martes, 16 de junio de 2020

APUNTES CINE-LITERARIOS DE MALAGA

Ayudas a una desescalada: 16/06/2020




Apuntes cine-literarios sobre Málaga

Rosa Mª Ballesteros García (SEIM/UMA)
rosaballesterosgarcia@gmail.com


Cine, cine, cine,
más cine por favor,
que todo en la vida es cine
y los sueños,
cine son.

Luis E. Aute.


El poeta y Premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre escribió hace ya muchos años: “Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos. Colgada del imponente monte, apenas detenida en tu vertical caída a las ondas azules, intermedia en los aires, como si una mano dichosa te hubiera retenido, un momento de gloria, antes de hundirte para siempre en las olas amantes…” La destinataria de los versos era, como ya habrán adivinado su ciudad amada: Málaga, “Ciudad del Paraíso”.
            No cabe duda que una ciudad tan antigua, fundada por los fenicios hace dos mil setecientos años: cartaginesa; ciudad confederada durante el Imperio Romano; ciudad goda; capital del reino andalusí malagueño; aglutinadora de mozárabes, mudéjares, judíos y cristianos; foco industrial de primer orden en el siglo XIX; social y políticamente revolucionaria − lo que valió el título de “La primera en el peligro de la libertad”−, tiene el atractivo suficiente como para dedicarle muchísimos estudios[1].
            Pero si los datos que hemos señalado no fueran suficientes, la historia de la Málaga del siglo XX nos presenta episodios tan apasionantes como los que se desarrollaron durante la Guerra Civil. Gracias a los trabajos de investigación, artículos, tesis y obras al respecto, conocemos episodios tan sangrientos como la masacre llevada a cabo por la aviación nazi sobre una población civil e indefensa que huía de Málaga y del horror de la guerra por la carretera de Almería. En contrapartida, sabemos también de nombres asociados a ella que dignifican a la raza humana. Sirvan ejemplos como los del doctor Norman Bethune (1890-1939) un cirujano canadiense, ángel protector de la caravana malagueña de la muerte (muerto él mismo mientras prestaba sus servicios durante la guerra Chino-Japonesa)[2]  o el de Porfirio Smerdou (1905-2002), cónsul honorario de México en Málaga al estallar la Guerra Civil, que tantas vidas salvó (sin pararse en colores) y a quien Diego Carcedo, en su biografía, le llamó “el Schindler de la Guerra Civil Española”[3].
            Pero la marcha del tiempo es inexorable y sigue imperturbable pese a los acontecimientos. De este modo, años más tarde, Málaga fue protagonista de otras historias menos luctuosas al abrigo del boom turístico de los años 60 y 70. Unas veces la capital y otras su provincia Málaga se convirtió en reiterado escenario para películas, como la titulada Días de viejo color, (2) película de 1967 dirigida por Pedro Olea, en la que se aborda (con rara dignidad) el fenómeno turístico de la Costa del Sol en los años sesenta. En la cinta se narran las vacaciones “torremolinenses” de un grupo de jóvenes madrileños, sus aventuras, y la inevitable historia de amor con el fin convencional que requería la época y que, sin embargo, no deja de hacernos su particular guiño sobre el ambiente de tolerancia de que disfrutaba la Costa del Sol en aquellos años de tímida apertura social y cultural. Como fondo musical, las canciones de Luís Eduardo Aute. Y de otro Pedro (Lazaga) es la comedia Dos chicas locas, locas, locas, estrenada en 1964 y protagonizada por las gemelas Pili y Mili. Como contrapunto, se rodarían numerosos filmes, de diferente factura, que se alargan hasta los años 80, como es el caso de Manolo la nuit (1973) o Los liantes (1981), uno de los muchos que dirigió Mariano Ozores, que se rodó en Torremolinos y fue protagonizado, entre otros, por Andrés Pajares, Fernando Esteso y Antonio Ozores.
            Sin embargo, Málaga ya se había estrenado delante de las cámaras cuando finalizaba el siglo XIX gracias, entre otras cualidades, a su extraordinario clima y a su incomparable luminosidad porque, parafraseando a Antonio Banderas: “Si el cine es luz, Málaga es puro cine”. La primera proyección de cine en Málaga, según los datos que nos proporcionan autores como Francisco Griñán o Mª Pepa Lara, se celebró en un mes de septiembre de 1896: De Málaga a Vélez-Málaga, un documental dirigido por el legendario Ricardo de Baños (1884-1939)[4]. Dos años más tarde Málaga aparece en el título (que no en sus escenarios) de la película La malagueña y el torero (en 1905 la francesa Alice Guy hizo una segunda versión, coloreada a mano)[5]. Hacia 1900 otra película alude a nuestra ciudad: Una buena copa de Málaga. En la década siguiente se han contabilizado 37 películas rodadas o relacionadas con Málaga y otras tantas en los años 20: Pícaros y aventureros (1920), Diego Corrientes (1924) de José Buchs; Carmen, de Jacques Feyder; Amapola, de José Martín; El niño de oro, Helena Cortesina y José Mª Granada o Manon Lescaut, de Arthur Robinson (todas de 1925), entre otras.[6] En los años treinta se rodó Sierra de Ronda (1933) y en 1945 los jardines de La Concepción sirvieron como escenario para algunas escenas de Los últimos de Filipinas, un film dirigido por Antonio Román que convirtió a Málaga en el escenario bélico de la gesta de un puñado de soldados españoles al mando del capitán Las Morenas (Alfredo Mayo).
En Duende y misterio del flamenco, dirigido por Edgar Neville en 1952, Málaga fue nuevamente escenario para esta aproximación al arte flamenco (por cierto, bastante alejada de los tópicos habituales) a través de una antología de cantes y bailes. En 1951 Ladislao Vagda dirigió Ronda española, rodada en gran parte a bordo del buque Monte Albertia que, de acuerdo con el guion, recorría varios puertos de América del Sur llevando a bordo a los Coros y Danzas de la Sección Femenina que difundían la imagen de la nueva España por los países de habla española.  En esta ocasión, el puerto de Málaga simulaba un puerto de Perú; en 1956 se estrenó El Piyayo, una película basada en la vida del popular cantante malagueño Rafael Flores Nieto (1864-1941) un gitano, descrito por José C. de Luna en sus versos como: “un viejecillo renegro, reseco y chicuelo; la mirada de gallo pendenciero y hocico de raposo tifioso”. Fue dirigida por Luis Lucia, e interpretada en sus papeles principales por el popular actor Valeriano León (marido de la extraordinaria actriz Aurora Redondo) y un joven Antonio Molina. En 1963 Saura dirige Llanto por un bandido, una coproducción hispano-franco-italiana que recrea la figura histórica de José Mª “El Tempranillo”.  En esa misma década se ruedan también Secuestro bajo el sol (1964), sobre un grupo de delincuentes quienes raptan a una joven española cuya familia es millonaria; algunas escenas del famosísimo Doctor Zhivago (1965), El Coronel Von Ryan (1965) o Mando Perdido (1966), un melodrama bélico protagonizado por Anthony Quinn.
En 1954 el Parque malagueño, el Camino de Colmenar y los Montes sirvieron como telón de fondo a Perfume de misterio, una película norteamericana, dirigida por Michael Todd Jr. a partir de un argumento que gira alrededor de un fotógrafo (Denholm Elliott), de vacaciones en España, que descubre una trama para asesinar a una bella heredera americana (papel que interpretó Elizabeth Taylor, madrastra del director de la cinta en la vida real, en una sorpresiva y breve aparición). La película se estrenó en 1960. En 1954 se rodó también Fuego sobre África con la actriz irlandesa, recientemente fallecida, Maureen O´Hara.
            En 1957 se estrenará otra película: Amanecer en Puerta oscura, dirigida por José Mª Forqué (el padre de la actriz Verónica Forqué), quien también elaboró el guion, junto con Alfonso Sastre y Natividad Zaro. De hondo contenido social, se cuenta la historia de Juan Cuenca (Paco Rabal), un rebelde, perseguido por la justicia, que vive refugiado en los montes andaluces. A Juan se le unen un minero que ha dado muerte a su capataz (Luis Peña) y un ingeniero amigo (Alberto Farnesse) que, por defenderlo, ha matado al dueño de la mina. Cercados por la guardia civil llegan a Málaga para dar el salto a América, pero son detenidos y encarcelados. Jesús el Rico librará a uno de ellos de la muerte. Su trabajo se vio recompensado con un Oso de Plata en la Berlinale y en 1960 un título muy malagueño: Café de Chinitas, dirigido por Gonzalo Delgrás y Antonio Molina como actor protagonista.
            Con el film Carmen, la de Ronda, estrenada en 1959, damos un salto atrás cronológico para situarnos en los días de la Guerra de la Independencia. Con el escenario de la ciudad del Tajo una Sara Montiel, travestida de una folclórica Carmen, da la réplica (y algunas otras cosas más) a dos paisanos (Jorge Mistral y Germán Cobos) y a un oficial francés (Maurice Ronet). La década de los sesenta la inaugura la ya mítica Un rayo de Luz, dirigida por Luis Lucia, que inicia la carrera de éxitos de Marisol y que se inscribe en la llamada década de los niños prodigio del cine español.
            De nuevo, retomando la época del boom turístico, se ruedan en escenarios malagueños (verdiales incluidos) películas de producción extranjera como El precio de la muerte (1963), dirigida por Carol Reed y protagonizada por Laurence Harvey y Lee Remick en una trama de estafas, amor e intento de asesinato; ese mismo año es la película española Chantaje a un torero, dirigida por Rafael Gil y protagonizada por Manuel Benítez “El Cordobés” que, como no podía ser de otra forma, nos narra las aventuras (y desventuras) de dos maletillas aspirantes a torero. Como telón de fondo, La Malagueta; de 1965 es Tabú, dirigida por Javier Setó y rodada en La Concepción; de 1965 es El coronel Von Ryan, antes citado, encarnado por Frank Sinatra -en el papel del coronel Joseph Ryan-, en una película épica (y de fugas) ambientada durante la II Guerra mundial. Los extras, supuestos soldados alemanes y británicos, eran malagueños y los picachos del Chorro escenario de unos hipotéticos Alpes. Siguiendo la línea épica aquí se rodaron escenas de Soldado de Dios, un film americano de aventuras medievales y templarias, dirigido por W.D. Hogan y protagonizado por Tim Abell. Se estrenó en 2006.
En la línea histórico-mítica se estrenaría en 1979 La Sabina, un relato basado en la mitología popular. Una estupenda Ángela Molina (“La Sabina”) da vida a una atractiva y salvaje andaluza de la serranía rondeña que, en realidad, es una dragona que habita en el fondo de una sima. Esta “Sabina” atrae a sus víctimas (hombres) por medio de un sortilegio; las posee, y luego las devora. La dirigió José L. Borau. De épocas pasadas, e inspiración histórica es también la coproducción franco-británica-española, dirigida por Mary McGuckian, El puente de San Luis Rey, un relato ambientado en el Perú del siglo XVIII -en plena Inquisición española-, donde se entrelazan una diversidad de mundos tan opuestos como los conventos y los burdeles; los muelles limeños y los teatros; las instituciones científicas y la corte madrileña. Entre los actores: Robert de Niro, F. Murray Abraham, Kathy Bates, Geraldine Chaplin, Harvey Keitel o Pilar López de Ayala. Se estrenó en 2004.
En 1971, en el film titulado El Bulevar del ron, una exuberante y rubísima Brigitte Bardot pasea por las calles de Cuba… Una Cuba situada en Málaga recreando uno de sus hoteles que no es otro que ¡el edificio barroco del Ayuntamiento! Inspirada también en esos “felices” años es la película Torremolinos 73 -inspirada en un hecho real-, que cuenta la historia de Alfredo López (Javier Cámara), un frustrado vendedor de enciclopedias a domicilio y de Carmen (Candela Peña), fiel esposa y peluquera de profesión; una pareja que cambiará radicalmente su existencia al recibir una extravagante proposición: protagonizar películas porno, estrenada en 2003. En 1995 Icíar Bollaín dirige Hola, ¿estás sola?, una historia natural y divertida que narra las vicisitudes de dos amigas encarnadas por las actrices Silke y Candela Peña. En la historia interviene también el actor malagueño Antonio de la Torre. Al año siguiente se estrena Killer Barbys, dirigida por el maestro del cine negro español Jesús Franco, una historia de siniestras aventuras protagonizadas por los miembros de una banda punky en gira, en la que también tienen cabida una malvada bruja, un asesino psicópata y otros peculiares personajes. En esa línea dislocada se estrenó en 2001 Torrente 2: Misión en Marbella, la segunda comedia dirigida por Santiago Segura, que sigue a la primera entrega de la serie de Torrente.  En este caso, el casposo detective se encuentra, sin comerlo ni beberlo, complicado en una guerra mafiosa que amenaza con destruir Marbella. Su misión será salvar a la ciudad. Fue todo un éxito.
De nuevo la Costa del Sol tiene como escenario la comedia Agítese antes de usarla, dirigida por Mariano Ozores en 1983 y protagonizada por la pareja de cómicos Pajares-Esteso y la coproducción hispano-argentina Amor a la española, dirigida por Fernando Merino, y de Ozores es también la comedia de 1967 protagonizada por Manolo Escobar, Donde hay patrón no manda marinero.
            En 2002 se estrenaron dos películas que tienen como fondo nuestra costa. Con argumentos basados en el drama y la intriga, Patricia Ferreira dirigió El alquimista impaciente, película basada la novela homónima del madrileño Lorenzo Silva (1966). La pareja de investigadores de la Guardia Civil: el sargento Rubén Belvilacqua (Roberto Enríquez) y su ayudante Virginia Chamorro (Ingrid Rubio) intentará desentrañar el caso de un extraño asesinato. Como fondo, una trama de intereses económicos y medioambientales. Entre otros participantes destacamos el papel de dos extraordinarios actores: Adriana Ozores y Miguel A. Solá. En La caja 507, dirigida por Enrique Urbizu, nos adentramos directamente en el submundo de los intereses inmobiliarios llevados hasta las últimas consecuencias. Un director de banco (Antonio Resines) y un ex policía corrupto (José Coronado) son los principales protagonistas, junto al extraordinario trabajo llevado a cabo por una convincente Goya Toledo, en el papel de amante de Coronado. En 2009 el thryller de factura USA Traidor, dirigido por Jeffrey Nachmanoff, sitúa parte de la acción en Marbella siguiendo una trama en la que se mezclan el FBI, la CIA, un esquivo ex-soldado y el terrorismo islámico.
            Pero, como ya adelantamos, tanto la capital como la provincia fueron escenario transitado para el rodaje de películas. La población costera de Nerja, por ejemplo, se ha visto a menudo invadida por equipos de rodaje. Por citar algunos ejemplos, en 1967 se rodaron filmes como Guapa, Intrépida y Espía, dirigido por Leslie H. Martins y protagonizada por Tony Franciosa y Raquel Welch en el papel de una paracaidista que intenta desmantelar un detonador atómico; en Operación Kid Brother Alberto de Martino dirige una intriga en la que un criminal intenta chantajear a los gobiernos y hacerse con las reservas de oro mundiales. Los actores Neil Connery y Daniella Blanchi encabezan el reparto. En 1971 el norteamericano Richard Fleischer dirige una trama de acción: Terror ciego, protagonizada por George C. Scott, un antiguo gangster que vive retirado hasta que le proponen un trabajo especial…
            De 1978 es la película española Los días del pasado, una historia de amor marcada por los silencios obligados del franquismo. Gran interpretación de la entonces pareja formada por Pepa Flores (Marisol) y Antonio Gades. La dirigió Mario Camus. En 1999 el británico Colin Nutley dirigió Under The Sun (Bajo el sol), un film sueco interpretado por Rolf Lassgard y Helena Bergström (que fue nominado al Oscar, además de obtener una mención especial del Jurado en el Festival de Cine de San Sebastián). Es una historia de amor entre un granjero soltero y solitario que busca esposa a través de un anuncio en la prensa y una hermosa mujer que responde a la llamada. En 2004 otro director extranjero, el escocés Ken Loach dirigió Solo un beso, una coproducción Reino Unido-Italia-Alemania. Director comprometido socialmente, nos narra una historia de amor entre un musulmán y una escocesa y las negativas consecuencias que surgen alrededor de esta relación. Junto a los títulos citados, también se han rodado series para televisión como la popularísima “Verano Azul” (1981) o “Sangre Azul” (1989).
            Finalmente, apenas desbrozado el filón fílmico (se han contabilizado más de doscientas películas con escenario local o provincial), no podíamos dejar encerrada en el armario el trabajo de tres Antonios locales: la rabiosamente malagueña, dirigida por Banderas, El Camino de los Ingleses. Se estrenó en 2006 a partir de la novela de Antonio Soler del mismo título y se acompañó con música de Antonio Meliveo. Un trabajo coral de jóvenes actores -muchos de ellos andaluces- como Fran Perea, Félix Gómez o Cuca Escribano, junto a otros veteranos como el también andaluz Juan Diego o Victoria Abril (una madrileña criada en Málaga), que dan vida a “gente corriente” y recrean historias cotidianas, amores, deseos, sueños… teniendo como escenario un verano malagueño de principios de los setenta; de ese mismo año es Marina: la última bala, un drama de Richard Jodan. En 2008 Pablo cantos dirigió el drama-comedia Imaginario, protagonizada por Rosana Pastor. Ya en 2015 Kike Maíllo dirige el thriller Toro, protagonizada por Luis Tosar y Mario Casas.
            Por otro lado, como ya sugiere el título con el que encabezamos el artículo, no sólo se va a ver reflejada Málaga en la gran pantalla. La literatura, fuente recreativa de primer orden, nos ha venido proporcionando, desde hace largo tiempo, una serie de títulos sugerentes y atractivos relacionados con Málaga, su historia y sus habitantes, algunos de los cuales vamos relacionar en las páginas que siguen. Entre tantos títulos, nos hemos visto en la obligación de elegir sólo unos cuantos ejemplos, de modo que pasando de puntillas por el siglo XIX y su abundante producción literaria (mil perdones a Martínez Barrionuevo, Jerez Perchet, Díaz de Escovar y compañía), hemos centrado nuestra búsqueda en títulos que plasman algunos de los hitos de su historia más próxima. Junto con títulos recientísimos de autoría local como Amnesia urbana (Carlos Hernández Pezzi), Saque de esquina (Salvador Moreno Peralta), Muerte en la rotativa (Ángel Escalera y otros) o Un regalo de Reyes (José Mª Alday y otros), Málaga aparece en obras que recrean momentos particularmente interesantes como son los años que giran alrededor de la época republicana, la Guerra Civil, la posguerra, los años del boom turístico o el salvaje desarrollismo y sus secuelas.
            De 1950 es la novela Monte Sancha, de Mercedes Fórmica (1916-2002). Falangista desde 1933, amiga de José Antonio Primo de Rivera y colaboradora habitual de su hermana Pilar, tras la Guerra Civil se convierte en una de las tres mujeres que ejercían la abogacía en Madrid, dedicándose a la defensa de los derechos de las mujeres maltratadas y separadas (ella podía) durante los años más duros de la dictadura. Por este motivo, la fotógrafa austriaca Inge Morath (futura esposa del dramaturgo Arthur Miller) recibió el encargo de Robert Capa, para la Agencia Magnum, de fotografiar a esta “rara avis”. La novela está ambientada en la Málaga republicana y recrea los amores de una joven de la burguesía mestiza malagueña (es medio inglesa) y un joven obrero de La Trinidad. La novela fue finalista del premio Ciudad de Barcelona. Su autora utilizó el pseudónimo de “Elena Puerto” para firmarla.
            La siguiente obra es de otra escritora, Isabel Oyarzábal Smith (1878-1974). Malagueña y miembro de la burguesía comercial, fue también actriz dramática y articulista. Feminista, luchó también por los derechos de la infancia. Vinculada políticamente al PSOE fue la primera mujer española que ejerció como embajadora. Murió en el exilio mexicano. En 1956, en México, publicó su novela En mi hambre mando yo. En ella nos muestra la dramática lucha de intereses económicos e ideológicos de aquellos turbulentos años republicanos que desembocaron en el enfrentamiento fratricida. Como fondo, los amores entre una joven viuda de la clase acomodada y su antiguo novio, un líder defensor de los campesinos. Publicó bajo los seudónimos de “Beatriz Galindo” e “Isabel O. de Palencia”.
            El otro reino de la muerte es un libro de memorias de la escritora americana Gamel Woolsey (1895-1968), esposa del hispanista Gerald Brenan (1894-1987). La escritora relata los primeros días de la Guerra Civil desde su perspectiva de extranjera, pero buena conocedora de la sociedad malagueña (residía de forma permanente en Churriana desde 1935). En su obra la autora capta el ambiente general de nerviosismo e incertidumbre de aquellos momentos trágicos. En una de sus cartas escribirá que su relato “No es sólo una historia de la Guerra Civil sino también de mi corazón, y es la única cosa mía que realmente he querido publicar”. El libro se publicó en 1939 en Inglaterra.
La terna de escritoras la completamos con la inglesa Marjorie Grice-Hutchinson (1909-2003), quien nos ha dejado su particular visión de Málaga en su obra Un cortijo de Málaga, publicado en inglés en Londres, bajo el título de Málaga Farm (1956)  y traducido casi medio siglo después al castellano, un compendio de análisis económico, social y antropológico de nuestra ciudad en los años 50; y dando un paso atrás en el tiempo no queremos olvidar a Alicia Rodríguez Fernández (195-2011): actriz de cine, teatro y televisión, escritora y activista nacida en Málaga y exiliada en México a causa de la Guerra Civil. Quizás muchos de sus paisanos ignoran que en 1997 fue nominada al Premio Nobel de la Paz. Escribió dos libros publicados en México: Una niña hacia el destierro y Encuentra tu misión.
Salvador González Anaya (1879-1955)[7], escritor y político malagueño, escribirá su novela Las vestiduras recamadas ambientándola en la Málaga republicana. Editada en Barcelona en 1932, tiene como protagonista a una pareja: una joven malcasada malagueña (que cree ser viuda) y un joven emprendedor madrileño, pero con raíces malagueñas y una amante que le pisa los talones y que le chantajea. A los conflictos que se generan entre la pareja (sospecha, celos, diferencias políticas y religiosas) el autor va entreverando los conflictos sociales, políticos y religiosos que definen aquellos tumultuosos años; especial mención para su completísimo relato de la Semana Santa y otro no menos detallado de la quema de conventos. Para no dejar un mal sabor de boca, plantea para la pareja un final feliz.
José Luís Conde aporta su particular versión sobre los años de la Guerra Civil en su novela Crónicas del Julio colérico (2009), un libro de historias particulares (y olvidadas) “porque nadie quedó para contarlas”. Luis Melero (1942), malagueño de nacimiento y nómada por vocación, en su novela La desbandá, publicada en 2005, nos asoma a la Málaga de los años treinta y a una familia proletaria con diversidad ideológica. El relato culmina con el horrible episodio sufrido por miles de malagueños, en su intento de escapar de las tropas fascistas marroquíes a través de la carretera de Almería en los primeros días de febrero de 1937. Como se sabe, la Luftwaffe alemana segó la vida de muchos miles, especialmente mujeres, ancianos y niños. El escritor malagueño Leonardo Cervera incide también en los hechos citados en su novela La primera en el peligro de la libertad, calificada por el periodista y escritor Diego Carcedo como la primera versión en profundidad de los terribles hechos de la guerra civil en Málaga”. 
            En la misma época está ambientada la novela del malagueño Miguel Torres López de Uralde (1966) Pantalones cortos (2007). Un chaval, hijo de un padre barbero y republicano va a ser testigo de unas experiencias que marcaron a varias generaciones. Como elemento protagonista un gran espejo que, un buen día, dos obreros (uno gordo y otro flaco) llevan a la barbería, de nombre “La Española”. Todo un acontecimiento: “Detrás de nosotros había un montón de gente apelotonada, pues en la barbería se habían congregado todos los amigos de mi padre para celebrar la llegada del espejo nuevo”.
            Juan Goytisolo (1931) centra en su novela La isla (1961) en los duros años de la posguerra. En ella nos describe a unos personajes cosmopolitas: “Había varias cartas reexpedidas desde París […] las arrojé a la papelera sin leerlas. Solamente retuve un sobre blanco, escrito directamente a Torremolinos”. La novela, una crítica social y moral, quiere ser testimonio de una época concreta en un lugar concreto -esa “isla” a la que alude el título-, pone en contraposición una realidad social y una elite de “peluquero y gimnasio”, bastante alejada de la miseria general. Por su parte, el malagueño Rafael Pérez Estrada (1934-2000) publica en 1999 La extranjera, una historia que tiene a Málaga como escenario, y como protagonistas a una serie de personajes que aquí viven y aman mientras Europa se desangra en la cruel Segunda Guerra Mundial.
            De Fernando Sánchez Dragó (1936) es la novela Eldorado. Un canto al Torremolinos de principios de los sesenta (con doble guiño incluido en su título: la antigua sala de fiestas, ya desaparecida, y aquel soñado Eldorado de nuestros conquistadores); una historia inspirada, en palabras de su autor “en cuanto había sucedido en aquel pueblo, Torremolinos, asiento a la sazón del paraíso”. Un paraíso que retoma la novela –en su momento bestseller- del toledano Ángel Palomino (1919-2004) titulada Torremolinos Gran Hotel y publicada en 1971). La novela está inspirada en los hechos y anécdotas que el autor recopiló durante los años en que ejerció su profesión como director del Hotel Riviera de Benalmádena. Entre sus actividades relacionadas con las letras firmó artículos para La Codorniz con el pseudónimo de “Ulises”.
            Las truculentas historias de vividores, narcotraficantes, contrabandistas y demás fauna ad hoc han quedado reflejadas en novelas como La reina del sur, del académico y antiguo reportero Arturo Pérez Reverte (1951), muy documentado en las luchas contrabandistas que se libran en el estrecho. Se ha estrenado un telefilm, con reparto internacional, basado en ella. La siguiente novela de Félix Bayón (1952-2006) De un mal golpe, publicada en 2005, contiene todos los ingredientes que identifican al llamado “género negro”. Su protagonista, el detective privado Luís León, se enfrenta a un mundo de drogas, mafias, sobornos y corrupción. Como fondo Marbella, y como embrión de la historia el desliz amoroso de un político que es utilizado para extorsionarle. En ésta línea detectivesca profundiza la obra del malagueño Juan Madrid (1947) titulada Cuartos oscuros, cuya trama tiene como protagonista a Tomás, un joven estudiante, hijo de divorciados. Un día recibe una carta con matasellos de la prisión provincial de Málaga por la cual se entera de que el padre, preso en ella, había decidido fugarse y quiere reunirse con él. Entonces comienza una historia de pesadilla que, finalmente, tendrá su lado positivo porque habrá contribuido a su madurez.  
            Como decíamos al principio, todas las películas y obras citadas son sólo una pequeña muestra y un anticipo para seguir profundizando en la filmo-literatura que ha tenido, tiene y de seguro seguirá teniendo Málaga. Títulos recientes como Una sombra en el paraíso del director, guionista y productor malagueño Alberto Jiménez; Men who hate women, Millenium, Al otro lado o Clandestinos, todas ellas estrenadas en 2009, son un ejemplo de lo expuesto.

BIBLIOGRAFÍA RELACIONADA

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Ciudad del Paraíso (Vicente Aleixandre, 1939)

A mi ciudad de Málaga

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria,
antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira
o brama, por ti, ciudad de mis días alegres,
ciudad madre y blanquísima donde viví, y recuerdo,
angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.

Calles apenas, leves, musicales. Jardines
donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.
Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,
merecen el brillo de la brisa y suspenden
por un instante labios celestiales que cruzan
con destino a las islas remotísimas, mágicas,
que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.

Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.
Allí donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,
y donde las rutilantes paredes besan siempre
a quienes siempre cruzan, hervidores en brillos.

Allí fui conducido por una mano materna.
Acaso de una reja florida una guitarra triste
cantaba la súbita canción suspendida del tiempo;
quieta la noche, más quieto el amante,
bajo la lucha eterna que instantánea transcurre.

Un soplo de eternidad pudo destruirte,
ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un dios emergiste.
Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,
eternamente fúlgidos como un soplo divino.

Jardines, flores. Mar alentado como un brazo que anhela
a la ciudad voladora entre monte y abismo,
blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso
que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!

Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.
Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.



Artículo publicado en la revista Jábega nº 107, 2016, pp. 61-71.     


[1] “La Primera en el Peligro de la Libertad”, además de la divisa de la ciudad de Málaga es el título de la novela histórica de Leonardo Cervera, editada por Arguval en 2007, sobre la guerra civil en Málaga. Otros títulos otorgados a la ciudad son: “la muy Noble, muy Leal, muy Hospitalaria, muy Benéfica y siempre Denodada Ciudad de Málaga”. El primero de ellos concedido por los Reyes Católicos en 1492. En 1640 Felipe IV le concedió el título de “muy Leal”. Felipe V, en 1710, le concedió el título de “muy Ilustre” como premio a los servicios prestados a la Corona por la ciudad durante la Guerra de Sucesión. En 1843, a través de un Real Decreto, le fue concedida otro título: “Siempre Denodada” y la divisa “La primera en el peligro de la libertad”, con motivo de las luchas que provocaron la caída del General Espartero. Otro Real Decreto de 1901 le concedió el título de “Muy Hospitalaria” como premio a la conducta del pueblo malagueño con motivo del naufragio de la fragata de guerra alemana Gneisenau. Finalmente, en 1922, y como premio a la ciudad por su ayuda a los soldados que luchaban en la guerra africana, se concedió a Málaga el título de “muy Benéfica”.


[2] Norman Bethune (18890-1939). Eminente cirujano, director del Hospital Sacré-Coeur de Montreal. Con cuarenta y cinco años, y en la cima de la fama, del éxito y del dinero, abandonó todo para enrolarse como voluntario en ayuda de los republicanos durante nuestra Guerra Civil. Llegó a España en noviembre de 1936. Para más información cf. Girón, Enrique y Arenas, Andrés (2000): “Dr. Norman Bethune: la forja de un héroe”, en Isla de Arriarán: revista cultural y científica, Nº 15, pp. 65-76.
[3] Sobre el particular cf. CARCEDO, Diego, Neruda y el barco de la esperanza. Madrid, Temas de hoy, 2006; El Schlinder de la Guerra Civil. Barcelona, Ediciones B, 2003. NADAL, Antonio, Mi diario en villa Maya: los refugiados nacionalistas en el consulado mejicano de Málaga, julio 1936-febrero 1937. Málaga, Junta de Andalucía, 1989.
[4] Cf. GRIÑAN, Francisco, Las estaciones perdidas del cine mudo en Málaga. Málaga Cinema 2009; GRIÑÁN, Francisco, VIGAR, J.A., Málaga Cinema. Rodajes desde el nacimiento del cine hasta 1960. Málaga, Ayuntamiento de Málaga, Fundación Unicaja, Festival de Málaga, 2004; LARA, Mª Pepa, Historia del cine en Málaga. Málaga, Sarriá, 1999. Remitimos de nuevo a Francisco Griñán y su “Ciclo Málaga. 100 años de cine”, celebrado durante el Festival de Cine de Málaga, 20015.
[5] Guy (1873-1968) fue la primera persona en llevar un film narrativo a la pantalla. Es considerada la primera directora de cine. Dirigió, produjo y/o supervisó más de 300 películas. Sus producciones tocaban todos los géneros, desde cuentos de hadas y cuentos fantásticos a parábolas religiosas, pasando por comedias románticas o películas policíacas. Para más información remitimos a MANZANO, Mª Victoria Manzano, “Directoras de cine en España: Misión de audaces”, en Nerea (2008), pp. 12-16.
[6] Especialmente documentales con una intencionalidad de promoción turística.

[7] Fue historiador oficial de Málaga, y su alcalde, en 1916, 1918 y 1935.

miércoles, 10 de junio de 2020

CALLE DE LA CABEZA

Ayudas a una desescalada: 10/06/2020



                                            CALLE DE LA CABEZA

En el siglo XVII en las Españas que por entonces eran muchas, reinaba un tal Felipe III…
Más de uno se preguntará a qué viene esto de hablar de tiempos tan pasados, teniendo como tenemos aquí y ahora un gran revuelo coronario y virulento, ese que los sabios han dado en llamar Cobid19.
La explicación es sencilla:
Cuando la cruda realidad apabulla, es saludable realizar pequeños paréntesis, regalarse algún que otro dispendio y, sin miedo a ser acusado de frívolo, buscar puntuales refugios en la ficción o en algo que se le parezca.
Cuando la saturación informativa acerca de la pandemia y sus consecuencias desdibuja la narrativa, un escribiente de auténticas o ficticias historias tiene poco o nada que decir que no se haya dicho del bichito y sus efectos colaterales. Por instinto prefiero subir —o bajar— (quien sabe) algunos peldaños de tragedia, recurriendo a un relato que desconozco si será o no auténtico, pero que para el caso pretendo sirva única y exclusivamente de entretenimiento.
En el siglo XVII en las Españas que por entonces eran muchas, reinaba un tal Felipe III. Su padre, también Felipe pero segundo, harto de seguir la estela de sus antecesores paseando la capitalidad del reino por diversos lugares patrios, decidió sentar cabeza nombrando Capital del Reino a la muy ilustre Villa de Madrid. Lo de los Borbones nos llegaría después, aunque también como no, con otro Felipe, el quinto.
El caso es que la Villa, bendecida por la generosa decisión del Rey, si no para todos —ni siquiera para la gran mayoría—, si sirvió a ilustres espabilados para amasar mayores o menores pero siempre fructíferas fortunas. Entre los segundos, quizás no siendo escrupuloso en exceso con los votos de humildad y sencillez que años atrás había asumido ante su santísimo, el Padre Silvestre, amarrando un servicio sacerdotal por aquí, una buena intermediación eclesiástico financiera por allí, más que bien y a su edad, disponiendo de unos buenos ahorros, tenía asegurada la tranquilidad que en los últimos años de estancia en este mundo da disponer de una buena situación financiera.
Siguiendo —eso sí, a su criterio— las bondades emanadas del buen cristiano, ayudaba a quienes le ayudaban, oraba por quienes por él intercedían. Fuera de ese ámbito, salvo para socorrer algún que otro sobrinillo de padre desconocido, poco se conoce de su altruismo hacia la vecindad. Desde sus primeros años de celibato, realizaba los oficios al amparo de la corte. Sin llegar a las más altas instancias, siempre fueron buenos y agradecidos sus servicios a las parentelas de los condes y duques de aquellos que alternaban ambientes palaciegos. Un buen consejo de confesionario, un discreto y puntual chismorreo derivado del secreto recibido o, cualquiera otra de las múltiples veleidades a que, con su sabia palabrería pudiera tener beneficio, sirvieron a nuestro prolijo D. Salvador para, como se ha mencionado, salvaguardar su futuro.
Residía nuestro cura en el populoso barrio de Avapiés (hoy más conocido por Lavapiés), en una holgada vivienda de dos plantas con hermoso patio y jardín trasero, dando la entrada principal a una céntrica calzada de la Villa, hoy conocida por «La Calle de la Cabeza». Y, realmente es aquí donde tuvieron lugar las causas que han motivado este relato. Sirva lo anterior para mejor discernir el lector lo que a continuación se expondrá.
  En la planta segunda, en un falso tabique tras una liviana alacena, disponía el anciano clérigo de un discreto y suficientemente amplio habitáculo donde almacenar y proteger el nada desdeñable caudal de maravedíes de plata y otras monedas al uso.
También, desde hacía años —al menos diez— D. Salvador tenía contratados los servicios de Rogelio Hernández. Hombre de mediana edad, soltero, parco y prudente en palabras, de buen apetito, de complexión fuerte y  dispuesto siempre a realizar cuantas tareas domésticas o de diversa índole y a su alcance, le fueran encomendadas. Fiel en su cometido, escasas fueron las ocasiones en que recibió algún reproche por parte del amo de la casa. Rogelio, haciendo abstracción de reducido salario recibido, tampoco tenía mayores motivos de queja. La armonía entre partes, al menos en apariencia, resultaba correcta.
Bien por un despiste, bien porque la edad no perdona y las facultades se pierden, hacía varios años —tres o cuatro al menos— que Rogelio era conocedor del lugar donde el anciano atesoraba sus riquezas. En ausencia de D. Salvador, en más de una ocasión y solo a modo de curiosidad, tras acceder al ya poco secreto lugar, arqueaba y calculaba la totalidad del dinero almacenado. Aun así, nunca, en ninguna ocasión se había tomado la licencia de sustraer una sola moneda, ni siquiera la de más baja cualificación. Así era hasta que…
Tres o cuatro años era tiempo suficiente para, como pequeña larva, como diminuto virus de lento y persistente trabajo, doblegar el sentido ético y moral del sirviente. El diablo hacía su trabajo.
Mil conjeturas circularon por su cabeza, mil variantes de cómo actuar con la mayor prudencia y con el mejor rédito. La decisión estaba tomada. La mejor, la más expeditiva.
Primero: Muerto el cura hacer desaparecer el cadáver. Diseccionaría el cuerpo del delito en razonables tamaños para, con discreción y buen hacer, en costales bien cerrados dejar que la corriente del Manzanares se encargara del resto. El último bulto sería el de la cabeza. En dos días con sus noches no quedaría rastro del delito; además, pasarían días antes de que cualquier inoportuno echara en falta la presencia de D. Salvador.
Segundo: Con todos los maravedíes y monedas varias, poner tierra de por medio. Portugal sería el destino. Allí nadie le conocía, nadie preguntaría ni el dónde, ni el cuándo, ni el porqué.

Pasaron los años, diez o doce, Rogelio Fernández establecido en Coímbra no tenía ningún reproche que hacer al estado de su nueva vida, tampoco ninguno a su comportamiento anterior. En cualquier caso, de eso hacía ya mucho tiempo y, como es bien sabido —o al menos eso se dice—, que este lo cura todo. Un día, convencido del milagro del paso del tiempo y de que nadie se acordaría del clérigo, y mucho menos aún de él, con discreción decidió regresar a Madrid. Se alojaría por unos meses en una vivienda en alquiler, en la misma calle aunque algo alejada de la antigua casa del cura  y, si el futuro se presentaba apacible —por qué no—, instalarse definitivamente. Al fin y al cabo, Coímbra estaba bien, pero donde estuviera el Madrid de siempre. Además, aunque mantenía el buen apetito, también se iba haciendo mayor.
Un día, visitando el Rastro, en un puesto de carnicería, una pequeña, sabrosa y aún fresca cabeza de cabrito llamó su atención. De inmediato la imaginó saliendo del horno, creyó incluso olfatear su aroma de recién asada. Dicho y hecho, acordado el precio y depositada en un morral de tela, el destino estaba decidido.
Tan fresca era la pieza del chivo que, cargada del hombro hacia la espalda, en su distracción no tomó conciencia del pequeño reguero de sangre que del animal iba dejando tras de sí.
Muy cerca ya del domicilio, a solicitud de dos alguaciles que por allí paseaban cumpliendo su cometido, Rogelio fue requerido a aclarar la causa del tan poco habitual trazo.
—Nada que ocultar, señores alguaciles —respondió con una sonrisa y la tranquilidad de no haber cometido ninguna infracción. Razonó la causa del pequeño goteo, el dinero abonado así como el destino inmediato del deseado manjar. No viéndolos muy convencidos, y para evitar cualquier tipo de suspicacia de la autoridad, introduciendo la mano en el morral extrajo la cabeza de…
Nunca se ha sabido, nunca se sabrá, ni siquiera hay explicación posible para entender que lo que colgaba de la mano del delincuente Rogelio Fernández era la cabeza fresca y recién seccionada del Padre Silvestre. Días más tarde sería ejecutado en la Plaza Mayor.
Luego, con el paso del tiempo, el saber popular dio en llamar a la calle de la Villa donde se habían producido los sucesos narrados «Calle de la Cabeza».
Continuaba el reinado de Felipe III

A 24 de mayo de 2020
Vladimir Merino Barrera
Escritor

jueves, 4 de junio de 2020

ANTE LA INCERTIDUMBRE...CULTURA

Ayudas en una desescalada (04/06/2020)

                                       



        "ANTE LA INCERTIDUMBRE… CULTURA"


             Voy a apropiarme de unas palabras de las que, hace unos días, tuve el honor de disfrutar, y que proceden de un gran amigo mío. Las pronunció en una de nuestras charlas, muy distendidas, sobre la pasión que nos genera los libros y la cultura en general. Le pregunté qué podíamos sacar en positivo de esta situación de crisis sanitaria del COVID19, y él me contestó lo siguiente: “¿Te acuerdas de la Guerra de Irak? Le preguntaron al Secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, sobre la vinculación del gobierno de Irak con las supuestas armas de destrucción masiva. En ese momento, podría haber citado a Sócrates, solo sé que no sé nada… pero lo que contestó fue una especie de trabalenguas que decía hay cosas que sabemos que sabemos, otras que sabemos que no sabemos… y otras que no sabemos que no sabemos. Es una forma de decirte que, en este mundo, azotado más que nunca por la incertidumbre, no hay certezas absolutas, y lo más importante es ser consciente de ello.” Os cuento esto porque, al hilo de este comentario, puedo tener, como única certeza, la solidez de la duda. Y ligo esta idea a la cultura, fabulándola, como muy bien hace Irene Vallejo en su libro El infinito en un junco, con el propio junco, que nos enseña que frente a las soflamas de los convencidos, el verdadero conocimiento, el que perdura, crece flexible y a tientas, consciente de su fragilidad… el vivo retrato de la cultura.
Ahora, más que nunca, la cultura nos está ayudando a llevar esta grave situación de la mejor manera posible, nos alivia de muchas maneras. Si hay algo que podemos agradecer al COVID-19, por expresarlo de alguna forma, es que ha puesto en evidencia, como suelen hacer las crisis, la indispensabilidad de la cultura para los individuos y las comunidades. En las redes sociales hemos podido disfrutar de los vídeos alentadores de músicos y artistas de todos los géneros, de renombre mundial y desconocidos, que han compartido gratuitamente su música para el provecho de sus vecinos y de millones de personas más a través de las redes. Muchos emplean su talento artístico para difundir información importante sobre el COVID-19, tal como la importancia de lavarse las manos adecuadamente y del distanciamiento social. Hemos visto como comunidades enteras, aisladas en sus hogares, se han unido para cantar, tocar música, bailar, o incluso proyectar películas desde las ventanas de sus balcones. Museos, teatros de ópera, salas de conciertos y otras instituciones culturales, actualmente cerradas al público, han abierto sus puertas virtuales generosamente, ofreciendo gratuitamente visitas a sus colecciones y retransmisiones de espectáculos a través de sus páginas web. Asimismo, bibliotecas y cinetecas han puesto sus archivos digitales a disposición del público.
En el supuesto de una “nueva normalidad” (aunque mejor planteado sería una “nueva realidad”), la cultura deberá jugar un papel fundamental, y si no fuera así, ¿En qué estamos pensando? ¿Qué será de nuestra sociedad? La cultura no es un adorno de la vida humana, no. Es la esencia de la Humanidad, es lo paradigmático de ese ser racional que es la persona humana, y lo que lo diferencia de cualquier otro ser. Es por ello que la cultura no puede quedar relegada a un puesto subsidiario en la próxima etapa de regeneración que nos aguarda.
Cuando llegue el momento de la recomposición social, la cultura no puede estar ajena a ese proceso, al contrario, deberá ocupar el lugar que le corresponda: el justo lugar; ni dos pasos más adelante, ni uno más atrás. Así lo esperamos quienes nos dedicamos a esto profesionalmente, así lo demandan las asociaciones culturales que se hacen eco de ello, y así lo necesita la sociedad a la que servimos y de la que formamos parte.
Se han escuchado voces abogando por la consciencia de que la cultura es prioritaria, que es fundamental protegerla y ampararla y, desde luego, considerarla un bien de primera necesidad como ya se ha hecho en otros países de Europa. Estoy completamente de acuerdo, y así espero que se haga. En estos momentos la cultura vía digital es la que nos está alimentando el espíritu. No le demos la espalda. Hay que hacer campaña de promoción para que la gente vuelva, cuando todo esto pase, a consumir cultura, sea en la normalidad, “nueva normalidad” o “nueva realidad… la cultura debe seguir viviendo.
Ojalá que, si por desgracia vienen esos malos tiempos, podamos, quienes tenemos la capacidad, convencer de que un giro hacia los valores que promueve la cultura también puede estar en la salida y recuperación. La cultura en tiempos de crisis está ahí para reconfortar, fíjese la cantidad de manifestaciones que están surgiendo, es una especie de tsunami cultural, está para formar, instruir, distraer, y para llevarnos a otros planos del entendimiento. Tiene una dimensión sanadora. Es una fuerza muy grande. Parece que somos un adorno y no; en estos días se ve el músculo, la fuerza y la potencia.
Hoy más que nunca, y parafraseando a la ínclita UNESCO, la gente necesita la cultura, nos hace más resilientes, nos da esperanza, nos recuerda que no estamos solos; y aunque nos invada la incertidumbre, estadio muy propio de la especie humana, la creatividad se mantendrá, en constante equilibro con la duda. Ésta no morirá nunca, pase lo que pase, porque necesitamos la fantasía, la imaginación. Eso no va a cambiar. Es posible que el medio de difusión, pero el mensaje lo crearemos con las mismas claves que cuando usábamos tablillas de barro para la escritura cuneiforme.

Juan Manuel Castillo Cerdán
Profesor de Historia. Colegio Maravillas. Benalmádena.