vida vivible dignamente en comunidad.
José García Guerrero.
Maestro
El
Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogsppot.com”
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