LA PLASTICIDAD CEREBRAL
Podemos afirmar que el ser humano
es el único ser vivo que nace incompleto y cuya maduración tarda años en llegar
a un término que realmente nunca se alcanza, y esto es especialmente cierto, en
lo que se refiere a la capacidad cerebral cuyas aptitudes se desarrollan
durante todo nuestro ciclo vital gracias a la neuroplasticidad.
La neuroplasticidad es la
capacidad de nuestro cerebro para modificar su estructura y funcionamiento que
son la base del aprendizaje, de la experiencia adquirida, de la adaptación al
entorno o la posibilidad de recuperarse de una lesión. Esta capacidad se
mantiene en la adultez y en la vejez, lo que convierte el estilo de vida en un
factor decisivo para conservar la salud cognitiva. Mantenerse activo
intelectual, social y físicamente cultivando nuestra neuroplasticidad, puede
retrasar el deterioro asociado al envejecimiento y mejorar la calidad de vida.
Podemos denominar a esta
característica como una “neuroplasticidad estructural” que se refiere a la
capacidad de cambios en la estructura física cerebral, es decir, a la formación
de nuevas neuronas y nuevos enlaces neuronales que contribuyen a su crecimiento
y que son básicos para entender el desarrollo del aprendizaje, la mejora de la
memoria y la formación de la experiencia, especialmente importantes en la niñez
como etapa de formación pero que persisten en la edad adulta e incluso en la
vejez.
Unida a esta propiedad existe una
“neuroplasticidad funcional” referida a la capacidad de cambios en la forma de
comunicarse las células entre ellas mismas, generando nuevas redes neuronales de
comunicación, información e intercambio, y estableciendo prioridades de conexión
que facilitan el almacenamiento de conocimientos y su utilización oportunas para
permitir la posibilidad de obtener nuevas habilidades basadas en las
competencias adquiridas de aprendizaje y memoria.
Estas nuevas conexiones se
fortalecen mientras más se utilizan, y languidecen si no tienen uso, de forma,
que existe un proceso continuo de formación o “neurogénesis sináptica” y otro
de poda sináptica encargado de eliminar lo sobrante, lo que se llama una “neuroplasticidad
negativa”, que contribuye a hacer el cerebro más eficaz. En consecuencia, nuestro cerebro está en continuo
funcionamiento, es decir, tiene la capacidad de recuperarse, reestructurarse y
adaptarse a nuevas situaciones, es lo que ocurre en los comprobados casos de
lesiones locales en los que las células cerebrales vecinas pueden asumir las
funciones de las células dañadas, lo que se conoce como “neuroplasticidad
compensatoria” que se aleja de las teorías de la localización.
En el año 1861 Pierre Paul Broca
(1824-1880), médico, anatomista y antropólogo francés, localizó el leguaje
humano en la zona frontal izquierda del cerebro, y trece años más tarde Carl
Wernicke (1848-1905), neurólogo y psiquiatra alemán, asienta la teoría
localizacionista aumentando su extensión. Pero en 1888 Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
establece que la estructura cerebral no es un continuum, sino que está
compuesta de células interconectadas mediante uniones especializadas o sinapsis
que, de ser consideradas rígidas e inmodificables, pasaron a ser dinámicas y
adaptables, estimando que la respuesta neuronal al estímulo exterior no está
programada y que requiere el concurso de proteínas y de procesos biomoleculares
y químicos que asientan en estas sinapsis conectoras. La neuroplasticidad es un
proceso continuo de remodelación fisiológica que dura todo nuestro ciclo vital,
y que, aunque sea más intenso en la niñez y en la infancia, no decae en la edad
adulta ni en la vejez, siempre que sepamos estimularlo.
Esta posibilidad de estimulación
se encuentra en la base de la rehabilitación médica que atiende a estas pérdidas
de capacidad sean del origen que sean, traumáticas, vasculares (derrames), o
simple deterioro, tratando de poner en marcha nuevas vías neuronales y nuevas
sinapsis mediante la estimulación repetitiva y continua de funciones elementales.
En primer lugar cuidando la administración de una dieta sana e incrementando la
actividad física a través de la práctica de ejercicios aeróbicos (bailar,
nadar, caminar).
En segundo lugar tratando de estimular
las actividades propias, puramente cognitivas (manteniendo el aprendizaje
continuo de actividades renovadas o nuevas), de la memoria (repaso de tareas
antiguas y programación de otras), de la capacidad de síntesis incrementando la
lectura razonada y comprensiva, desarrollando la afición a la escritura, la
pintura y la música, bien sea tocando algún instrumento o sencillamente
captando e interpretando los sones musicales, es decir, profundizando en la
meditación y en la contemplación interior.
Todas estas actividades, que
forman un estilo de vida, tienen influencia sobre nuestra “plasticidad
neuronal” contribuyendo a una redefinición del envejecimiento aprovechando la
capacidad de desarrollo cerebral, que no cesa en la vejez, que continua la
creación de nuevas vías neuronales (neurogénesis) y nuevas conexiones
sinápticas (sinaptogénesis), que nos ayudarán, en todo caso, a mantener nuestro
cerebro en las mejores condiciones posibles evitando el deterioro que se
produce por su falta de uso que en definitiva es lo que nos lleva a su atrofia
y a la auténtica senilidad.
Jesús Lobillo Ríos
Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
Bibliografía
Rubia F: “La plasticidad
cerebral”. Sesión Ordinaria R.A.N.M. 2026
Dotta M, Buzzi A. “Carl
Wernicke”. Fundación Ciencias Médicas de Rosario. 2023
Piqueras Bravo M. “Neuroplasticidad,
qué es y cómo funciona” Sanitas 2026.
Lindeman y col. “Tratado de
Rehabilitación”. Labor 1975.
Swaab D. “Somos nuestro cerebro”.
Plataforma Editorial 2014.
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