domingo, 25 de octubre de 2020

MIGUEL DELIBES

                                                            MIGUEL  DELIBES

El 17 de Octubre de 1920 nació el escritor Miguel Delibes Setién en Valladolid, ciudad en la que, asimismo, murió el 12 de Marzo de 2010 a los 89 años de edad. Se cumple por tanto en este Octubre de 2020 el centenario de su nacimiento y representa  una ocasión propicia para no olvidar a este escritor personalísimo, hombre de carácter fuerte, serio e inaccesible pero de trato cordial y sencillo que nunca se valoró a sí mismo, y que definió la novela como la triple conjunción de un hombre, un paisaje y una pasión.

Su educación y primeros pasos tienen lugar en un ambiente ilustrado en una familia en la que era el tercero de ocho hermanos. Su padre, Adolfo Delibes era Catedrático de Derecho de la Escuela de Comercio de Valladolid, institución fundada en 1887 como Escuela Elemental de Comercio y evolucionada a Escuela Superior de Comercio (1902), a Escuela Universitaria de Estudios Empresariales (1972) y a Facultad de Comercio en la actualidad. Su abuelo materno Miguel María de Setién fue un destacado abogado y político carlista.

Cursó el bachillerato en el Colegio de Lourdes (carmelitas) terminándolo en 1936 y enrolándose en la marina sublevada durante la guerra civil sirviendo en el crucero Canarias. Terminada la contienda vuelve a Valladolid ingresando en la Escuela de Comercio, pasando al terminar el ciclo de estudios a la Facultad de Derecho y simultáneamente a la Escuela de Artes y Oficios local, lo que le valió que le contrataran como caricaturista en “El Norte de Castilla” en el que además escribía las crónicas cinematográficas. En 1943, a los 23 años, obtiene la cátedra de Derecho Mercantil y comienza a dar clases en la Escuela Superior de Comercio. En 1946 se casa con Ángeles de Castro,  y comienza su carrera literaria.

En 1947 publica “La sombra del ciprés es alargada” (una reflexión sobre el pesimismo  que acompaña al autor que se confiesa melancólico y triste) que fue Premio Nadal, en 1949. En 1950 publica  “Aún es de día” en donde describe una historia realista de personas defraudadas por la pobreza y la falta de ilusiones, un espejo de la España del momento que le crea problemas con la censura, problemas que aumentaron cuando en sus clases enjuicia el triunfo de los llamados “nacionales” al que él mismo había contribuido. En 1950 publica “El camino” en el que narra el descubrimiento por un niño, que vive en un pueblo triste y sin futuro, de la vida en el momento de tener que marcharse a estudiar fuera.

En 1952 lo nombran subdirector del periódico y sus desencuentros con la censura aumentan. En 1953 publica “Mi idolatrado hijo SisÍ”, (una sátira moral contra el egoísmo, la soberbia y el clasismo) en 1954 “La partida”, en 1955 “Diario de un cazador”, maravillosa exaltación del mundo rural con sus aflicciones sociopolíticas del momento, (Premio Nacional de Narrativa), en 1956 “Un periodista descubre América”, en 1957 “Siestas con viento sur” (Premio Fastenrhat), en 1958 “Diario de un emigrante” otra crítica social profunda de su momento histórico (en este mismo año fue nombrado director del periódico), y en 1959 “La hoja roja” donde un funcionario rememora su vida al borde de la jubilación.

A partir de 1960 comienza su apogeo literario, marcado por su viaje a Alemania donde visita varias universidades y sigue publicando (“Historias de Castilla La Vieja”, “Por esos mundos” y “Las ratas” una descarnada crítica de las condiciones de vida de su tierra, que fue Premio Nacional de la Crítica).

Sus divergencias con el ministro Manuel Fraga provocan su dimisión de la dirección del periódico y se marcha 6 meses a Estados Unidos como profesor invitado en la Universidad de Maryland. A su vuelta publica “Cinco horas con Mario”, “USA y yo”, “Parábola de un náufrago” y “Un año de mi vida”.

En 1973 es elegido miembro de la Real Academia Española y de la Hispanic Society of América. En 1974 fallece su mujer, con la que había tenido siete hijos, 18 nietos y dos bisnietos, hecho insuperable que marca profundamente su vida. Sigue publicando “Las guerras de nuestros antepasados” y “El disputado voto del señor Cayo” (donde señala de manera magistral la diferencia entre la política y el pueblo).

A partir de 1980 llegan los homenajes y reconocimientos. Publica “Los santos Inocentes” (extraordinaria denuncia de la relación humana entre opresores y oprimidos) y recibe el homenaje del “VII Congreso Internacional de Libreros”, al año siguiente recibe el “Premio Príncipe de Asturias de las Letras”, en 1983 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad de Valladolid, en 1984 “Premio de las Letras de la Junta de Castilla y León” y “Libro de Oro” de los libreros españoles. En 1986 “Caballero de las Artes y las Letras” de la República Francesa, “Hijo Predilecto de Valladolid”, “Doctor Honoris Causa por la UCM”, y en 1990 por la Universidad del Sarre (Alemania), en 1991 “Premio Nacional de las Letras Españolas”, Homenaje de la Universidad de Málaga en el “V Congreso de la Literatura Española Contemporánea” y en 1991 se celebra el “Encuentro con Miguel Delibes” en Madrid en el que se estudió su obra a través de siete conferencias y cuatro mesas redondas.

En 1998, con 79 años, publica su última gran novela “El hereje” un homenaje a Valladolid que fue Premio Nacional de Narrativa. Se crea la “Cátedra Miguel Delibes” con sede en las universidades de Valladolid y Nueva York para difundir la literatura española. En 2007 recibe el “Premio Quijote” de las Letras Españolas, y se crea “El Centro Cultural Miguel Delibes”.

En 2010 a los 89 años de edad falleció en su domicilio de Valladolid como consecuencia de un cáncer de colon diagnosticado 12  años antes. Incinerado y sepultado en el Panteón de Hombres Ilustres de Valladolid a donde se trasladaron así mismo las cenizas de su esposa. El  Ayuntamiento crea la “Biblioteca Miguel Delibes” y a final de ese mismo año se constituye la “Fundación Miguel Delibes” de cuyo legado forman parte los libros del escritor, unos 10.000 volúmenes reunidos a lo largo de su vida.

La obra de Delibes, se contextualiza en la postguerra y por tanto en plena dictadura, y supone la toma de posición de un auténtico cronista en la sombra que a través de un costumbrismo realista, superior a todo lo publicado en ese momento, fustiga y critica con dureza las difíciles circunstancias que se vivían tras la guerra civil, pobreza, miseria, miedo, desesperación, etc. evidenciando un compromiso ético con los valores humanos que él circunscribe a la España rural y específicamente a la castellana sin perder nunca de vista el trasfondo social.

Sus personajes son realistas, sencillos y naturales, que pueden identificarse con él mismo, cumpliendo el axioma de que el estilo es el hombre, en su propio apego al terruño y a las tradiciones, en cuyas raíces asienta una cultura milenaria basada en un individualismo esencial como valor humanístico frente a la masificación y deshumanización de la vida moderna de las grandes ciudades. Nos anticipa cuestiones como la España despoblada, el ecologismo o el progresismo aunque su marchamo es de narrador, costumbrista, antes que de pensador.

Su narrativa es escueta, simple, directa y sencilla. En él lo importante es tener algo que contar, algo que denunciar y luego resolver la forma en que hay que contarlo para que llegue al lector que es la labor más difícil del novelista, lo demás depende de la personalidad, la formación y los recursos del escritor. Todas sus obras tienen un calado social profundo, a veces casi oculto por su empática forma de escribir, que permiten valorar  una capacidad y valía insuperables.

Es sin lugar a dudas uno de los escritores más importantes de nuestro siglo XX y uno de los principales referentes de la literatura en lengua española.

 

Jesús Lobillo Ríos

Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

domingo, 18 de octubre de 2020

La literatura en pantalla: Galdós y el cine

La literatura en pantalla: Galdós y el cine

Rosa M. Ballesteros García. Historiadora

rosaballesterosgarcia@gmail.com

 

En el programa que habíamos preparado en el Ateneo teníamos reservado una sesión en recuerdo del gran escritor canario Benito Pérez Galdós (1843-1920). Se cumplía este año de 2020 un siglo de su muerte en Madrid. Desgraciadamente, no hemos podido llevar a cabo el merecido homenaje, por razones obvias, pero tampoco queríamos pasar la ocasión de recordarlo, aunque fuera por esta vía. Con esta modesta aportación, ya que era yo quien tendría que haberla presentado en su momento, pretendemos acercar la figura de uno de los novelistas más importantes de nuestra literatura, después de Cervantes, poniendo el objetivo (aludiendo al lenguaje cinematográfico) en algunos aspectos, quizás menos conocidos; por un lado, como inspirador de películas y por otro resaltar su empatía con el mundo femenino, además de resaltar una actividad, al margen de su enorme trabajo como literato, como es su faceta de ciudadano comprometido. De esta forma, se aúnan algunas de mis líneas de investigación como es el cine y la historia social y de las mujeres.

No podíamos dejar de citar en primer lugar la literatura, inspiración para muchas películas. Por otra parte, el cine ha servido para que mucha gente se acerque a los libros adaptados ―muchas veces la literatura ha sido y es la celestina inmejorable para reafirmar el romance con la lectura y, sobre todo, para seducir a nuevos lectores―; sin embargo, la polémica entre ambos medios viene de antiguo porque la literatura, concebida como un arte, y el cine, calificado de espectáculo (hasta que fue considerado como el «Séptimo Arte»), se remite a la primera adaptación realizada, es decir, igual de vieja que el propio cine. Si recordamos, el lenguaje cinematográfico se desarrolló, con sus luces y sus sombras, ante el reto de narrar con claridad una historia, en un tiempo determinado, sintetizando en una hora de proyección cientos de páginas que constituyen un guion. Podemos decir que son dos medios distintos, aunque no incompatibles, sino complementarios, porque ambos tienen un mismo objetivo: contar historias, y uno de sus elementos básicos ha sido el mismo: la palabra, y Galdós, sin duda, fue un maestro para transmitir historias y así lo han reconocido cineastas de la talla de Luis Buñuel (1900-1983) que, en cierta ocasión le confesaba al escritor y guionista de cine Max Aub (1903-1972) que la «única influencia» por él reconocida era Galdós. Tanto Buñuel como Aub desarrollaron gran parte de su profesión en México tras el exilio de ambos. En aquel país dirigió Buñuel algunas de sus películas más representativas: Nazarín (1959) y Viridiana (1961), basadas en obras de Galdós publicadas ambas en 1895 (la segunda basada en su novela Halma). Más contemporáneo es el comentario del director madrileño José L. Garci (1944)[1] describiéndole como «un historiador prodigioso y neutral, con una mirada cinematográfica y objetiva, capaz como ningún otro de contar la historia de España a través de lo que hablaba la gente, lo que comía y cómo vestía». Una mirada, por cierto, que al franquismo no le gustó en absoluto porque durante cerca de treinta años no se llevó ningún argumento de Galdós a nuestras pantallas. En concreto, se presentaron a la Junta de Censura dos proyectos de sendas producciones basadas en las novelas El abuelo y Fortunata y Jacinta, que no pudieron ser realizadas ante el completo rechazo de los censores que entendieron que los argumentos galdosianos resultaban procaces y amorales. A excepción de Marianela (Benito Perojo: 1940)[2], una de sus más cinéfilas, no hubo ninguna aproximación a sus novelas. Otro tanto le ocurrió a otro de nuestros citados: Luis Buñuel, cuya película Viridiana estuvo prohibida hasta abril de 1977[3]. 

A la muerte de Benito Pérez Galdós, en 1920, solo se habían filmado dos de sus obras: La duda, basada en su novela El abuelo[4], dirigida por Domènec Ceret en 1916 (no se ha conservado copia) y Beauty in chains, basada en Doña Perfecta, dirigida por la norteamericana Elsie J, Wilson en 1918 y protagonizada por Ruby Lafayette, ambas mudas, que el escritor no pudo ver porque se había quedado prácticamente ciego. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes registra 19 títulos filmados por la industria cinematográfica de habla hispana, aunque hay producciones de países como México, Argentina o Venezuela, además de España, que también lo han hecho para TV. En los años anteriores a la dictadura franquista se realizaron otras películas (mudas): El abuelo (1925) dirigida por José Buchs con Ana de Leyva y Modesto Rivas y La loca de la casa (1926) de Luis R. Alonso con Carmen Viance y Rafael Calvo[5]. Y el interés por la obra de Galdós sigue vigente. En 2018 se produjo en Sri Lanka una adaptación de Marianela, titulada Nela, dirigida por Bennett Rathnayake y protagonizada por la actriz india Semini Iddamalgoda (se trasladó la acción a una plantación de té en Ceilán a principios del siglo XX). «Galdós, la más grande gloria de la novela española después de Cervantes», como diría Max Aub, merece que siga siendo fuente de inspiración para películas.

Benito Pérez Galdós había nacido en Las Palmas de Gran Canaria. Fue un novelista, dramaturgo, cronista y político español ―también tocaba el piano y pintaba―. Es considerado a nivel internacional como uno de los mejores representantes de la novela realista del siglo XIX y se le reconoce como el mayor novelista español después de Miguel de Cervantes. Como Lope de Vega, otro gran clásico, tuvo como referencia al pueblo llano, un pueblo que conoció muy bien porque se dedicó a recorrer el país en coches de ferrocarril de tercera clase, conviviendo con el pueblo miserable y hospedándose en posadas y hostales «de mala muerte». Ateneísta, fue también académico de la Real Academia Española desde 1897 y llegó a ser propuesto al Premio Nobel de Literatura en 1912, propuesta que no prosperó debido a las campañas orquestadas por grupos de intelectuales y políticos conservadores que convencieron a la Academia Sueca de que no le concedieran el gran galardón de las letras[6]. Amigo del liberal Sagasta (1825-1903), entre 1886 hasta 1890, detentó un escaño como diputado del Partido Progresista representando a Guayana (Puerto Rico), si bien su activismo más intenso fue entre 1907 y 1912. Su amistad con Pablo Iglesias Posse (1850-1925), fundador del PSOE, le llevó a formar parte de la Conjunción Republicano-Socialista, como cabeza de lista, formada por partidos republicanos y el PSOE en las elecciones de 1910. Francisco Cánovas, en la biografía que publicó en 2019 denuncia este «cainismo político» cundo afirma que «en una situación normal le habrían dado el premio»; «cainismo» que siguió funcionando contra él durante la dictadura, como ya se ha apuntado. Para el escritor Andrés Trapiello: «fue el triunfo de la roña y la sarna española frente a los principios liberales».

Otro de los aspectos que queremos resaltar es su vinculación con el mundo de las mujeres. En palabras de la filósofa malagueña María Zambrano (1904-1991) es «el primer escritor español que introduce a todo riesgo las mujeres en su mundo». Con sus inolvidables personajes femeninos Galdós denunció algunos de los males de la sociedad de su época, lo que le convierte, en opinión de algunos críticos, como el historiador Francisco Cánovas, ya citado, en un verdadero precursor del feminismo: «Él defendía que la regeneración de la sociedad española pasaba por que la mujer se empoderase y ocupase el lugar que le correspondía en la vida pública» y esta afirmación queda reflejada en las protagonistas femeninas de sus más sonadas novelas: Fortunata, Marianela, Isidora, Benina, Tristana… Protagonistas que evidencian un estado de cosas en el que la mujer, atada de pies y manos, era la que siempre tenía las de perder, como dice Amparo, uno de los personajes de Tormento, publicada en 1884: «¡Ay!, don Agustín, dichoso el que es dueño de sí mismo, como usted (…) ¡En qué condición tan triste estamos las pobres mujeres que no tenemos padres, ni medios de ganar la vida, ni familia que nos ampare, ni seguridad de cosa alguna como no sea de que al fin, al fin, habrá un hoyo para enterrarnos»: una perfecta alegoría de la España de la época, en palabras de uno de sus estudiosos, Joaquín Casalduero. Muchas de sus heroínas se inspiran en personajes reales, como Tristana (1892), inspirada por uno de sus amores, la actriz Concha Morell. Otra actriz, Concha Catalá, le inspiraría para el personaje teatral de Electra (1901) y Carmen Cobeña protagonizó obras de su autoría como Los condenados (1894), La fiera (1896) y Casandra (1910). Otras relaciones que se suman a la lista fueron la actriz Anna Judic, la cantante Marcella Sembrich o la artista Elisa Cobun, además de las que tuvo las escritoras, ambas gallegas, Sofía Casanova[7] y, muy especialmente, Emilia Pardo Bazán. Los dramas de Galdós contienen reflexiones regeneracionistas sobre temas muy variados, entre los que destacamos la función estimulante y mediadora de la mujer en la vida social en obras como La loca de la casa (1893) o Mariucha (1903). También utilizó la mitología para introducir lo político en Casandra (1910).  Unas palabras del escritor vienen a resumir lo anterior expuesto: «Sin mujeres no hay arte; [...] Ellas son el encanto de la vida, el estímulo de las ambiciones grandes y pequeñas; origen son y manantial de donde proceden todas las virtudes»[8].

Se le conoce una hija natural, María Galdós Cobián, nacida en 1891 de Lorenza Cobián quien, por cierto, inspiró a nuestro escritor para algunos de sus personajes: Fortunata, Casianilla y Leré. Su último amor fue la viuda Teodosia Gandarias Landete. Al hilo de estos temas, la escritora y pintora Margarita Nelken, en su artículo titulado «El aniversario de Galdós/intimidades y recuerdos», publicado en el diario El Sol del 4 de enero de 1923, comentaba la afición de Galdós por rodearse de «mujeres jóvenes que pusieran risas y se ponía más achacoso para que le mimásemos más».

Autor de Memorias de un desmemoriado, Galdós apenas dice nada de sus intimidades sentimentales hasta que, en 1948, el hispanista lituano establecido en Estados Unidos, Chonon Berkowitz, publicase su estudio biográfico titulado Pérez Galdós. Spanish Liberal Crusader (1843-1920). En 1873 Galdós comenzó a publicar los Episodios nacionales, una magna crónica del siglo XIX que recogía la memoria histórica de los españoles a través de su vida íntima y cotidiana. Murió en Madrid, un 4 de enero de 1920. Unos 30.000 ciudadanos acompañaron su ataúd hasta el cementerio. Al día siguiente Ortega y Gasset escribió en su necrológica: «La España oficial, fría, seca y protocolaria, ha estado ausente en la unánime demostración de pena provocada por la muerte de Galdós (…) El pueblo, con su fina y certera perspicacia, ha advertido esa ausencia (...) Sabe que se le ha muerto el más alto y peregrino de sus príncipes». En señal de duelo, esa noche del 4 de enero se cerraron todos los teatros de Madrid con el cartel de No hay función.



[1] Como director de la película Volver a empezar ganó en 1982 el Óscar de Hollywood a la mejor película extranjera. En 2008 Garci dirigió otra obra de Galdós: Sangre de Mayo.

[2] Fue premiada en el Festival de Venecia durante la época de Mussolini (Coppa della Biennale). Su protagonista fue la actriz toledana Mary Carrillo.

[3] La Junta Técnica del Estado decretó en 1937 que quedaban fuera de la ley aquellos libros «comunistas, socialistas, libertarios y, en general, disolventes».  La Ley de Prensa de 1938 estuvo «con carácter provisional» vigente hasta 1966.

[4] Es la obra de Galdós que más veces se ha llevado al cine: 6.

[5] Se estrenaron durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930).

[6] En dos ocasiones más: 1913 y 1915 fue de nuevo candidato. Su entrada en la Real Academia Española (RAE) también fue torpedeada varias veces por los sectores conservadores hasta su ingreso en 1897.

[7] Sofía Casanova estrenó en el Teatro Español en 1913 su comedia La Madeja (con dirección artística del propio Galdós).

[8] Discurso en el homenaje a Jacinto Benavente. 

domingo, 11 de octubre de 2020

MORIDEROS

                                                                    MORIDEROS

 

La vejez o senectud no es, por principio, un estado patológico aunque su concomitancia aumenta progresivamente  en comparación al resto de las fases vitales. La propia degeneración o desgaste solicita el aumento de los recursos reparadores cada vez en mayor cantidad hasta alcanzar el agotamiento de las posibilidades de renovación, momento en que también merman las posibilidades vitales propiciando la aparición de enfermedades intercurrentes, o de fallos orgánicos y estructurales  que terminan con la vida del individuo.

Es conocido que las enfermedades que mayor cantidad de recursos orgánicos solicitan para sobreponerse, son las depresiones internas y por tanto su control evitará esta fuga de recursos que tan necesarios serán en la vejez. Es relativamente fácil distinguir en cualquier foto conmemorativa académica  o familiar, a las personas agraciadas por la vida (buena situación profesional, buena situación familiar, buen entorno vital, etc.), de las personas que lo han tenido difícil (fracaso profesional, fracaso familiar, mal entorno vital). Los primeros se ven mejor conservados, más jóvenes y los segundos más deteriorados, más envejecidos.

Este entorno depresivo se acentúa sobremanera con la llegada de la jubilación, al cesar los estímulos o necesidades de decisión, momento en el que el mundo profesional habitual desaparece abruptamente para sumergir al individuo en un abismo insondable lleno de temores depresivos, cuyo vacío se acentúa sobremanera con el grado de marginación social y familiar que sobreviene paralelamente y en el que el sujeto pasa inopinadamente a ser alguien a quien hay que tolerar y  condescender sin ninguna contrapartida activa hasta el momento de su muerte que puede convertirse, incluso, en deseable.

Entre nosotros el anciano o la anciana, el abuelo o la abuela, son considerados como  seres  casi inanimados, improductivos, puede que molestos, carentes de la más mínima capacidad de contribución positiva al entorno social, en el que su acervo cultural y experiencia son sistemáticamente ninguneados o conculcados de forma política o familiarmente intencionada, sin posibilidad de contraste alguno con las valías demostradas a lo largo de su existencia vital.

La vejez necesita un enfoque positivo como un cambio de actividad que mantenga a nuestros mayores en la posesión de su capacidad de decisión y de realización manteniendo en marcha las estructuras neuronales que tanto trabajo costó desarrollar, lo que implica el reconocimiento del derecho del anciano a su individualidad e independencia en el desarrollo de una segunda vida. Y ello no quiere decir que deban descuidarse las necesidades médicas de atención que sin duda alguna irán apareciendo y aumentando con el paso de los años y que necesitarán un seguimiento. Y ojalá que todo pudiera armonizarse en un entorno próximo, familiar y entrañable.

Ninguna de estas condiciones se reúnen en  las modernas instituciones creadas al efecto, las residencias de ancianos, en las que no existen entorno familiar, ni amigable, ni las mínimas exigencias de atención médica, ni ninguna posibilidad de desarrollo personal o humano. Son apartaderos en los que se apartan y esconden a los mayores, se los atiende y se los observa incluso profesionalmente, o familiarmente en los casos en los que la familia vaya a visitarlos, hasta que la intensidad del abandono, la marginación y el olvido, es decir, el maltrato psicológico, incrementen de forma suficiente los niveles de depresión interna haciendo inevitable el fracaso de los recursos reparadores dando lugar a un óbito, en innumerables ocasiones, prematuro.

Como me comentaba un viejo y entrañable amigo mío, son auténticos  “morideros” para ancianos, expresado cabalmente, Centros de Eutanasia, legalmente permitidos, perfectamente organizados y, privados o no, con cargo al erario público.

 

Jesús Lobillo Ríos

Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

domingo, 4 de octubre de 2020

SAMUEL BRONSTON Y EL HOLLYWOOD MADRILEÑO


Samuel Bronston y el Hollywood madrileño


Efectivamente existió un Hollywood español, concretamente en un pueblo llamado Las Rozas de Madrid, actualmente el tercer pueblo con más renta per cápita del país con cerca de 100.000 habitantes. Nada que ver con el pueblecito en el que se va a desarrollar nuestro relato que apenas llegaba a 3.000 roceñeses. Allí, en lo que hoy es una urbanización de lujo en Las Matas, se crearon los estudios de cine más importantes de Europa y aún hubiera llegado a más el proyecto si el fracaso comercial de la que fuera última película rodada en España por Samuel Bronston El fabuloso mundo del circo, junto a problemas financieros y de distinta índole abocaran a tan magna empresa en 1972 a cerrar puertas. Bronston tuvo de nuevo que hacer el equipaje, esta vez de vuelta a USA, para no regresar, tras serle embargados, vendidos o subastados todos sus bienes, si bien durante la época de decadencia intentaría congraciarse con el Régimen produciendo documentales como El valle de los caídos (sobre el mausoleo de Cuelgamuros)[1], Sinfonía española (una especie de guía artístico-turística) o Boda en Atenas, un documento histórico de la boda de Juan Carlos I y Sofía de Grecia, los futuros reyes. También produjo un documental de propaganda exterior: El Camino Real, sobre las bondades de la colonización española en los Estados Unidos con el protagonismo de Frav Junípero Serra y un cortometraje de publicidad institucional: Objetivo 67.

Antes de centrarnos en la figura y en la obra de este cineasta es preciso fijar el contexto político y social de aquella España, singular y autárquica, de los años 50 que intentaba salir del ostracismo poniendo una vela a Dios y otra al diablo. Aunque, para ser equitativos, no era (¿es?) esta una práctica exclusiva del Régimen, el otro Estado que entra en liza en esta historia, los poderosos Estados Unidos de América y su presidente en aquella época, Harry Truman, quien no se recataba al declarar que «no le gustaba el régimen español», al mismo tiempo que negociaba en privado con la dictadura. Este tira y afloja cristalizó en 1953 con los llamados «Pactos de Madrid» que fijaron el establecimiento de las bases americanas, venta de armas y otros negocios poco escrupulosos. Como se sabe, Estados Unidos reconoció al régimen franquista en 1939 (en pago a la neutralidad de Franco), pero al mismo tiempo se opuso a su admisión en la ONU. Paradojas políticas. No había finalizado la década cuando nuestro personaje decide instalar sus estudios en nuestro país.

Este era el panorama que se encontró Sam Bronston al llegar a España en 1957 atraído por su buen clima, el bajo coste de servicios, la alta capacitación profesional de sus técnicos, una nula conflictividad laboral y otros etcéteras derivados del Acuerdo bilateral, al margen de que el Régimen puso a su disposición reclutas del ejército que sirvieron como extras, el uso gratuito de escenarios históricos, como el Palacio Real, o el hacer la vista gorda ante algunas «excentricidades» y ciertas costumbres, digamos, poco decorosas y bastante alejadas del nacional-catolicismo llevadas a cabo por algunos de los divos y divas (especialmente de la Gadner) que intervinieron en sus películas. Corría el año de 1959 cuando Bronston, ya curtido en el cine de Hollywood, se dispone para coproducir con Suevia Films-Cesáreo González John Paul Jones (El capitán Jones, John Farrow, 1959)) protagonizada por Robert Stack[2] y Bette Davis, rodada en escenarios de Madrid (Palacio Real). La citada actriz, en el papel de Catalina la Grande, tuvo el privilegio de sentarse en el trono real, cedido graciosamente para una de las escenas del rodaje.

Y así llegamos a la figura de Schmul Bronschtein (1908-1994), conocido como Samuel Bronston, un judío, ruso de nacimiento y, para más inri, sobrino del famoso revolucionario León Troski (Lev Davidavich Bronschtein). El profesor Diego Moldes, en su introducción al completísimo estudio del historiador del cine Neal Gabler: Un imperio propio. Como los judíos inventaron Hollywood, publicado en España en 2015, se pregunta si el anticomunista Franco habría dado su V.B. a Bronston si hubiera conocido estas circunstancias. En mi modesta opinión pongo en cuarentena esta ignorancia y más me inclino que fuera un laisser faire, laisser passer interesado y oportuno. En otras palabras, un mirar hacia otro lado visto que “el amigo americano” daba trabajo a unas tres mil personas. Profesionales entre los que destacamos a Jaime Prades[3] (mano derecha del todopoderoso Cesáreo González) que ejerció como vicepresidente de producciones. La familia de Bronston había emigrado a Francia antes de la Revolución rusa de 1917 cuando la industria del cine comenzaba a revelarse como un espectáculo de masas. El joven Samuel se iniciaría en este arte tocando la flauta como acompañamiento a las proyecciones (mudas) y posteriormente en otras actividades dentro de esta industria, a la que se dedicó de por vida.  En los años 30 y 40 lo encontramos en Hollywood trabajando como productor en los grandes estudios. Posteriormente se dedicó a la contratación y exportación de películas norteamericanas para su distribución en Francia. Desde mediados de los años treinta, en Hollywood, consiguió trabajar como productor en sus grandes estudios para las compañías norteamericanas: Columbia, United Artist, Twentieth Century Fox (Ciudad sin hombres, Aventuras de Jack London, 1943; Un paseo bajo el sol, 1945).

En 1941 había creado su propia productora Samuel Bronston Productions, Inc., con la que rodaría su primera película The Adventures of Martin Eden, titulada en España El barco de la muerte, protagonizada por Glenn Ford, un remake del mismo título (muda) realizada en 1914. Tras producir varias películas más en Norteamérica se traslada a España (a finales de 1957) para la preparación de la coproducción con Suevia Films-Cesáreo González: John Paul Jones (El capitán Jones) protagonizada por Robert Stack, rodada en escenarios de Madrid (Palacio Real)[4] y Denia. En 1953 contrajo matrimonio en México con una bellísima cantante: Dorothea Robinson.

 No parece descabellado que este pequeño productor, escaldado de sus encontronazos con los grandes popes de la industria de Hollywood, y huyendo de la crisis y de la campaña de la caza de brujas (léase peligrosos comunistas) que entre 1950 y 1956, fue llevada a cabo, encabezada por el Senador Mac Carthy, se hallaba en pleno apogeo. Todas estas circunstancias le empujarían, como a tantos otros sospechosos filocomunistas, «hacia un éxodo europeo que se impone como medida de emergencia», afirma Jesús García Dueñas; con otro ítem: «Bronston se convierte en agente del monopolio químico en España, con la misión de invertir grandes cantidades de dinero en costosas superproducciones: de esa manera, las películas sí podían sacarse del país en cuestión, garantizando una posibilidad de liberar los fondos no convertibles. Además, por encargo de los Du Pont, Bronston se dedicó a la importación de petróleo, a través del monopolio español de la Campsa, obteniendo dinero que luego era invertido en nuevas superproducciones»[5].

Durante la vigencia de los estudios de Producción Bronston[6], poco más de una década, se produjeron películas como King of King (Rey de reyes, Nicholas Ray, 1961); El Cid (Anthony Mann, 1961)[7], con el asesoramiento de la mayor autoridad en el personaje, Menéndez Pidal, y bastantes anécdotas, como que los futuros reyes, Juan Carlos y Sofía visitaron el rodaje «confraternizando con los actores»,  que Bronston encargó a un herrero toledano la Tizona que se utilizaría en el rodaje o que el corpulento Heston (El Cid) tomó clases de esgrima con un maestro italiano y que para mejorar su estilo en pantalla el famoso matador toledano Domingo Ortega le dio alguna clase magistral. La réplica a doña Jimena fue la actriz italiana Sofía Loren. La siguiente película fue 55 days at Peking (55 días en Pekín, Nicholas Ray, 1963), otra grandiosa producción que recreó con extraordinaria veracidad la ciudad prohibida de Pekín. Para esta película se contrató a grandes actores internacionales entre los que se encontraban Charlton Heston, Ava Gardner y David Niven. Gil Parrondo y Julio Molina fueron los responsables de los decorados interiores y exteriores, respectivamente. Durante el rodaje más de seis mil soldados del Ejército Español fueron convertidos en chinos.

Al año siguiente se estrenaron las películas The Fall of the Roman Empire (La caída del Imperio Romano, Anthony Mann, 1964) y Circus World (El fabuloso mundo del circo, Henry Hathaway, 1965). La primera, que García de Dueñas aplica la metáfora de la película «implicó la caída de Bronston». Está registrada en el Libro Guinness de los Records (edición del año 1995) por su inmenso decorado y la réplica del foro romano se construyó donde había estado la ciudad prohibida de Pekín[8]. Entre sus actores principales: de nuevo Sofía Loren y Stephen Boyd (el malvado Messala de Ben-Hur).

 La segunda y última producción circense de Bronston se puede decir, utilizando el lenguaje taurino, que fue quien puso la puntilla al negocio. El rodaje estuvo plagado de vicisitudes varias. Por sólo citar un par de ellas: el barco que transportaba a la troupe de actores zozobró en Barcelona y la carpa que albergaba el circo ardió completamente. Entre sus protagonistas: Claudia Cardinale, John Wayne y Rita Hayworth (la famosa Gilda), una actriz de ascendencia española.

Todas estas superproducciones, como no podía ser de otra forma, estuvieron animadas con actores y actrices internacionales como Charlton Heston, Sofía Loren, Ava Gardner, David Niven, Omar Shariff, Alec Guinnes, Mel Ferrer, Claudia Cardinale, John Wayne o Rita Hayworth, por citar sólo unos nombres. En los títulos de crédito les acompañaron, entre otras, algunas luminarias nacionales como Carmen Sevilla, Alfredo Mayo, Luis Prendes, Fernando Sancho, Conchita Montes o José Nieto, entre otros.

Bronston murió en la californiana Sacramento en 1994, si bien sus cenizas regresaron por propia voluntad al lugar en el que edificó su temporal imperio. Como homenaje se le ha dedicado una calle con su nombre en la localidad madrileña de Las Rozas.

 

 Rosa M. Ballesteros García. Historiadora.



[1] Como es sabido el monumento se construyó entre 1940 y 1958. En principio fue dedicado «a los héroes y mártires de la Cruzada (…) que legaron una España mejor». Los destinatarios, está bastante claro, serían los héroes del franquismo. En 1958, justo al inicio en que centramos este artículo, cuando ya se habían firmado las negociaciones con los EE.UU., las posibles inhumaciones se extenderían a los combatientes «sin distinción del campo». Buena parte del personal fueron presos políticos republicanos (bajo las normas del Patronato Central de Redención de Penas por el Trabajo).

[2] Famoso en nuestro país por la serie Los intocables (1959-1963). En la película intervinieron los actores españoles José Nieto y Félix de Pomés, además de otros profesionales tras las cámaras.

[3] Jaime Prades (Montevideo, 1902-1981) fue un productor, director y guionista uruguayo que hizo parte de su carrera en Argentina, España, Brasil y Chile. Guionistas como el oscarizado Philip Yordan y Bernard Gordon, un judío comunista acosado por el maccartismo, así como técnicos nacionales varios: Gil Parrondo (ganador de dos Óscar), Tedy Villalba, Ramón Plana, José López Rodero, Manuel Berenguer, Enrique Alarcón, entre otros, y demás personal reclutado de los Estudios CEA, Sevilla Films o Chamartín, estos últimos comprados por Bronston colaborarían en los Estudios.

[4] Fue la única ocasión en la que se concedió el permiso para la utilización del Trono real para una de las escenas en que aparece la famosa actriz norteamericana Bette Davis, que daba vida al personaje de Catalina de Rusia.

[6] Para la realización de dichas películas se alquilaron y se utilizaron los equipos técnicos y humanos de los grandes estudios cinematográficos existentes en Madrid citados

[7] Anthony Mann (1906-1967). Director y productor norteamericano, de ascendencia judía por parte de madre. Estuvo casado entre 1957 y 1963 con nuestra estrella nacional, Sara Montiel.

[8] Jesús García Dueñas publicó en 2000 un libro titulado El imperio Bronston.


domingo, 27 de septiembre de 2020

CORONAVIRUS Y SALUD PÚBLICA

                                             CORONAVIRUS Y SALUD PÚBLICA

 

La interacción entre pandemias y vivencias sociales es una constante a lo largo de la historia de la humanidad. La reacción humana al estrés ambiental siempre estuvo presente ya se tratara de rezos y plegarias para atajar los castigos divinos o de la toma de decisiones basadas en el racional conocimiento de las causas que se intuían o demostraban en el origen del mal, aparte de las reacciones puramente biológicas de adaptación para las que el organismo lleva implícitas sus directrices.

Tanto la peste como la disentería, la viruela o la tuberculosis ejercieron una influencia manifiesta en las costumbres sociales de su tiempo, en la evolución de las guerras y en la evolución política a la que dieron cobertura, pero sobre todo influyeron en los usos y costumbres sociales forzados por la necesidad de combatir y contrarrestar los efectos secundarios de la enfermedad y la muerte.

Pero todas las pandemias ejercieron su terrible poder de forma diversa sobre las diferentes clases sociales de manera que siempre fueron peor tratadas, o más diezmadas, las clases más inferiores, o menos pudientes frente a las más ricas o mejor dotadas. Quiere ello decir que el concepto de  calidad de vida ha constituido siempre una barrera real de separación en el grado de damnificación que se observaba en la contemplación posterior del campo de batalla.

La acción decisiva de los avances orientaron sobre las nuevas formas de habitabilidad que debían contribuir a rebajar esas diferencias y que afectaron a la limpieza, a la distribución del agua, a la conservación de los alimentos o a su manipulación, medidas todas que reunidas comportaron un capítulo decisivo de nuestros estudios actuales como es la salud pública a cuyos principios tenemos que recurrir ahora constantemente para el control del coronavirus.

Tanto las costumbres higiénicas, como la instalación del agua corriente, la limpieza continua, la ventilación, etc., son logros históricos merecedores de galardones universales a la misma o mayor altura, si cabe, que el reconocimiento otorgado a Yersin, a Pasteur, a Koch o a Severo Ochoa. Hoy día este reconocimiento tendríamos que ampliarlo a los arquitectos y urbanistas que han proporcionado viviendas cómodas y saludables en las que vivir y transportes eficientes para desplazarnos, considerando todo ello dentro de los beneficios que denominamos como calidad de vida.

Si en el momento actual sabemos que el coronavirus se transmite fundamentalmente por vía aérea, todas las medidas que impidan o que controlen cualquier tipo de aglomeración pasan a formar parte de nuestra salud pública y no se trata solo de utilizar las indispensables mascarillas, se trata de limitar los aforos de todo tipo de espectáculos o de reuniones, de mejorar la distancia de convivencia en todas nuestras actividades, especialmente en los colegios disminuyendo la relación numérica alumnos-aula, de instalar mamparas protectoras, de regular el funcionamiento de bares y restaurantes. Y sobre todo de mejorar el transporte público aumentando el número de unidades y la frecuencia del mismo.

Igualmente es necesario aumentar la cobertura y el funcionamiento de la sanidad pública mediante la mejora en cantidad y calidad de hospitales y ambulatorios que deben de estar siempre en proceso de remodelación y mejora de instalaciones y personal para estar continuamente en alerta ante cualquier posible alteración epidemiológica.

Todas estas medidas de salud pública que debemos de asumir mejorarán nuestra calidad de vida y nuestra seguridad, y están basadas en la colaboración ciudadana para poder formar una barrera de eficaz defensa ante posibles futuras pandemias e impidiendo la necesidad de los confinamientos totales que al fin y al cabo solo son confesión de un fracaso en la planificación de un evento que se presenta de forma inesperada.

Si la salud pública y la calidad de vida andan de la mano, también son necesarios el desarrollo simultáneo de  políticas sociales y de ayudas a la dependencia, así como la mejora de las políticas fiscales y la justicia distributiva, porque no es con recortes ni con precariedad como conseguiremos sobrevivir al coronavirus ni a los próximos y posibles virus o amenazas de tipo similar.

 

Jesús Lobillo Ríos

Presidente del Ateneo Libre de Benalmádena

domingo, 20 de septiembre de 2020

Historias de la Historia

Historias de la Historia 

 

Esta situación de pandemia, si algo tiene de positivo, es que nos ha dado la posibilidad de emplear el obligado enclaustramiento para ponernos al día en lecturas que, por diversas causas, hemos ido aparcando para mejor ocasión. En estas me encontraba cuando retomé la lectura de un episodio de nuestra historia que pienso viene al pelo, como se suele decir, en estos críticos momentos en los que asistimos a noticias que airean muchas de las vergüenzas que golpean a la sensibilidad de la ciudadanía y que, en demasiadas ocasiones, ponen contra la pared a nuestros gobernantes. El episodio en cuestión es el viaje que en 1922 realizó el rey Alfonso XIII a la comarca extremeña de Las Hurdes. Un terrible espectáculo de esta nuestra España, y de sus “tierras vacías”, un asunto este, por cierto, bastante aireado en estos tiempos de local-nacionalismo. De este viaje, y del documental que Luis Buñuel (1908-1993) realizó en 1934 vamos a tratar intentando relacionar historias pasadas y presentes, de cómo a los gobiernos les incomoda que se aireen sus vergüenzas y de cómo nacen ciertos estereotipos de «malos españoles» cuando alguien pone al descubierto algunas de estas vergüenzas.

            Como decía, en una de estas retomadas lecturas recordé una novela extraordinaria, escrita por mi paisano, Luis Béjar (1943-2011) toledano de pro, maestro, luchador y hombre socialmente comprometido que, por denunciar injusticias y luchar contra ciertas prácticas poco honorables se ganó el dudoso epíteto de «mal toledano»[1]. Yo me quedo con otra definición para mi paisano: la de «toledano de vieja cepa» que Federica Montseny (1905-1994) utilizó para definir a otro viejo luchador de la tierra: Anselmo Lorenzo. (1841-1914).

Otro ejemplo de «mal español» es el cineasta Luis García Berlanga (1921-2010), como así lo definió Franco, por su osadía en plasmar en películas míticas como Los jueves milagro (1957)[2], la premiadísima Plácido (1961)[3] o El verdugo (1963)[4] la cruda realidad social de un país que se iniciaba en lo que se ha llamado franquismo desarrollista, caracterizado por unas transformaciones sociales a las que no acompañaban los cambios políticos.

Volvemos de nuevo al controvertido documental basado en el viaje realizado en el año 1922 (concretamente durante los meses de abril y mayo), una expedición en la que entre sus componentes se encontraban varios médicos, entre ellos Gregorio Marañón (1887-1960) y un ingeniero catalán de nombre Santiago Pérez-Armegí (1896), familiar directo de nuestro antiguo alcalde Enrique Bolín Pérez-Armegí. Que la citada región era una especie de Jurassic Worl, en el sentido de haberse quedada atrapada en la prehistoria, se puede constatar ya en una obra titulada «Las Batuecas del duque de Alba», drama de Lope de Vega basado en un escrito de un tal Alonso Sánchez, quien la describe como un ejemplo de abandono cultural, y en la que sus moradores vivían en un salvajismo atroz. Pues bien, varios siglos después, gracias a la citada expedición, y por lo que se desprende de los testimonios recogidos (relatos y fotografías), no parece que hubiera progresado al ritmo de otras regiones. Baste un ejemplo. En una de las paradas, entre etapa y etapa del viaje, en un pueblecito: Nuñomoral, a uno de los expedicionarios, en concreto el ministro de Gobernación Vicente Piniés, del Partido Conservador, tras la comida, le apeteció un café con leche. Desafortunadamente, allí no había vacas, ovejas ni cabras… pero sí madres lactantes. El marido de una de estas, un solícito vecino, regresó con una pequeña cantidad de leche para el cortadito asegurando a su excelencia de que era de toda confianza y además «muy buena».

Como resultado de dicha expedición las autoridades sanitarias determinaron que, además de otros graves problemas como el analfabetismo generalizado, el mal estado de las vías de comunicación[5] y… muy importante: los males espirituales y morales de la población que eran las causantes de este estado de cosas ― quizás el que solo hubiera una cama para toda la familia tenía algo que ver en este asunto―. Determinantes, estos últimos males para las Autoridad, el Patronato planteó la construcción o reconstrucción de iglesias en todos los núcleos habitados, y la asignación de curas párrocos. El Dr. Marañón, por su parte, elaboró un informe dictaminando que el problema hurdano era «puramente sanitario», culpando al hambre de la desnutrición y la degeneración en que el bocio, el paludismo, el raquitismo, el cretinismo (debido a la endogamia e incluso a las relaciones incestuosas) eran las causantes de todo lo visto.

            Pasó una década y otro «mal español» de nombre Luis Buñuel (1900-1983), un joven cineasta aragonés, inspirado por la lectura del libro del hispanista Maurice Legendre (1878-1955) titulado Las Hurdes. Estudio de Geografía Humana, publicado en 1927 como resultado de varios años de investigación de la zona, decide realizar un documental que titulará «Las Hurdes, tierra sin pan». Un título que tiene mucho que ver con su falta entre los habitantes de esta comarca. Parafraseando a Legendre, el pan era importado y apenas se comía «en las bodas». De todas las demás calamidades expuestas el autor hace hincapié en algunas tretas de supervivencia, como que las mujeres lactantes de la comarca se emplearan como nodrizas de la Inclusa, lo que no pocas veces supusiera rebajar la lactancia de sus propios hijos, a menudo con fatales consecuencias para el propio.

            Por otra parte, la intrahistoria del rodaje merecería unas cuantas páginas, misión imposible en el espacio de este sucinto resumen. Sólo un par de datos: el dinero para financiarlo lo puso un amigo de Buñuel, un activista anarquista aragonés de nombre Ramón Acín (1888-1936), gracias a un boleto premiado en la lotería. Un equipo de profesionales entre los que encontramos elementos antifascistas como el director de cine negro Yves Allégret (1907-1987), casado con la actriz Simone Signoret, que prestó a Buñuel la cámara de rodaje; el anarco-sindicalista aragonés Rafael Sánchez Ventura (1897-1980); el guionista Pierre Unik (1909-1945), miembro del PCF y poeta surrealista, como también el luso Alexandre O'Neill (1924-1986), narrador; el director de fotografía Éli Lotar (1905-1969); el compositor judío Darius Milhaud (1892–1974), responsable de la música o el actor francés Charles Dorat (1906-1997) que puso la voz para la versión francesa.

            De entrada hay que aclarar que el documental es una recreación in situ, rodado con protagonistas locales[6], y por ello ha tenido detractores que se cuestionaron su veracidad, si bien se ajusta, como otros documentales de éxito, como es el caso de «Hombres de Arán», rodado en 1934 por Robert y Frances Flaherty[7]. Ambos trabajos comparten que sus reconstrucciones los conviertan en relatos míticos. El hurdano se convirtió en una referencia en el cine documental cuando el prestigioso Festival de Cine de Mannheim (1952) la incluyera en 1964 entre los doce mejores documentales de la historia.

            En resumen, Las Hurdes es un documental que muestra unos hechos con la intención de denunciar una situación y contribuir así a la ayuda de los hurdanos, algo que muchos de éstos no han sabido comprender, y es que, de hecho, hablar de los tiempos de las necesidades provoca vergüenza. Buñuel, surrealista ortodoxo, daría un giro a su obra para acercarse a propuestas más sociales y antifascistas ―no olvidemos que a principio de los años 30 Buñuel se había afiliado al PC, una etapa esta que el historiador de Cine Román Gubern ha reflejado en su libro Los años rojos de Luis Buñuel―. Lo cierto es que con su documental consiguió escandalizar a los gobernantes e intelectuales de su tiempo y con ello obtuvo una repercusión que permitió difundir el mensaje social y de denuncia. Con luces y sombras, como toda obra humana, su trabajo ha sido elogiado por grandes documentalistas como Joris Ivens, Joseph Losey o Robert Flaherty y Carlos Saura, otro aragonés, lo tuvo como punto de partida para su documental «Cuenca», realizado en 1958. Por su parte, el Gobierno Lerroux decidió prohibirla por la mala imagen que representó de España. Finalmente, en 1937 se estrenó en Francia, una victoria pírrica, porque a los pocos días el gobierno francés prohibió su proyección. Otro tanto le ocurriría con Los Olvidados (1950) que retrataba los barrios más deprimidos de Ciudad de México, y cuyo estreno en aquel país provocó reacciones violentísimas, hasta el punto de solicitarse su expulsión del país… hasta que llegó el premio conseguido en el Festival de Cannes. En 1951 Buñuel se convertiría en ciudadano de México. Pero esta es otra historia.


Rosa M. Ballesteros Garcia. Historiadora.

 

 

 

[1] La novela se titula (por si alguien siente la tentación de leerla) La razón de las piedras y fue publicada unos meses antes de su muerte.

[2] El Opus Dei lo incluyó en una lista negra que le impidió rodar más películas en España.

[3] Nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa.

[4] Presentada en la Mostra de Venecia (sin consultar al gobierno español), se estrenó en España con diecisiete cortes de la censura y presiones para impedir su exhibición.           

[5] Su primera carretera se trazó en 1922.

[6] Su duración era de 27 minutos. Aunque originalmente mudo, en 1935 obtuvo dinero de la embajada de España en París para sonorizarlo (voz en off perteneciente al actor francés Abel Jacquin).

[7] R. Flaherthy fue nominado también en 1964 por su documental «Nanuk, el esquimal» y «Louisiana Story» realizados, respectivamente, en 1922 y 1948. Entre esos doce magníficos se encontraba «Tierra de España», realizado en España en 1937. Como nota adicional su mujer y colaboradora, Frances, no aparece en los títulos de crédito.