ODISEA
A Mary,
único amor de mi vida, por su labor como excelente
Cuidadora, enfermera
y aprendiz de fisioterapia.
En
septiembre de 2017 estuvimos invitados mi mujer y yo a la boda de nuestro sobrino.
Se casaba en un país muy lejano, a unos siete mil kilómetros de distancia desde
Málaga y allá que volamos.
Cuatro
días antes de la boda ocurrió lo siguiente…Yo tengo por costumbre correr una
hora todas las mañanas ya que soy una persona diabética. Aprovechando que nuestra
familia reside a cuatro minutos andando de un maravilloso parque, una mañana
muy soleada, me dispuse a correr. En esa época las hojas de muchos árboles que
inundaban la ciudad mutaban del color amarillo al naranja. Para acceder a dicho
parque, sólo concurrido por las ardillas, tenía que cruzar la avenida del norte
con seis carriles, tres en cada sentido. Eran las siete y media de la mañana y
no había mucho tráfico.
Cruzando el paso de peatones, una vez superado
los tres primeros carriles, me detuve en la mediana central para cruzar los
siguientes. En los dos primeros los automóviles pararon, haciéndome señales de
que podía pasar; en el tercer carril y a una velocidad supersónica fui
atropellado por un monovolumen que me volteó por los aires. El conductor paró y
bajó de su coche sin decir una sola palabra. Caí al asfalto cual saco de
cemento que tiran desde un camión y con suerte de no haber perdido el
conocimiento. Estaba tendido en la calzada, como una alcayata, retorcido de
dolor, cuando una señora que acudió se ofreció a llamar por teléfono a mi familia;
acudieron todos ipso facto. También
acudieron la ambulancia y un coche de la policía. Me rodearon como ocho
testigos oculares del accidente y mi cuñado tomó nota de sus teléfonos.
Una vez que la policía terminó el atestado,
por cierto, comprobé que en la copia que
nos entregaron no figuraba ningún control de velocidad y tampoco de drogas al
conductor: “presuntamente por ser yo extranjero” Incluso anotaron el teléfono de
un solo testigo. La ambulancia me llevó al hospital acompañado por mi mujer y a
la llegada a urgencias, le pidieron a ella la tarjeta de crédito o un seguro
privado para ser atendido. Ella contestó que tarjeta bancaria no tenía pero sí
teníamos un seguro de viaje. En este país en el caso de no tener tarjeta de
crédito o seguro privado, me hubieran remitido a cualquier ONG para ser atendido por la beneficencia. Eso sí exigieron que era
imprescindible para ingresar contratar a un abogado, lo que mi mujer solicitó inmediatamente
a la familia. Tras múltiples resonancias magnéticas, el diagnóstico fue: hombro
izquierdo destrozado imposible de recomponer con el agravante de que varios trozos
de la cabeza del húmero se desplazaron hacia el corazón; fractura de tibia y peroné
de la pierna derecha y fractura de radio a la altura de la muñeca izquierda. La
intervención iba ser de alto riesgo por lo que tuvieron que llamar a un
cirujano ortopédico de renombre, externo al hospital. La operación tuvo lugar
dos días después del ingreso y fui intervenido, mediante la colocación de una
prótesis de titanio, desde el codo hasta el hombro. El mismo día que fui
intervenido un administrador del mismo hospital vino a la habitación en dos
ocasiones para solicitarnos que pidiéramos un préstamo para afrontar futuros
gastos, idea que declinamos pues a nuestro juicio aquello era un hospital y no
un centro comercial. Desde el primer día, con tantos chutes de morfina, me
sentía eufórico, con alucinaciones, pensando incluso que podría ser el aprendiz
de Terminator.
Una vez operado me trasladaron a una
habitación donde mi mujer podía permanecer conmigo día y noche. Desde el primer
día del ingreso cualquier sanitario que entraba en la habitación ya fuesen médicos,
enfermeros o auxiliares, todos preguntaban siempre lo mismo: “¿El conductor del
coche paró?” ante las mismas preguntas, al tercer día pedí a un médico una
explicación y su respuesta fue esta: “ Mire en esta ciudad de más de diez
millones de habitantes, recibimos todos los días personas atropelladas y el noventa
por ciento de los conductores se dan a la fuga, esto es muy común en esta
ciudad”. Transcurrida una semana, un buen día recibimos una llamada en la
habitación, era el abogado contratado y nos comunica lo siguiente: “Mire hemos
tenido muy mala suerte, el conductor del coche que lo ha atropellado, no es un político,
ni es famoso, ni empresario o alto ejecutivo y tampoco es millonario”. Mi mujer
y yo nos quedamos tan perplejos por esta noticia tan surrealista que no supimos
ni qué preguntar. Como datos dignos de mención, en aquel Hospital Privado, por
supuesto de cierta fama en aquel país, aunque disfrutaba de buenas comidas y
todas las atenciones médicas, tengo que admitir que nunca alguien vino a
asearme. Menos mal que estaba mi mujer para ayudarme. Otra pesadilla era que
transcurridos tres días de la intervención, cada tres días entraba en la
habitación una señorita alta, muy bien vestida, con unos documentos en las
manos y nos preguntaba:
— ¿Tienen ustedes algún otro seguro de
accidente o de enfermedad, ya que el seguro de viaje suyo no se hace
responsable del importe final?— Cada tres o cuatro días ella entraba en la
habitación y soltaba estas palabras mágicas. Tanto para mi mujer como para mí
su actuación fue un acoso psicológico en toda regla, ya que carecíamos de la
debida información. Por ejemplo, no sabíamos cuál iba ser la factura final del
hospital y cuáles eran las respuestas de nuestro seguro de viaje. La finalidad
de esta empleada de la administración del hospital era tener la garantía cómo y
quién iba a pagar al final (Sanidad Privada).
A
los quince días me dieron el alta hospitalaria y gracias a tener una familia
pensé: ¡regreso a mi vida anterior! Qué iluso no sabía lo que me esperaba… Tuve
que permanecer en cama, sin moverme, durante cuarenta días. A los pocos días
recibimos por correo el informe final del hospital, constaba de ciento setenta
y dos páginas, (aún lo conservo y las facturas pendientes de abonar). El
importe de la cirugía y hospitalización, incluido las ambulancias, ascendían a
un total de 359.000 euros, al cambio español. Esta noticia fue el detonante
para que mi estado de estrés postraumático fuera agravándose conforme pasaban los
días.
Al cabo de cinco semanas pude sentarme en una silla de ruedas e iba a
necesitar sesiones de fisioterapia para poder aprender a caminar de nuevo,
había perdido catorce kilos, serían cuatro sesiones semanales durante tres semanas.
La compañía de seguros iba a hacerse cargo de las sesiones en una clínica
privada, pero se negaron a cubrir los gastos de transporte desde nuestra casa hasta la clínica y viceversa. El vehículo adaptado
para discapacitados tenía que venir con uno
o dos ayudantes que me pudieran bajar y subir los siete escalones que tenía la
entrada de nuestra casa para salir a la calle. Fue imposible encontrar compañías
de taxis que pudieran prestar dicho servicio, hasta que con la ayuda de la
familia pudimos encontrar una empresa cuyo dueño y empleados eran palestinos.
Ellos cubrirían este servicio con una furgoneta adaptada a mis necesidades. El
coste de cada viaje ida y vuelta sería de doscientos sesenta euros al cambio.
El primer juicio por el accidente
fue el 01 de noviembre de 2017, y varios
días después nos visitó el abogado en casa para informarnos del resultado. Quedamos
perplejos cuando nos comunicó que los abogados de la compañía de seguros del
coche, para evadir todo tipo de indemnización se defendieron admitiendo que fue
un intento de suicidio y pedían la inocencia del conductor. Fue cuando nosotros
incrédulos de lo que estaba diciendo, insistimos en nuestra defensa puesto que
hubo varios testigos y cámaras de seguridad cercanas al lugar. Nos prometió que
iba a recurrir el primer juicio tras pedir las grabaciones de las cámaras ya
que los testigos en verdad declinaban presentarse. Muy indignados con sus
noticias le hicimos las siguientes preguntas: ¿qué pasaría si yo tuviera una
discapacidad futura según pronosticaron los médicos? Nos contestó que yo no tendría derecho a
ninguna indemnización puesto que el conductor es insolvente y la cobertura del
seguro del coche sólo abonaría un máximo de veinte mil euros. Nos dijo: “Vuestro
seguro de viaje aportaría unos quince mil euros y estas cantidades serían para
pagar el hospital, les queda una deuda por saldar de 324.000 euros, en este
país no existe como en Europa un consorcio de seguros que pueda responder
subsidiariamente”. La siguiente pregunta fue: “¿por qué razón en su primera
llamada al hospital nos dijo que no fue alguien importante de poder económico o
social el que conducía?” y entonces nos explicó que si el conductor hubiera
sido persona con un elevado poder económico social o muy conocido públicamente
hubiera resultado muy fácil obtener una buena indemnización, casi sin juicio.
Por último le preguntamos: “¿por qué muchos conductores todos los días se dan a
la fuga?” y su respuesta fue alucinante: “miren, en este país es solamente
obligatorio llevar seguro del vehículo el primer año, después cada individuo es
libre de tener seguro o no tenerlo, es su responsabilidad y su libertad de
hacerlo, por eso diariamente hay tantas fugas”.
Finalizada
las sesiones de fisioterapia los médicos descubren que tengo una neuropatía
severa en el brazo izquierdo y tengo que regresar a mi país en silla de ruedas
y con un brazo izquierdo totalmente paralizado, por fin, mi llegada a Málaga
fue a final de noviembre de 2017.
En
el siglo VIII a.C, Homero escribió la Odisea, unas aventuras épicas, veintinueve
siglos después yo les dejo mi Odisea personal, una aventura traumática y sobre todo
una historia real. Si piensan que esto sucedió en África, en Asia o en
cualquier país del continente suramericano, se equivocan, esto ocurrió en la
Ciudad de Chicago, estado de Illinois, en el país más rico y supuestamente más adelantado
como son los Estados Unidos de Norte América.
Juan Gil Bautista
El Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
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