PINCELADAS
Cuando yo era más joven y más
vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde
entonces: ¨hijo, nunca te vanaglories de tu suerte¨. Por entonces yo tenía
dieciséis años, buena figura, ojos verdes. Mi vida era cómoda, pues mi padre,
Alberto, era un empresario que había hecho fortuna como tratante de arte. Era
alto, ancho de hombros, ojos castaños, mirada penetrante y nariz aguileña. Mi
madre, Sofía, por otro lado, era una mujer de una belleza que no dejaba indiferente:
melena color castaño, que reposaba a mitad de la espalda, piel atezada, figura
estilizada y lo mejor, esos ojos verdes que me hipnotizaban. Conoció a mi padre
en una exposición de pintura donde ella presentaba sus cuadros. Cuando mi padre
la vio, quedó sujeto para siempre al destino de ella.
Nuestra vida discurría plácida,
salpicada de viajes. Yo iba creciendo y madurando. Me llenaba de imágenes de
otros lugares. Recuerdo un viaje en especial: fue conocer Venecia, sobre todo
de noche, cuando sus calles se tornan solitarias, apenas iluminadas por luces
mortecinas y donde resuena el eco de los pasos. Desembocar por esas calles
estrechas en la plaza de San Marcos, hacía que se me humedecieran los ojos al
ver aquel lugar tan silencioso y bello.
Comencé a estudiar Bellas Artes
en Granada, que era la ciudad donde vivíamos por entonces. Vivíamos en un Carmen
en el barrio del Albaicín, también con calles estrechas como Venecia. No tenía
canales, pero la visión nocturna de la Alhambra, tan imponente y quieta, desde
nuestro patio, era todo un lujo. Mi madre me ayudaba con los cuadros que empecé
a pintar. Entraba en mi cuarto, se ponía detrás de mí y me hablaba de colores,
de sensaciones, de sentimientos. Me gustaba escucharla, sobre todo su risa, que
llenaba la habitación de calidez. Yo quería trasladar al cuadro todo lo que
tenía en mi mente y al principio me sentí muy decepcionado, ya que resultaba realmente
difícil.
En esto, conocí a María, una compañera
de mi curso. Me llamó la atención su pelo rojizo, largo y sus grandes ojos
castaños. En las prácticas siempre estábamos cerca el uno del otro, por lo que
pronto entablamos conversación. Nos ayudábamos en las clases y discutíamos de
trazos, colores, perspectivas, que a veces rozaban lo abstracto, lo que hacía
que acabáramos riéndonos del sinsentido de algunas cosas. Poco a poco,
empezamos una relación, llena de entusiasmo y pasión. Mis padres estaban
encantados con María. Venía con frecuencia a nuestra casa y con mis padres
hablábamos del fluir de los colores mientras el vino corría por nuestros vasos,
con la Alhambra al fondo, sin quitarnos ojo.
Pasaron algunos años, y cuando
acabamos los estudios decidimos irnos a vivir juntos. Es verdad que mis padres
nos ayudaron mucho. Ya ganábamos algo con nuestros cuadros, ya que mi madre,
sobre todo, medió para que fuéramos conocidos en el mundillo del arte, lo cual
era y es harto difícil. Consiguió que María y yo pudiéramos tener una
exposición de nuestras pinturas por lo que nos pusimos a trabajar sin demora para
rematar algunos cuadros y crear algunos nuevos.
El tiempo iba pasando con la
ilusión de ver el trabajo concluido. Un día, me acerqué a la Facultad de Bellas
Artes a consultarle algo a un antiguo profesor. Ya me había despedido de él,
bajaba las escaleras cuando un conocido me llamó. Giré la cabeza, sin
percatarme del siguiente escalón, de tal modo que me vi rodando, escalera
abajo, escalera que, por cierto, era bastante larga. Acabé tumbado al final de
la misma, medio mareado y con las muñecas deformes, sintiendo un gran dolor. En
el hospital me diagnosticaron de fractura de ambas muñecas. Hubo que
intervenirlas con placas metálicas. Mi ánimo se ensombreció. Quedaban tres
semanas para la exposición. Aún quedaban algunos de mis cuadros por rematar,
cuadros que no podría acabar estando de esa guisa. Me dijeron que había de
quedarme varios días en el hospital, antes del alta. Al fin regresé a casa, sin
ver cómo podía concluir mis cuadros.
Me decía María que estaba
irritable. No tenía apetito. En mi mente vislumbraba el fracaso de la
exposición. Contemplaba mis manos enyesadas y me sentía impotente. Me daban
ánimos, pero seguía maldiciendo mi suerte. Ya solo quedaban dos semanas para el
evento. Empecé a sentirme mal del estómago, con frecuentes visitas al excusado.
En esto, María me dijo que como ella conocía mi estilo al pintar, podría acabar
mis cuadros. Sabía que eso era hacer trampas, pero para mí era muy importante
exponer. Le dije que adelante, que lo hiciera. Se puso a la tarea, adelantando
mucho el trabajo, aunque quedaban retoques finales. Yo, aunque impedido para
pintar, le iba indicando cómo concluirlos.
Una tarde salimos a despejarnos
un poco, hablábamos animadamente sobre los colores de algunos cuadros. Mientras
recorríamos una calle del barrio del Realejo, absortos en nuestra conversación,
no vimos el obstáculo, esa maciza farola fernandina, que se interpuso en su
camino y contra la que María se estampanó, quedando totalmente inconsciente. Un
corro de curiosos se empezó a agolpar a nuestro alrededor. Uno de ellos llamó
al 112, pues yo, con los yesos, no tenía mucho manejo. La ambulancia llegó al
cuarto de hora. Se me hizo interminable el tiempo de espera. Al fin, llegó,
quedándose ella ingresada en el hospital, pues no recuperaba el conocimiento.
Quedaban solo cinco días.
No podía estar el panorama más
negro. ¡Faltaba muy poco! ¡El trabajo aún estaba inconcluso! La exposición
estaba ya tan cerca, las invitaciones ya cursadas, la galería de arte
reservada, que era un gran desbarajuste cancelarla. Mi madre pensaba como
solucionar el asunto, pues los cuadros solo necesitaban un toque final. Nos
pasábamos muchas horas en el hospital, esperando que despertara María. Mis
molestias estomacales volvieron a aparecer. María no acababa de despertar,
aunque los médicos nos decían que no había nada grave. Al final, mi madre llegó
a la conclusión que lo mejor era que ella misma diera los últimos toques, a lo
que accedí, diciéndome a mí mismo que la obra iba a ser un asunto familiar,
redimiéndome así de la trampa.
Se puso a la tarea, concluyendo
los cuadros. Todo empezaba a estar listo, pero María no despertaba. La
preocupación iba en aumento, a pesar de que los médicos nos daban esperanzas.
No podía conciliar bien el sueño. Las horas pasaban sin ningún cambio. Era exasperante.
Pero, como habían dicho los médicos, y cuando solo faltaban dos días para la
exposición, despertó totalmente. Yo estaba en mi casa en ese momento cuando me
avisaron por teléfono. Salí corriendo, cogí un taxi. Mientras iba hacia el
hospital, pensaba en las últimas semanas, en la mala suerte que arrastrábamos. Llegué
al hospital en poco tiempo. No tuve paciencia para esperar el ascensor. Subí
las escaleras hasta la tercera planta, entré apresuradamente en la habitación,
un tanto sofocado, sin percatarme que el suelo estaba húmedo, pues estaba
recién fregado. Me resbalé, no pude frenar a tiempo con mis brazos enyesados y
fui directo hacia la cama donde estaba María, mirándome fijamente con ojos atónitos.
Acabé propinándole un sonoro cabezazo, que la sumió de nuevo en la
inconsciencia. ¡No puede ser! ¡No puede ser!, grité. ¡Seguro que alguien nos
estaba mirando mal! No podía haber otra explicación, barrunté en mi cabeza. Ahí,
estaban mis padres en la habitación, perplejos y asustados. Llamaron corriendo
a las enfermeras y médicos. Vinieron al momento, la llevaron a hacerle un TAC
urgente, que no mostró ninguna alteración, afortunadamente. Eso sí, un ojo lo
tenía a la funerala. La trajeron de vuelta a la habitación. Me senté al lado de
la cama y mientras yo estaba mirándola fijamente, abrió los ojos por fin. Me
miró y me dijo: what´s the craic? No pude por menos que sonreír. Le gustaba
mucho esa expresión irlandesa. Le respondí que todo iba bien y más, ahora que
estaba despierta. Cuando solo quedaba un día, le dieron el alta.
El día de la exposición amaneció
claro, con un cielo celeste y un sol que lo dominaba todo. Aún en el estado en
que estábamos, no queríamos perdérnosla. Habíamos soñado mucho con ello. Pensábamos,
o queríamos pensar, que ya no nos podía pasar nada más. Y allí fuimos.
Contemplarnos delante de todos, explicando nuestras pinturas, creo que debió
rozar lo cómico: María con unas grandes gafas de sol y yo con mis dos muñecas
enyesadas. La imagen, que dábamos, era verdaderamente todo un cuadro. No
obstante, la exposición fue un éxito. Vendimos muchos cuadros y la crítica
alabó nuestra pintura, sin saber nadie que era algo así como un compendio
familiar. Ese día, por fin, la fortuna nos respetó.
Desde aquellos días, nos pasaron
muchas cosas, buenas y malas, como a todos, pero al recordar esos días, en
concreto, pienso en el consejo de mi padre, en lo cambiante que es la buena
suerte, como para darla por merecida.
Francisco Marín Urrutia
Médico, especializado en Rehabilitación
El Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
No hay comentarios:
Publicar un comentario