domingo, 11 de octubre de 2020

MORIDEROS

                                                                    MORIDEROS

 

La vejez o senectud no es, por principio, un estado patológico aunque su concomitancia aumenta progresivamente  en comparación al resto de las fases vitales. La propia degeneración o desgaste solicita el aumento de los recursos reparadores cada vez en mayor cantidad hasta alcanzar el agotamiento de las posibilidades de renovación, momento en que también merman las posibilidades vitales propiciando la aparición de enfermedades intercurrentes, o de fallos orgánicos y estructurales  que terminan con la vida del individuo.

Es conocido que las enfermedades que mayor cantidad de recursos orgánicos solicitan para sobreponerse, son las depresiones internas y por tanto su control evitará esta fuga de recursos que tan necesarios serán en la vejez. Es relativamente fácil distinguir en cualquier foto conmemorativa académica  o familiar, a las personas agraciadas por la vida (buena situación profesional, buena situación familiar, buen entorno vital, etc.), de las personas que lo han tenido difícil (fracaso profesional, fracaso familiar, mal entorno vital). Los primeros se ven mejor conservados, más jóvenes y los segundos más deteriorados, más envejecidos.

Este entorno depresivo se acentúa sobremanera con la llegada de la jubilación, al cesar los estímulos o necesidades de decisión, momento en el que el mundo profesional habitual desaparece abruptamente para sumergir al individuo en un abismo insondable lleno de temores depresivos, cuyo vacío se acentúa sobremanera con el grado de marginación social y familiar que sobreviene paralelamente y en el que el sujeto pasa inopinadamente a ser alguien a quien hay que tolerar y  condescender sin ninguna contrapartida activa hasta el momento de su muerte que puede convertirse, incluso, en deseable.

Entre nosotros el anciano o la anciana, el abuelo o la abuela, son considerados como  seres  casi inanimados, improductivos, puede que molestos, carentes de la más mínima capacidad de contribución positiva al entorno social, en el que su acervo cultural y experiencia son sistemáticamente ninguneados o conculcados de forma política o familiarmente intencionada, sin posibilidad de contraste alguno con las valías demostradas a lo largo de su existencia vital.

La vejez necesita un enfoque positivo como un cambio de actividad que mantenga a nuestros mayores en la posesión de su capacidad de decisión y de realización manteniendo en marcha las estructuras neuronales que tanto trabajo costó desarrollar, lo que implica el reconocimiento del derecho del anciano a su individualidad e independencia en el desarrollo de una segunda vida. Y ello no quiere decir que deban descuidarse las necesidades médicas de atención que sin duda alguna irán apareciendo y aumentando con el paso de los años y que necesitarán un seguimiento. Y ojalá que todo pudiera armonizarse en un entorno próximo, familiar y entrañable.

Ninguna de estas condiciones se reúnen en  las modernas instituciones creadas al efecto, las residencias de ancianos, en las que no existen entorno familiar, ni amigable, ni las mínimas exigencias de atención médica, ni ninguna posibilidad de desarrollo personal o humano. Son apartaderos en los que se apartan y esconden a los mayores, se los atiende y se los observa incluso profesionalmente, o familiarmente en los casos en los que la familia vaya a visitarlos, hasta que la intensidad del abandono, la marginación y el olvido, es decir, el maltrato psicológico, incrementen de forma suficiente los niveles de depresión interna haciendo inevitable el fracaso de los recursos reparadores dando lugar a un óbito, en innumerables ocasiones, prematuro.

Como me comentaba un viejo y entrañable amigo mío, son auténticos  “morideros” para ancianos, expresado cabalmente, Centros de Eutanasia, legalmente permitidos, perfectamente organizados y, privados o no, con cargo al erario público.

 

Jesús Lobillo Ríos

Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

domingo, 4 de octubre de 2020

SAMUEL BRONSTON Y EL HOLLYWOOD MADRILEÑO


Samuel Bronston y el Hollywood madrileño


Efectivamente existió un Hollywood español, concretamente en un pueblo llamado Las Rozas de Madrid, actualmente el tercer pueblo con más renta per cápita del país con cerca de 100.000 habitantes. Nada que ver con el pueblecito en el que se va a desarrollar nuestro relato que apenas llegaba a 3.000 roceñeses. Allí, en lo que hoy es una urbanización de lujo en Las Matas, se crearon los estudios de cine más importantes de Europa y aún hubiera llegado a más el proyecto si el fracaso comercial de la que fuera última película rodada en España por Samuel Bronston El fabuloso mundo del circo, junto a problemas financieros y de distinta índole abocaran a tan magna empresa en 1972 a cerrar puertas. Bronston tuvo de nuevo que hacer el equipaje, esta vez de vuelta a USA, para no regresar, tras serle embargados, vendidos o subastados todos sus bienes, si bien durante la época de decadencia intentaría congraciarse con el Régimen produciendo documentales como El valle de los caídos (sobre el mausoleo de Cuelgamuros)[1], Sinfonía española (una especie de guía artístico-turística) o Boda en Atenas, un documento histórico de la boda de Juan Carlos I y Sofía de Grecia, los futuros reyes. También produjo un documental de propaganda exterior: El Camino Real, sobre las bondades de la colonización española en los Estados Unidos con el protagonismo de Frav Junípero Serra y un cortometraje de publicidad institucional: Objetivo 67.

Antes de centrarnos en la figura y en la obra de este cineasta es preciso fijar el contexto político y social de aquella España, singular y autárquica, de los años 50 que intentaba salir del ostracismo poniendo una vela a Dios y otra al diablo. Aunque, para ser equitativos, no era (¿es?) esta una práctica exclusiva del Régimen, el otro Estado que entra en liza en esta historia, los poderosos Estados Unidos de América y su presidente en aquella época, Harry Truman, quien no se recataba al declarar que «no le gustaba el régimen español», al mismo tiempo que negociaba en privado con la dictadura. Este tira y afloja cristalizó en 1953 con los llamados «Pactos de Madrid» que fijaron el establecimiento de las bases americanas, venta de armas y otros negocios poco escrupulosos. Como se sabe, Estados Unidos reconoció al régimen franquista en 1939 (en pago a la neutralidad de Franco), pero al mismo tiempo se opuso a su admisión en la ONU. Paradojas políticas. No había finalizado la década cuando nuestro personaje decide instalar sus estudios en nuestro país.

Este era el panorama que se encontró Sam Bronston al llegar a España en 1957 atraído por su buen clima, el bajo coste de servicios, la alta capacitación profesional de sus técnicos, una nula conflictividad laboral y otros etcéteras derivados del Acuerdo bilateral, al margen de que el Régimen puso a su disposición reclutas del ejército que sirvieron como extras, el uso gratuito de escenarios históricos, como el Palacio Real, o el hacer la vista gorda ante algunas «excentricidades» y ciertas costumbres, digamos, poco decorosas y bastante alejadas del nacional-catolicismo llevadas a cabo por algunos de los divos y divas (especialmente de la Gadner) que intervinieron en sus películas. Corría el año de 1959 cuando Bronston, ya curtido en el cine de Hollywood, se dispone para coproducir con Suevia Films-Cesáreo González John Paul Jones (El capitán Jones, John Farrow, 1959)) protagonizada por Robert Stack[2] y Bette Davis, rodada en escenarios de Madrid (Palacio Real). La citada actriz, en el papel de Catalina la Grande, tuvo el privilegio de sentarse en el trono real, cedido graciosamente para una de las escenas del rodaje.

Y así llegamos a la figura de Schmul Bronschtein (1908-1994), conocido como Samuel Bronston, un judío, ruso de nacimiento y, para más inri, sobrino del famoso revolucionario León Troski (Lev Davidavich Bronschtein). El profesor Diego Moldes, en su introducción al completísimo estudio del historiador del cine Neal Gabler: Un imperio propio. Como los judíos inventaron Hollywood, publicado en España en 2015, se pregunta si el anticomunista Franco habría dado su V.B. a Bronston si hubiera conocido estas circunstancias. En mi modesta opinión pongo en cuarentena esta ignorancia y más me inclino que fuera un laisser faire, laisser passer interesado y oportuno. En otras palabras, un mirar hacia otro lado visto que “el amigo americano” daba trabajo a unas tres mil personas. Profesionales entre los que destacamos a Jaime Prades[3] (mano derecha del todopoderoso Cesáreo González) que ejerció como vicepresidente de producciones. La familia de Bronston había emigrado a Francia antes de la Revolución rusa de 1917 cuando la industria del cine comenzaba a revelarse como un espectáculo de masas. El joven Samuel se iniciaría en este arte tocando la flauta como acompañamiento a las proyecciones (mudas) y posteriormente en otras actividades dentro de esta industria, a la que se dedicó de por vida.  En los años 30 y 40 lo encontramos en Hollywood trabajando como productor en los grandes estudios. Posteriormente se dedicó a la contratación y exportación de películas norteamericanas para su distribución en Francia. Desde mediados de los años treinta, en Hollywood, consiguió trabajar como productor en sus grandes estudios para las compañías norteamericanas: Columbia, United Artist, Twentieth Century Fox (Ciudad sin hombres, Aventuras de Jack London, 1943; Un paseo bajo el sol, 1945).

En 1941 había creado su propia productora Samuel Bronston Productions, Inc., con la que rodaría su primera película The Adventures of Martin Eden, titulada en España El barco de la muerte, protagonizada por Glenn Ford, un remake del mismo título (muda) realizada en 1914. Tras producir varias películas más en Norteamérica se traslada a España (a finales de 1957) para la preparación de la coproducción con Suevia Films-Cesáreo González: John Paul Jones (El capitán Jones) protagonizada por Robert Stack, rodada en escenarios de Madrid (Palacio Real)[4] y Denia. En 1953 contrajo matrimonio en México con una bellísima cantante: Dorothea Robinson.

 No parece descabellado que este pequeño productor, escaldado de sus encontronazos con los grandes popes de la industria de Hollywood, y huyendo de la crisis y de la campaña de la caza de brujas (léase peligrosos comunistas) que entre 1950 y 1956, fue llevada a cabo, encabezada por el Senador Mac Carthy, se hallaba en pleno apogeo. Todas estas circunstancias le empujarían, como a tantos otros sospechosos filocomunistas, «hacia un éxodo europeo que se impone como medida de emergencia», afirma Jesús García Dueñas; con otro ítem: «Bronston se convierte en agente del monopolio químico en España, con la misión de invertir grandes cantidades de dinero en costosas superproducciones: de esa manera, las películas sí podían sacarse del país en cuestión, garantizando una posibilidad de liberar los fondos no convertibles. Además, por encargo de los Du Pont, Bronston se dedicó a la importación de petróleo, a través del monopolio español de la Campsa, obteniendo dinero que luego era invertido en nuevas superproducciones»[5].

Durante la vigencia de los estudios de Producción Bronston[6], poco más de una década, se produjeron películas como King of King (Rey de reyes, Nicholas Ray, 1961); El Cid (Anthony Mann, 1961)[7], con el asesoramiento de la mayor autoridad en el personaje, Menéndez Pidal, y bastantes anécdotas, como que los futuros reyes, Juan Carlos y Sofía visitaron el rodaje «confraternizando con los actores»,  que Bronston encargó a un herrero toledano la Tizona que se utilizaría en el rodaje o que el corpulento Heston (El Cid) tomó clases de esgrima con un maestro italiano y que para mejorar su estilo en pantalla el famoso matador toledano Domingo Ortega le dio alguna clase magistral. La réplica a doña Jimena fue la actriz italiana Sofía Loren. La siguiente película fue 55 days at Peking (55 días en Pekín, Nicholas Ray, 1963), otra grandiosa producción que recreó con extraordinaria veracidad la ciudad prohibida de Pekín. Para esta película se contrató a grandes actores internacionales entre los que se encontraban Charlton Heston, Ava Gardner y David Niven. Gil Parrondo y Julio Molina fueron los responsables de los decorados interiores y exteriores, respectivamente. Durante el rodaje más de seis mil soldados del Ejército Español fueron convertidos en chinos.

Al año siguiente se estrenaron las películas The Fall of the Roman Empire (La caída del Imperio Romano, Anthony Mann, 1964) y Circus World (El fabuloso mundo del circo, Henry Hathaway, 1965). La primera, que García de Dueñas aplica la metáfora de la película «implicó la caída de Bronston». Está registrada en el Libro Guinness de los Records (edición del año 1995) por su inmenso decorado y la réplica del foro romano se construyó donde había estado la ciudad prohibida de Pekín[8]. Entre sus actores principales: de nuevo Sofía Loren y Stephen Boyd (el malvado Messala de Ben-Hur).

 La segunda y última producción circense de Bronston se puede decir, utilizando el lenguaje taurino, que fue quien puso la puntilla al negocio. El rodaje estuvo plagado de vicisitudes varias. Por sólo citar un par de ellas: el barco que transportaba a la troupe de actores zozobró en Barcelona y la carpa que albergaba el circo ardió completamente. Entre sus protagonistas: Claudia Cardinale, John Wayne y Rita Hayworth (la famosa Gilda), una actriz de ascendencia española.

Todas estas superproducciones, como no podía ser de otra forma, estuvieron animadas con actores y actrices internacionales como Charlton Heston, Sofía Loren, Ava Gardner, David Niven, Omar Shariff, Alec Guinnes, Mel Ferrer, Claudia Cardinale, John Wayne o Rita Hayworth, por citar sólo unos nombres. En los títulos de crédito les acompañaron, entre otras, algunas luminarias nacionales como Carmen Sevilla, Alfredo Mayo, Luis Prendes, Fernando Sancho, Conchita Montes o José Nieto, entre otros.

Bronston murió en la californiana Sacramento en 1994, si bien sus cenizas regresaron por propia voluntad al lugar en el que edificó su temporal imperio. Como homenaje se le ha dedicado una calle con su nombre en la localidad madrileña de Las Rozas.

 

 Rosa M. Ballesteros García. Historiadora.



[1] Como es sabido el monumento se construyó entre 1940 y 1958. En principio fue dedicado «a los héroes y mártires de la Cruzada (…) que legaron una España mejor». Los destinatarios, está bastante claro, serían los héroes del franquismo. En 1958, justo al inicio en que centramos este artículo, cuando ya se habían firmado las negociaciones con los EE.UU., las posibles inhumaciones se extenderían a los combatientes «sin distinción del campo». Buena parte del personal fueron presos políticos republicanos (bajo las normas del Patronato Central de Redención de Penas por el Trabajo).

[2] Famoso en nuestro país por la serie Los intocables (1959-1963). En la película intervinieron los actores españoles José Nieto y Félix de Pomés, además de otros profesionales tras las cámaras.

[3] Jaime Prades (Montevideo, 1902-1981) fue un productor, director y guionista uruguayo que hizo parte de su carrera en Argentina, España, Brasil y Chile. Guionistas como el oscarizado Philip Yordan y Bernard Gordon, un judío comunista acosado por el maccartismo, así como técnicos nacionales varios: Gil Parrondo (ganador de dos Óscar), Tedy Villalba, Ramón Plana, José López Rodero, Manuel Berenguer, Enrique Alarcón, entre otros, y demás personal reclutado de los Estudios CEA, Sevilla Films o Chamartín, estos últimos comprados por Bronston colaborarían en los Estudios.

[4] Fue la única ocasión en la que se concedió el permiso para la utilización del Trono real para una de las escenas en que aparece la famosa actriz norteamericana Bette Davis, que daba vida al personaje de Catalina de Rusia.

[6] Para la realización de dichas películas se alquilaron y se utilizaron los equipos técnicos y humanos de los grandes estudios cinematográficos existentes en Madrid citados

[7] Anthony Mann (1906-1967). Director y productor norteamericano, de ascendencia judía por parte de madre. Estuvo casado entre 1957 y 1963 con nuestra estrella nacional, Sara Montiel.

[8] Jesús García Dueñas publicó en 2000 un libro titulado El imperio Bronston.


domingo, 27 de septiembre de 2020

CORONAVIRUS Y SALUD PÚBLICA

                                             CORONAVIRUS Y SALUD PÚBLICA

 

La interacción entre pandemias y vivencias sociales es una constante a lo largo de la historia de la humanidad. La reacción humana al estrés ambiental siempre estuvo presente ya se tratara de rezos y plegarias para atajar los castigos divinos o de la toma de decisiones basadas en el racional conocimiento de las causas que se intuían o demostraban en el origen del mal, aparte de las reacciones puramente biológicas de adaptación para las que el organismo lleva implícitas sus directrices.

Tanto la peste como la disentería, la viruela o la tuberculosis ejercieron una influencia manifiesta en las costumbres sociales de su tiempo, en la evolución de las guerras y en la evolución política a la que dieron cobertura, pero sobre todo influyeron en los usos y costumbres sociales forzados por la necesidad de combatir y contrarrestar los efectos secundarios de la enfermedad y la muerte.

Pero todas las pandemias ejercieron su terrible poder de forma diversa sobre las diferentes clases sociales de manera que siempre fueron peor tratadas, o más diezmadas, las clases más inferiores, o menos pudientes frente a las más ricas o mejor dotadas. Quiere ello decir que el concepto de  calidad de vida ha constituido siempre una barrera real de separación en el grado de damnificación que se observaba en la contemplación posterior del campo de batalla.

La acción decisiva de los avances orientaron sobre las nuevas formas de habitabilidad que debían contribuir a rebajar esas diferencias y que afectaron a la limpieza, a la distribución del agua, a la conservación de los alimentos o a su manipulación, medidas todas que reunidas comportaron un capítulo decisivo de nuestros estudios actuales como es la salud pública a cuyos principios tenemos que recurrir ahora constantemente para el control del coronavirus.

Tanto las costumbres higiénicas, como la instalación del agua corriente, la limpieza continua, la ventilación, etc., son logros históricos merecedores de galardones universales a la misma o mayor altura, si cabe, que el reconocimiento otorgado a Yersin, a Pasteur, a Koch o a Severo Ochoa. Hoy día este reconocimiento tendríamos que ampliarlo a los arquitectos y urbanistas que han proporcionado viviendas cómodas y saludables en las que vivir y transportes eficientes para desplazarnos, considerando todo ello dentro de los beneficios que denominamos como calidad de vida.

Si en el momento actual sabemos que el coronavirus se transmite fundamentalmente por vía aérea, todas las medidas que impidan o que controlen cualquier tipo de aglomeración pasan a formar parte de nuestra salud pública y no se trata solo de utilizar las indispensables mascarillas, se trata de limitar los aforos de todo tipo de espectáculos o de reuniones, de mejorar la distancia de convivencia en todas nuestras actividades, especialmente en los colegios disminuyendo la relación numérica alumnos-aula, de instalar mamparas protectoras, de regular el funcionamiento de bares y restaurantes. Y sobre todo de mejorar el transporte público aumentando el número de unidades y la frecuencia del mismo.

Igualmente es necesario aumentar la cobertura y el funcionamiento de la sanidad pública mediante la mejora en cantidad y calidad de hospitales y ambulatorios que deben de estar siempre en proceso de remodelación y mejora de instalaciones y personal para estar continuamente en alerta ante cualquier posible alteración epidemiológica.

Todas estas medidas de salud pública que debemos de asumir mejorarán nuestra calidad de vida y nuestra seguridad, y están basadas en la colaboración ciudadana para poder formar una barrera de eficaz defensa ante posibles futuras pandemias e impidiendo la necesidad de los confinamientos totales que al fin y al cabo solo son confesión de un fracaso en la planificación de un evento que se presenta de forma inesperada.

Si la salud pública y la calidad de vida andan de la mano, también son necesarios el desarrollo simultáneo de  políticas sociales y de ayudas a la dependencia, así como la mejora de las políticas fiscales y la justicia distributiva, porque no es con recortes ni con precariedad como conseguiremos sobrevivir al coronavirus ni a los próximos y posibles virus o amenazas de tipo similar.

 

Jesús Lobillo Ríos

Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

domingo, 20 de septiembre de 2020

Historias de la Historia

Historias de la Historia 

 

Esta situación de pandemia, si algo tiene de positivo, es que nos ha dado la posibilidad de emplear el obligado enclaustramiento para ponernos al día en lecturas que, por diversas causas, hemos ido aparcando para mejor ocasión. En estas me encontraba cuando retomé la lectura de un episodio de nuestra historia que pienso viene al pelo, como se suele decir, en estos críticos momentos en los que asistimos a noticias que airean muchas de las vergüenzas que golpean a la sensibilidad de la ciudadanía y que, en demasiadas ocasiones, ponen contra la pared a nuestros gobernantes. El episodio en cuestión es el viaje que en 1922 realizó el rey Alfonso XIII a la comarca extremeña de Las Hurdes. Un terrible espectáculo de esta nuestra España, y de sus “tierras vacías”, un asunto este, por cierto, bastante aireado en estos tiempos de local-nacionalismo. De este viaje, y del documental que Luis Buñuel (1908-1993) realizó en 1934 vamos a tratar intentando relacionar historias pasadas y presentes, de cómo a los gobiernos les incomoda que se aireen sus vergüenzas y de cómo nacen ciertos estereotipos de «malos españoles» cuando alguien pone al descubierto algunas de estas vergüenzas.

            Como decía, en una de estas retomadas lecturas recordé una novela extraordinaria, escrita por mi paisano, Luis Béjar (1943-2011) toledano de pro, maestro, luchador y hombre socialmente comprometido que, por denunciar injusticias y luchar contra ciertas prácticas poco honorables se ganó el dudoso epíteto de «mal toledano»[1]. Yo me quedo con otra definición para mi paisano: la de «toledano de vieja cepa» que Federica Montseny (1905-1994) utilizó para definir a otro viejo luchador de la tierra: Anselmo Lorenzo. (1841-1914).

Otro ejemplo de «mal español» es el cineasta Luis García Berlanga (1921-2010), como así lo definió Franco, por su osadía en plasmar en películas míticas como Los jueves milagro (1957)[2], la premiadísima Plácido (1961)[3] o El verdugo (1963)[4] la cruda realidad social de un país que se iniciaba en lo que se ha llamado franquismo desarrollista, caracterizado por unas transformaciones sociales a las que no acompañaban los cambios políticos.

Volvemos de nuevo al controvertido documental basado en el viaje realizado en el año 1922 (concretamente durante los meses de abril y mayo), una expedición en la que entre sus componentes se encontraban varios médicos, entre ellos Gregorio Marañón (1887-1960) y un ingeniero catalán de nombre Santiago Pérez-Armegí (1896), familiar directo de nuestro antiguo alcalde Enrique Bolín Pérez-Armegí. Que la citada región era una especie de Jurassic Worl, en el sentido de haberse quedada atrapada en la prehistoria, se puede constatar ya en una obra titulada «Las Batuecas del duque de Alba», drama de Lope de Vega basado en un escrito de un tal Alonso Sánchez, quien la describe como un ejemplo de abandono cultural, y en la que sus moradores vivían en un salvajismo atroz. Pues bien, varios siglos después, gracias a la citada expedición, y por lo que se desprende de los testimonios recogidos (relatos y fotografías), no parece que hubiera progresado al ritmo de otras regiones. Baste un ejemplo. En una de las paradas, entre etapa y etapa del viaje, en un pueblecito: Nuñomoral, a uno de los expedicionarios, en concreto el ministro de Gobernación Vicente Piniés, del Partido Conservador, tras la comida, le apeteció un café con leche. Desafortunadamente, allí no había vacas, ovejas ni cabras… pero sí madres lactantes. El marido de una de estas, un solícito vecino, regresó con una pequeña cantidad de leche para el cortadito asegurando a su excelencia de que era de toda confianza y además «muy buena».

Como resultado de dicha expedición las autoridades sanitarias determinaron que, además de otros graves problemas como el analfabetismo generalizado, el mal estado de las vías de comunicación[5] y… muy importante: los males espirituales y morales de la población que eran las causantes de este estado de cosas ― quizás el que solo hubiera una cama para toda la familia tenía algo que ver en este asunto―. Determinantes, estos últimos males para las Autoridad, el Patronato planteó la construcción o reconstrucción de iglesias en todos los núcleos habitados, y la asignación de curas párrocos. El Dr. Marañón, por su parte, elaboró un informe dictaminando que el problema hurdano era «puramente sanitario», culpando al hambre de la desnutrición y la degeneración en que el bocio, el paludismo, el raquitismo, el cretinismo (debido a la endogamia e incluso a las relaciones incestuosas) eran las causantes de todo lo visto.

            Pasó una década y otro «mal español» de nombre Luis Buñuel (1900-1983), un joven cineasta aragonés, inspirado por la lectura del libro del hispanista Maurice Legendre (1878-1955) titulado Las Hurdes. Estudio de Geografía Humana, publicado en 1927 como resultado de varios años de investigación de la zona, decide realizar un documental que titulará «Las Hurdes, tierra sin pan». Un título que tiene mucho que ver con su falta entre los habitantes de esta comarca. Parafraseando a Legendre, el pan era importado y apenas se comía «en las bodas». De todas las demás calamidades expuestas el autor hace hincapié en algunas tretas de supervivencia, como que las mujeres lactantes de la comarca se emplearan como nodrizas de la Inclusa, lo que no pocas veces supusiera rebajar la lactancia de sus propios hijos, a menudo con fatales consecuencias para el propio.

            Por otra parte, la intrahistoria del rodaje merecería unas cuantas páginas, misión imposible en el espacio de este sucinto resumen. Sólo un par de datos: el dinero para financiarlo lo puso un amigo de Buñuel, un activista anarquista aragonés de nombre Ramón Acín (1888-1936), gracias a un boleto premiado en la lotería. Un equipo de profesionales entre los que encontramos elementos antifascistas como el director de cine negro Yves Allégret (1907-1987), casado con la actriz Simone Signoret, que prestó a Buñuel la cámara de rodaje; el anarco-sindicalista aragonés Rafael Sánchez Ventura (1897-1980); el guionista Pierre Unik (1909-1945), miembro del PCF y poeta surrealista, como también el luso Alexandre O'Neill (1924-1986), narrador; el director de fotografía Éli Lotar (1905-1969); el compositor judío Darius Milhaud (1892–1974), responsable de la música o el actor francés Charles Dorat (1906-1997) que puso la voz para la versión francesa.

            De entrada hay que aclarar que el documental es una recreación in situ, rodado con protagonistas locales[6], y por ello ha tenido detractores que se cuestionaron su veracidad, si bien se ajusta, como otros documentales de éxito, como es el caso de «Hombres de Arán», rodado en 1934 por Robert y Frances Flaherty[7]. Ambos trabajos comparten que sus reconstrucciones los conviertan en relatos míticos. El hurdano se convirtió en una referencia en el cine documental cuando el prestigioso Festival de Cine de Mannheim (1952) la incluyera en 1964 entre los doce mejores documentales de la historia.

            En resumen, Las Hurdes es un documental que muestra unos hechos con la intención de denunciar una situación y contribuir así a la ayuda de los hurdanos, algo que muchos de éstos no han sabido comprender, y es que, de hecho, hablar de los tiempos de las necesidades provoca vergüenza. Buñuel, surrealista ortodoxo, daría un giro a su obra para acercarse a propuestas más sociales y antifascistas ―no olvidemos que a principio de los años 30 Buñuel se había afiliado al PC, una etapa esta que el historiador de Cine Román Gubern ha reflejado en su libro Los años rojos de Luis Buñuel―. Lo cierto es que con su documental consiguió escandalizar a los gobernantes e intelectuales de su tiempo y con ello obtuvo una repercusión que permitió difundir el mensaje social y de denuncia. Con luces y sombras, como toda obra humana, su trabajo ha sido elogiado por grandes documentalistas como Joris Ivens, Joseph Losey o Robert Flaherty y Carlos Saura, otro aragonés, lo tuvo como punto de partida para su documental «Cuenca», realizado en 1958. Por su parte, el Gobierno Lerroux decidió prohibirla por la mala imagen que representó de España. Finalmente, en 1937 se estrenó en Francia, una victoria pírrica, porque a los pocos días el gobierno francés prohibió su proyección. Otro tanto le ocurriría con Los Olvidados (1950) que retrataba los barrios más deprimidos de Ciudad de México, y cuyo estreno en aquel país provocó reacciones violentísimas, hasta el punto de solicitarse su expulsión del país… hasta que llegó el premio conseguido en el Festival de Cannes. En 1951 Buñuel se convertiría en ciudadano de México. Pero esta es otra historia.


Rosa M. Ballesteros Garcia. Historiadora.

 

 

 

[1] La novela se titula (por si alguien siente la tentación de leerla) La razón de las piedras y fue publicada unos meses antes de su muerte.

[2] El Opus Dei lo incluyó en una lista negra que le impidió rodar más películas en España.

[3] Nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

[4] Presentada en la Mostra de Venecia (sin consultar al gobierno español), se estrenó en España con diecisiete cortes de la censura y presiones para impedir su exhibición.           

[5] Su primera carretera se trazó en 1922.

[6] Su duración era de 27 minutos. Aunque originalmente mudo, en 1935 obtuvo dinero de la embajada de España en París para sonorizarlo (voz en off perteneciente al actor francés Abel Jacquin).

[7] R. Flaherthy fue nominado también en 1964 por su documental «Nanuk, el esquimal» y «Louisiana Story» realizados, respectivamente, en 1922 y 1948. Entre esos doce magníficos se encontraba «Tierra de España», realizado en España en 1937. Como nota adicional su mujer y colaboradora, Frances, no aparece en los títulos de crédito.

lunes, 14 de septiembre de 2020

Elogio de Abdelrraman III

                                                     ELOGIO DE ABDERRAMAN III

Nace en Córdoba el 7 de enero de 891, nieto de una princesa navarra de nombre Oneca, e hijo de madre vasca llamada Muna. Su abuelo, el emir Abd Allah, es la cabeza de un emirato que lleva funcionando cerca de doscientos años, de  cuyas preferencias recibió una esmerada educación. Su fisonomía nos lo describe como de tez blanca, ojos azul oscuro, cabellos rojizos, corpulento y de baja estatura. Solía teñirse la barba y el cabello de oscuro para parecer más árabe. Dotado para el mando, se muestra cortés y tolerante, aunque no exento de firmeza en sus decisiones.

El 16 de Octubre de 912, con apenas 21 años fue entronizado como nuevo Emir cordobés, el tercero de su nombre, de un emirato en disolución debido a las disensiones internas cuyo poder efectivo apenas alcanzaba a los arrabales de Córdoba. Sustituyó la tortuosa política de su abuelo por otra franca, atrevida y audaz, manejando hábilmente el “aman”, o perdón, con el castigo ejemplar, consiguiendo el sometimiento y la pacificación de la casi totalidad del territorio peninsular excepción hecha de los territorios del norte en donde sometidas las Marcas Fronterizas, mantuvo a raya a los cristianos “politeístas”, arrogándose la capacidad de arbitrar  sus propias luchas intestinas. Afianzó su poder  construyendo en sus atarazanas de Algeciras y Pechina una potente marina de guerra con la que sometió al Magreb  contrarrestando el apogeo fatimí que se extendía hacia la península.

En el punto más alto de su poder efectivo proclama la creación del Califato de Córdoba en 16 de enero de 929 denominándose Ab Al Raman III an-nasir li-din Allah (el que obtiene la victoria para Dios). El poder califal, la administración central, la justicia, la hacienda, el ejército y la marina alcanzaron sus niveles más eficaces de organización y funcionamiento. Se mejoró la Gran Mezquita Aljama con la creación de un nuevo alminar, “el más bello de los alminares de Occidente” (cuyos restos aún pueden verse en el interior del posterior campanario). Reconstruyó el zoco y mejoró las conducciones de agua a la capital mediante un nuevo y espectacular acueducto para poder atender a las más de cien mil casas, innúmeros palacios y 28 arrabales que hacían de Córdoba la mayor ciudad del siglo X.

No satisfecho con todo esto mandó construir la ciudad-palacio de Madinat-al-Zahra, una de las obras más notables, importantes y grandiosas que haya hecho el hombre. Radicada en las proximidades de la capital surgió como encantamiento en una docena de años, con una monumentalidad y riqueza extraordinarias, insólitas en el occidente europeo que describieron con asombro todos los cronistas y escritores de su tiempo. Se precisaron unos 10.000 obreros y se utilizaron materiales preciosos traídos de todos los lugares del mundo. A sus mil metros cuadrados de extensión se trasladaron todas las funciones administrativas, la ceca, el salón de recepciones, una nueva mezquita y la vivienda del califa y los altos funcionarios. Significó el símbolo del poder y la opulencia del califato cordobés cuya influencia internacional desbordó todas las previsiones. Se intercambiaron embajadas con Bizancio, con el Sacro Romano Imperio Germánico, con Italia, con Creta, etc., estableciendo con todos ellos relaciones comerciales.

La cohesión social y étnica (asabiya) alcanzada, facilitó la eclosión cultural más extraordinaria que se había vivido nunca en España. El obispo mozárabe Recemundo (autor de “El Calendario de Córdoba”) y Hasday Ben Saprut  (médico judío) fueron embajadores del califato, y como tales llegaron a Córdoba el geógrafo Ben Awqal y el monje Nicolás portador para su traducción de la obra en griego de Dioscórides “Materia  Médica” y la “Historia”, en latin,  de Paulo Orosio. De Siria llegaron el filólogo Ali al-Qali (“El libro de los dictados”) y el literato y poeta Al-Mutanabbi.  

Las raíces  literarias y culturales habían aflorado ya en la propia Córdoba como lo demuestra la obra de Ibn Abd Rabbihi: “El collar único” una auténtica enciclopedia de saberes desarrollado en 25 capítulos o piedras preciosas. El historiador Qasim Ibn Asbag (“Tratado de los insignes méritos de los Omeyas”), Ibn Al Qutiya (“Historia de la conquista de Al Andalus”) o las obras de la saga de los Al- Razi, los primeros en escribir una historia completa de España.

En el cenit máximo de su esplendor político, militar, social y cultural muere Abderraman III el día 15 de Octubre de 961, tras cincuenta años de gobierno en España, su tierra natal que nunca abandonó, legando un califato en paz, próspero y pujante que siguió dando frutos durante muchos años.

La gran Mezquita Aljama, símbolo externo de esta pujanza será ampliada y embellecida en tres ocasiones por sus sucesores, consagrándose como centro de saber y enseñanza en la que Al- Jushani (autor de la “Historia de los jueces de Córdoba”) introduciría el género “Adab” similar a los “studia humanitatis” europeos posteriores, la biblioteca de Al-Hakem II será famosa en todo el mundo.

A la disolución del califato, los reinos de taifas siguen ofreciendo sus frutos previamente incubados como Ibn Hazm en Córdoba (“El collar de la paloma”), Al Mutadid e Ibn-Zaydun (poetas sevillanos), Ibn-Nagrella (“El libro de la riqueza”)de Granada, Salomon Ibn Gabirol (“La fuente de la vida”)de Zaragoza, Ibn Said (“Categorías de las naciones”) de Toledo, Al Baytar (botánico) de Málaga, Al Zarqali (astrónomo) y un larguísimo etcétera que atestigua la importancia de la cultura derramada en la península ibérica por el estado andalusí.

Más allá de la península, esta potente crecida cultural impregna, igualmente, todos los ámbitos intelectuales del momento, de la mano de figuras tan señeras como Avempace autor de “El régimen del solitario” obra sin parangón de la cultura universal, Abentofail, autor de “El filósofo autodidacta”, predecesores ambos de Rousseau y de su Contrato Social, o del Emilio. Averroes (nadie en Europa podrá llegar a Aristóteles si no es a través de los comentarios de Averroes). Maimónides el gran médico contra la ignorancia, autor de la “Guía de los perplejos”, un posicionamiento entre la fe y la razón. Ibn Arabi autor de “El intérprete de los amores” como una vía de acercamiento a Dios.

La crecida cultural de la España Califal llevaba en sí el limo necesario que inició e impulsó el renacimiento cultural europeo.

La ocultación o el menosprecio de la figura de Abderraman III denotan, no solo una falta culpable en el conocimiento de  nuestro devenir  histórico,  sino un interés doloso en borrar una de las páginas más brillantes de la Historia de España.

Jesús Lobillo Ríos

Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena 

lunes, 7 de septiembre de 2020

RASTREANDO EL CORONAVIRUS

                                      RASTREANDO EL CORONAVIRUS

Ante cualquier agresión lesiva que nuestro organismo sufre, la primera medida defensiva es apartarse del elemento agresor y a renglón seguido controlarlo hasta anular su capacidad de hacernos daño. Hay que aislar por lo tanto a todas las personas afectadas y para ello, como en cualquier investigación, hay que informarse de quién es nuestro agresor y de sus hábitos (de dónde viene, cómo vive, cómo daña, etc.) para poder desarrollar las formas idóneas de combatirlo.

A estas alturas no resulta interesante la observación sobre su origen (ya muy discutida) pero sí el conocer que el coronavirus es un virus esférico de 100-160 nanómetros de diámetro con una doble envuelta lipídica que vive habitualmente en una célula de nuestro organismo, normalmente en la mucosa orofaringea, a la que se une (y penetra) mediante una proteína ECA-2 y en la que se reproduce en gran número de réplicas, causando en el  20% de los casos infectados problemas pulmonares graves que pueden llevar a la muerte al individuo  en el 5% de estos casos.

El coronavirus está en nosotros y somos nosotros mismos los que lo transportamos de un lugar a otro. No podemos verlo, no podemos situarlo en el espacio que nos rodea porque lo llevamos puesto. Solo lo detectaremos si nos ponemos enfermos aunque afortunadamente en un gran porcentaje de casos (80%) es asintomático que evidentemente no es lo mismo que no transmisible y por tanto podemos ser  perjudiciales para todos los que nos rodean sin saberlo nosotros mismos.

Debemos desarrollar la conciencia de que es responsabilidad nuestra no contagiar a los demás. Lo elemental de esta idea descansa en que el único arma de que disponemos es la preventiva, es decir, evitar el contagio adelantándonos a su posibilidad, como así ocurrió durante el confinamiento, se detuvieron los contactos y se detuvo la infección porque no había a quien infectar, pero es evidente que la infección sigue activa y nos toca a nosotros evitar la propagación con nuestras propias medidas personales.

Estas medidas personales, proclamadas ya hasta la saciedad, son muy simples, muy poco costosas y muy fáciles de cumplir y están asimiladas por la mayoría de la población. A saber: mantener una distancia de seguridad entre interlocutores de metro y medio lo que es habitual en cualquier tipo de reunión medianamente organizada. Para aumentar esta seguridad se recomienda el uso de mascarillas protectoras. Y por último aumentar todas las normas de higiene que siempre son muy importantes. Solo con estas medidas llevadas a cabo con responsabilidad, la pandemia se frenaría y quedaría controlada aunque no desaparecería. Para hacerla desaparecer necesitamos un tratamiento eficaz que anule al virus o que consiga que éste respete nuestro organismo.

A falta de este tratamiento eficaz,  la única medida posible es la detección del virus a través de la detección y seguimiento de las personas contagiadas, y sobre todo de las personas que a su vez hayan contactado previamente con las contagiadas, para evitar que contagien a más personas, obligándoles a un confinamiento preventivo hasta que pase el periodo de contagiosidad. Esta labor es la que se llama de rastreo del virus que es de eficacia científicamente probada y de la máxima importancia en el momento actual, y sus protagonistas son los rastreadores, personal sanitario capacitado para ello y que son necesarios en número de uno por cada tres mil habitantes.

Su labor consiste en seleccionar a las personas susceptibles de haber sido contagiadas por haber estado en contacto con un positivo durante más de 15 minutos, esto significa tener que entrevistar a unas cien personas por contagiado en un rastreo manual que puede beneficiarse,  mejorarse y aumentarse a través del contacto telefónico.  

También puede beneficiarse de medidas que la tecnología moderna nos facilita a través del desarrollo de apps (aplicaciones para móviles) que almacenan los datos que facilitan los portadores (un positivo en diagnóstico) en relación a sus actividades habituales y las medidas de prevención que deben de adoptar. Una ampliación posible de estas medidas nos facilita mediante las técnicas de Bluethoot el aviso previo ante la proximidad de una persona que puede contagiar a fin de permitirnos tomar medidas precautorias, es decir, nos alertan de las posibilidades de riesgo y de las precauciones a tomar.

Para todo ello se requiere la colaboración ciudadana libre y aceptada. Estas técnicas de seguimiento requieren conjugar trazabilidad, eficacia y privacidad que se pueden conseguir con sistemas de código abierto con capacidad de ser auditadas públicamente garantizando la anonimidad y la privacidad (estándares éticos y democráticos imprescindibles) que impidan la instauración de una sociedad orweliana de la vigilancia digitalizada.

Jesús Lobillo Ríos

Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

martes, 1 de septiembre de 2020

"La vuelta al cole"

 Ayudas a una recuperación. 1/09/2020


                                                                "LA VUELTA AL COLE"

 

El inicio de la actividad escolar en este año o curso de 2020-21 pasará a la historia como el de la reiniciación de las actividades habituales en “la nueva normalidad”, un concepto tantas veces mencionado y en el que hemos depositado innúmeras esperanzas e ilusiones de mejoras que sus expectativas corren el riego de superar en mucho a la realidad.

Esperamos ver unos colegios más limpios, recién blanqueados de paredes impolutas. Una limpieza más dinámica que estática porque se limpiarán las clases todos los días con especial hincapié en mesas y sillas. Y los servicios se limpiaran más de una vez al día. Igualmente se mantendrán limpios los espacios y enseres de juegos o recreo de forma continua.

Los propios alumnos se habituarán a limpiar su calzado,  se limpiaran asimismo las  manos al llegar y al abandonar el colegio e incluso al abandonar los espacios de recreo, al entrar y salir de los servicios en los que además no faltará nunca papel higiénico ni material de desinfección.  Aprenderán a limpiar y a llevar limpios sus materiales didácticos, a comer con pulcritud y a tratar los residuos de las comidas. Y se les enseñará a ser amistosos en el trato sin efusividad excesiva.

Todas las medidas que traten de impedir la inevitable contaminación entre los alumnos son de gran importancia porque ellos pueden llevar la epidemia a sus casas y contaminar a sus padres y familiares y lo que es peor contaminar a sus abuelos que por su edad son personal de riesgo.

Pero la base fundamental de los cambios estriba en la necesidad de mantener una distancia de seguridad entre alumnos. Este par de metros salvadores obliga a disminuir la ratio de alumnos-profesores ampliando las clases, doblando el número de turnos o readaptando las instalaciones para obtener nuevos espacios, y sobre todo ampliando el número de profesores. Es aquí donde posiblemente el dinero destinado a salvar el déficit propiciado por la pandemia debe de proporcionar sus mejores frutos.

La falaz división entre educación presencial y educación telemática puede dar lugar a nuevas distorsiones sociales no deseables  en ningún caso en nuestro tejido educativo basadas en las posibilidades económicas familiares de adquisición y manejo de material informático que en todos los casos deben de estar a cargo de la enseñanza pública. Y no será suficiente con inhibirse de las responsabilidades porque quienes se benefician de los cargos deben de estar para asumirlas.

La mejora integral de la enseñanza en todos sus aspectos debe de ser la consecuencia lógica de un estado preocupado por combatir la expansión de la pandemia y la posible aparición de futuras invasiones víricas. Nada puede justificar la dejadez e inacción de nuestras autoridades a este respecto, pues nada es tan importante como la educación.

 

Jesús Lobillo Ríos

Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena