miércoles, 10 de junio de 2020

CALLE DE LA CABEZA

Ayudas a una desescalada: 10/06/2020



                                            CALLE DE LA CABEZA

En el siglo XVII en las Españas que por entonces eran muchas, reinaba un tal Felipe III…
Más de uno se preguntará a qué viene esto de hablar de tiempos tan pasados, teniendo como tenemos aquí y ahora un gran revuelo coronario y virulento, ese que los sabios han dado en llamar Cobid19.
La explicación es sencilla:
Cuando la cruda realidad apabulla, es saludable realizar pequeños paréntesis, regalarse algún que otro dispendio y, sin miedo a ser acusado de frívolo, buscar puntuales refugios en la ficción o en algo que se le parezca.
Cuando la saturación informativa acerca de la pandemia y sus consecuencias desdibuja la narrativa, un escribiente de auténticas o ficticias historias tiene poco o nada que decir que no se haya dicho del bichito y sus efectos colaterales. Por instinto prefiero subir —o bajar— (quien sabe) algunos peldaños de tragedia, recurriendo a un relato que desconozco si será o no auténtico, pero que para el caso pretendo sirva única y exclusivamente de entretenimiento.
En el siglo XVII en las Españas que por entonces eran muchas, reinaba un tal Felipe III. Su padre, también Felipe pero segundo, harto de seguir la estela de sus antecesores paseando la capitalidad del reino por diversos lugares patrios, decidió sentar cabeza nombrando Capital del Reino a la muy ilustre Villa de Madrid. Lo de los Borbones nos llegaría después, aunque también como no, con otro Felipe, el quinto.
El caso es que la Villa, bendecida por la generosa decisión del Rey, si no para todos —ni siquiera para la gran mayoría—, si sirvió a ilustres espabilados para amasar mayores o menores pero siempre fructíferas fortunas. Entre los segundos, quizás no siendo escrupuloso en exceso con los votos de humildad y sencillez que años atrás había asumido ante su santísimo, el Padre Silvestre, amarrando un servicio sacerdotal por aquí, una buena intermediación eclesiástico financiera por allí, más que bien y a su edad, disponiendo de unos buenos ahorros, tenía asegurada la tranquilidad que en los últimos años de estancia en este mundo da disponer de una buena situación financiera.
Siguiendo —eso sí, a su criterio— las bondades emanadas del buen cristiano, ayudaba a quienes le ayudaban, oraba por quienes por él intercedían. Fuera de ese ámbito, salvo para socorrer algún que otro sobrinillo de padre desconocido, poco se conoce de su altruismo hacia la vecindad. Desde sus primeros años de celibato, realizaba los oficios al amparo de la corte. Sin llegar a las más altas instancias, siempre fueron buenos y agradecidos sus servicios a las parentelas de los condes y duques de aquellos que alternaban ambientes palaciegos. Un buen consejo de confesionario, un discreto y puntual chismorreo derivado del secreto recibido o, cualquiera otra de las múltiples veleidades a que, con su sabia palabrería pudiera tener beneficio, sirvieron a nuestro prolijo D. Salvador para, como se ha mencionado, salvaguardar su futuro.
Residía nuestro cura en el populoso barrio de Avapiés (hoy más conocido por Lavapiés), en una holgada vivienda de dos plantas con hermoso patio y jardín trasero, dando la entrada principal a una céntrica calzada de la Villa, hoy conocida por «La Calle de la Cabeza». Y, realmente es aquí donde tuvieron lugar las causas que han motivado este relato. Sirva lo anterior para mejor discernir el lector lo que a continuación se expondrá.
  En la planta segunda, en un falso tabique tras una liviana alacena, disponía el anciano clérigo de un discreto y suficientemente amplio habitáculo donde almacenar y proteger el nada desdeñable caudal de maravedíes de plata y otras monedas al uso.
También, desde hacía años —al menos diez— D. Salvador tenía contratados los servicios de Rogelio Hernández. Hombre de mediana edad, soltero, parco y prudente en palabras, de buen apetito, de complexión fuerte y  dispuesto siempre a realizar cuantas tareas domésticas o de diversa índole y a su alcance, le fueran encomendadas. Fiel en su cometido, escasas fueron las ocasiones en que recibió algún reproche por parte del amo de la casa. Rogelio, haciendo abstracción de reducido salario recibido, tampoco tenía mayores motivos de queja. La armonía entre partes, al menos en apariencia, resultaba correcta.
Bien por un despiste, bien porque la edad no perdona y las facultades se pierden, hacía varios años —tres o cuatro al menos— que Rogelio era conocedor del lugar donde el anciano atesoraba sus riquezas. En ausencia de D. Salvador, en más de una ocasión y solo a modo de curiosidad, tras acceder al ya poco secreto lugar, arqueaba y calculaba la totalidad del dinero almacenado. Aun así, nunca, en ninguna ocasión se había tomado la licencia de sustraer una sola moneda, ni siquiera la de más baja cualificación. Así era hasta que…
Tres o cuatro años era tiempo suficiente para, como pequeña larva, como diminuto virus de lento y persistente trabajo, doblegar el sentido ético y moral del sirviente. El diablo hacía su trabajo.
Mil conjeturas circularon por su cabeza, mil variantes de cómo actuar con la mayor prudencia y con el mejor rédito. La decisión estaba tomada. La mejor, la más expeditiva.
Primero: Muerto el cura hacer desaparecer el cadáver. Diseccionaría el cuerpo del delito en razonables tamaños para, con discreción y buen hacer, en costales bien cerrados dejar que la corriente del Manzanares se encargara del resto. El último bulto sería el de la cabeza. En dos días con sus noches no quedaría rastro del delito; además, pasarían días antes de que cualquier inoportuno echara en falta la presencia de D. Salvador.
Segundo: Con todos los maravedíes y monedas varias, poner tierra de por medio. Portugal sería el destino. Allí nadie le conocía, nadie preguntaría ni el dónde, ni el cuándo, ni el porqué.

Pasaron los años, diez o doce, Rogelio Fernández establecido en Coímbra no tenía ningún reproche que hacer al estado de su nueva vida, tampoco ninguno a su comportamiento anterior. En cualquier caso, de eso hacía ya mucho tiempo y, como es bien sabido —o al menos eso se dice—, que este lo cura todo. Un día, convencido del milagro del paso del tiempo y de que nadie se acordaría del clérigo, y mucho menos aún de él, con discreción decidió regresar a Madrid. Se alojaría por unos meses en una vivienda en alquiler, en la misma calle aunque algo alejada de la antigua casa del cura  y, si el futuro se presentaba apacible —por qué no—, instalarse definitivamente. Al fin y al cabo, Coímbra estaba bien, pero donde estuviera el Madrid de siempre. Además, aunque mantenía el buen apetito, también se iba haciendo mayor.
Un día, visitando el Rastro, en un puesto de carnicería, una pequeña, sabrosa y aún fresca cabeza de cabrito llamó su atención. De inmediato la imaginó saliendo del horno, creyó incluso olfatear su aroma de recién asada. Dicho y hecho, acordado el precio y depositada en un morral de tela, el destino estaba decidido.
Tan fresca era la pieza del chivo que, cargada del hombro hacia la espalda, en su distracción no tomó conciencia del pequeño reguero de sangre que del animal iba dejando tras de sí.
Muy cerca ya del domicilio, a solicitud de dos alguaciles que por allí paseaban cumpliendo su cometido, Rogelio fue requerido a aclarar la causa del tan poco habitual trazo.
—Nada que ocultar, señores alguaciles —respondió con una sonrisa y la tranquilidad de no haber cometido ninguna infracción. Razonó la causa del pequeño goteo, el dinero abonado así como el destino inmediato del deseado manjar. No viéndolos muy convencidos, y para evitar cualquier tipo de suspicacia de la autoridad, introduciendo la mano en el morral extrajo la cabeza de…
Nunca se ha sabido, nunca se sabrá, ni siquiera hay explicación posible para entender que lo que colgaba de la mano del delincuente Rogelio Fernández era la cabeza fresca y recién seccionada del Padre Silvestre. Días más tarde sería ejecutado en la Plaza Mayor.
Luego, con el paso del tiempo, el saber popular dio en llamar a la calle de la Villa donde se habían producido los sucesos narrados «Calle de la Cabeza».
Continuaba el reinado de Felipe III

A 24 de mayo de 2020
Vladimir Merino Barrera
Escritor

jueves, 4 de junio de 2020

ANTE LA INCERTIDUMBRE...CULTURA

Ayudas en una desescalada (04/06/2020)

                                       



        "ANTE LA INCERTIDUMBRE… CULTURA"


             Voy a apropiarme de unas palabras de las que, hace unos días, tuve el honor de disfrutar, y que proceden de un gran amigo mío. Las pronunció en una de nuestras charlas, muy distendidas, sobre la pasión que nos genera los libros y la cultura en general. Le pregunté qué podíamos sacar en positivo de esta situación de crisis sanitaria del COVID19, y él me contestó lo siguiente: “¿Te acuerdas de la Guerra de Irak? Le preguntaron al Secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, sobre la vinculación del gobierno de Irak con las supuestas armas de destrucción masiva. En ese momento, podría haber citado a Sócrates, solo sé que no sé nada… pero lo que contestó fue una especie de trabalenguas que decía hay cosas que sabemos que sabemos, otras que sabemos que no sabemos… y otras que no sabemos que no sabemos. Es una forma de decirte que, en este mundo, azotado más que nunca por la incertidumbre, no hay certezas absolutas, y lo más importante es ser consciente de ello.” Os cuento esto porque, al hilo de este comentario, puedo tener, como única certeza, la solidez de la duda. Y ligo esta idea a la cultura, fabulándola, como muy bien hace Irene Vallejo en su libro El infinito en un junco, con el propio junco, que nos enseña que frente a las soflamas de los convencidos, el verdadero conocimiento, el que perdura, crece flexible y a tientas, consciente de su fragilidad… el vivo retrato de la cultura.
Ahora, más que nunca, la cultura nos está ayudando a llevar esta grave situación de la mejor manera posible, nos alivia de muchas maneras. Si hay algo que podemos agradecer al COVID-19, por expresarlo de alguna forma, es que ha puesto en evidencia, como suelen hacer las crisis, la indispensabilidad de la cultura para los individuos y las comunidades. En las redes sociales hemos podido disfrutar de los vídeos alentadores de músicos y artistas de todos los géneros, de renombre mundial y desconocidos, que han compartido gratuitamente su música para el provecho de sus vecinos y de millones de personas más a través de las redes. Muchos emplean su talento artístico para difundir información importante sobre el COVID-19, tal como la importancia de lavarse las manos adecuadamente y del distanciamiento social. Hemos visto como comunidades enteras, aisladas en sus hogares, se han unido para cantar, tocar música, bailar, o incluso proyectar películas desde las ventanas de sus balcones. Museos, teatros de ópera, salas de conciertos y otras instituciones culturales, actualmente cerradas al público, han abierto sus puertas virtuales generosamente, ofreciendo gratuitamente visitas a sus colecciones y retransmisiones de espectáculos a través de sus páginas web. Asimismo, bibliotecas y cinetecas han puesto sus archivos digitales a disposición del público.
En el supuesto de una “nueva normalidad” (aunque mejor planteado sería una “nueva realidad”), la cultura deberá jugar un papel fundamental, y si no fuera así, ¿En qué estamos pensando? ¿Qué será de nuestra sociedad? La cultura no es un adorno de la vida humana, no. Es la esencia de la Humanidad, es lo paradigmático de ese ser racional que es la persona humana, y lo que lo diferencia de cualquier otro ser. Es por ello que la cultura no puede quedar relegada a un puesto subsidiario en la próxima etapa de regeneración que nos aguarda.
Cuando llegue el momento de la recomposición social, la cultura no puede estar ajena a ese proceso, al contrario, deberá ocupar el lugar que le corresponda: el justo lugar; ni dos pasos más adelante, ni uno más atrás. Así lo esperamos quienes nos dedicamos a esto profesionalmente, así lo demandan las asociaciones culturales que se hacen eco de ello, y así lo necesita la sociedad a la que servimos y de la que formamos parte.
Se han escuchado voces abogando por la consciencia de que la cultura es prioritaria, que es fundamental protegerla y ampararla y, desde luego, considerarla un bien de primera necesidad como ya se ha hecho en otros países de Europa. Estoy completamente de acuerdo, y así espero que se haga. En estos momentos la cultura vía digital es la que nos está alimentando el espíritu. No le demos la espalda. Hay que hacer campaña de promoción para que la gente vuelva, cuando todo esto pase, a consumir cultura, sea en la normalidad, “nueva normalidad” o “nueva realidad… la cultura debe seguir viviendo.
Ojalá que, si por desgracia vienen esos malos tiempos, podamos, quienes tenemos la capacidad, convencer de que un giro hacia los valores que promueve la cultura también puede estar en la salida y recuperación. La cultura en tiempos de crisis está ahí para reconfortar, fíjese la cantidad de manifestaciones que están surgiendo, es una especie de tsunami cultural, está para formar, instruir, distraer, y para llevarnos a otros planos del entendimiento. Tiene una dimensión sanadora. Es una fuerza muy grande. Parece que somos un adorno y no; en estos días se ve el músculo, la fuerza y la potencia.
Hoy más que nunca, y parafraseando a la ínclita UNESCO, la gente necesita la cultura, nos hace más resilientes, nos da esperanza, nos recuerda que no estamos solos; y aunque nos invada la incertidumbre, estadio muy propio de la especie humana, la creatividad se mantendrá, en constante equilibro con la duda. Ésta no morirá nunca, pase lo que pase, porque necesitamos la fantasía, la imaginación. Eso no va a cambiar. Es posible que el medio de difusión, pero el mensaje lo crearemos con las mismas claves que cuando usábamos tablillas de barro para la escritura cuneiforme.

Juan Manuel Castillo Cerdán
Profesor de Historia. Colegio Maravillas. Benalmádena.

viernes, 29 de mayo de 2020

¿QUÉ ES LA VIDA?

Ayudas a una confinación: 29/05/2020

                                                                               



                                                          ¿QUÉ ES LA VIDA?


            Cuando el Dr. Lobillo, presidente del Ateneo Libre de Benalmádena me invitó a participar en el foro que, de momento, sustituye a las charlas presenciales en el edificio ovoide, además de agradecérselo, pensé que podía aprovechar esta oportunidad para transmitir lo poco que me haya podido quedar de mi actividad profesional, aportando cultura científica que también es cultura. Mi especialidad médica ha sido, en general, la bioquímica y en particular las hormonas, conocidas en su día como segundo mensajero, lo que implica que debe haber un primero y que la información es algo que viene utilizando la naturaleza mucho antes de que se inventaran los móviles. Como profesor de bioquímica me he pasado cuarenta y cinco años explicando las bases moleculares de la vida a los estudiantes de medicina y solo al final de mi carrera llegué a darme cuenta de que no sabía lo que era la vida. Por eso quiero empezar por ahí.
            En mis clases me he cansado de repetir que la vida es un estado estacionario alejado del equilibrio, lo que viene a decir poco a quienes no manejen la jerga de la termodinámica. Se trata de una forma de hablar para entendidos que creen saber de qué hablan, aunque a veces no sepan lo que dicen. Espero que algún día sea capaz de hacer ver lo que esconde el estado estacionario y el equilibrio que es su contrario. Para un primer contacto se puede echar mano de un ejemplo sencillo como el del ciclista que se mantiene en “estado estacionario” mientras pedalea y que, si por desgracia se cae y deja de hacerlo, alcanza el equilibrio. Solo quiero indicar que el estado estacionario sostiene una situación productiva inestable y que el equilibrio es improductivo. El ciclista utiliza energía para mantener (es difícil no decir equilibrio) movimiento y si se cae deja de hacerlo. Estado estacionario y equilibrio son términos contrarios como vida y muerte, por lo que se puede deducir lo que representa un estado estacionario (vida) pensando lo contrario de lo que es un equilibrio (muerte).
En esta primera aproximación aparece la palabra energía que es otro de esos términos que utiliza la ciencia sin saber del todo lo que significa, pero no es el único, porque ¿qué es tiempo, gravedad, fuerza…? Einstein decía que era un milagro que entendiéramos este mundo tan complejo y lo es más si se tiene en cuenta que se utilizan términos imprecisos para describirlo, empezando por la luz que da la falsa impresión de iluminar el Universo cuando lo único que hace es estimular los fotorreceptores de la retina. Este hecho nos permite interpretar la realidad desde el punto de vista, nunca mejor dicho, de la visión humana dejando fuera otro tipo de radiaciones. ¿Cómo veríamos el mundo si nuestra visión en lugar de ser sensible a los fotones lo fuera a los rayos X? La conclusión a la que se puede llegar es que la realidad es el resultado de la interpretación subjetiva de la mente humana. Con la vida pasa lo que le sucedía a San Agustín con el tiempo. Sé lo que es el tiempo, decía el obispo de Hipona, pero si me lo preguntan dejo de saberlo. Todos sabemos lo que es la vida, pero que no nos pregunten lo que se está viendo, ya que lo más difícil de explicar es lo evidente. Por eso se habla más de política que confunde que de ciencia que aclara.
Se cree que la vida germinó hace unos tres mil setecientos millones de años en un medio acuoso. Una característica que se conserva de aquellas primeras etapas además de sus propiedades irrenunciables, a saber, nacer. crecer, reproducirse y morir, es que las reacciones químicas fundamentales con las que obtenían energía los primeros seres vivos se mantienen intactas. Las bacterias metabolizan la glucosa con un equipo enzimático semejante al humano. Eso ha permitido que se pueda utilizar su aparato de síntesis de proteínas, que tampoco ha cambiado tanto con el tiempo, para fabricar proteínas humanas como, por ejemplo, la insulina que utilizan los diabéticos. La hormona que se inyectan es exactamente igual a la que sintetizaban ellos mismos cuando tenían sanas sus células beta; lo único que cambia es que ahora procede de bacterias. Eso explica que los animales unicelulares se encuentren tan a gusto colonizándonos. Parece ser que cada uno de nosotros llevamos puesto una sociedad de más de cien billones de bacterias frente a los treinta y siete billones de células propias y que hay 370 veces más genes codificadores bacterianos que humanos. Si esta colaboración cuaja, algún día hablaremos de microbiota, la ayuda que recibimos de esa monumental montaña de bacterias, hongos y virus que llevamos encima. Pero para empezar a hablar de vida hay que entender lo que significa energía porque en definitiva la vida es un sistema de utilización de la energía que recibe a través de los alimentos y con la que mueve los motores musculares, hace funcionar las empresas de transformación que son las glándulas y alimenta la misteriosa maquinaria cerebral que es capaz de transformar la energía de un bocata en pensamiento.


Salvador Peran Mesa
Profesor Titular de Bioquímica. UMA.

sábado, 23 de mayo de 2020

LA ESTANCIA

  Ayudas a una confinación (23/5/2020)                                                                 


                                                          "LA ESTANCIA"




Lo natural en estos momentos que estamos atravesando es abordar de forma más profunda ,intensa o continua   la reflexión, no importa sobre qué;  parece que todos hablamos de que ahora tenemos tiempo o , si nuestra sinceridad es meridiana, reconocemos que esa reflexión ocupa un espacio que ahora, en esta oquedad, no sabemos gestionar y reflexionamos. Otros, dicen, han ocupado el tiempo leyendo libros que antes no habían tenido la oportunidad de hacerlo. Lo cierto es que lo más probable sea que para muchos este momento que se hace largo, nos haya puesto ante nosotros mismos sin darnos cuenta. No hay calles, ni luces en la noche, no hay voces de coros disonantes, el mar está lejos y ausente, nos dicen que tampoco hay barcos que lo surquen; algunos solo pueden ver el cielo a través de un recuadro imperfecto y un mar pixelado en un rectángulo. Hay silencio que más que silencio es intemperie y un atisbo de nerviosa soledad en compañía de otras soledades encerradas y también inquietas. Algunos habrán descubierto que la  calle, su día a día anterior, su cielo ensuciado por una cotidianidad febril, su mirada perdida en una pantallas de seis pulgadas  esperando lo que no puede llegar y aun ansía que lo haga; que todo eso y mucho más, que todo nuestro tiempo ha sido ocupado, reconstruido de forma que nos haga sentir que somos dueños de él sin serlo
Algunos dejaron de pensar cuando esperaban. Las esperas eran momentos de soledad necesaria; de visitar nuestras acciones, nuestra memoria. El paseo, el simple paseo nos daba el tiempo  para  consolidar el reconocimiento  de nuestros interior; ese paseo sin más interferencias que nuestros propios sobresaltos antes las dudas de nuestras acciones. Este confinamiento nos viene largo, demasiadas certezas sobre nosotros mismos sin que podamos despistarlas frente a una cerveza junto a unos amigos. O bien sea, en otros casos, el reconfortante reencuentro, la constatación del acierto del camino y de quienes nos acompañan en él, un camino que solo tiene el valor en su movimiento, en el paisaje que atravesamos , un panorama vaciado de recelos y añoranzas, cargado de miradas entrañables que se cruzan en el museo vivo que es la vida inagotable.

Manuel Del Castillo
Asesor literario de Ediciones El Genal

domingo, 17 de mayo de 2020

ELOGIO DE LA RESPONSABILIDAD

Ayudas a una confinación (17/5/2020)                                           


                                            ELOGIO DE LA RESPONSABILIDAD



Una de las cosas que nos van quedando claras respecto a la pandemia covid-19 es que se transmite por vía aérea, es decir, de persona a persona, a través de la tos y el estornudo, por lo que la distancia física de dos metros entre interlocutores, cubrirse adecuadamente al toser y estornudar y, para mayor seguridad, la utilización de mascarillas, constituyen los elementos básicos a utilizar en primera instancia para evitar la propagación de la infección.
Solo existe un método  superior en eficacia a lo que acabamos de  mencionar y es la confinación. Si no hay interlocuciones, si no hay exposición personal, no hay tampoco posibilidades de propagación. Pero las necesidades vitales obligan a la comunicación y a la organización de esta comunicación en aras a entorpecer al máximo la extensión de la pandemia. Y en esta labor planificada participamos todos los ciudadanos concernidos por el problema.
No conocemos el momento en el que empezamos a ser contaminadores porque ello puede iniciarse antes de los pródromos virales, ya sabidos, de fiebre, tos y malestar, y antes por tanto de este momento deberemos tomar las medidas necesarias no solo para iniciar nuestro cuidado, sino sobre todo para cuidar de los demás para evitar la extensión de la infección.  Todos somos potenciales contaminadores de nuestro entorno y por ello todos sin excepción debemos utilizar las medidas de prevención sugeridas: mascarillas, distancia física, y extremar los cuidados higiénicos.
La mascarilla es el principal elemento que evita el contagio a los demás y la mascarilla de elección es la quirúrgica que restringe en gran medida las posibilidades de que nuestros efluvios en forma de microgotas superen un ámbito controlado, y deberemos llevarla en todas nuestras actividades sociales en las que no podamos asegurar mantener una distancia de seguridad mínima de un par de metros. Las otras mascarillas, FFP-2 y 3, aseguran un mayor nivel de protección al individuo no contaminado y su beneficio es bueno para él fundamentalmente, es decir, es más individual que general.
En tanto no dispongamos de un tratamiento o una vacuna, la enfermedad  y su contagio ocasionan el desarrollo de un cuantioso programa de trabajo y la puesta en marcha acelerada de gran cantidad de recursos humanos que precisan de una cualificación no fácil de seleccionar, como también son difíciles de improvisar las estructuras necesarias para  llevar a cabo los cuidados que precisa la población en hospitalización de vigilancia, de medicalización o  de unidades de vigilancia intensiva.
La continua exposición personal de estos profesionales de la salud ha puesto de manifiesto una entrega y una vocación en la asistencia  corroborada cruelmente con la muerte de un importante porcentaje de ellos que nunca podremos agradecer lo suficiente. Todos aquellos que consiguieron superar la enfermedad conocen la capacidad y el sacrificio que se ha repetido miles de veces con todas las altas habidas, y la impotencia y la depresión que rasgaron a tantos espíritus nobles cuando la recompensa encontrada fue el deceso.
Solo la manifestación ciudadana de una responsabilidad contundente en el escrupuloso cumplimiento de las normas necesarias (distancia física, mascarillas e higiene) que impidan los rebrotes y la repetición de las duras escenas habidas en este tiempo pasado,  constituirán una gran demostración de nuestro  recuerdo y agradecimiento.

Jesús Lobillo Ríos
Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

martes, 12 de mayo de 2020

ELOGIO DE LA CONDUCTA

  Ayudas a una confinación (12/5/2020)                                             


                                                  ELOGIO DE LA CONDUCTA




Entre las muchas plagas o epidemias habidas en la historia de la humanidad, cabe destacar la ocurrida  en el siglo VI, durante el reinado del emperador Constantino, entre los años 541 y 543, la “peste negra”, una plaga provocada por la cólera divina como consecuencia de los pecados de la humanidad, produjo la muerte de un tercio de la población. Los modernos estudios genéticos sitúan su origen en China.
En el siglo XVII, desde 1646 y hasta 1653 este azote volvió a la populosa ciudad de  Sevilla causando 60.000 víctimas, el 46% de la población, entre ellos la familia del pintor Bartolomé Esteban Murillo, que a falta de un testimonio de la hecatombe, nos dejó pintados como deliciosos angelitos a sus hijos víctimas de la enfermedad. Este huésped inesperado, desconocido y fatal que afectaba tanto a los pobres como a los ricos, se suponía originado por los “miasmas” o elementos que se desprendían de los restos en putrefacción. Su origen se situó en Uzbekistan (Asia)
En el siglo XVIII, tuvo lugar otro brote identificado entonces como peste bubónica debido a la bacteria “yersinia pestis” que se transmite por la picadura de las pulgas que habitan en los roedores y que son sensibles a la antibioterapia. Su testimonio mejor conocido nos lo dejó el escritor francés Albert Camus en su obra “La peste” publicada en 1947.
La actual pandemia conocida como covid-19, tiene su origen en China, en un virus perfectamente identificado como el SARS-Cov-2, que se transmite fácilmente por vía aérea cuando un paciente infectado tose o estornuda. Lleva a su cargo un cuarto de millón de defunciones en seis meses de evolución.
Frente a las imágenes de destrucción, ruina y desolación de las pandemias precedentes que cursaban con un evidente temor a la muerte, la actual se vive socialmente como una experiencia nueva, distinta, como una representación teatral aséptica que entendemos y comprendemos pero que no termina de involucrarnos.
No existen cadáveres en las calles, no existen destrucciones urbanas, no hay asaltos ni pillerías, solo relación de multados por indisciplina. Tampoco existe la idea de plaga o de castigo decretada por un poder omnipotente porque ya hemos entendido que rezando no podemos curar nada, sino atendiendo a las normas que la experiencia nos ha enseñado y que todos cumplimos con devoción.
El mundo sigue funcionando a través de las noticias y de las redes sociales. La imagen es de quietud, estática, de relajación. Algo está pasando y esperamos a que nos cuenten el final. Todos los ejemplos habituales de estas situaciones ya han sucedido o están sucediendo: la generosidad, el altruismo, el desprendimiento, la filantropía, el amor. Y también la avaricia, el odio y la misantropía. Todo nos lo van contando pero aderezado de forma que solo tengamos que aplaudir.
El reverso de este mundo prefabricado está en la facilidad con que la economía se ha venido abajo,  intentando que su caída también sea lo suficientemente controlada como para que los lastimados no se noten o se noten lo menos posible.
Solo existe un reducto en el que se mantienen las recias virtudes patrias, en donde se cuidan más las formas que el fondo y en el que la ficción supera a la realidad, y es  en  nuestra vida parlamentaria en la que, como le ocurría a D. Quijote de la Mancha que mantenía en sus funciones su armadura completa pese al calor reinante, nuestros parlamentarios, revestidos de una ideología impoluta e inoperante, siguen cabalgando sin parar mientes en la realidad, combatiendo al enemigo, que no adversario, y atentos a la aparición de los próximos molinos de viento.

Jesús Lobillo Ríos

Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena    


lunes, 4 de mayo de 2020

ELOGIO DE LA CALIDAD

  Ayudas a una confinación (4/5/2020)                                                         


                                                      ELOGIO DE LA CALIDAD




Entendemos por espacio personal aquél en el que una persona se encuentra segura de sí misma, algo así como su lugar en el mundo. Este espacio se ha multiplicado por diez hasta alcanzar los doscientos centímetros, como consecuencia directa de la llegada de la “covid-19”, que ha venido a establecerse entre nosotros y requiere así mismo su espacio formal.
El reconocimiento del valor de este espacio necesario, pone en tela de juicio nuestra tradicional valoración del éxito, basado en la ideología del “lleno” y del  “no cabía ni un alfiler”, con la que enjuiciamos el triunfo social de todo tipo de eventos. Ahora deberemos ir a la petición de hora y a la ubicación previamente asignada.
El reconocimiento de este espacio en todas nuestras actividades presupone una transformación de profundo calado en nuestro entorno social. Pensemos en el transporte público (taxis, metro, autobuses, trenes, aviones, barcos, con distancias prefijadas entre usuarios), en todo tipo de espectáculos (cines, teatros, salas para todo tipo de eventos), instalaciones deportivas (grandes estadios), todos guardando un espacio mínimo personal establecido en dos metros entre asistentes provistos de mascarillas.
Aparte de tener que reconsiderar el continente de los transportes públicos, también será necesario remodelar, el espacio público, ampliación o adaptación de paseos, alamedas o mejora de aceras, así como la restricción de vehículos en las calles comerciales con la consiguiente mejora ambiental y el aminoramiento de ruidos molestos. Es el tan deseado triunfo del ciudadano peatón sobre el ciudadano motorizado.
La mejora del aire que respiramos debe de implicar de forma añadida la instauración en origen de sistemas de ventilación y aireación aseguradas y la instalación generalizada de aparatos de purificación de aire.  
Disfrutar de un espectáculo en cualquier recinto adaptado a estas circunstancias, puede representar disfrutar doblemente de aquello que nos atrae y que elegimos con lo que este espacio personal habrá transmutado en un espacio de calidad.
La calidad es el conjunto de propiedades inherentes a cualquier cosa y no es una cualidad sobreañadida, es una propiedad redescubierta y valorada al desnudarla de todo lo que la enmaraña. Esta recuperación es la otra cara de la moneda que nos muestra la covid-19 y que deberemos apropiarnos como un derecho propio.
Si lo aplicamos a nuestras actividades productivas, comenzando por la enseñanza, los niños al respetar la distancia física mejoraran la relación profesor-alumnos y multiplicarán exponencialmente la capacidad y calidad del aprendizaje, y lo mismo puede decirse de nuestra actividad profesional que mejorará en concentración y empatía. Es decir nuestro espacio es ahora un espacio de eficacia con todo el beneficio que ello conlleva.
El espacio personal se convierte en un  espacio motor que funciona como un exigente determinante que mejora todos los eventos y actividades de las que somos protagonistas. Y más importante que su adquisición será su conservación y mantenimiento tras el anhelado momento en que dominemos la amenaza vírica, a fin de  mantener frente a posibles futuras emergencias un espacio de seguridad.

Jesús Lobillo Ríos
Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena