EROTISMO
Y TRANSGRESION:
ESCRITORES
DE PRINCIOS DEL SIGLO XX
Es de todos conocido que la censura de
libros, como el de otros medios de difusión de ideas, ha sido un mecanismo muy
eficaz ejercido por los estados para controlar e intervenir en la conformación
de su ciudadanía. En el caso de España, a comienzos del siglo XX, algunos
escritores, aprovechando ingeniosamente el relativo liberalismo de la censura
alfonsina (en especial en lo que concierne al tema del sexo), publicaron lo que
se dio en llamar la «novela verde», un género que se hizo tremendamente popular.
El mismo Alfonso XIII financió, a través del Conde de Romanones, una serie de
películas porno durante los años 20. Se dice que él mismo intervenía en los
guiones y seleccionaba a las actrices. Según leemos en la prensa granadina, por
poner un ejemplo, funcionó el Café del León de la calle Mesones con funciones
eróticas-prostitución (en su «salón verde»), según solía denunciar la prensa
conservadora. Por otra parte, si bien aquellas damas «demi- mondaines», por
decirlo suavemente, desaparecieron, según algunos autores, como Gabriel Pozo
Felguera[1], volvieron
a aparecer, con permiso gubernativo o autorización tácita, en los años
cincuenta, en el periodo más duro de la dictadura. Según este autor, «el
régimen franquista fue bastante permisivo con el erotismo comedido y la
prostitución como método de contribuir a la ´paz social´. Siempre que no
llamaran mucho la atención».
El contexto, la
coyuntura histórica de los «Felices años 20», tras el fin de la Gran Guerra,
había puesto en entredicho los viejos valores, a la vez que las fuerzas
conservadoras reaccionaban ante esos cambios que no estaban dispuestos a
aceptar. En esta coyuntura el mundo editorial vivió una de sus épocas doradas:
revistas, semanarios ilustrados y colecciones que abundaban en lo sicalíptico,
se convertirán por ello en reflejo de este choque de ideas.
Durante las décadas de
los años veinte y treinta, hasta la derrota de la República, emergen y destacan
escritores, en cierta medida herederos del naturalismo de Jacinto Octavio Picón
(Dulce y sabrosa, 1891); José Ortega Munilla (Cleopatra Pérez,
1884) o, ya entrado en el siglo XX, las publicaciones del médico extremeño
Felipe Trigo, con títulos aparecidos en colecciones como «El Cuento Semanal».
Entre sus novelas destacamos Las ingenuas (1901), La bruta (1908)
o Jarrapellejos (1914), novela editada varias veces, llevada al cine en
1988 por Antonio Giménez-Rico, en la que se denuncian los males del caciquismo
en la sociedad española de la Restauración. Intervienen en sus principales
papeles: Antonio Ferrándiz, Juan Diego y Aitana Sánchez-Gijón.
Son muchos los escritores
que continúan la saga de los arriba nombrados, aunque solo citaremos algunos de
los más destacados como José (Pepito) Zamora (Princesas de aquelarre,
1915); Antonio de Hoyos y Vinent, con título de marqués, amigo de Emilia Pardo
Bazán y de la famosa bailarina Tórtola Valencia; homosexual y encarcelado por
el franquismo (Bestezuela de amor, Doña Prudencia, mujer ligera,
1923); Rafael Cansinos Asens, emparentado con la famosa actriz Rita Hayworth y
depurado por la dictadura (Ética y estética de los sexos,1921) o,
finalmente, el vanguardista Ramón Gómez de la Serna, compañero de la también
escritora y feminista Carmen de Burgos (Colombine), exiliado también en
Argentina con novelas como La viuda blanca y negra, 1921 o La Quinta
de Palmyra, publicada en 1923, con tema lésbico o La Nardo, 1930,
cuya protagonista es definida por el escritor y crítico Andrés Neuman, como una
«anarquista del amor».
Entre escogido grupo de
escritores destacamos al cartagenero Joaquín Belda Carreras (1883-1935). Belda fue
un novelista y periodista, muy popular en su tiempo. La fama la alcanzó,
veinteañero, con su novela La suegra de Tarquino. Novela de malas
costumbres romanas[2],
publicada en la colección «El Cuento Semanal». Creador también de pequeñas
piezas teatrales: De Pinto viene el amor, o, los dados mal tomados: Ordubre
en dos bandejas, inspirado en cien comedias de nuestro siglo de Oro, y escrito
en verso, o cosa así (1924) y asiduo colaborador de revistas satíricas como
Ja, ja, Flirt, Muchas Gracias o Bromas y Veras, así
como en diarios como Los Lunes de El Imparcial y semanarios y revistas
literarias de la época como Blanco y Negro. Fue escritor exclusivo de «La
novela de Hoy», que dirigía otro de los escritores de lo erótico popular:
Artemio Precioso, muerto en prisión al finalizar la Guerra. Como los
anteriormente citados, Belda cultivó la novela erótica con títulos como El
sultán de Recoletos, novela corta publicada en 1923, El pícaro oficio,
1912 o Aquellos polvos, 1916; si bien su novela más celebrada fue La
Coquito, publicada en 1915 y llevada al cine por Pedro Masó en 1977 con la
actriz argentina Iliana Ross.
Sin embargo, como dice
el refrán, «en el pecado llevó la penitencia», pues si su triunfo fue muy
popular y generoso en lo material, sería injustamente calificado como autor de
segunda o tercera fila y encasillado como autor festivo, por su dedicación al
cuento y a la novela erótica popular, lo cual le perjudicó literariamente, si
bien no faltan críticos, como Manuel Cejador, que lo defienden, por el buen
manejo y vehículo que fue para conocer los usos y manejos de la lengua en el
primer tercio del siglo XX. En muchos de sus relatos no falta su buena ración
de cultismos, latinismos, vulgarismos o localismos como, por ejemplo, la
palabra «Tupi», que encontramos en la novela La Coquito, cuya trama se
localiza en el viejo Madrid, aludiendo a un establecimiento popular situado
entre los barrios de Embajadores y Mesón de Paredes: «con sus veintisiete tupis
que son otros tantos altarcillos de Baco».
La protagonista de la
novela, trasunto de la famosa cantante del cuplé picaresco Consuelo Portela,
más conocida como «la Chelito», la pinta Belda como «reina de la rumba y
emperatriz del cuplé» que trae locos a los parroquianos de este antro sobre
todo cuando ´en los espasmos de la rumba´ enseñaba sus pechos que eran ´como
dos meloncillos´ a medio criar; iguales, prietos, y con un ligero vaivén al
andar, que hacía temblar los botoncillos del vértice, rosados como la calva de
un senador limpio».
En resumen, en el caso
de Joaquín Belda, tomado como ejemplo entre otros escritores de su época y
estilo, hace desfilar en sus novelas toda una serie de tipos singulares y
escenas eróticas en las que subyace la denuncia social, denuncia que llega en
algunos casos a poner en boca de alguno de sus personajes: «el público que
parece una tripulación sublevada», en alusión a la guerra europea entonces en
curso.
Rosa M
Ballesteros García
Vicepresidenta del Ateneo
Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
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