domingo, 8 de noviembre de 2026

El efecto Matilda

EL EFECTO MATILDA

 

En la tumba de Matilda Joslyn Gage (1826-1898), en el cementerio de Fayetteville (Carolina del Norte), hay una placa conmemorativa con su lema: «Hay una palabra más dulce que madre, hogar o cielo. Esa palabra es Libertad». Como vamos a hablar de mujeres en la Ciencia, la primera pregunta que nos viene a la cabeza es: ¿Cuántas mujeres han ganado un premio Nobel en ese campo? Con la salvedad de la archiconocida Marie Curie, sólo 28 mujeres han recibido un Nobel en ciencias desde 1901 hasta 2024. Sin embargo, y a pesar de la ocultación de tantas mujeres científicas, la investigación que se viene llevando a cabo, especialmente a partir de los años 70 del pasado siglo en el contexto de la segunda ola del movimiento feminista (1960-1980), se van conociendo nombres de científicas que han sido minimizados o, en el peor de los casos, condenados al olvido, de cientos y cientos de mujeres que rompieron barreras y estereotipos, como antes apuntamos.

Descorridos los primeros velos, nos encontramos con la primera mujer de la historia que se conoce como practicante de la medicina. Se llamaba Merit Ptah y había nacido en Egipto hace casi 5.000 años. Tras ella una larga lista (aún abierta) nos viene a descubrir ejemplos como el de la británica Rosalind Franklin (1920-1958), conocida como la «dama oscura del ADN», ya que su contribución al descubrimiento de la estructura del ADN pasó intencionadamente inadvertida. Otro caso es el de la vienesa Lise Meitner (1878-1968), que no compartió (como debió ser en justicia) el Nobel de Química de 1944 por su descubrimiento de la fisión nuclear, premio otorgado exclusivamente a Otto Hahn, colaborador suyo desde hacía mucho tiempo, a pesar de haber sido nominada 19 veces al Premio Nobel de Química entre 1924 y 1948, y 30 veces al Premio Nobel de Física entre 1937 y 1967.

Otros nombres destacados y puestos al descubierto por la investigación feminista son la bióloga norteamericana Nettie Stevens (1861-1912), que descubrió que el sexo viene determinado por los cromosomas; la francesa Émilie Du Châtelet (1706-1769), científica y polímata del siglo XVIII, colega y amante de Voltaire; la británica Caroline Herschel (1750-1848), primera mujer en recibir un salario como científica y primera mujer en Inglaterra en ocupar un cargo gubernamental o, sin querer ser exhaustiva, la británica Mary Anning (1799-1847), pionera de la paleontología[1]. Su obra fue fundamental en los cambios que ocurrieron a principios del siglo XIX en las ideas científicas sobre la vida prehistórica y la historia de la Tierra y, a pesar de ello, fue vetada en la comunidad científica británica de principios de siglo XIX, dominada por caballeros ricos anglicanos. Nunca se citaron sus contribuciones. Su vida y su obra se ha visto reivindicada por la novelista Tracy Chevalier en Las huellas de la vida, novela publicada en 2009. En el cine su obra y vida la pudimos conocer a través de películas como La mujer del teniente francés, estrenada en 1981, con Meryl Streep dando vida a Mary y de nuevo en 2020 la actriz Kate Winslet hizo lo propio en Ammonite. Quizás no sea una casualidad que estas dos actrices, muy reivindicativas y varias veces oscarizadas, estén muy comprometidas con el feminismo y la defensa de la imagen de las mujeres, especialmente de las actrices.

Todos los casos expuestos no son sino unos cuantos ejemplos del ninguneo, la ocultación y, lo que es más grave, de la apropiación de sus descubrimientos por colegas poco escrupulosos. Pero, como apuntamos, los trabajos llevados a cabo por una investigación feminista imparable y muy documentada, no cesan de resucitar casos y nombres condenados a dormir «el sueño de las justas». Es el caso de la historiadora de la ciencia, recientemente fallecida, Margaret W. Rossiter de la Universidad de Cornell (USA), a cuya autoría se debe el sugerente título con el que iniciamos el artículo, pionera en denunciar la invisibilización y el robo de méritos científicos a mujeres por parte de sus colegas varones. «El efecto Matilda» (acuñado en 1993) se llama así en honor a la ya citada Matilda Joslyn Gage, una activista estadounidense del siglo XIX que fue la primera en denunciar el caso. Gage escribió sobre este comportamiento en su ensayo Woman as an inventor, publicado en 1883. Matilda fue una activista estadounidense, sufragista, activista abolicionista, librepensadora y autora prolífica, quien «odiaba profundamente» cualquier caso de opresión, según su biografía. Estuvo en prisión varias veces por pertenecer a una red clandestina de apoyo a esclavos (conocida como ferrocarril subterráneo). A pesar de ello, trabajó en pro de los derechos de las mujeres, siendo una de las más prestigiosas dirigentes del movimiento sufragista norteamericano, en su vertiente más radical, que consideraba que las mujeres eran merecedoras del sufragio en virtud de un «derecho natural», en oposición a colegas más conservadoras, como las de la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza (WCTU), cuyo argumento se basaba en la superioridad moral de las mujeres, capaces de influir sobre la legislación. Matilda fue presidenta, entre otras, de la Asociación Nacional pro Sufragio de la Mujer entre 1875 y 1876.

Como dato anecdótico, se dice que El maravilloso mago de Oz, uno de los libros de literatura infantil más populares, publicado en 1900, lo escribió su yerno Lyman Frank Baume a instancias de Matilde, su suegra, a quien consideraba como «la mujer más talentosa y educada de su época». Su bisnieta fue la senadora demócrata estadounidense de Dakota del Norte, Jocelyn Burdick.

Actualmente, ya en el siglo XXI, aunque las mujeres constituimos el 61% del estudiantado universitario, nuestra presencia disminuye al 49% en programas de doctorado y al 37% en la investigación. Los datos dejan al descubierto un tema que no tiene que ver con la inteligencia o la capacidad, sino con factores como como la discriminación de género, los estereotipos, la falta de acceso a redes científicas (que son las que limitan su reconocimiento a lo largo de la historia) y, lo que es más llamativo: las restricciones educativas históricas.

                                         Rosa M. Ballesteros García

                           Vicepresidenta del Ateneo Libre de Benalmadena

                                        “benaltertulias.blogspot.com”



[1] En 2025 se estrenó la película de animación suiza Mary Anning y la playa de los dinosaurios, dirigida por Marcel Barelli que recoge su historia cuando era niña y pasaba los días explorando la orilla del mar en busca de fósiles.