DOS MINUTOS DE ODIO
Imaginaba Orwell (Eric Blair,
India 1903-Londres 1950) en su novela “1984”, publicada un año antes de su
muerte, en 1949, que el mantenimiento de una sociedad sometida al imperio del
totalitarismo, podía llevarse a cabo mediante la práctica diaria de un par de
minutos (“minutos de odio”) que pusieran a los ciudadanos frente a la figura
odiada y repulsiva del traidor por antonomasia, el enemigo del pueblo que era,
al fin y al cabo, una figura simbólica y tan desconocida como la del mandamás absoluto
o trasunto de dictador que él denominaba como “gran hermano”.
Hoy día, esos dos minutos se han
convertido en 24 horas por día, y los enemigos del pueblo o traidores son tantos
y variados que resultaría complejo incluso hacer una lista aunque fuera por
orden alfabético para no prejuzgar los grados de malignidad. Los bulos o
montajes imaginarios de descalificaciones se multiplican sin cesar y se basan a
su vez en circunstancias cada vez más
incomprensibles e incomprobables.
En principio los medios
transmisores se han multiplicado enormemente superando con mucho a la famosa
“telepantalla” de la novela, o a los altavoces de control públicos. Mucho más
que la televisión y la radio, los teléfonos móviles se han convertido de hecho
en el vigilante personal que cada ciudadano tiene asignado, y que además de
controlar lo que hace, dónde está y a qué se dedica, le instruye, le enseña, le
pregunta y le encuesta constantemente su parecer para, supuestamente,
satisfacerlo mejor.
Estos medios se complementan con
la propaganda en diarios, carteles, anuncios, eventos y multitud de elementos
inductivos que crean las necesidades que el poder constituido o el oponente,
requieren para obtener sus fines prácticos, y bien fácil que les resulta
entusiasmar a las masas de individuos, tanto que no reparan en los gastos de
las campañas publicitarias, dado que a posteriori esperan poder disponer de
todos los beneficios que proporciona el estado.
Estas redes de difícil control y
complejo desmentir, transmiten todo aquello que pueda resultar útil para
obtener un resultado, y aquí, este resultado justifica los medios sin reparar
en que pueda ser verdad o mentira pues eso no hace al caso, ya que se cuenta
con la credibilidad de los ciudadanos a tenor de su educación y nivel cultural,
algo que involucra de lleno a todo
nuestro sistema educativo y a nuestros educadores que permanecen sumisos y
silenciosos atendiendo a las necesidades del poder que no a sus educandos.
Visto lo fácil que resulta
inducir y convencer, debemos atenernos al poder ilimitado que tienen los bulos,
es decir, las mentiras incomprobables que circulan por las redes con el
convencimiento de que no son mentiras pasivas ni medias verdades, provocadas
por la desinformación, sino que son mentiras llevadas a cabo exprofeso, por
equipos de profesionales de la mentira que siguiendo normas de élites
interesadas, desarrollan campañas para desarmar al ciudadano, para privarle de
su libre iniciativa y someterlo a un control absoluto, asimilable a un manejo
del estado por otros medios.
Capítulo aparte merece la
particular obsesión desarrollada por controlar a la mujer en general. Es
significativa la fijación existente por cercenar sus iniciativas, sus posibilidades
de desarrollo en la creencia profunda de la desigualdad de la unión
matrimonial. Si quien ama quiere facilitar la realización de lo que ama, este
principio es aplicable a la pareja y su exclusión perjudica a ambos y cuestiona
a la familia que tanto se precian de proteger. Lo importante es controlar la
producción de hijos, o descendencia, es decir, los números que alimenten la
supervivencia del sistema aparte de su calidad que pudieran seleccionar y
mermar tanto el aborto como la eutanasia.
La mentira, o la falsedad
consciente, deseada y divulgada con la peor de las intenciones, se ha
convertido en la base de nuestra propaganda electoral, una base difamatoria y
ahíta de auténtico odio visceral, cuyos alcances retardados dejan inerme al
confiado y desorientado votante. Miente todo el mundo, y no de forma
disimulada, se manifiesta abiertamente, a la luz del público, en
declaraciones habladas o publicaciones escritas,
siendo conscientes de las falsedades que proclaman. Estas falsedades se hacen aún
más lacerantes y profundas cuando se exhiben en los tribunales de Justicia, y peor aun cuando
vemos que nuestros jueces lo admiten sin
sonrojo, e incluso la utilizan para administrar sus funciones de justicia,
carentes por tanto de toda imparcialidad.
Vivimos pues, en un país falso,
donde todo es falso o manipulado, que se parece a las guerras atendidas
exclusivamente por mercenarios. No hay sentimientos ni empeños íntegros. La
pugna es solo por el poder y el dinero. Ni tan siquiera la ideología que se
cambia a gusto de las necesidades del momento, permiten un asidero válido. El
oponente ha dejado de ser un contrincante a batir dialécticamente, para ser
convertido en un enemigo a difamar, a insultar y posiblemente a eliminar. Los ciudadanos
han pasado a ser meros espectadores, cada vez más sensibles a las propagandas
insistentes y abrumadoras en la que los razonamientos más palmarios son
desechados, donde el mundo que imaginó
Orwell, lejos de ser fallido, como pensábamos, ha resultado ser solo una
caricatura del que estamos contribuyendo a pergeñar.
Jesús Lobillo Ríos
Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena
“benaltertulias.blogspot.com”
Bibliografía
Orwell G. “1984”. Destino 1984
Atwood M. “El cuento de la criada”. Salamandra 2017
Castells M. “Comunicación y poder”. Alianza 2009
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