ARIADNA SIN OVILLO
Ariadna está en la playa.
Sentada en la arena, descalza. Cubierta por un
vestido blanco, ligero, leve como la brisa. La luz, intensa y mediterránea, no
impide mirar al horizonte. Los ojos, perdidos en la distancia, otean el pasado:
Creta, los palacios, los jardines laberínticos, el circo; los danzarines y los
toros; finalmente Minos, su padre reinante. Todo queda en la distancia del
tiempo, destruido por una doble fatalidad, ambas inexorables: la tierra que
tiembla sin decir cuándo y el amor que ciega y arrastra.
“Ariadna”. Nuevamente el susurro, el
susurro de un dios inaccesible. Un dios menor que la atrapa en el deseo, que ha
ocupado su cuerpo una, mil, mil un millón, infinitas veces.
Percibe su destino como la invasión constante, violenta,
arrebatadora. Dionisio, el amor-horror,
su inevitable raptor. Atrapada en su encarnación, en su embriaguez;
Dionisio-hombre, trasgresor, carcelero.
Recupera el foco de la mirada y fija, ahora sí, el horizonte, buscando
velas blancas, las velas de la nave de Teseo. Teseo, amor-amor.
Teseo roto, de rostro firme. Teseo, también inaccesible
Dios y hombre en su mirada. El dios que roba y
rasga su cuerpo. El hombre que rompe su alma. El uno cerca, el otro lejos.
Levanta su cuerpo y camina dejando que el rastro de su pisada se borre
por las olas. Sus pisadas, como su pasado: le vio bailar ante el minotauro.
Bailaba como nunca otro lo hizo. Saltaba ante el monstruo y el monstruo gritaba
su impotencia y arremetía contra las paredes del circo. Teseo bailaba, el toro rompía en furias desatadas
y ella, en su trono de princesa, notaba como el corazón volaba hacía el
valiente danzarín. No sabía que era, como ella, hijo de rey. Burlaba al
minotauro, símbolo y marca de un reino en pleno esplendor, dueño de un
Mediterráneo de perfecta épica, su reino; y sin embargo aplaudía la burla del
extranjero sintiendo la fuerza que la arrastraba de la tribuna a las mazmorras
donde encerraban a los bailarines de la muerte.
Y su amor le dio la llave que abriría la destrucción del monstruo sin
saber que la tierra, en perfecta comunión con Teseo, arrasaría con un solo
temblor, toda aquella cultura minoica que dio esplendor a ambas orillas del
legendario mar.
Minotauro y Minos, quedaron sepultados bajo los escombros de una
civilización que jamás volvería a conjugarse como presente. Pero ella amaba al
destructor: Teseo gobernaba su corazón y su nave con la misma habilidad con que
sorteaba al toro.
Como humano, aunque héroe, precisaba del descanso, también sus hombres.
Su pensamiento voló hacía aquella mañana en que avistaron
la ensenada de Naxos.
Ahora sabía interpretar aquellas sensaciones que
la avisaban de algún tipo de peligro. Recordaba la extraña mirada de Teseo
cuando le expresó sus dudas ante la oportunidad de la recalada.
Vuelve a escuchar el susurro: “Ariadna”. La voz melosa de quién abrasa su cuerpo. De nuevo las lágrimas, el hervir de la sangre, el rugir doloroso del deseo, de la búsqueda de la satisfacción constante. “Ariadna”
Ahora cierra los ojos, aprieta los puños y siente los brazos fuertes y
aterradores.
Dionisio la arrastra al carro que la lanzará a
las nubes y al vértigo; la dejará caer, una vez más, desde las alturas a una
tierra que la ahoga.
“Teseo, ¿dónde estás? Ya no recuerdo tu voz”. ¿Cómo son tus ojos?”.
¿Aún vives?
¿Dónde tus naves?, ¡Ven y baila ante el dios!, ¡Fascínale con tu danza!, rompe
el embrujo, apaga mi ansiedad, devuélveme a tu barco, a tus velas blancas, a tu
navegar sereno. Llévame a tu reino, ocúltame tras las murallas de Atenas.”
“Si vives, dame la vida”.
La noche acecha la playa. En el horizonte no hay velas, ni blancas, ni negras.
La noche enciende el espacio de música y olores.
Baña de vino la tierra.
Retorna la danza que camina ritualmente hacía el
éxtasis.
“Ariadna”. La voz, ahora pastosa, insiste: “Ariadna”, “Ariadna” ….
Manuel del
Castillo
Miembro del Ateneo Libre
de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
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