CONVERSACIONES
“No erréis; las malas conversaciones
corrompen las buenas costumbres”.
Apóstol Pablo, Corintios 15: 33
¿Tan difícil
es mantener una conversación? Parece que sí. Muy difícil y muy complicado. Si
se tiene siempre a mano y disponible, sobre la mesa, la sofisticada tecnología
de la interrupción, que es el teléfono móvil, más difícil se torna. Si se
quiere llevar la razón a ultranza sobre cualquier tema, sin aceptar
interpelación o discrepancia argumentada, mal va el asunto. Si seis se reúnen
para conversar y hay tres diálogos cruzados, la dificultad de atención a un
asunto central es evidente. Si las tertulias televisivas no son modelos a imitar,
por la manifiesta ausencia de cortesía y de mesura en los discursos, por no
respetar el turno de palabra y, a veces, por la regencia de improperios en la
dinámica de intervenciones, entonces la cosa hierve, no funciona, cansa. La
especialización personal, la aceleración e impaciencia de la vida en pantallas,
la huida de la reflexión pausada, el exceso de contenidos y fuentes, la
fragmentación y dispersión informativa, junto a la ausencia de acervos
culturales orales y escritos comunes o parecidos, entre otras razones,
dificultan enormemente canalizar las conversaciones para que no deriven en una
mera yuxtaposición de posturas, posiciones o argumentos.
No te has
enterado de nada; no se puede hablar contigo; siempre tiene que llevar la razón; a mí no me ofendas; pido la
palabra; dejadme hablar; se ha explicado como un libro abierto; no hay forma de
que callen; ¿quieres escuchar, por favor?; si hablamos todas a la vez, no hay
manera; te repites más que el ajo; no gritéis; ¿por qué no te callas?; y lo que
sabe; no me dejan intervenir; todo no se puede decir; no se habla de política;
tengo la palabra; cuando termine, habla tú lo que quieras; ¡silencio!;
necesitas más tiempo para explicarte mejor; centremos el tema, que nos vamos
por los cerros de Úbeda; ¡lo bien que habla!; no te entiendo; al grano; si
alguien quiere decir algo que hable ahora o calle para siempre; yo, que tú, no
me callaba; en boca cerrada no entran moscas…
Por supuesto
que no entran moscas. Pero si prudente es el silencio, conveniente es hablar
cuando el mensaje es relevante y enriquecedor para el conjunto. El callar
supone menos riesgo, evidentemente. También no hablar puede percibirse como
sabiduría en un conversador limitado o competencia en un ignorante. El abate
Joseph Antoine Toussant Dinouart (1716-1786), eclesiástico mundano que fue
excomulgado por escribir El triunfo del sexo, publicó
en 1771 un recomendable librito titulado El arte de
callar. En este ensayo se lee: “El primer grado de sabiduría es
saber callar; el segundo es saber hablar poco y moderarse en el discurso; el
tercero es saber hablar mucho, sin hablar mal y sin hablar demasiado”. Y añadía
algo que se sabe, pero que poco se practica, pues si se destaca el humano por
ser lince en la teoría, en la praxis la pereza se adueña de él: “Sólo se debe
dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio”.
A veces los
silencios son mal interpretados. Es lo que le aconteció a Pamina, personaje de
la ópera “La flauta mágica” de Mozart (1756-1791). Resulta que Tamino y
Papageno reciben la orden de callar como prueba. A Papageno le cuesta estar en
silencio. Sin embargo, Tamino, disciplinado, calla y cumple el mandato. Pamina,
enamorada de Tamino, interpreta el silencio como acto de desamor y, ante la
ausencia de palabras, canta el aria “Ach, ich fühl’s”: “¡Ay, tengo el
presentimiento/que la dicha de amor/ha desaparecido para siempre!/¡Nunca
volveréis a mi corazón,/horas de delicia./Mira…Tamino querido,/estas lágrimas
corren solo por ti./¡Si no sientes los anhelos del amor,/mi descanso estará en
la muerte!”. Aquí puedes escuchar y ver a la soprano alemana Dorothea Röschman,
interpretando este aria: https://youtu.be/53RwokMkgqk?si=dRqGdf3K3dlFq2QV
Hay falta de
conversación pública y privada. Hay crisis conversacional. Hay escasa calidad
en la conversación, pues no se trata de decir algo para hablar, sino más bien de
hablar para decir algo. Encontrar espacio y tiempo para la conversación con
otros es uno de los mayores placeres de la vida. La conversación de calidad es
una manifestación del saber vivir juntos en un ambiente para aprender,
entretenerse y conjurar pesadumbres. Conversación no para huir del mundo, sino
para aprehenderlo mejor. La conversación procura y afianza relaciones,
acorta las distancias. Si se quiere conversación, se precisa de unas mínimas
condiciones en forma y fondo, así como de límites convenientes para dotarla de
la calidad necesaria. Dependiendo del grupo de personas, las relaciones entre
ellos, el origen de la convocatoria, la conversación puede adoptar más o menos
grados de formalismos. La conversación ayuda a la socialización.
Se suele
indicar que el número de personas para una conversación de calidad ha de estar
entre tres y nueve miembros. En ese arco hay que moverse para que las
conversaciones atrapen los preciados bienes de la atención y la escucha y
ahuyenten la distracción.
Conversar no
es debatir, pues el debate conlleva competición, quedar por encima, ganar
dialécticamente, derrotar al otro. La conversación fluye a veces mansa, otras
intensa y vehemente, en función de la competencia de los interlocutores en
todos los órdenes. Se puede conversar de cualquier asunto, trivial o elevado,
pero siempre en tono amigable y respetuoso. Una intencionada política de
afectos hace bien a la conversación. Debe tenerse en cuenta que la comunicación
no verbal supera en porcentaje tanto al impacto del mensaje en lenguaje verbal,
a las palabras y a la entonación, el volumen o la dicción. De tal manera que
hablamos más con nuestras miradas, movimientos y gestos que con las palabras.
Sobre estos asuntos vinculados al arte de la conversación indagó el periodista
y escritor Rubén Amón en su ensayo Tenemos que hablar.
La conversación en los tiempos de la censura, la soledad y la tecnología (2024).
Flaco favor
hace a la conversación el abuso de lugares comunes, frases hechas, clichés,
tópicos, refranes o máximas, que en muchas ocasiones, por obvios, demuestran
pereza y escasez argumental, y en otras, cierran posibilidades de fructífero
diálogo. Tampoco ayudan a la conversación
figuras como charlatanes, platicones, parlanchines, cuyas incontinencias
verbales asesinan cualquier posibilidad real de pasar un momento edificante.
Son figuras que no encajan, verdaderos delincuentes
conversacionales. Estos personajes, cuyos delitos no están
tipificados en el código penal, son variopintos y, como en todo, hay grados: los soberbios; los intemperantes; los quejumbrosos en bucle; los
que de todo hacen un chiste; los que buscan el aplauso y la aquiescencia; los
de “todas las opiniones son respetables” -pues va a ser que no, pues lo
respetable es el “derecho a opinar”-; los “pantólogos”, que de todo saben,
entienden, hablan y opinan; los que no dejan descansar su ego; los que no se
atienen a norma alguna; los de cualquier tiempo pasado fue mejor; los
insensibles a las bellas artes, filisteos en la tercera acepción de la RAE; los
que evitan conceptos abstractos o reflexiones o deliberaciones éticas y morales;
los que confunden información acumulativa con conocimiento; los dataistas,
obsesionados por los datos; los que confunden saber y memoria; los que
manifiestan dificultad e irritación para aceptar razones que rebaten sus ideas;
los que no reconocen la valía del otro; los que no ven más allá de su
experiencia particular...
Afortunadamente,
los delincuentes conversacionales son pocos. Si brotan, se acude a un oportuno
y discreto ardid para hacerlos desaparecer y punto. Por indicar una figura que
sí encajaría en una conversación de calidad, destacaría, por ejemplo, a un
conversador avezado que, aparte de sagacidad psicológica, anime a los demás a
expresarse y a que descubran cualidades en ellos mismos. Si a ello añadimos
personas elocuentes, amenas y con conocimientos versátiles, miel sobre
hojuelas. Puntos positivos para que la conversación fluya, serían: disponer de
un contexto propicio sin ruidos y en el que todos se sientan a gusto, uso de un
lenguaje cercano y claridad expresiva, respeto entre los interlocutores, no
hablar de uno mismo, dar y recibir críticas con elegancia, alternancia en los
turnos de palabra, aceptación de posibilidad real de cambio de opinión, no
competir, evitar interrumpir, embridar la ira y no insultar, arrojar al muladar
los argumentos ad hominem, reconocer
ignorancias propias y exponer con humildad nuestros conocimientos. Esto es el
ideal, evidentemente. Y es bueno tenerlo en cuenta. Parece ser que el filósofo
Immanuel Kant (1724-1804), gran conversador de sobremesa, siempre indicaba que
la conversación debía sujetarse a unas condicionales tales que ningún
contertulio volviera a su casa disgustado con otro. No es mal consejo. Ahora
bien, aparte de formas y fórmulas, la calidad de la conversación depende, cómo
no, de la calidad y calidez de los conversadores.
Al norte de
los Pirineos, desde principios del siglo XVII hasta el estallido de la
revolución francesa, un grupo de privilegiados, liderado por mujeres cultas y
brillantes, se reunían con regularidad en salones privados para conversar. Así
lograban eludir el poder real de un régimen absolutista y el poder religioso,
buscando un espacio propio y libre. Se crea un ideal de conversación en el que
participan hombres y mujeres con unas reglas establecidas, refinados modos de
comportamiento -cortesía, buenos modales-, en los que se
apreciaba más la escucha que el hablar y se evitaba el enfrentamiento verbal.
Fueron lugares de debate intelectual y político, donde encajaban tanto los
temas mundanos de la sociedad civil, como los científicos, artísticos o
filosóficos. El tiempo de ocio de esta aristocracia se empleaba en la
literatura, la música, el teatro, la danza…Pero la conversación se erigía en
actividad principal, cultivada, atendida, en aras del placer por la palabra.
Madame de
Ramboillet (1588-1665) es considerada la iniciadora de estas reuniones en su
salón literario de París. La marquesa de Lambert (1647-1733), gran lectora y
mujer reflexiva, mantuvo durante treinta años los encuentros de los martes y
los miércoles en su salón parisino. Allí conversaban literatos, gente de mundo,
estudiosos. Debilidad reconozco por la marquesa de Sévigné (1628-1684), viuda y libre a los veinticinco años, en cuyo
salón, allá por 1669, se leyeron por primera vez las cinco Cartas
de amor de la monja portuguesa Mariana Alcoforado que, publicadas
posteriormente por el editor Claude Barbin (1628-1698), se convirtieron en el
“bestseller” de la época. Cartas apasionadas de una monja a un militar francés,
¡escándalo!, que causaron estragos en las modas galantes y amatorias. Ahora
bien, parece ser que ni las cartas estaban escritas en portugués, ni la monja
era su autora. Fue el vizconde de
Guilleragues (1628-1648) quien las escribió en su francés natal y, sagaz,
pergeñó junto al editor Barbin, la forma de darles publicidad. El librito de
las pentacartas no monjiles fue un pelotazo editorial. Nada nuevo bajo el sol.
Es de
destacar la oportunidad real de incentivar la conversación en los numerosos
clubes de lectura existentes, fomentados por instituciones educativas y
culturales, iniciativas privadas y, sobre todo, por la red de bibliotecas
públicas españolas. Estos grupos de lectores comparten espacio y tiempo en
torno a un libro de literatura o ensayo, actividad ideal para cultivar la
calidad en la conversación. La profesora Raquel F. Cobo, en El arte de la conversación literaria. El valor de la palabra
para sostener la amistad (2025), afirma: “Desde las antiguas
sociedades orales hasta la era digital, conversar sobre literatura ha sido
crucial para transmitir conocimientos, valores y tradiciones que mantengan viva
nuestra cultura”.
Ha de
expandirse la conversación a ámbitos más allá de la literatura. Ya hay muchos
clubes que abordan obras diversas en registros y asuntos, ampliando y
enriqueciendo los temas de conversación. Proliferan clubes de lectura de
ensayos sobre música, sociología, filosofía, historia, etc. Es de significar
que estos grupos de lectores o clubes de lectura, han de abordar realmente
conversación y no limitar las intervenciones a meras exposiciones individuales
de opinión o crítica, sin entablar diálogos. Asimismo, conviene que se procuren
las interpelaciones y aprovechen las líneas temáticas de interés surgidas al
calor de la discusión. Enriquece el cultivo de la interacción, la reflexividad
y la argumentación. Por ello, en los clubes, aparte de leer mucho y bien,
fomentar la excelencia en la conversación se torna una acción relevante.
Benedetta Craveri, en La cultura de la conversación (2001), escribe: “El
ideal de la conversación, que sabe conjugar la ligereza con la profundidad, la
elegancia con el placer, la búsqueda de la verdad con la tolerancia y el
respeto a la opinión ajena, no ha dejado de atraernos nunca; y cuanto más nos
aleja de él la realidad, más sentimos su falta”. Lo ideal es convertir la buena
conversación en bella costumbre.
José García Guerrero.
Maestro
El
Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
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