LA CIUDADANIA SE DIVORCIA
¡Cómo pasa el tiempo!
Parece que fue ayer cuando la ciudadanía se entregó en brazos de su poderoso
poder. No han faltado en estos años los agasajos, las celebraciones, las
festividades, los aniversarios. Todo ha sido un rosario de alegrías que con el
paso del tiempo han ido mermando hasta quedarse como una mojama, hasta
convertirse en filete seco y casi salobre, que a fuerza de secado
ha perdido su salero. Alguien dijo que “un hombre se divorcia, cuando encuentra
a otra mujer; y una mujer se divorcia, cuando se encuentra a sí misma”. Cuando
la vida se complica, no se puede perder mucho tiempo en buscar culpables y
aventar infidelidades. No podemos decir que el poder se ha entregado a los
brazos rollizos de los mercados y ha olvidado las ternuras que le propiciaba la
ciudadanía, pero sí podemos pensar que se ha instalado, como se ve fácilmente,
al levantar nuestras vistas y nuestras mentes en la cortedelimperio.
Alguien
nos contó que “se daba cuenta de que era utilizada”, pero también era una mujer
de las que aman demasiado. Cuando se ama demasiado se puede entrar en una
espiral casi suicida, una relación casi autista que cada día cobra más
distancia. Estamos a pocos pasos de una gran distancia, sin apenas levantar la
vista, porque se comprende, se da por sabido, que “las cosas son como son”, sin
caer en la cuentadepoderpensar:“hastaquedejandeserlo”.
Conocemos infinidad de hombres “buenos en su trabajo, incluso”, pero que se
creen dueños de todo su salario y disponen de él a su antojo, sin reparar que
han adquirido un compromiso conyugal o familiar. Hay muchísimos casos en que la
mujer se ha tenido que tirar a la calle para fregar suelos, por lo menos, para
poder sacar su casa y su prole adelante. Cuando la mujer recupera su conciencia
y no renuncia a sus obligaciones familiares, empieza a pensar que no tiene que aguantar
mentiras ni penurias.
La ciudadanía ha tomado conciencia, la ciudadanía se ha encontrado consigo
misma y se echa a la calle. Los que siguen con la matriz de súbditos no sienten
que están siendo utilizados ni se percatan de que su querido poder ha
encontrado cómo alegrar su vida, sin reparar en las privaciones a las que
condena a su propia compañera de vida y viaje. Puede haber sucedido que incluso
los súbditos no hayan oído la voz del pueblo que nos dice que “del amo y el
mulo mientras más lejos más seguro”. Tampoco parece que no nos hayamos enterado
de que no se trata de cambiar de amo, sino de que los amos dejen de serlo.
Sobre todo, si se trata de un asalto a voto armado, sobre todo, de mentiras, de
cheques en blanco y de leyesdelembudo.
No sabemos si la historia se repite o si la historia es infinita o si, al
menos, es cíclica. Desde los ya pasados siglos vienen los ecos de aquel “buen
vasallo, si tuviese buen señor”, que ha llegado de boca en boca hasta nuestros
días. Es el boca a boca, quien lleva y trae la información, la noticia, el
dicho o el canto popular, que rueda entre todos y se presta a convocar un corro
de oídos, que están como nuevos, porque no han sido atendidos. Un corro amplio
que ansía que le hablen de sus cosas importantes, donde se escucha más que se
habla, donde se aprende más que se enseña, donde, incluso, se piensa más que se
aplaude.
La ciudadanía puede ser ignorante de muchas cosas, pero no puede consentir por
mucho más tiempo ser ignorada. Por eso la ciudadanía abandona el ordeno y mando
del imperio y se reúne en la plaza, para escuchar y aprender y no para oír
palabras vacías y oscuras, que el poder tilda “de meridiana claridad”, y que se
clonan hasta el infinito. La ciudadanía sale de sus casillas, se encuentra
consigo misma y se resuelve en visible, porque la visibilidad le cura aquella
alergia que le producía el haber sido ignorada.
Si el poder se encastilla, se tira al monte, se camufla en el maquis de los
mercados, será difícil su aproximación al pueblo. Además nadie lo reconocería
por haber estado tanto tiempo alejado de su gente, pues quiso que lo dejaran
solo. Sobre todo, se perderá el vivo murmullo de la plaza al atardecer, a la
hora en que las golondrinas se congregan, en corro, antes de retirarse a
descansar a sus nidos para soñar.
Quizá por todos los derrumbes de derechos, por toda la construcción de
privilegios, por toda la proliferación de corrupciones y por toda la ingeniería
financiera, la ciudadanía está ya que no se quiere casar con nadie. No quiere que le engañen más y por eso, no
quiere promesas de rebaja, sino programas que sepan cubrir las verdaderas
necesidades de la gente, sin rebajas ni componendas frágiles y que les haga
acudir a las urnas, en la única ocasión en que se les concede participar, a
pesar de las leyes tan conservadoras que jalonan la participación ciudadana. No podemos perder
otros cincuenta años.
José María Barrionuevo Gil
El Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
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