domingo, 30 de agosto de 2026

Sicalípticos

EROTISMO Y TRANSGRESION:

ESCRITORES DE PRINCIOS DEL SIGLO XX

Es de todos conocido que la censura de libros, como el de otros medios de difusión de ideas, ha sido un mecanismo muy eficaz ejercido por los estados para controlar e intervenir en la conformación de su ciudadanía. En el caso de España, a comienzos del siglo XX, algunos escritores, aprovechando ingeniosamente el relativo liberalismo de la censura alfonsina (en especial en lo que concierne al tema del sexo), publicaron lo que se dio en llamar la «novela verde», un género que se hizo tremendamente popular. El mismo Alfonso XIII financió, a través del Conde de Romanones, una serie de películas porno durante los años 20. Se dice que él mismo intervenía en los guiones y seleccionaba a las actrices. Según leemos en la prensa granadina, por poner un ejemplo, funcionó el Café del León de la calle Mesones con funciones eróticas-prostitución (en su «salón verde»), según solía denunciar la prensa conservadora. Por otra parte, si bien aquellas damas «demi- mondaines», por decirlo suavemente, desaparecieron, según algunos autores, como Gabriel Pozo Felguera[1], volvieron a aparecer, con permiso gubernativo o autorización tácita, en los años cincuenta, en el periodo más duro de la dictadura. Según este autor, «el régimen franquista fue bastante permisivo con el erotismo comedido y la prostitución como método de contribuir a la ´paz social´. Siempre que no llamaran mucho la atención».

El contexto, la coyuntura histórica de los «Felices años 20», tras el fin de la Gran Guerra, había puesto en entredicho los viejos valores, a la vez que las fuerzas conservadoras reaccionaban ante esos cambios que no estaban dispuestos a aceptar. En esta coyuntura el mundo editorial vivió una de sus épocas doradas: revistas, semanarios ilustrados y colecciones que abundaban en lo sicalíptico, se convertirán por ello en reflejo de este choque de ideas.

Durante las décadas de los años veinte y treinta, hasta la derrota de la República, emergen y destacan escritores, en cierta medida herederos del naturalismo de Jacinto Octavio Picón (Dulce y sabrosa, 1891); José Ortega Munilla (Cleopatra Pérez, 1884) o, ya entrado en el siglo XX, las publicaciones del médico extremeño Felipe Trigo, con títulos aparecidos en colecciones como «El Cuento Semanal». Entre sus novelas destacamos Las ingenuas (1901), La bruta (1908) o Jarrapellejos (1914), novela editada varias veces, llevada al cine en 1988 por Antonio Giménez-Rico, en la que se denuncian los males del caciquismo en la sociedad española de la Restauración. Intervienen en sus principales papeles: Antonio Ferrándiz, Juan Diego y Aitana Sánchez-Gijón.

Son muchos los escritores que continúan la saga de los arriba nombrados, aunque solo citaremos algunos de los más destacados como José (Pepito) Zamora (Princesas de aquelarre, 1915); Antonio de Hoyos y Vinent, con título de marqués, amigo de Emilia Pardo Bazán y de la famosa bailarina Tórtola Valencia; homosexual y encarcelado por el franquismo (Bestezuela de amor, Doña Prudencia, mujer ligera, 1923); Rafael Cansinos Asens, emparentado con la famosa actriz Rita Hayworth y depurado por la dictadura (Ética y estética de los sexos,1921) o, finalmente, el vanguardista Ramón Gómez de la Serna, compañero de la también escritora y feminista Carmen de Burgos (Colombine), exiliado también en Argentina con novelas como La viuda blanca y negra, 1921 o La Quinta de Palmyra, publicada en 1923, con tema lésbico o La Nardo, 1930, cuya protagonista es definida por el escritor y crítico Andrés Neuman, como una «anarquista del amor».

Entre escogido grupo de escritores destacamos al cartagenero Joaquín Belda Carreras (1883-1935). Belda fue un novelista y periodista, muy popular en su tiempo. La fama la alcanzó, veinteañero, con su novela La suegra de Tarquino. Novela de malas costumbres romanas[2], publicada en la colección «El Cuento Semanal». Creador también de pequeñas piezas teatrales: De Pinto viene el amor, o, los dados mal tomados: Ordubre en dos bandejas, inspirado en cien comedias de nuestro siglo de Oro, y escrito en verso, o cosa así (1924) y asiduo colaborador de revistas satíricas como Ja, ja, Flirt, Muchas Gracias o Bromas y Veras, así como en diarios como Los Lunes de El Imparcial y semanarios y revistas literarias de la época como Blanco y Negro. Fue escritor exclusivo de «La novela de Hoy», que dirigía otro de los escritores de lo erótico popular: Artemio Precioso, muerto en prisión al finalizar la Guerra. Como los anteriormente citados, Belda cultivó la novela erótica con títulos como El sultán de Recoletos, novela corta publicada en 1923, El pícaro oficio, 1912 o Aquellos polvos, 1916; si bien su novela más celebrada fue La Coquito, publicada en 1915 y llevada al cine por Pedro Masó en 1977 con la actriz argentina Iliana Ross.

Sin embargo, como dice el refrán, «en el pecado llevó la penitencia», pues si su triunfo fue muy popular y generoso en lo material, sería injustamente calificado como autor de segunda o tercera fila y encasillado como autor festivo, por su dedicación al cuento y a la novela erótica popular, lo cual le perjudicó literariamente, si bien no faltan críticos, como Manuel Cejador, que lo defienden, por el buen manejo y vehículo que fue para conocer los usos y manejos de la lengua en el primer tercio del siglo XX. En muchos de sus relatos no falta su buena ración de cultismos, latinismos, vulgarismos o localismos como, por ejemplo, la palabra «Tupi», que encontramos en la novela La Coquito, cuya trama se localiza en el viejo Madrid, aludiendo a un establecimiento popular situado entre los barrios de Embajadores y Mesón de Paredes: «con sus veintisiete tupis que son otros tantos altarcillos de Baco».

La protagonista de la novela, trasunto de la famosa cantante del cuplé picaresco Consuelo Portela, más conocida como «la Chelito», la pinta Belda como «reina de la rumba y emperatriz del cuplé» que trae locos a los parroquianos de este antro sobre todo cuando ´en los espasmos de la rumba´ enseñaba sus pechos que eran ´como dos meloncillos´ a medio criar; iguales, prietos, y con un ligero vaivén al andar, que hacía temblar los botoncillos del vértice, rosados como la calva de un senador limpio».

En resumen, en el caso de Joaquín Belda, tomado como ejemplo entre otros escritores de su época y estilo, hace desfilar en sus novelas toda una serie de tipos singulares y escenas eróticas en las que subyace la denuncia social, denuncia que llega en algunos casos a poner en boca de alguno de sus personajes: «el público que parece una tripulación sublevada», en alusión a la guerra europea entonces en curso.

 

                                   Rosa M Ballesteros García

                     Vicepresidenta del Ateneo Libre de Benalmádena

                                “benaltertulias.blogspot.com”



[1] El Independiente de Granada (12/5/2024).

[2] El nombre alude a Tarquinio, primer rey de Roma.