domingo, 9 de agosto de 2026

Pinceladas

 

 

 

 

 

 

PINCELADAS

 

Cuando yo era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces: ¨hijo, nunca te vanaglories de tu suerte¨. Por entonces yo tenía dieciséis años, buena figura, ojos verdes. Mi vida era cómoda, pues mi padre, Alberto, era un empresario que había hecho fortuna como tratante de arte. Era alto, ancho de hombros, ojos castaños, mirada penetrante y nariz aguileña. Mi madre, Sofía, por otro lado, era una mujer de una belleza que no dejaba indiferente: melena color castaño, que reposaba a mitad de la espalda, piel atezada, figura estilizada y lo mejor, esos ojos verdes que me hipnotizaban. Conoció a mi padre en una exposición de pintura donde ella presentaba sus cuadros. Cuando mi padre la vio, quedó sujeto para siempre al destino de ella.

 

Nuestra vida discurría plácida, salpicada de viajes. Yo iba creciendo y madurando. Me llenaba de imágenes de otros lugares. Recuerdo un viaje en especial: fue conocer Venecia, sobre todo de noche, cuando sus calles se tornan solitarias, apenas iluminadas por luces mortecinas y donde resuena el eco de los pasos. Desembocar por esas calles estrechas en la plaza de San Marcos, hacía que se me humedecieran los ojos al ver aquel lugar tan silencioso y bello.

 

Comencé a estudiar Bellas Artes en Granada, que era la ciudad donde vivíamos por entonces. Vivíamos en un Carmen en el barrio del Albaicín, también con calles estrechas como Venecia. No tenía canales, pero la visión nocturna de la Alhambra, tan imponente y quieta, desde nuestro patio, era todo un lujo. Mi madre me ayudaba con los cuadros que empecé a pintar. Entraba en mi cuarto, se ponía detrás de mí y me hablaba de colores, de sensaciones, de sentimientos. Me gustaba escucharla, sobre todo su risa, que llenaba la habitación de calidez. Yo quería trasladar al cuadro todo lo que tenía en mi mente y al principio me sentí muy decepcionado, ya que resultaba realmente difícil.

 

En esto, conocí a María, una compañera de mi curso. Me llamó la atención su pelo rojizo, largo y sus grandes ojos castaños. En las prácticas siempre estábamos cerca el uno del otro, por lo que pronto entablamos conversación. Nos ayudábamos en las clases y discutíamos de trazos, colores, perspectivas, que a veces rozaban lo abstracto, lo que hacía que acabáramos riéndonos del sinsentido de algunas cosas. Poco a poco, empezamos una relación, llena de entusiasmo y pasión. Mis padres estaban encantados con María. Venía con frecuencia a nuestra casa y con mis padres hablábamos del fluir de los colores mientras el vino corría por nuestros vasos, con la Alhambra al fondo, sin quitarnos ojo.

 

Pasaron algunos años, y cuando acabamos los estudios decidimos irnos a vivir juntos. Es verdad que mis padres nos ayudaron mucho. Ya ganábamos algo con nuestros cuadros, ya que mi madre, sobre todo, medió para que fuéramos conocidos en el mundillo del arte, lo cual era y es harto difícil. Consiguió que María y yo pudiéramos tener una exposición de nuestras pinturas por lo que nos pusimos a trabajar sin demora para rematar algunos cuadros y crear algunos nuevos.

 

El tiempo iba pasando con la ilusión de ver el trabajo concluido. Un día, me acerqué a la Facultad de Bellas Artes a consultarle algo a un antiguo profesor. Ya me había despedido de él, bajaba las escaleras cuando un conocido me llamó. Giré la cabeza, sin percatarme del siguiente escalón, de tal modo que me vi rodando, escalera abajo, escalera que, por cierto, era bastante larga. Acabé tumbado al final de la misma, medio mareado y con las muñecas deformes, sintiendo un gran dolor. En el hospital me diagnosticaron de fractura de ambas muñecas. Hubo que intervenirlas con placas metálicas. Mi ánimo se ensombreció. Quedaban tres semanas para la exposición. Aún quedaban algunos de mis cuadros por rematar, cuadros que no podría acabar estando de esa guisa. Me dijeron que había de quedarme varios días en el hospital, antes del alta. Al fin regresé a casa, sin ver cómo podía concluir mis cuadros.

 

Me decía María que estaba irritable. No tenía apetito. En mi mente vislumbraba el fracaso de la exposición. Contemplaba mis manos enyesadas y me sentía impotente. Me daban ánimos, pero seguía maldiciendo mi suerte. Ya solo quedaban dos semanas para el evento. Empecé a sentirme mal del estómago, con frecuentes visitas al excusado. En esto, María me dijo que como ella conocía mi estilo al pintar, podría acabar mis cuadros. Sabía que eso era hacer trampas, pero para mí era muy importante exponer. Le dije que adelante, que lo hiciera. Se puso a la tarea, adelantando mucho el trabajo, aunque quedaban retoques finales. Yo, aunque impedido para pintar, le iba indicando cómo concluirlos.

 

Una tarde salimos a despejarnos un poco, hablábamos animadamente sobre los colores de algunos cuadros. Mientras recorríamos una calle del barrio del Realejo, absortos en nuestra conversación, no vimos el obstáculo, esa maciza farola fernandina, que se interpuso en su camino y contra la que María se estampanó, quedando totalmente inconsciente. Un corro de curiosos se empezó a agolpar a nuestro alrededor. Uno de ellos llamó al 112, pues yo, con los yesos, no tenía mucho manejo. La ambulancia llegó al cuarto de hora. Se me hizo interminable el tiempo de espera. Al fin, llegó, quedándose ella ingresada en el hospital, pues no recuperaba el conocimiento. Quedaban solo cinco días.

 

No podía estar el panorama más negro. ¡Faltaba muy poco! ¡El trabajo aún estaba inconcluso! La exposición estaba ya tan cerca, las invitaciones ya cursadas, la galería de arte reservada, que era un gran desbarajuste cancelarla. Mi madre pensaba como solucionar el asunto, pues los cuadros solo necesitaban un toque final. Nos pasábamos muchas horas en el hospital, esperando que despertara María. Mis molestias estomacales volvieron a aparecer. María no acababa de despertar, aunque los médicos nos decían que no había nada grave. Al final, mi madre llegó a la conclusión que lo mejor era que ella misma diera los últimos toques, a lo que accedí, diciéndome a mí mismo que la obra iba a ser un asunto familiar, redimiéndome así de la trampa.

 

Se puso a la tarea, concluyendo los cuadros. Todo empezaba a estar listo, pero María no despertaba. La preocupación iba en aumento, a pesar de que los médicos nos daban esperanzas. No podía conciliar bien el sueño. Las horas pasaban sin ningún cambio. Era exasperante. Pero, como habían dicho los médicos, y cuando solo faltaban dos días para la exposición, despertó totalmente. Yo estaba en mi casa en ese momento cuando me avisaron por teléfono. Salí corriendo, cogí un taxi. Mientras iba hacia el hospital, pensaba en las últimas semanas, en la mala suerte que arrastrábamos. Llegué al hospital en poco tiempo. No tuve paciencia para esperar el ascensor. Subí las escaleras hasta la tercera planta, entré apresuradamente en la habitación, un tanto sofocado, sin percatarme que el suelo estaba húmedo, pues estaba recién fregado. Me resbalé, no pude frenar a tiempo con mis brazos enyesados y fui directo hacia la cama donde estaba María, mirándome fijamente con ojos atónitos. Acabé propinándole un sonoro cabezazo, que la sumió de nuevo en la inconsciencia. ¡No puede ser! ¡No puede ser!, grité. ¡Seguro que alguien nos estaba mirando mal! No podía haber otra explicación, barrunté en mi cabeza. Ahí, estaban mis padres en la habitación, perplejos y asustados. Llamaron corriendo a las enfermeras y médicos. Vinieron al momento, la llevaron a hacerle un TAC urgente, que no mostró ninguna alteración, afortunadamente. Eso sí, un ojo lo tenía a la funerala. La trajeron de vuelta a la habitación. Me senté al lado de la cama y mientras yo estaba mirándola fijamente, abrió los ojos por fin. Me miró y me dijo: what´s the craic? No pude por menos que sonreír. Le gustaba mucho esa expresión irlandesa. Le respondí que todo iba bien y más, ahora que estaba despierta. Cuando solo quedaba un día, le dieron el alta.

 

El día de la exposición amaneció claro, con un cielo celeste y un sol que lo dominaba todo. Aún en el estado en que estábamos, no queríamos perdérnosla. Habíamos soñado mucho con ello. Pensábamos, o queríamos pensar, que ya no nos podía pasar nada más. Y allí fuimos. Contemplarnos delante de todos, explicando nuestras pinturas, creo que debió rozar lo cómico: María con unas grandes gafas de sol y yo con mis dos muñecas enyesadas. La imagen, que dábamos, era verdaderamente todo un cuadro. No obstante, la exposición fue un éxito. Vendimos muchos cuadros y la crítica alabó nuestra pintura, sin saber nadie que era algo así como un compendio familiar. Ese día, por fin, la fortuna nos respetó.

 

Desde aquellos días, nos pasaron muchas cosas, buenas y malas, como a todos, pero al recordar esos días, en concreto, pienso en el consejo de mi padre, en lo cambiante que es la buena suerte, como para darla por merecida.

 

                                                               Francisco Marín Urrutia

                                                Médico, especializado en Rehabilitación

                                                       El Ateneo Libre de Benalmádena

                                                          “benaltertulias.blogspot.com”