EL CAMINO
Cuando en la política se ha usado
el nombre de la Virgen del Rocío y el capote que nos puede echar para llevarse
a la gente de calle hacia las mesas electorales, marcando tendencia, o el de
otra virgen cualquiera, como en las últimas elecciones, o se habla con una vaca
blanca y negra para mover los sentimientos, precisamente humanos, haciendo
dejación de propuestas, de proyectos, de programas y de verdaderos compromisos,
amparándose sólo en la fuerza, como una sospechosa vis comica que puede caracterizar a nuestra gente, nos
huele peor que aquel tinao de nuestra niñez, que el boyero tenía que limpiar a
diario, para aumentar el abono ecológico que se iba transformando en un poderoso fertilizante con el paso de los días
y días, cara al sol, sin reparar en el paso del tiempo, en la corraleta de al lado.
La gente de nuestra tierra quiere
vivir en paz y hacer el camino del Rocío sin problemas, porque es la fiesta y
la tradición quien la mueve y la promueve.
Todos y todas se tiran a las
inclemencias del camino, sin más pretensiones que sentirse unidos y, en
llegando, sentirse reunidos.
No importa ni cómo ni cuándo
comenzó todo, porque sabemos desde hace algún tiempo que “se hace camino al
andar”.
No importa saber que en los
antiguos tiempos, con todo el Imperio Romano a su favor, la religión se
contagiara de supremacismo y considerara a la gente de los pagos como paganos,
ya que seguían con sus devociones antiguas, con preferentes fervores hacia
deidades femeninas, que seguían alimentando la religiosidad del pueblo llano.
Tampoco importa si las vírgenes
eran blancas y patrias o de color y prestadas, ya que la reunión y el encuentro
con todos eran lo que producía y regeneraba ese bienestar sin tacha, que no se
contamina de dicotomías ni maniqueismos barriobajeros, como puede verse en las
competiciones deportivas, preferentemente hijas de la pérfida Albión, que nos
hipotecan tiempos nuestros de los días de descanso.
Tampoco importa si es verdad que
“la Virgen lleva en el hombro una salamanquesa de plata y oro”, porque viene de
muy lejos la función de ese animalito totémico de civilizaciones antiguas, como
podría ser la tartésica, que sentaron plaza en estas latitudes y que los
tiempos se han negado a ocultar y olvidar.
Tampoco importa si la festividad
de la Virgen oscurece totalmente la fiesta del mismísimo Espíritu Santo, porque
la preferencia popular haya abierto el baúl de los recuerdos y no la caja de
los truenos de aquellas palabras del profeta, poco irénicas, que nos aclaraban
que “fuego he venido a traer a la Tierra y no quiero otra cosa sino que arda”.
Tampoco importa si la Virgen del
Rocío se ha quedado con la advocación de La Blanca Paloma, como un préstamo
tambi´sn del Espíritu Santo.
Quizás lo que importa es que el
decálogo se encierra en dos propuestas tan populares, que hemos escuchado hasta
la saciedad, porque el Rocío es amistad y vida. Así se resume en dos
consideraciones del pueblo, ya demasiado añejas, que de siempre hemos escuchado
y que nos decían así: “Yo ni robo ni mato”.
La honradez y el respeto a la
vida de los demás, aunque sigan siendo otros, y que nos parecen casi
ancestrales, tan antiguos y remotos,
pero que pueden seguir moviendo conciencias, son joyas de la convivencia
humana, que la complejidad política de este mundo tan moderno está tirando por
la borda con los prejuicios modernos cifrados en posverdades y crímenes de los
desaprensivos, tan modernos y tan ricos y tan poderosos ellos.
Sin embargo, el tanto hacer un
camino más que trillado, no nos vale si no se ve con claridad que no se puede
repetir el paradigma de seguir confiando en aquellos que nos engañan y siguen
robando y matando, porque así “de nada nos sirve rezar”.
Una vez más el camino nos recalca
la voluntad de seguir adelante y de mejorar cada vez la tierra donde pisamos.
Al regreso podemos no tenerlo en cuenta, porque, de todos modos, no nos
enseña nada.
José María Barrionuevo Gil
El
Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”